My safety net (Love Obviously 1) 39
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—¿Por qué coño hemos convocado un puto concilio de moda? —dije al borde de un ataque de nervios.

Me encontraba en el enorme vestidor de Kenny Langford, en su mansión de Hampstead. Aquello parecía una tienda privada de alta costura diseñada para sacarme de quicio. Joder, ¡tenía hasta minibar!

Yo, por supuesto, parecía un acusado a medio vestir esperando sentencia.

Liam, Nate y Noah me observaban despatarrados en los sofás, disfrutando de los aperitivos que había en la mesa con una tranquilidad que me daba ganas de estrangularlos. Eddie también estaba allí porque, según él, necesitaba vigilar si estaba «a la altura».

Kenny, en cambio, se movía entre perchas y americanas de diseñador con la naturalidad de un tío que podía dominar un campo de fútbol y un vestidor de millonario sin despeinarse.

—Porque es una cena de etiqueta. No puedes ponerte una camisa negra, vaqueros y rezar para que la oscuridad haga el resto —soltó Noah, masticando un snack .

—Es un restaurante a oscuras —repliqué medio desesperado—. No es mal plan.

—Melani sí va a verte antes de que apaguen las luces, genio.

Miré a Eddie con los ojos entrecerrados mientras el muy pillo se ajustaba las gafas con ese gesto tan analítico suyo. Dios, adoraba a ese crío, pero a veces me sacaba de quicio.

—Te has vuelto muy repelente.

—No me culpes por tener lógica.

Kenny cortó el debate lanzándome una americana.

—Ponte esta, a ver.

La atrapé al vuelo y miré la prenda con profunda desconfianza.

—Parece que voy a un puto funeral.

—Una chaqueta dice cosas antes de que tú abras la boca. Y en tu caso eso es una ventaja —dictaminó.

—Qué cabrón.

Me eché a reír, incapaz de rebatir semejante obviedad.

—Bastante —secundó Noah.

Kenny le dedicó una sonrisa cargada de una química tan obscena que hizo saltar todas las alarmas. Esos dos no sabían existir en la misma habitación sin convertir el aire en material inflamable.

—Cariño, luego discutimos mi personalidad.

Noah frunció el ceño de inmediato.

—No me llames «cariño» delante de todos.

—Te llamé cosas peores esta mañana y no te quejaste.

—Dios mío —resopló Eddie, genuinamente horrorizado.

Su hermano, en cambio, sonrió con un sándwich a medio comer colgando de los dedos. Y miró a Noah.

—Siento un interés muy morboso por saber qué coño te ha dicho.

Liam estalló en carcajadas y Noah le metió un codazo a Nate en las costillas.

Yo observé el intercambio con esa incredulidad que todavía me provocaba ver al mejor futbolista del planeta comportándose como un canalla enamorado.

No tenía nada de delicado. Al contrario.

Era puro descaro y testosterona de élite.

Me puse la americana. Eddie estudió el corte de la chaqueta con una severidad completamente absurda para su edad.

—No.

—¿Otra vez no? —me quejé, frustrado.

Llevábamos más de dos putas horas allí encerrados, probándome ropa mientras ellos comían y me criticaban. Y yo sentía que iba a vomitar un pulmón.

Mi dama me había pedido una cita, no tenía ni pajolera idea de cómo estar a su altura y, para colmo, el tío que me estaba vistiendo era su primo.

Su primo. El mismo al que yo apenas podía mirar a la cara sin recordar que me había follado a Melani dos veces.

¿En qué maldito momento me había parecido buena idea pedir ayuda a Kenny Langford?

—Esa chaqueta no dialoga con tu complexión —recalcó Eddie.

—¿Mi qué?

Los demás se descojonaron de risa.

—Tu complexión. Eres enorme. Si te pones algo demasiado rígido, parecerás un portero de discoteca intentando secuestrar a nuestra princesa.

—Este crío me está destrozando.

—Sabes que está en su versión más amable —bromeó Noah.

—Sigo pensando que le favorece el azul oscuro —comentó Liam, recostado en el sofá.

—Estoy de acuerdo. Fuera —secundó Kenny, descartando otra prenda.

—¿Por qué?

—Porque tienes ojos verdes, hombros de animal mitológico y una cita con una mujer que lee Austen. Debes jugar tus cartas sin parecer que tienes cartas —sentenció Liam.

Su criterio importaba. Muchísimo. Al fin y al cabo, trabajaba para Bellingham, la exclusivísima firma de alta costura del puto príncipe de Inglaterra, y eso le otorgaba una autoridad casi divina para saber qué trapo combinaba con otro.

—No he entendido una mierda, pero vale.

—Yo creo que está guapo —terció Nate, que ya había liquidado el sándwich y ahora atacaba una caña de crema pastelera.

—Tú crees que un mono de mecánico limpio es alta costura —le recordó Noah.

—Eso es lo peor —confirmó Eddie.

Nate miró a su hermano, completamente aturdido.

—¿Perdona?

—Eres tan insoportablemente guapo que podrías ponerte una bolsa de basura y la gente pensaría que es una decisión estética. Eso invalida tu criterio.

Nate hizo una mueca de disgusto y pestañeó varias veces, negándose a aceptar el cumplido porque genuinamente nunca se había creído atractivo.

—Me encanta este crío —se rio Kenny.

—Se alquila para humillar en bodas —refunfuñó Nate.

Langford seleccionó otra chaqueta —esta era de color azul medianoche— y me la colocó sobre los hombros.

—Perfecto. Ahora sí.

Me giré y me miré en el espejo de cuerpo entero.

La imagen que me devolvió el cristal no terminaba de parecerme mía. Me veía arreglado, elegante y jodidamente expuesto.

—Mierda, Mel se va a reír en mi puta cara cuando me vea con estas pintas. Parezco un novio mafioso con problemas de ira —mascullé, devorado por la inseguridad.

—No es cierto —protestó Eddie con una vehemencia que me sorprendió—. Se quedará sin habla medio segundo, intentará hacer una broma y luego se ruborizará. Quizá se recoja un mechón de pelo y mire a todas partes menos a ti.

Todos miramos a Eddie. El silencio cayó a plomo.

—¿Qué? —Se encogió de hombros un poquito avergonzado por su minucioso desglose—. Lo digo porque la conozco.

—Y porque eres un pequeño demonio observador —apuntó Nate.

—Bueno, también.

Kenny avanzó, se colocó frente a mí y me ajustó la caída de la chaqueta tirando de las solapas.

—A ver, Bradley, mírame como si te importara no hacer el ridículo delante de mi bombón de praliné.

Fruncí el ceño.

—¿Llamas a mi dama bombón de praliné?

—Antes de que fuera «tu dama», fue mi pequeño gremlin con lazo. Tengo el privilegio de la antigüedad. Además, es tan dulce como un bombón.

—Bueno, eso es verdad.

—No hemos pedido tu opinión.

La sonrisa de Kenny se transformó en algo afilado y muy peligroso. Y yo entrecerré los ojos, escaneando la habitación.

—¿Alguien más percibe la hostilidad? Lo digo para no parecer el único gilipollas.

Kenny me colocó bien la solapa y remató el ajuste con un par de palmaditas en el pecho claramente intimidatorias.

Ahí estaba. La parte delicada del asunto.

Kenny no tenía ni un pelo de idiota. Y para rematar, dormía con Noah y tenía una capacidad de persuasión muy peligrosa, además de una habilidad asombrosa para enterarse de todo sin que pareciera un interrogatorio.

—Lo importante aquí es que yo no sé nada —aseguró, con esa sonrisa tan desconcertante.

—No empieces —resopló Noah.

Kenny clavó sus ojos azules en los míos. El oxígeno empezó a escasear. Estábamos a un palmo de distancia.

—Vas a tener cuidado, ¿a que sí? —me dijo.

—Siempre lo tengo con ella.

—Eso espero.

—Kenny… —advirtió Noah desde el sofá.

—Estoy siendo encantador.

Langford miró a su novio, pero no soltó las solapas de mi chaqueta. Miré a mis hermanos de reojo. Los muy cabrones estaban sonriendo, se divertían a mi costa.

—Estás sonriendo como cuando amenazas a los defensas del Arsenal y eso, en la mayoría de ocasiones, te ha costado la roja —le recordó Noah.

Kenny sonrió aún más y volvió a mirarme.

—Vale, creo que me va a dar un puto infarto —admití.

—Normal. Es mi prima. Deberías tener miedo.

—Técnicamente, me da miedo desde que me sonrió por primera vez.

Kenny me ajustó la solapa por tercera vez. Me quedé muy quieto.

—Escúchame bien, Bradley. Vas a ir allí, vas a comportarte como un magnífico caballero y la llevarás de vuelta a su casa entera, feliz y sin que yo tenga que llamar a mi abogado.

Alcé las cejas, aguantándole el pulso.

—No pensaba desmembrarla, Langford.

—Ni entristecerla, ¿a que no? Porque si eso ocurre, me veré obligado a convertirte en pasto de los cuervos que frecuentan el cementerio de Highgate. De ahí la mención a mi abogado. Y eso quizá la ponga aún más triste, y yo odio ver a mi prima triste.

Sentí cómo el peso de sus palabras me aplastaba.

—La voy a cuidar con mi vida.

—Lo sé. Por eso sigues respirando.

A mis espaldas, los demás parecían contener la risa, pero yo solo podía mirar ese brillo divertido y absolutamente letal en los ojos de Kenny.

—No sé si me quieres o me odias a muerte —confesé.

—Las dos cosas son compatibles.

Me regaló una sonrisa gloriosa y, sin previo aviso, me agarró la cara con ambas manos para plantarme un sonoro beso en la mejilla al más puro estilo de El Padrino .

Entonces, se giró hacia Noah y dio una palmada.

—¿Ves, cariño? He sido muy razonable.

—Has amenazado menos de lo que esperaba.

—Estoy madurando.

—No te lo crees ni tú.

Kenny miró al resto de los presentes.

—Eso en su idioma es que me adora.

Noah le tiró un cojín directamente a la cabeza.

—No.

—Sí.

Estaba de pie, cruzada de brazos, mirando a mi amiga, que yacía en mi cama, comodísima, masticando palomitas de caramelo directamente de un cuenco mientras evaluaba mi crisis con una falta de compasión casi artística.

El dormitorio había mutado a un caos de prendas, zapatos descartados en el suelo, estuches de maquillaje abiertos sobre el tocador y dos vestidos enfrentados colgando de las puertas del armario.

A la izquierda, la opción sensata: un vestido azul noche de inspiración vintage, con escote corazón discreto, manguitas de tul y falda evasé. Precioso, seguro y lo bastante estructurado como para permitirme pasar desapercibida.

A la derecha aguardaba el enemigo: un slip dress de satén mate en verde esmeralda oscuro. Sin estrenar. Suave. Peligroso. Una prenda que llevaba la etiqueta de pánico cosida en cada costura.