My safety net (Love Obviously 1) 38
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Llevaba tres horas estudiando en la UCL, en Bloomsbury, y empezaba a sospechar que, si leía una sola página más sobre teoría sociológica, el cerebro me saldría discretamente por una oreja.

Sería trágico para mi expediente académico, pero bastante práctico para mi situación emocional.

Porque, debajo de todas aquellas capas de erudición, mi mente seguía atascada en un único pensamiento recurrente.

Connor.

Dos días sin verlo. Por culpa de la universidad, los plazos de entrega y el maldito proyecto de final de carrera.

Sí, me había convertido en una criatura desquiciada por un hombre insolente, guapísimo y con una capacidad absurda para arruinarme la concentración.

Maldita sea, lo echaba de menos. Y no de una forma madura o compatible con mi dignidad.

Lo mío más bien era la clase de obsesión que me llevaba a leer la misma frase tres veces.

Para colmo, no entendía nada porque mi mente prefería recordar su voz antes que asimilar cualquier concepto remotamente útil para mi futuro profesional.

De pronto, un sonido estridente destrozó el sagrado silencio de la sala.

Mi móvil.

Di un respingo en la silla y empecé a buscarlo a toda prisa dentro del bolso. Noté de inmediato varias miradas asesinas. Había olvidado ponerlo en silencio. Maravilloso.

—Lo siento, lo siento, perdón… —susurré al resto de las mesas, y descolgué—. Sí, mamá.

Salí casi corriendo con el bolso mal cerrado colgando de un codo, la carpeta apretada contra el pecho y el móvil pegado a la oreja como si fuera un artefacto radiactivo.

—Melani, querida, ¿por qué susurras como si estuvieras negociando un rescate?

Ese fue el saludo de una madre tras varias semanas sin saber de su pequeño y obeso retoño.

—Porque estaba en la biblioteca.

—Ah. Qué inesperadamente aplicado.

Era una noticia muy poco sorprendente que la habilidad de mamá para convertir cualquier observación mundana en un dardo envenenado siguiera intacta.

—Estoy en mi último año de carrera. No es tan inesperado.

—Naturalmente. Todas las jóvenes necesitan un propósito.

Empujé la pesada puerta de cristal para salir al exterior y me preparé para el golpe. Con Lady Margaret Russell una nunca sabía si una llamada traía una emergencia familiar, una orden disfrazada de favor o una humillación envuelta en cachemira.

—Qué llamada tan prometedora. ¿Ha pasado algo?

Crucé Gordon Square. El clima británico estaba en uno de sus habituales arrebatos de esquizofrenia: lloviznaba y flotaba una neblina helada, pero hacía un sol deslumbrante al mismo tiempo. Era una postal ridículamente optimista.

—Sí. Necesito que vayas al nuevo restaurante de Barnaby.

Fruncí el ceño y me detuve en seco junto a un parterre precioso y muy rosa.

—¿Qué Barnaby?

—Barnaby Campbell. El primo de tu tío Harris.

—Mamá, si necesito tres árboles genealógicos y una médium para ubicarlo, no cuenta como familia.

—Es prácticamente de los nuestros.

Retomé la marcha hacia la cafetería intentando conservar un tono civilizado.

—He preguntado por rigor antropológico. La aristocracia británica se reproduce como los gremlins. Uno riega un Harris y aparecen doce primos con restaurante.

—Vas a ir en representación de la familia.

Volví a detenerme.

Necesité un segundo para procesar que acababa de ser convocada como emisaria oficial de la Casa West para un señor cuya cara no habría sabido identificar ni en una rueda de reconocimiento policial.

—¿Al restaurante de un señor que no conozco?

—Es una experiencia culinaria a oscuras. Muy moderna.

—¿Pero qué tengo yo que ver con el primo del tío Harris?

Empujé la puerta de la cafetería del campus. El ambiente era un reconfortante caos de estudiantes. Localicé enseguida a Breena en nuestra mesa habitual junto a la ventana.

—Tu padre no puede asistir, yo tengo un compromiso, tu hermana está ocupada y alguien debe representar a la familia West. Además, eres la única que está en Londres.

Llegué a la mesa y dejé mis cosas en la silla libre.

Breena ya había arrasado en la línea de servicio.

Frente a mi sitio había una jacket potato desbordante de cheddar y atún, un cuenco de sopa de tomate humeante y un té chai.

Frente al suyo, una montaña de macarrones con queso, un brownie de chocolate y una cola.

Había pedido exactamente lo que yo habría pedido, porque su particular lenguaje del amor consistía en odiar al resto del mundo mientras se aseguraba de que yo no pasara hambre.

Nos miramos. Y levantó las cejas en una silenciosa petición de información. Yo puse los ojos en blanco en señal de hastío, y lo entendió todo al instante.

—Qué emocionante ser la cuarta opción dinástica —ironicé, dejándome caer en la silla.

—Y tú sabrás apreciar mejor la experiencia por tu entusiasmo con la comida, querida.

Toma ya, sin anestesia.

No habíamos cruzado una maldita palabra desde la fiesta de Pascua, y esa era la llamada que decidía hacerme. Ni un «hola, hija, ¿cómo está mi pequeño querubín barroco?».

—Te enviaré la dirección. Haz un esfuerzo, Melani. Y ponte algo favorecedor.

La bilis me subió a la garganta.

—¿Favorecedor o invisible? Para coordinarme.

—No seas desagradable.

—Estoy practicando para la cena familiar.

Colgué antes de que pudiera replicar y tiré el móvil sobre la mesa como si quemara.

—¿Y qué coño quería Lady Voldemort? —preguntó Breena, atacando su pasta con el tenedor sin ningún tipo de piedad.

—Representación familiar. El primo del tío Harris ha abierto un restaurante.

Mi amiga adoptó una mueca de absoluto aturdimiento.

—¿Qué primo?

—Barnaby Campbell. Al parecer, es prácticamente de los nuestros.

—Ah, claro. Barnaby Campbell. Figura central en tu vida. Casi te crio.

—No sé ni si nos hemos visto alguna vez.

Atrapé el cuenco de sopa con ambas manos, buscando que el calor me subiera por los dedos y deshiciera el malestar que mamá me había dejado.

—Eso no impide que la aristocracia británica le pida representación a una prima perdida —continuó Breena—. Sois como una secta con vajilla buena.

—E ideas raras. Es una experiencia culinaria a oscuras. No sabes qué comes hasta el final. —Pinché un trozo de patata y me la llevé a la boca sin demasiadas ganas—. Tengo que ir en representación de los West y mamá considera que yo sabré apreciar mejor la comida.

Breena dejó de masticar. Sus ojos se volvieron dos témpanos de hielo asesinos.

—No.

—Sí.

—Qué hija de…

—Estamos en público —advertí.

—… noble linaje altamente cuestionable —completó con un gruñido—. Me encantaría tener cinco minutos a solas con esa mujer en una escalera muy mal iluminada.

—No vas a empujar a mi madre por unas escaleras.

—Empujar y oportunidad gravitacional no es lo mismo.

Se me escapó una risa involuntaria, y la presión cedió un poco. Ese era el superpoder de Breena: coger una humillación familiar y devolverla al terreno de lo soportable a base de hidratos de carbono y una lealtad que rozaba lo criminal.

—Ven conmigo, anda —le supliqué.

—No.

—Qué rápida.

Me señaló con la punta del tenedor.

—Porque la respuesta es obvia. Vas a invitar a Connor.

Casi me atraganté con el té chai.

—¿Qué?

—Lo que has oído.

—Breena, no voy a invitar a Connor a un restaurante a oscuras. ¡Parecería una cita!

Lo dije con toda la indignación posible. Habría resultado mucho más convincente si por dentro no me hubiera dado un vuelco el corazón.

En realidad, me moría de ganas de verlo. Pero quería hacerlo sin parecer una desesperada emocional con acceso a telefonía móvil.

—Es exactamente lo que queremos que sea —confirmó Breena.

—Me niego.

—Piénsalo, es brillante. Oscuridad, comida misteriosa, tensión sexual y tú sin poder esconderte detrás de un menú. Se te habrá follado antes del postre.

Miré a mi alrededor, completamente horrorizada ante la posibilidad de que alguien hubiera escuchado semejante obscenidad.

—¡No va a follarme antes del postre! —exclamé entre susurros.

—Tienes razón. —Asintió—. Connor parece de los que respetan mucho la comida.

—Por el amor de Dios.

Lamenté haberle contado lo ocurrido en el Mini Cooper y nuestra íntima confesión en el Xalapa.

Aunque, siendo honesta, últimamente todas mis conversaciones con ella terminaban en Connor.

Lo cual evidenciaba un dato gravísimo: no conseguía sacármelo de la cabeza.

Sobre todo por las noches, cuando estaba sola en mi cama, apagaba la luz y sonreía a la oscuridad recordando su peso, su boca, su voz y ese enjambre de mariposas traicioneras que me convertía en una idiota funcionalmente enamoradiza.

Maldita sea, ya ni siquiera podía leer a la tía Austen en paz porque mi cerebro siempre encontraba la forma de divagar hasta el pene de Connor Bradley.

—Pero entre el plato principal y el café veo una ventana estratégica —insistió Breena.

—No voy a invitarlo. Sería… raro.

—Mel, tienes sexo pactado con él y un historial reciente de indecencias en cocinas, coches y callejones. Lo raro sería que lo invitases a misa.

—Me estás dando migraña.

—Te mueres por verlo.

Tragué saliva, incapaz de sostenerle la mirada.

—He estado muy ocupada estos días… Maggie ni siquiera me deja acercarme a la residencia cuando tengo mucha tarea.

Breena me miró con absoluta complicidad.

Era una mirada profunda que detectaba todo lo que yo intentaba esconder.

Ella sabía que yo estaba empezando a sentir cosas por Connor.

Y, mientras yo gastaba todas mis energías en meterlas bajo la alfombra, mi mejor amiga se dedicaba a encenderles un foco y darles micrófono.

—Última oportunidad para hacerlo con dignidad.

—No.

Breena dejó el tenedor sobre el plato. Su brazo se movió con una rapidez aterradora y me arrebató el móvil antes de que mi cerebro pudiera procesar el robo.

—Bien. Lo haremos a mi manera. Eficiente, traumática y con resultados. Como un cupido con mala leche.

—¿Qué?

Me enseñó la pantalla con aire triunfal justo cuando la llamada cambiaba de «marcando» a «en curso».

—No, no, no, no…

Empecé a hiperventilar y estiré los brazos por encima de las bandejas para recuperar mi teléfono.

—Demasiado tarde —sonrió.