My safety net (Love Obviously 1) 38 #2
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A continuación, me aplastó el móvil contra la oreja, y yo me quedé tiesa en la silla. El corazón me latía desbocado en la base de la garganta.

—¿Mel?

La voz grave, ronca y familiar de Connor me atravesó entera. Dioses, cómo lo echaba de menos. Y solo habían pasado dos días. ¡Dos malditos días!

«Estás completamente loca, Melani».

—Ho… Hola —tartamudeé.

—Hola, cereza.

Apoyé la cabeza sobre la palma de mi mano. Realmente creí que iba a desmayarme allí mismo, junto a mi patata rellena.

—No me llames cereza en este momento —jadeé.

—¿Por qué?

—Porque estoy sentada en una cafetería universitaria, mi mejor amiga acaba de traicionarme y tengo muy poco control sobre mis constantes vitales.

Su risa encendió todas mis terminaciones nerviosas.

—Qué frase tan tuya.

—Yo no quería llamarte.

Breena abrió mucho los ojos y empezó a hacerme gestos desesperados para que rectificara. Yo me horroricé en tiempo real.

—Bueno, sí que quería, pero no así. No quería querer. No. Eso ha sonado mucho peor...

Connor volvió a reírse y aquel sonido cálido me erizó la piel.

—Estoy disfrutando muchísimo con esto, que lo sepas.

—No deberías. Es una crisis.

—Breena, ¿verdad? Se nota su estilo.

Mi amiga se inclinó sobre su plato de macarrones, absolutamente encantada de reclamar su cuota de protagonismo, y gritó:

—Me siento halagada.

—Voy a enterrarte en el campus como no te calles —le siseé.

—¡Hola, Breena! —saludó Connor.

—¡Hola, Connor! —canturreó ella.

Apreté los ojos con fuerza. Quería desaparecer, disolverme en mi té chai y, al mismo tiempo, sonreír como una idiota.

Connor sonaba divertido, cercano, peligrosamente cómodo con todo aquello.

Y eso me desarmaba. Porque era maravilloso.

Divertido. Amable. Estaba obscenamente bueno y tenía un pene tan…

Carraspeé, apartando la imagen de mi mente antes de terminar sudando en plena facultad.

—La cuestión es que… mi madre me ha obligado a ir a una cena —dije sin apenas aliento.

—¿Quieres que mate a alguien?

Ese instinto de protección tan suyo hizo que se me encogiera el corazón.

—No. Aunque Breena ha sugerido algo parecido hace un rato.

—Cada día me cae mejor.

—Sois tal para cual.

El silencio se instaló durante unos segundos. Solo escuchaba su profunda respiración al otro lado.

—Entonces…, ¿quieres que vaya contigo?

Me quedé muda. Breena dejó de comer y me clavó una mirada cargada de emoción contenida.

—No sería una cita… Bueno, o sí o yo qué sé…

—¿Te gustaría que lo fuera?

Formuló la pregunta casi en un susurro, con esa aspereza íntima que parecía diseñada para arruinarme cualquier pensamiento lógico.

Breena abrió los ojos aún más y asintió frenéticamente.

—Es una pregunta muy… directa para una llamada no autorizada.

—Puedo hacerla más complicada.

—No es necesario.

Me tapé la cara con la mano. Breena no dejaba de hacerme gestos para que continuara.

—Es un restaurante a oscuras —balbuceé.

—Vale.

—Completamente a oscuras.

—Sí, entiendo.

«Dios, qué voz más bonita tiene».

—No sabes qué comes hasta el final.

—Interesante.

—Y ahora tengo la sensación de que tu cerebro acaba de encender todas las luces que el restaurante no tiene.

—Miento si digo que no —sonrió.

—Santo cielo… —Y yo sonreí con él, sintiendo cómo mis propias luces de advertencia se fundían una a una.

—¿Quieres hacerlo oficial o prefieres que finjamos que no me estás pidiendo una cita?

Miré a Breena. Asintió con una solemnidad absolutamente teatral, dándome el visto bueno final.

Respiré hondo. Ya no podía seguir mintiéndome a mí misma. Quería verlo. Quería estar con él. A solas. Seguir disfrutando de esa electricidad absurda que me provocaba. Y quizá eso era lo más aterrador de todo el asunto.

—Connor Bradley, ¿te gustaría acompañarme a un compromiso absurdo, en un restaurante pretencioso donde probablemente no sabremos qué estamos comiendo y yo intentaré fingir que no es una cita?

—Me encantaría.

Se me escapó una sonrisilla.

—Has respondido muy rápido.

—Llevo dos días echándote de menos.

Me quedé sin aire.

Lo dijo así, sin aviso ni rodeos, sin darme tiempo a prepararme para el impacto. Fue una honestidad tan directa que casi escupo el corazón.

Frente a mí, Breena fingió desmayarse sobre la silla y empezó a patalear debajo de la mesa en un ataque silencioso de pura alegría.

—¿Ha sido demasiado? —preguntó él, con un matiz de vulnerabilidad.

—No… no. Ah… Más bien, muy difícil de procesar con mi amiga delante haciendo aspavientos como una maldita loca.

—Breena me entiende mejor que tú. Dime hora y lugar.

Tragué saliva.

—Mañana. Ocho y media... En la puerta de mi edificio.

—Vaya, qué bien que me dejes pasar a buscarte para nuestra cita no cita.

Dioses, ¿qué iba a hacer cuándo lo tuviera delante? Porque ahora mismo solo podía pensar en besarlo.

—Adiós, señor Bradley.

—Hasta mañana, señorita West.

Colgué y me quedé mirando la pantalla como si acabaran de invocar un espectro demoníaco.

Breena, por su parte, regresó a su bandeja con una tranquilidad insultante, destilando orgullo por haber secuestrado mi destino romántico.

—Bueno. Ha ido estupendamente —sentenció con una sonrisa diabólica.

—Quiero abandonar el país.

—Primero cena. Luego exilio.