My safety net (Love Obviously 1) 34 #2
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—No voy a dejar que lo conviertas en una anomalía para sentirte más segura —me interrumpió—.

Te propuse un plan, terminamos en la cama, funcionó espectacularmente bien para ambos.

La pregunta es: ¿qué quieres, Melani? Porque yo estoy listo para correr por la campiña inglesa en pelotas si tú me lo pides.

Dije que sería tu lugar seguro, ¿recuerdas?

Aquello no tenía nada que ver con el plan, ni con Tinder, ni con lo que él había sentido. Qué quería yo. No qué debía querer ni qué se esperaba de mí.

Qué quería. Qué quería. Qué quería.

No estaba acostumbrada a contestar eso sin pedir perdón.

—Qué quiero… —murmuré.

—Exacto.

Tenía la garganta seca y el corazón me golpeaba las costillas de forma insistente, como si también quisiera salir de su escondite.

Miré la mesa, la comida empezaba a enfriarse, las preciosas manos de Connor muy cerca de las mías.

Sus nudillos marcados. El sutil rastro de algunas cicatrices.

Esa forma suya de estar quieto para no asustarme, aunque todo en él pareciera contener una tormenta.

Por una vez, decidí ser tan valiente como él.

—Estoy pensando que… no apagaste la luz…

—Empecé con voz trémula—. Me viste entera y me muero de la vergüenza solo de recordarlo…

Hubo momentos en los que no me reconocí y eso me aterrorizó, pero…

me gustó… Me gustó muchísimo esa versión de mí.

Hiciste que olvidara pensar en mi cuerpo como algo… malo.

—Tu cuerpo fue lo que me volvió loco, Mel.

Lo dijo como si estuviera proclamando un hecho. Como si mi cuerpo hubiera sido, simplemente, deseo.

Su deseo.

—Quiero que vuelvas a… mirarme de esa manera… —confesé, subiendo un escalón más hacia la perdición—. Quiero besos de verdad. No educados, sino de esos que hacen que se te olvide qué hora es o si has dejado el horno encendido.

Sentí que estaba cruzando una frontera invisible y sin retorno.

Me avergonzaba decirle todas esas cosas al hombre que podía desarmarme con una sola mirada.

Pero también había algo luminoso en todo eso.

Porque tan solo era Melani West queriendo sentir sin pedir perdón por el ruido que hacía mi propio corazón.

Y Connor Bradley parecía saber darme todas esas cosas.

—Quiero… explorar. Y no dejar únicamente que me exploren… —Mi voz se convirtió en un runruneo tímido, pero firme—. Quiero… tocarte de esas formas tan poco elegantes sin sentir que estoy siendo… vulgar. Quiero sentirme… ya sabes.

—Follada —completó él sin dudar.

Cerré los ojos un segundo.

—Sí… Y no sentirme obscena cada vez que pienso en lo muchísimo que me gustó que… que me mordieras.

No especifiqué dónde. No hizo falta.

Connor se quedó muy quieto. La mandíbula tensa, esos ojazos verdes clavados en mí y una respiración demasiado medida. No sabía qué estaba pensando, pero el modo en que me observaba me hizo pensar que quizá no era la única luchando por conservar la compostura.

Me tapé la cara de nuevo. Necesitaba un momento para recuperar el aliento y continuar con aquella especie de listado de pecados inconfesables. Connor no presionó. Tan solo esperó y parecía dispuesto a hacerlo toda la noche.

—Me encantó cuando fuiste dulce. —Bajé las manos, despacio—. Y cuando no lo fuiste tanto. Y me gustaría no creer que soy… incorrecta por querer ambas cosas. Porque… gracias a ti… he descubierto que de verdad me gustan ambas cosas…

—Puedes querer las dos cosas, Melani. Dulce y no tan dulce. Y seguir siendo tú.

Las lágrimas me picaron en los ojos. Sí, era así de tonta y sensible.

Esa validación, tan sencilla y brutalmente honesta, hizo más efecto que cualquier discurso psicológico o motivacional.

Connor no me miraba como a una contradicción que hubiera que resolver ni me reducía a «la chica buena» que buscaba ser «la mujer ardiente».

Solo me abría el camino para existir entera.

Con pudor y deseo. Con ternura y hambre. Con sombras y luces.

—Estoy dándote instrucciones muy detalladas para arruinarme la vida.

—Créeme, ahora mismo mi polla y mi autocontrol están teniendo una conversación interna muy difícil por culpa de esas instrucciones.

—No puedo creer que hayas dicho eso —dije, escandalizada.

—Podría haber dicho algo muchísimo peor. —Sonrió de medio lado.

Intenté reírme con normalidad, pero noté un nudo en la garganta. Era el instinto de huida, que volvió a aparecer porque todo aquello estaba siendo demasiado bueno. Peligrosamente real.

—¿Y tú qué ganas con esto? —quise saber.

—¿Con escucharte decir que quieres que te bese y que te folle como un salvaje? Bastante, la verdad. No me quejo.

Le di un codazo.

—Estoy hablando en serio, Connor.

La sonrisa se le suavizó, y se pasó una mano por la nuca.

—En realidad yo también. Ayer en la biblioteca descubriste de una forma muy desagradable que no he tenido oportunidades de ser un caballero. —Me miró fijamente con una honestidad cruda—. Tú tienes miedo de lo que provocas. Y yo tengo miedo de no saber cómo coño ser un chico normal.

Fue justo en ese preciso momento cuando sentí que aquella cita se había convertido en algo más frágil y serio. Dos personas con demasiados traumas intentando no esquivar algo bueno solo porque ninguno sabía muy bien qué hacer con ello.

—Yo tampoco lo soy mucho si estoy debatiendo contigo los pormenores de… no sé, reconstruir mi autoestima sexual o cómo demonios se llame esta catástrofe —reconocí—. Y no has respondido a mi pregunta.

Me regaló una sonrisa preciosa.

—Qué gano yo, veamos… —Se rascó la barbilla, pensativo—.

Llevarte a cenar. Hacerte reír. Preguntarte qué quieres.

Que me lo digas, explorar juntos, perder la cabeza.

Tú no sales corriendo y yo no convierto cada cosa buena en una señal de peligro.

Digamos que… quiero aprender a vivir una vida en la que pueda estar sentado aquí, contigo, y no sentir que tengo que prepararme para que alguien lo arruine.

Sentí un pánico atroz al descubrir lo asombrosamente fácil que sería enamorarme de él.

—No quiero que me ayudes por pena, Connor. —Repetí mi peor inseguridad.

—No me excitas por pena, Mel —dijo tajante.

Fruncí el ceño.

—¿Te excito?

—¿Quieres la respuesta educada o evidente?

—La más honesta.

Sus ojos seguían fijos en los míos cuando tomó mi mano con una suavidad que hizo aún más escandaloso lo que vino después. La llevó bajo la mesa y la presionó contra la dura prueba de su deseo.

Me quedé congelada. Y sin aire. Y ardiendo viva de los pies a la cabeza.

—¿Te parece lo bastante honesto? —preguntó en un susurro ronco.

—Por Dios, eres tan insolente.

Y entonces me eché a reír. No pude evitarlo. Fue una risa nerviosa que rompió la tensión lo justo para que pudiera volver a respirar con normalidad, pese a que mi mano seguía sobre su erección.

La retiré con lentitud.

—Y si la cosa se pone rara o demasiado abrumadora, ¿me lo dirás? —Le pedí, recuperando un poco la cordura—. No… no quiero perderte por culpa de un maldito experimento sexual.

Connor se inclinó hacia mí. Pensé que iba a besarme allí mismo, pero escogió quedarse a un solo suspiro de mi boca y volver a sonreír.

—Nueve polvos se nos van a quedar muy cortos, cereza.

Me reí otra vez, totalmente ruborizada. Quizá él no lo sabía y yo no quería reconocerlo, pero me sentí completa y perdidamente atraída por él.

—Quizá debería pedir un margarita sin alcohol.

—Qué salvaje te has vuelto de repente —se burló.

—No me provoque, señor Bradley. —Alcé la barbilla—. Estoy en plena rebelión.