My safety net (Love Obviously 1) 39 #2
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—Breena, ese vestido es demasiado problemático. Ni siquiera sabré cómo moverme sin parecer una solterona en plena crisis hormonal.

Ella masticó una palomita con parsimonia y señaló la seda esmeralda con el dedo índice, como si estuviera dictando sentencia.

—Satén verde, corte al bies y justicia divina. Es perfecto.

Cogí la percha del vestido y lo sostuve en alto, mirándolo con profunda desconfianza. El satén resbalaba con una caída casi líquida. Tirantes finísimos, espalda descubierta, escote drapeado y una abertura lateral. Era demasiado bonito para no acarrear consecuencias letales.

Lo había comprado meses atrás en Selfridges, en un estúpido arrebato de confianza.

Por aquel entonces una entrenadora con sonrisa de anuncio y alma de secta motivacional me había asegurado de que necesitaba «proyectar mi éxito».

Al final, lo único que proyecté fueron dos mil libras menos en mi cuenta corriente, tres kilos más en mis caderas y un vestido intacto que me miraba con reproche cada vez que abría el armario.

—¡Enseña pierna!

Aquel detalle remataba la tragedia. La abertura subía por el muslo con una indecencia perfectamente calculada.

—Cariño, si un hombre sobrevive a peleas clandestinas, puede sobrevivir a tu muslo. Y si no, será una muerte preciosa.

—Connor no necesita ver mi fémur —protesté.

Un esfuerzo bastante inútil, considerando que Connor ya me había visto completamente desnuda.

—Precisamente por eso vas a enseñárselo.

—Mi vestido azul noche es precioso y recatado. Y me hace sentir segura.

Mi amiga dejó el cuenco de palomitas a un lado y se incorporó para sentarse en el centro de la cama. Su mirada azul hielo se afiló. Eso era muy mala señal. O buena. No sabía ni qué pensar.

—Sí. Es precioso, porque no te obliga a enseñar nada que no hayas aprobado antes con tu comité interno de inseguridades. Parece la versión textil de «por favor, no me miréis demasiado, soy una joven respetable con miedo a existir».

Apreté los labios. El impacto dolió.

—Eso ha sido innecesariamente cruel.

—Cruel es que tengas en el armario un vestido capaz de provocar un accidente vascular en el chico que te gusta y pretendas salir con una prenda de institutriz.

Me aferré al crepé azul noche, indignadísima. Aunque, en el fondo, sabía perfectamente que mi amiga había dado en la diana.

—No parece de institutriz.

Breena entrecerró los ojos.

—¿Eso es que te gusta Connor?

—¡Breena!

—¡Melani!

Admitir que Connor me gustaba resultaba insultantemente escaso. Y verbalizar la magnitud del desastre sería imprudente y ridículo.

—Me da miedo que me mire —admití, cabizbaja.

Breena suavizó un poco las facciones, aunque su instinto de protección rara vez implicaba envolverme en algodón dulce.

—¿En serio? Yo creo que te da miedo que te guste que te mire.

Solté un suspiro agotado.

—Qué insoportable eres cuando aciertas.

—Querida, tengo un talento innato para acertar.

Respiré hondo, acaricié la tela oscura y decidí apostar por mi propia supervivencia. Me refugiaría en lo conocido.

—Voy a ponerme el azul —sentencié.

Breena no dijo nada. Simplemente cogió su móvil.

Fruncí el ceño.

—¿Qué haces?

—Activar el protocolo Drakova.

Abrí mucho los ojos, presintiendo el apocalipsis inminente.

—¿Qué? ¡No!

Me abalancé hacia ella, pero la pantalla se iluminó antes de que lograra arrebatarle el móvil.

Sofía apareció con la cabeza llena de rulos, una bata negra de seda y unos labios rojos absolutamente criminales.

Al fondo se intuía el caos frenético de un set de peluquería, esa clase de lujo profesional que convertía cualquier crisis doméstica en una reunión de alto riesgo.

Sabía que estaba en Los Ángeles, grabando un anuncio.

Aun así, con esas pintas, irradiaba la majestuosidad de una diosa enviada a la Tierra para juzgar las miserias de los mortales.

—Si alguien ha muerto, que sea guapo. Estoy trabajando.

—Nadie ha muerto —sonrió Breena.

—Qué decepción. —Sofía puso los ojos en blanco.

—Peeero llevo semanas viendo cómo dos idiotas preciosos fingen que la tensión sexual es una actividad extracurricular. Y yo sé que te gustan los cotilleos cuando hay sexo y una cantidad indecente de deseo contenido de por medio.

La supermodelo detuvo sus movimientos.

—Cuanto mayor sea el drama, más cachonda me pone. Dime al menos que el protagonista tiene una buena polla.

—Oh, por Dios. —Me tapé la cara con una mano, completamente horrorizada.

Yo siempre esperaba conectar con la Sofía dulce, sofisticada y amable que ejercía como una especie de hermana mayor admirable. Se me olvidaba con demasiada frecuencia que también disponía de la energía depredadora de una pantera con tolerancia cero para las tonterías puritanas.

—Solo diré dos cosas: cita en un restaurante sin luces y Connor Bradley.

Sofía se quedó quieta un segundo. Luego sus ojos rabiosamente azules parpadearon y formó una sonrisa malévola. La checa conocía perfectamente a los Furin, hablaba a menudo con Noah y Kenny, y acababa de atar cabos a una velocidad pasmosa.

—La cosa se ha puesto muuuy interesante. Tienes mi atención, mi instinto y mi maldad, mi muñeca del caos.

Breena me miró toda sonriente.

—Me encanta cuando me llama así.

Yo les devolví una mirada cargada de espanto. Esas dos juntas constituían un peligro nacional no declarado.

—Enséñame el cuerpo del delito —ordenó Sofía—. Y Melani, pareces culpable. Eso rara vez favorece.

—¿Por qué das por hecho que soy la protagonista femenina de esta locura? —exclamé.

Sofía me escrutó con una precisión insultante. Aunque nos separaban miles de kilómetros, parecía capaz de oler el desastre romántico desde su silla en California.

—Porque Connor Bradley tiene demasiada hambre en los ojos cuando alguien pronuncia tu nombre.

El corazón me dio un triple salto mortal.

—¡No puedes saber eso!

—Sí que puedo. Los hombres creen que son discretos. Es una de sus convicciones más tiernas.

El calor me subió a las mejillas de inmediato mientras Breena soltaba una carcajada.

—Vale, primera opción —dijo. Estaba disfrutando mucho con todo aquello.

Se levantó de un salto y mostró el crepé oscuro ante la cámara de su teléfono. Sofía estudió el evasé y las manguitas de tul. Le bastó un solo segundo.

—Precioso para una viuda joven con propiedades en Kent. No.

—¡Me gusta ese vestido! —protesté.

—Lo sé. Por eso sospecho de él.

Breena arrojó la tela azul a un rincón de la cama con una satisfacción casi diabólica y levantó el diseño esmeralda de tirantes finos como si estuviera presentando una prueba irrefutable ante la fiscalía.

—Y el caballo ganador.

—¡Eso es coerción! —me quejé.

Sofía se inclinó un poco hacia la pantalla. Su boca carmesí se curvó en una expresión de aprobación inmediata. Aquel verde oscuro tenía algo de bosque, de lluvia y de peligro, y precisamente por eso parecía concebido para arruinarme la noche.

—El verde.

—¡Sofía!

Habían organizado un complot internacional contra mí. Estaba acabada.

—Peligroso y con altas probabilidades de que te haya follado antes del postre.

—¡Lo ves! —gritó Breena, señalando el teléfono con entusiasmo.

—No quiero que me… folle antes del postre —dije a la desesperada.

—No conscientemente. Por eso eres encantadora.

Atrapé la seda verde y me la llevé contra el pecho, pensando seriamente si prenderle fuego allí mismo.

—¿Y si Connor piensa que intento seducirlo? —pregunté bajito.

—Que rece —dijo Sofía, imperturbable.

—Eso no es un consejo.

—Es el único consejo decente que puedo darle a un hombre en su situación.

Volví a examinar el slip dress . El satén mate parecía demasiado honesto y visible. Demasiado dispuesto a envolverme y señalar cada una de esas curvas que yo llevaba años intentando negociar frente al espejo.

Tragué saliva.

—Me hace gorda, Sofía.

La expresión de la supermodelo cambió al instante. La dureza que asomó a sus ojos la volvió completamente letal.

—Repite eso y cruzo el Atlántico para pegarte con una percha de Dior.

—Puedo endiñarle con una de las que tiene por aquí —se ofreció mi mejor amiga.

—Hazlo. Con un poco de suerte nos libra a todas de escuchar tantas sandeces.

Bajé la mirada hacia mis rodillas, avergonzada, pero también agradecida de una forma absurda. Sabía que la violencia verbal de Sofía era su manera de protegerme.

—No te enfades conmigo —murmuré.

—Indignada me tienes —refunfuñó con media sonrisa—. Ponte el verde. Pelo suelto. El tamaño de tu melena hará el resto.

Suspiré, asumiendo mi absoluta derrota. Breena sonrió, orgullosa de su triunfo.

—¿Algo más, Su Majestad de las Tinieblas?

—Sí. Depílate. Entera.

Fruncí el ceño, completamente descolocada por el comentario.

—¿Qué?

—Cariño, ¿qué digo siempre? «Un coño rasurado…».

—«…no garantiza una guerra, pero honra al ejército» —recitó Breena a coro.

Y de pronto, las dos se echaron a reír a carcajadas. Parecían un par de brujas conjurando hechizos de perdición, y, en cierto modo, lo eran. Aquel cuarto se había convertido en un aquelarre en toda regla.

—No puedo creer que tengamos un refrán para eso —sonreí.

—Cultura oral, querida —dijo Breena.

—Y prioridades —señaló Sofía.

—Necesito amigas nuevas.

Sofía sonrió desde el otro lado del mundo, y apartó la vista. Alguien la reclamaba fuera de plano. Aun así, antes de desconectarse, nos lanzó un beso feroz.

—¡Os quiero!

—¡Y nosotras a ti! —gritamos al unísono.

La llamada se cortó y devolvió el silencio a mi dormitorio.

Miré el vestido verde derramado sobre mis muslos. El juicio había concluido y la sentencia era inapelable.

—En realidad, lo llevo rasurado… Me parece más… cómodo.

Nos miramos fijamente durante dos segundos enteros. Y, sin poder contenerlo, estallamos en carcajadas, revolcándonos sobre las sábanas hasta que nos dolió el estómago.