35
Al salir del Xalapa, el frío húmedo de Broadwater nos cayó encima.
Intenté caminar con normalidad. Lo cual era admirable teniendo en cuenta que me había pasado la cena entera confesando mis deseos más indecorosos, riéndome como una idiota y descubriendo que Connor tenía una habilidad pasmosa para hacer que me olvidara de todo.
De hecho, parecía haber decidido compensar aquella nobleza emocional caminando demasiado cerca de mí.
Su hombro rozó el mío al cruzar la acera. Luego fueron sus nudillos contra los míos, apenas un toque breve, accidental en apariencia, pero lo bastante preciso para que se me acelerara el pulso.
No dije nada. Naturalmente. Una dama no acusa a un caballero de rozarle la mano en plena vía pública. Más bien, mira al frente, respira con dignidad y finge que no desea que vuelva a pasar.
«No divagues, Melani», me dije. «Trata de comportarte como una mujer normal que acaba de cenar tacos con un amigo». Y eso intentaba. ¡De verdad! Pero ese amigo era enorme y guapísimo y tenía una capacidad criminal para alterarme el pulso.
Connor volvió a rozar mis dedos. Esta vez más despacio.
El muy canalla ni siquiera me miró. Seguía caminando como si nada. Con esa calma falsa de hombre que estaba midiendo exactamente cuánto tardaría yo en perder la paciencia.
El problema era que no quería que parase. Y ese fue mi primer error. El segundo lo cometí al mirarlo. Él sonrió. Dioses, fue una curva mínima, excitante y peligrosamente satisfecha, como si hubiera escuchado mi rendición antes incluso de que yo supiera pronunciarla.
Y entonces me cogió de la mano.
—Connor…
No llegué a formular la protesta. Tiró de mí hacia un callejón y, antes de que pudiera invocar cualquier principio básico de prudencia urbana, me empujó contra la pared y estampó su boca sobre la mía.
Se me escapó un gritito ridículo a medio camino entre el sobresalto y la risa.
—¡Connor Bradley!
—Sí. Ese soy yo —murmuró contra mis labios antes de besarme de verdad.
No hubo tanteo. Solo su cuerpo acorralándome contra la pared, su boca cálida y exigente, y una de sus manos hundiéndose en mi pelo para colocarme exactamente como él quería. La otra bajó con una naturalidad indecente hacia mi trasero y lo apretó para pegarme aún más contra él.
Por desgracia para mi reputación, mi cuerpo no presentó ninguna queja. Al contrario. Me agarré a su chaqueta y le devolví el beso con una desesperación que habría hecho sonrojar a la mismísima Elizabeth Bennet.
Connor soltó un gruñido contra mi boca.
—¿Acabas de arrastrarme a un callejón? —jadeé.
—Técnicamente, te he redirigido.
Volvió a besarme. Más lento y profundo. Su mano abandonó mi pelo y bajó por mi garganta, rozándome apenas con los nudillos hasta llegar al cuello del abrigo. Coló los dedos bajo la solapa, encontró la curva de mi pecho y apretó lo justo para que se me rompiera la respiración contra sus labios.
—Te has vuelto muy insolente con ese notable alto —conseguí decir.
—No es la única nota de la que me siento orgulloso —sonrió—. Eso me ha hecho perder prudencia.
—Claramente.
Mi respuesta habría sonado mucho más decente si sus labios no hubieran resbalado por mi mandíbula. Dejaron un reguero de besos en su camino hacia mi cuello. Cuando llegó a mi yugular creí sinceramente que me desmayaría.
—Además —murmuró contra mi piel—, llevas toda la noche volviéndome loco.
Me reí, o al menos lo intenté. El sonido salió demasiado tembloroso. Él lo notó, por supuesto, y volvió a besarme. Dios, me encantaba su lengua.
—Esto es muy poco civilizado —jadeé.
La presión de su erección no me dejaba pensar.
—Hemos cenado, hablado de sentimientos y no te he metido mano bajo la mesa. Necesito compensar.
—Qué sacrificio tan noble.
Me besó justo en ese punto donde mi pulso se había vuelto loco.
—Este sería un buen momento para cumplir esa fantasía tan específica tuya sobre lo de follar en un sitio público.
Abrí los ojos de golpe.
—¿Perdona? ¿Cuándo he dicho yo eso?
Connor levantó la cabeza lo justo para mirarme con una sonrisa traviesa.
—No sé, piénsalo. Callejón solitario. Noche. Pared. Yo.
—Qué generoso al incluirte en la ecuación.
—Soy una parte fundamental.
Se me escapó una carcajada e intenté empujarlo. El problema fue que mis manos se deslizaron muy despacio por su pecho. Era imposible aceptar que ese hombre tan imponente estuviera dándome momentos tan inolvidables.
Connor observó mis dedos, vio cómo se clavaban en su vientre. Luego volvió a mirarme. Y yo supe, con una claridad espantosa, que él también había notado lo poco que me estaba esforzando por apartarlo.
—No voy a… follar en un callejón de Broadwater. —La frase me salió muy digna.
Bueno, más o menos.
—Parece que el problema es Broadwater.
—Más bien, tengo estándares mínimos y una relación complicada con la humedad de los ladrillos.
—Me has dicho que querías explorar.
Me regaló una sonrisa lenta y absolutamente ilegal.
—Eso no implicaba convertirme en noticia local.
—«Dama de Austen pierde la dignidad entre contenedores».
—Te odio.
—Mentirosa.
Me besó de nuevo y esta vez la broma dejó de ser broma.
No porque fuéramos a hacerlo allí. Todavía conservaba una cantidad mínima de instinto de supervivencia.
Y Connor, pese a su alarmante talento para reducirme a ser una criatura sin principios, no estaba tan perdido como fingía.
Pero durante unos segundos el callejón entero pareció inclinarse hacia esa absurda posibilidad y me encantó.
Tiré de él para ahondar en ese beso. Su respiración cambió. Lo noté en su pecho, en la forma en que su cuerpo se tensó contra el mío antes de responder con una intensidad más sucia e impaciente.
Su mano se deslizó por mi muslo y levantó una de mis piernas, lo justo para encajarse mejor contra mí. Se me escapó un gemido y Connor se lo tragó, apretándome aún más contra la pared.
Durante un peligroso instante todo dejó de importar. Desaparecieron hasta los recuerdos más duros. Solo estaba Connor. Su cuerpo. La dureza de su deseo contra mí. Y esa forma suya de besarme, absolutamente devastadora.
Entonces, se detuvo. Frotó sus labios con los míos y me miró con esa sonrisa lobuna de hombre que acababa de recordar a tiempo que seguíamos en un callejón de Broadwater.
—La acompañaré a su coche, señorita West.
Parpadeé, completamente descolocada.
—Es usted absolutamente frustrante, señor Bradley.