37
Seguía sentada sobre Connor con la respiración entrecortada contra su cuello y el cuerpo todavía flotando en esa burbuja espesa y peligrosamente agradable.
El silencio posterior a la tormenta me dejó aturdida. No tenía nada que ver con la primera vez ni con el miedo a haber hecho algo mal. Ni siquiera sentí esa necesidad urgente de huir. Era la clase de silencio cálido que jamás creí que experimentaría en brazos de un hombre.
Connor tampoco parecía especialmente operativo. Lo cual resultaba profundamente satisfactorio. Y muy alarmante. Porque mi cerebro, saturado de endorfinas y carente de vergüenza, intentaba procesar la lista de acontecimientos.
Acababa de montarlo en mi propio coche y había tocado su precioso y exuberante pene.
Y mi memoria, por desgracia para mi paz espiritual, insistía en recordar cada detalle con una precisión impropia de una dama.
Lo más grave de todo era que me había sentido segura encima de él.
Tanto que durante un rato me había olvidado de mi peso, de mis complejos y hasta de esas viejas heridas que siempre me perseguían.
Y esa seguridad me provocó un cosquilleo peligrosísimo en las entrañas.
No quería enamorarme de él.
Connor pertenecía a esa categoría de hombres que una debía admirar desde una distancia prudencial. Básicamente porque una chica como yo nunca termina de creerse lo bastante buena para sentarse demasiado cerca del incendio.
Y si íbamos a ser follamigos, no podía permitirme el lujo de mezclar sentimientos con sexo. Era una norma elemental de supervivencia emocional. Muy sensata, además. Por desgracia, estaba siendo vulnerada por una cantidad alarmante de mariposas revoloteando en mi estómago.
Decidí culpar al orgasmo. Me pareció la salida más razonable. Hasta que Connor empezó a acariciarme la espalda.
Maldito fuera. ¿Cómo no iba a caer?
Sus grandes manos subían y bajaban por mi columna con una ternura que no ayudaba en absoluto a mi impecable plan de no enamorarme.
—¿Sigues viva?
—Creo que sí.
Me reí, todavía sin fuerzas, y él me apretó contra su torso. Nos miramos. Quise besarlo de nuevo. Empaparme de su sabor. Quedarme un poco más en esa burbuja donde yo no tenía que fingir nada.
Pero me contuve y opté por decir algo estúpido.
—Estaba pensando cómo demonios voy a recuperar cierta apariencia de persona respetable.
Connor se carcajeó. El sonido vibró en su pecho y me hizo cosquillas.
—No quiero desanimarte, pero te va a costar.
—No te rías.
Le di un golpecito en el hombro, toda enfurruñada y risueña. No podía creer que estuviéramos compartiendo aquella intimidad. Supuse que nuestra terapéutica y obscena charla en el Xalapa había influido maravillosamente.
—¿Ahora tampoco puedo reírme?
—Puedes —dije—. Pero si te mueves así, voy a tener un problema.
—¿Otro?
—Sigues dentro de mí, idiota.
Ambos nos reímos. Pero la risa se apagó poco a poco y solo quedó el compás de nuestra respiración compartida.
Entonces, Connor me besó el cuello y después subió hasta mi mejilla con una lentitud que resultó casi ofensiva.
No tuvo prisa. Eso marcaba una novedad. Y esa calma me parecía muchísimo más inquietante que la fricción salvaje de unos minutos.
Cerré los ojos y le acaricié el pelo en la nuca. Estaba demasiado guapo así. Tan cerca que casi podía creer que era mío.
—¿Estás intentando arreglar el desastre que has provocado? —jadeé.
Dios, me encantaba que me besara de esa forma.
—Solo estoy admirando mi obra.
Me estremecí cuando dejó un reguero de besos húmedos por mi mandíbula.
—Tu obra tiene que conducir hasta Crouch End y todavía le tiemblan las piernas.
—Eso me llena de orgullo.
Sonreí. Era tan deliciosamente insolente.
Intenté apartarme antes de cometer la grandísima locura de pedirle más, luego un poco más y, finalmente, arruinar mi vida entera. Me moví para alejarme de su regazo. Noté cómo salía de mi cuerpo. Fue una ausencia física y punzante que me hizo apretar los muslos por puro instinto.
Naturalmente, mi retirada fue un fracaso torpe y muy poco elegante. Una rodilla chocó contra el respaldo delantero, perdí el equilibrio y Connor se golpeó el hombro contra la puerta al intentar sujetarme.
—Ay.
—¿Otra vez? —Me reí.
—Este coche me odia.
—Ha sufrido un episodio traumático.
Me senté a su lado.
—Debería darnos las gracias. Ha visto cosas increíbles. Y los cristales empañados le dan una atmósfera preciosa.
Se me escapó una carcajada. Desde luego la situación rozaba el absurdo más absoluto.
Mientras yo me recolocaba la falda y las braguitas con la dignidad hecha pedazos, él se ocupó del preservativo con una eficacia rápida y silenciosa.
«Hombre que resuelve vale oro», solía decir Breena. Y cuánta razón tenía.
Salimos del coche. El aire helado del aparcamiento subterráneo me golpeó las mejillas y me recordó de sopetón que existía un mundo real fuera de nuestra burbuja de cristales empañados.
Nos miramos por encima del techo del Mini y me sentí expuesta de una forma luminosa, muy aterradora y absurdamente feliz.
Sí, la felicidad era lo peor. Porque se parecía peligrosamente al amor.
«No te enamores, Mel. No te enamores. Es solo sexo. ¿Cómo puedes ser tan idiota?».
—Vale, voy a irme fingiendo que no quiero repetir.
—Y te lo agradezco. —Soné ridículamente tímida, teniendo en cuenta que acababa de acostarme con él.
¡Por todos los dioses!
Connor rodeó el coche lentamente. No apartó los ojos de mí.
—Pero te voy a robar un beso.
Tragué saliva.
—Y yo… no me voy a quejar.
Me besó junto a la puerta del conductor. Por supuesto, no fue un roce breve ni casto. Me entregó una despedida húmeda, lenta, con lengua y hambre, que se nos fue de las manos en apenas tres segundos porque con Connor cualquier contacto se convertía en un incendio con una facilidad criminal.
—Eso más que un beso parecía el preludio de algo más —jadeé asfixiada y excitada de nuevo.
No me reconocía. No podía creer que yo fuera esa chica que, después de una magnífica sesión de sexo, todavía encontrara fuerzas para insinuar otro desastre.
—Me estoy planteando la posibilidad de echarte un polvo sobre el capó —bromeó muy en serio.
—Ni en tus más remotos sueños.
Esta vez cambió el hambre por una suavidad que me llenó de escalofríos. Apoyó sus labios en los míos con una delicadeza abrumadora, me apartó un mechón de pelo de la cara y me rozó la mejilla con los nudillos.
Ahí volvió el cosquilleo.
No, no. Era la química. Las endorfinas. Cualquier cosa menos sentimientos. Pero cerré los ojos, me dejé mimar bajo su tacto y me gustó tanto que casi dolió.
—Escríbeme cuando llegues —murmuró pegado a mi boca.
—¿Para saber si estoy bien?
—Y de paso decirte todo lo que no he podido hacerte en este coche.
Sonreí y lo empujé con suavidad, como si con ese pequeño gesto pudiera apartar también las emociones que empezaban a crecer en mi pecho.
—Buenas noches, Bradley.
—Buenas noches, West.