36
La acompañé hasta el aparcamiento subterráneo con una erección que apenas me dejaba caminar.
No pensaba follármela. Bueno, sí que lo pensaba, a todas horas, pero mi plan era otro. Uno muy serio y responsable, propio de un ciudadano reinsertado que había sacado notable alto en Lengua escribiendo sobre su mierda de pasado.
Así que la llevaría hasta su coche, le robaría un beso decente, quizá dos si la cosa se ponía generosa y después me largaría antes de perder lo poco que me quedaba de control.
Esa era la teoría. En la práctica, Melani caminaba a mi lado mirándome de reojo mientras se mordía el labio y yo empezaba a pensar que iba a necesitar una ducha fría y quizá un par de pajas.
Cuando llegamos a su Mini Cooper, hice lo único sensato que se me ocurrió: me quedé a un par de pasos. Porque la distancia en aquel momento era la última frontera de un hombre desesperado.
Mel se detuvo junto a la puerta del conductor y me miró bajo la luz fría del aparcamiento.
—¿Por qué te quedas ahí?
Tragué saliva.
—Porque si me acerco, voy a besarte.
—Ah.
—Y si te beso, voy a querer meterte mano. —Sinceridad ante todo—. Y como soy un caballero de conducta impecable, estoy intentando darte margen para huir.
Contuvo una sonrisa.
—No sé si «conducta impecable» encaja con arrastrarme a un callejón hace cinco minutos.
Me encogí de hombros.
—Probablemente no. Pero no parecías muy disgustada.
—Estaba ocupada intentando recordar cómo se respiraba.
Sonreí orgulloso al detectar que ella también tenía su propia batalla con el deseo. Lo noté en la forma en que apretó más las llaves, en cómo sus pupilas se oscurecieron un poco y en cómo intentaba estirar aquella despedida.
Estaba nerviosa. Y excitada. Y yo estaba a punto de cometer una estupidez monumental con el coche más cuqui de todo Londres como cómplice.
—Estamos en la residencia —dijo un poco asfixiada.
—Gracias por recordármelo. ¿Es tu forma de decirme que quieres que me porte bien?
—Sería lo razonable.
Di un paso hacia ella. Solo uno. Suficiente para que el aire entre los dos se volviera más denso.
—Me has contado cómo quieres perder la cabeza conmigo y ahora pretendes que tire de razonamiento. —Me incliné hacia su oído y susurré—: Qué peligrosa eres, cereza.
Ella tuvo un escalofrío.
—Quizá deberíamos despedirnos.
—Quizá.
Pero ninguno de los dos se movió. Y la poca distancia que nos separaba empezó a ser una provocación.
Me moví yo. O quizá se movió ella. A esas alturas me importaba una mierda quién lo hizo primero, porque la tenía contra mí y la besé con toda la moderación que no había usado en el callejón. Es decir, ninguna.
Mel se enganchó a mi sudadera y tiró de mí con una fuerza torpe y desesperada que me puso a cien. La empujé contra su coche y le mordí el labio. Ella jadeó pegada a mi boca y yo aproveché para besarla más hondo.
Deslicé mis manos por sus caderas y las clavé en su precioso culo para apretarla contra mi erección, dejándole sentir exactamente en qué estado me tenía. Mel gimió de nuevo y clavó los dedos en mi nuca. Se entregó a mí tan encendida que temí correrme en los putos pantalones.
Joder, estaba hambriento de ella.
—Esto no tiene nada de sensato —resolló mientras mordisqueaba mi mandíbula.
—La sensatez está sobrevalorada.
—Estamos en un aparcamiento.
—No puede importarme menos.
Mel se rio contra mi boca. Y con ese sonido, se fue a tomar por culo cualquier rastro de conducta ejemplar.
La besé otra vez, de una forma más sucia, tragándome su risa hasta convertirla en una respiración rota y necesitada.
Y de pronto ella me empujó o lo intentó, porque la diferencia de tamaño hizo que acabáramos chocando los dos contra la puerta trasera.
La abrí a la desesperada. Honestamente, su Mini no estaba diseñado para una versión de mí tan caliente como el cráter de un volcán activo.
Pero necesitaba tocarla sin que alguien pudiera aparecer para convertirnos en leyenda local.
Nos metimos en el asiento trasero con la coordinación de dos animales borrachos. Mi rodilla chocó con algo duro, el abrigo de Mel se enganchó en la puerta y yo me golpeé la cabeza contra el marco.
—Mierda —me quejé.
—¿Te has hecho daño?
—No lo suficiente como para suspender por traumatismo.
Mel se carcajeó y yo me uní a ella. Y, a continuación, nos estábamos besando de nuevo porque, al parecer, éramos incapaces de hacer nada en orden.
El espacio era ridículo. Había rodillas donde no cabían rodillas, manos por todas partes, mi espalda hundiéndose en el asiento y Mel intentando no aplastarme mientras yo solo podía pensar que, si aquello era morir por falta de margen, aceptaba el destino con gratitud.
—Esto es ridículo —sonrió Mel.
—Pues a mí me encanta.
La atraje por las caderas y acabó a horcajadas encima de mí. No había otra forma de seguir besándonos en condiciones dentro de aquel diminuto coche.
Entonces el mundo se detuvo.
Mi dama estaba sentada sobre mí, con la falda subida lo justo para dejarme ver sus muslos y esa mezcla imposible de pudor y deseo en su preciosa cara. Si alguna vez me permití imaginar algo bueno, era precisamente ella. Ella. Mirándome como si me hubiera escogido.
De alguna forma, lo había hecho.
Pero la magia pareció quebrarse cuando su mirada bajó a su propio cuerpo y le sobrevino la inseguridad. Mierda, casi la vi cobrar forma entre nosotros.
—Peso demasiado, ¿verdad?
Ese comentario me despertó unas ganas imposibles de quemar algo.
—No digas gilipolleces, cereza.
No fui dulce. Preferí transmitírselo clavando las manos en sus muslos y afianzándola aún más sobre mi dura polla mientras mi cabeza era una puta ruina. Acababa de preguntarme si pesaba demasiado justo cuando yo estaba pensando que no había sentido nada tan perfecto en mi vida.
Lentamente, acaricié sus muslos, deslizando mis manos bajo su falda. Mel contuvo el aliento, quizá avergonzada por mi osadía o por lo poco que me importaba el espacio, el aparcamiento o cualquier maldita ley de la física. Y de pronto mis dedos rozaron la suavidad de su piel desnuda.
Me congelé.
Bajé la vista.
Medias.
Y no unas cualquiera. Eran unas putas medias de liguero. Joder, la imagen disparó mi lujuria a niveles estratosféricos. Esa chica era una asesina en potencia.
—¿Todo este tiempo has llevado medias de liguero?
Mel se ruborizó y desvió la mirada. Dios, quería comérmela entera.
—Son muy cómodas para esta época del año.
Pestañeé.
Tenía al amor de mi vida sentada encima de mi erección, con la falda subida y unas medias de liguero escondidas bajo toda aquella compostura británica y su argumento oficial era la comodidad estacional. De puta madre.
—Cómodas. Claro. Me parece importantísimo que estés cómoda mientras arruinas mi vida.
—Qué dramático —sonrió.
—Menos mal que no me lo has dicho antes.
—¿Por qué?
La miré de arriba abajo.
—Porque de haberlo sabido te habría follado en el baño del Xalapa.
Por una vez, se quedó sin réplica, y yo aproveché ese silencio para besarla de nuevo, colando las manos por debajo de su jersey en busca de más piel.
—Eres lo más sexi que he visto en mi vida —jadeé más excitado que nunca.
—¿Cómo puedes soltar esas cosas con tanta tranquilidad? —susurró, temblando bajo mis caricias.
Me reí contra su boca.
—No estoy ni remotamente tranquilo.
En realidad, esos pequeños gemiditos que intentaba esconder en mi boca me estaban mandando directo al infierno.
Tomó la iniciativa y empezó a frotarse contra mí.
Mis manos encontraron sus pechos bajo el sujetador y los estrujé con fuerza.
Ella soltó un gemido agudo e inclinó la cabeza hacia atrás, exponiendo su garganta.
Acepté la invitación y mordí suave la curva de su cuello.
Sus dedos se hundieron en mi pelo y me empujaron un poco más hacia ella.
—Dímelo. —Mi voz salió grave pegada a su yugular.
—¿El qué?
—Qué quieres hacer conmigo.
Mel me miró. Había un brillo salvaje en sus ojos dorados, un fuego que yo había encendido y con el que me sentía profundamente satisfecho.
—Quiero… ¿Me dejas tocarte?
Se me cortó el aliento. Esa forma de pedírmelo, tímida y atrevida al mismo tiempo, me dejó al límite.
Con las manos temblando de pura anticipación, metí la mano en el bolsillo trasero del vaquero. Saqué un preservativo, arrugado por las esquinas, y se lo extendí.
Se le encendieron aún más las mejillas.
—¿Llevas…?
—Aprobé. Tenía derecho a ser optimista.
Al final se le escapó una carcajada preciosa y, por un instante, me tentó detenerlo todo solo para pasarme la noche viéndola reír.
Me obligué a respirar.
—Has dicho que querías tocarme —dije despacio, dándole una salida si acaso la necesitaba.
—Eres obscenamente considerado —bromeó.
—Estoy intentando no morirme, así que no me felicites todavía.
Asintió casi imperceptiblemente y cogió el condón con timidez.
—No he hecho esto nunca. Me da… vergüenza.
—Yo tengo un infarto cada vez que apareces ante mí y aquí sigo.
Se me escapó. Fue información clasificada que salió de mi boca sin permiso. Por suerte, Mel solo parpadeó. No entendió todo lo que se escondía en esa frase.
—No sabía que fueras tan exagerado.
—Créeme, de exagerado nada. ¿Quieres ponérmelo tú? —pregunté en un susurro íntimo.
La forma en que se lamió los labios y se recogió un mechón de cabello mientras la respiración se le entrecortaba me volvió loco.
—Sí que quiero. ¿Me… enseñas?
¿Cómo demonios gestionaba yo el hecho de que mi dama estuviera pidiéndome que le enseñara a tocarme? Tuve que hacer un esfuerzo muy serio para no terminar escupiendo un pulmón.
Asentí y le expliqué lo justo. Porque si pensaba demasiado en lo que estaba a punto de pasar probablemente no llegaría ni a sacármela. Tenía que ser un puto monje tibetano. Resistir, ese era mi nuevo mantra.
Pero Mel se llevó el envoltorio a la boca y rasgó el plateado con los dientes.
«Joder, joder, joder». El puto mantra se fue a la mierda. Cerré los ojos. Por un vergonzoso instante, pensé de verdad que me iba a correr. No era coña.