36 #2
Me desabroché el cinturón y bajé la cremallera. Después, la miré a los ojos y esperé a que me diera una señal. Mel bajó la vista hacia el bulto que tiraba de mis calzoncillos y se humedeció los labios despacio.
Eso fue suficiente.
Liberé mi polla. Ella contuvo el aliento y me miró curiosa, tímida y encendida. Muy despacio, extendió una mano. Me tocó con mucho cuidado, envolviéndome con sus suaves dedos. El contacto me produjo un violento escalofrío y se me escapó un gruñido.
—Mierda…
Mel se tensó.
—¿Te he hecho daño? —preguntó alarmada.
—No, no… Vas bien.
Lo último que quería era que asociara mi reacción al dolor o al rechazo. Bajé una mano hasta la suya para mantenerla donde estaba.
—Sujétalo ahí y bájalo despacio.
—¿Así?
—Sí...
—No suenas muy seguro.
Sonreí asfixiado.
—Estoy segurísimo. Lo que pasa es que me siento profundamente engañado.
—¿Por qué?
La miré. Joder, estaba buenísima. Mi preciosa dama tenía sus delicadas manos en mi polla y una mueca de desastre moral y yo solo podía pensar en follármela como un salvaje.
—Porque existes con esa pinta y pretendes que me comporte como un caballero.
—Creía que eras un caballero funcional.
—Ahora mismo quiero arrancarte esas medias con los dientes. Tú dirás. Ah…
Mel siguió desenrollando el látex con una concentración que habría resultado adorable si no me estuviera matando por dentro. Apreté sus muslos respirando por la nariz como si eso sirviera de algo.
—Me he pasado la cena entera muriéndome por tocarte —jadeé.
—Pues podrías haber disimulado un poco mejor.
—¿Tan evidente he sido?
—Lo cierto es que no me he dado ni cuenta.
—Pues ya te lo digo yo, solo podía pensar en follarte.
—Eso ha sonado muy poco galante —sonrió.
—Estás a punto de montarme mientras llevas medias liguero. Dame margen para la poesía.
Terminó de ponerme el condón, pero no apartó la mano.
Sus dedos se quedaron allí, suaves y temblorosos, demasiado curiosos para mi supervivencia.
La observé con una intensidad oscura, respirando de puro milagro.
Y ella se ruborizó aún más al darse cuenta de lo poderosamente íntimo que estaba siendo ese momento.
—No me mires así, por favor.
—Tienes la mano en mi polla, Melani. Estoy inmortalizando este momento.
—Uy, qué ordinario. —Se echó a reír, muerta de la vergüenza.
—Muchísimo. Y te está gustando.
—Ni por asomo.
—Pero estás apretando.
Me soltó de golpe.
—Oh, Dios.
—No, no. Ahora no te me vuelvas devota. Ven aquí.
La agarré por las caderas y tiré de ella hacia mí. Mel se apoyó en mis hombros y escondió la cara en mi cuello. Aun temblando como lo hacía, confiaba en mí de forma instintiva. Era el mejor regalo que podía hacerme.
Moví las manos bajo su falda, aparté la tela de sus bragas y deslicé mis dedos por su centro.
Estaba tan empapada y caliente que se me nubló la vista.
La acaricié con lentitud, formando suaves círculos alrededor de su clítoris, lo justo para escuchar cómo se le cortaba la respiración contra mi yugular.
—¿Y qué se supone que…?
—¿Está solicitando instrucciones, señorita West? —bromeé.
—Más bien, solicito asistencia técnica.
—La asistencia técnica está muy excitada ahora mismo.
—Procure ser profesional, señor Bradley.
Dejé de tocarla y clavé mis manos en su cintura.
—Levanta las caderas e inclínate hacia mí.
—¿Así?
—No. Más cerca.
La sostuve con firmeza y la guie. Su humedad rozó la punta de mi erección y tuve que apretar los dientes para no empujar hacia arriba.
—Ahora sí. Baja despacio, eso es.
—Dios… —gimió ella, cerrando los ojos al sentir cómo entraba en ella.
—No invoques a nadie. Estoy intentando concentrarme.
—¿Tú? ¿Concentrarte?
—Sí. En no hacerte rebotar contra el techo del coche.
Mel sonrió, pero la risa se le transformó en un gemido cuando empezó a sentirme de verdad.
El humor se nos quedó pequeño mientras ella bajaba sobre mí despacio, muy despacio, abriéndose a mi alrededor con un calor estrecho y brutal.
Por un segundo no supe si ponerme a rezar, maldecir o morderle la boca.
—Ah…
—Sí, joder, así. Sigue.
—Es… es demasiado… —susurró ella.
—Lo sé.
—No, no lo sabes.
—Cereza, estoy notando cómo te tragas mi polla centímetro a centímetro. Te aseguro que tengo información suficiente.
Soltó un gemidito precioso, a medio camino entre una risa nerviosa y un jadeo. Y yo perdí cualquier resto de sonrisa cuando, por fin, se hundió hasta la base. Me quedé completamente quieto, con las manos clavadas en sus caderas y la respiración hecha pedazos.
—Parece que estás sufriendo —dijo bajito.
Dejé caer la cabeza contra el respaldo del asiento.
—Ah, estás tan apretada… —gemí, tembloroso.
—¿Eso te gusta?
La miré.
Tenía las pupilas dilatadas, brillantes, llenas de deseo y de una inseguridad que me dolía. Como si todavía necesitara saber si su cuerpo estaba bien. Si ella estaba bien. Si yo estaba disfrutando todo aquello de verdad.
—Me gusta que seas tú.
Vi a la perfección cómo se le empañaban los ojos. La frase había llegado donde tenía que llegar. Y me dio igual cuánto de mí dejaba expuesto.
—Estoy completamente dentro —murmuré ronco.
—Sí…
Nos miramos, casi incrédulos, respirando el mismo aire, con el mundo reducido a su cuerpo sobre el mío y a esa certeza brutal de que nada de aquello se parecía ya a un acuerdo, ni a un plan, ni a una puta casualidad.
—Hola —jadeé como la primera vez.
—Hola. —Me sonrió.
Y entonces la besé con locura. Saboreé su boca mientras deslizaba las manos por su espalda, todavía intentando entender cómo coño podía existir algo tan perfecto.
—Muévete —le pedí.
Levantó un poco las caderas con un tímido movimiento, casi temeroso.
—¿Así?
—No. Mejor así.
La agarré por las caderas, la levanté y tiré de ella hacia abajo, marcándole un ritmo lento, profundo y jodidamente mortal. Mel jadeó contra mi boca y se aferró a mis hombros.
—Oh.
—Ahora tú.
Repitió el movimiento, torpe al principio. Pero a la segunda encontró mejor el ángulo, y a la tercera bajó con una firmeza que me hizo apretar los dientes. La miré alucinado. Porque estaba aprendiendo. Conmigo. Y eso me volvía loco.
—¿Lo estoy haciendo bien? —me preguntó con la voz entrecortada.
—Lo estás haciendo de puta madre.
Sonrió orgullosa y volvió a moverse, esta vez con más intención. Y yo empujé las caderas hacia arriba sin poder evitarlo, saliendo a su encuentro. Ella soltó un jadeo más alto y clavó sus dedos en mi nuca.
—Lo siento.
—Ni se te ocurra disculparte mientras me follas. —Apoyé mi frente en la suya—. Venga, Mel, háblame… —le rogué, porque necesitaba su voz tanto como necesitaba su cuerpo.
—Hazlo… hazlo otra vez.
Volví a empujar hacia arriba justo cuando ella bajaba sobre mí. El impacto nos arrancó un gruñido a los dos, y Mel se quedó un segundo suspendida, con la boca entreabierta.
—Tú bajas y yo subo. ¿Lo notas?
—Sí —gimió.
—Pues no pares.
—No puedo creer que estés explicándome esto mientras lo practicamos —logró decir entre jadeos.
—Estoy intentando enseñarte sin correrme en el intento. Valora mi esfuerzo.
Mel encontró mejor el ritmo. Ya no se movía con la cautela inicial. Subía y bajaba sobre mí con una concentración hermosa, cada vez más segura y hambrienta.
—No te imaginaba tan hablador durante el sexo, señor notable alto.
—Ni yo que fueras a gustarme tanto —le aseguré—. Lo único que lamento es no estar ahogándome en tus preciosas tetas. Daría lo que fuera por morderlas ahora mismo.
—Debatiremos sobre eso cuando pueda respirar sin sentir tu pene hasta en el alma.
Se me escapó un gruñido y estrujé uno de sus pechos con fuerza. Ella gimoteó de puro placer y enterró sus dedos en mi pelo.
—Joder, me pone cachondísimo que hables así.
—Eres una mala influencia.
—Lo que tú quieras.
El ritmo se volvió más frenético. Había urgencia en ambos, un deseo sucio y compartido. Ella quería más, me lo pedía cada vez que se dejaba caer sobre mí, y yo no podía evitar empujarme como un animal.
—Connor… —suplicó.
—¿Lo quieres más fuerte, cariño?
—Ah, sí… Dámelo más fuerte.
Cambié el ritmo. La agarré del culo y empecé a embestirla desde abajo con una fuerza que me dejó sin cualquier resto de educación.
El Mini chirrió bajo nosotros, los cristales estaban completamente empañados y Mel se aferró a mi cuello, arañándome los hombros.
No intentó sonar decorosa, ni esconderse, ni pedirme perdón por quererlo así.
—Así… No pares.
—Ni de coña.
Metí una mano entre los dos. Encontré su centro húmedo e hinchado, y empecé a acariciarlo con la misma cadencia con la que la follaba.
Mel echó la cabeza hacia atrás, gimió mi nombre una y otra vez.
Pero la sujeté de la nuca con firmeza para traerla de vuelta a mí.
No quería que se perdiera sola en aquello.
Quería que supiera que era conmigo. Que era ella. Que era nuestro.
—Dime que vas a correrte mirándome a los ojos —le ordené, ciego de placer.
—Hazlo conmigo. —Me devolvió la exigencia.
Ya sentía cómo el orgasmo empezaba a gestarse en mis pelotas.
—Joder, te adoro.
Me salió crudo. Desesperado. Como un golpe. Como si el cuerpo hubiera dicho la verdad antes de que yo pudiera esconderla.
—Ah, Connor…
Mel se corrió con un grito largo, apretándome tan fuerte que me arrastró con ella. Exploté con un gruñido que fue una mezcla absoluta de placer, alivio y un amor que ya no sabía cómo coño esconder.