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Estábamos en la última mesa del Xalapa, la más apartada, esa que Pancho reservaba para primeras citas, discusiones serias o gente con pinta de necesitar intimidad y tequila.
El local bullía alrededor, pero nuestro rincón en penumbra parecía sospechosamente íntimo. Yo intentaba convencerme de que aquello no era una cita de verdad. Connor había sacado un notable alto en Lengua y debíamos honrar ese acontecimiento con comida mexicana y mucha serenidad falsa.
Por eso llevaba dos minutos leyendo la carta como si elegir entre tacos y enchiladas pudiera salvarme de la tensión. ¿Por qué demonios estaba tan guapo con aquella sudadera blanca y la chaqueta de cuero? ¿Quién le había dado permiso? ¿Y cómo había terminado yo colgada de él como un koala?
¡Me quería morir!
—¿Vas a mirarme así toda la cena? —pregunté toda formal.
—Es difícil apartar la vista de ti si sigues mordiéndote el labio de esa forma mientras lees.
—Estoy evaluando opciones gastronómicas.
—Estás nerviosa.
—No sé a qué se refiere, señor Bradley.
—Miente usted fatal, señorita West. Puedo escuchar desde aquí sus pensamientos y le aseguro que son muy indecorosos para tratarse de una dama.
Levanté los ojos de golpe y descubrí una sonrisa muy pícara.
—Sea prudente. Estamos en público —le advertí.
—Lo tengo muy en cuenta —dijo bajito, insoportablemente erótico—. Te aseguro que estoy haciendo esfuerzos sobrehumanos para no meterte mano por debajo de la mesa.
El calor me subió por el cuello como un incendio forestal y me prendió las mejillas hasta la raíz del pelo.
Intenté mantenerme digna y compuesta, pero el dichoso decoro se me tambaleaba cada vez que Connor abría la boca.
Aquella peligrosísima mezcla de descaro y ternura bruta era una forma muy poco ética de desestabilizar a una dama antes de los entrantes.
—No podemos convertir cada conversación en… tensión nuclear o lo que sea esto —protesté abanicándome un poco con la carta del menú.
—No soy yo quien se sonroja con cada cosa que digo —replicó, disfrutando muchísimo del espectáculo.
—Porque dices cosas muy…
En ese preciso momento, apareció Pancho con una bandeja enorme y una sonrisa demasiado satisfecha bajo el bigote.
—Os dejo esto por aquí, tortolitos.
—¡Pancho! —exclamé, viendo cómo aterrizaban varios platos sobre la mesa—. Pero si ni siquiera he pedido.
—Eres una dama de costumbres fijas, chaparrita.
Me guiñó un ojo y se marchó antes de que yo pudiera protestar con un mínimo de eficacia.
Connor parecía sencillamente encantado con el despliegue culinario y con el apelativo de «tortolitos».
—Bueno. —Me aclaré la garganta y cogí la servilleta con una compostura que habría emocionado a la tía Austen—. Y dime, señor notable alto, ¿qué se supone que se hace en una cita?
—No tengo ni puta idea —confesó con una naturalidad pasmosa mientras se servía.
—Qué alentador.
El problema era que Connor podía decir eso y seguir adelante como si la incertidumbre no fuera una criatura muy mala escondida debajo de la mesa. Pero yo no funcionaba así. Yo necesitaba un pequeño marco teórico con notas al pie y una bibliografía emocional razonable.
Necesitaba saber qué estábamos haciendo antes de que el deseo volviera a secuestrarme el cerebro y me dejara otra vez sin una sola defensa.
Porque una cosa era haber acabado en la cama por culpa de un plan absurdo, una lasaña criminal y una cantidad preocupante de tensión.
Y otra muy distinta era estar sentada frente a ese hombre en una mesa apartada del Xalapa y sentir que aquello podía significar algo.
—Yo tampoco sé cómo se hace esto. Me refiero a… hablar contigo sin parecer una completa idiota.
—No pareces una idiota —me aseguró.
—Todavía no he empezado. Dame tiempo.
Connor dejó de servirse, apoyó un antebrazo en la mesa y se volvió hacia mí con una atención que me puso aún más nerviosa.
—Vale. Hablemos en serio.
Tragué saliva.
—Eso ha sonado peligrosísimo.
—Lo es un poco. Pero no te escudes en la ironía.
Me pellizqué los dedos bajo la mesa, intentando reunir un valor que no se parecía en nada al de las heroínas literarias.
Ellas parecían sufrir con una dignidad admirable junto a ventanas lluviosas.
Yo, en cambio, estaba a punto de debatir los términos emocionales y sexuales de un acuerdo nacido de diez polvos hipotéticos.
—Me preguntaste en la biblioteca cómo me había sentido… Si me había gustado, pero en esa locura… fuimos dos… Aunque yo todavía esté procesando mentalmente que todo eso pasó de verdad.
Maldita sea, se me iba a salir el corazón por la boca.
—Entiendo. Quieres saber si a mí me gustó.
—¡Ah, mejor no hables! —Alcé las manos, en pánico total—. No quiero oírte decir absolutamente nada en los próximos cinco minutos. Por el bien de mi salud mental, por favor. Y deja de mirarme así.
—¿Así cómo? —preguntó risueño.
—Como si te pareciera adorable mi inminente colapso.
Cerré un instante los ojos y respiré hondo.
—Lo que ocurrió fue… inesperado. Y precioso. Y desquiciante. Y completamente irresponsable. Y desde entonces tengo la terrible sensación de que, para protegerme, mi cerebro ha archivado el episodio bajo la categoría de «posible alucinación erótica provocada por una indigestión de bechamel».
Connor apretó los labios con fuerza.
—No te rías —exclamé ofendida—. Como decía… Estoy intentando determinar en qué categoría exacta debemos colocar lo que pasó. Hay varias posibilidades viables.
—Esto promete.
Se acomodó en la silla, expectante.
—Uno: enajenación mental transitoria causada por pasta y literatura clásica. Dos: episodio erótico aislado, del que no volveremos a hablar jamás. Tres: experimento desafortunadamente exitoso. Cuatro: problema.
—¿Problema? —Arqueó una ceja.
—Sí. Problema severo con un cuerpo de escándalo.
—Me gusta esa categoría.
—A mí no. Es muy poco estable para mi salud.
—¿Y cuál prefieres tú?
—La dos es bastante cómoda —admití.
—Me niego en rotundo.
Lo miré indignada por su atrevimiento y aterrada por lo muchísimo que me excitaba que se negara a dejar aquello como un «episodio aislado».
—Estás tratando de desviarme hacia un camino muy peligroso para mi estabilidad emocional, Connor Bradley.
—En mi favor diré que antes he comprobado que no haya tráfico.
—Qué tranquilizador —solté con una risa nerviosa.
—Te sorprendería lo extremadamente útil que soy en caso de emergencia.
—Dios mío. Esto es imposible. ¿Cómo se supone que una mira a los ojos a un hombre después de… de perder cualquier rastro de compostura?
—A mí me gustó tu falta de compostura.
—Lo que quiero decir es que… Me preguntaste si me había gustado. Y yo te contesté. Con una cifra absurda que no pienso repetir en alto porque ya tienes el ego peligrosamente abastecido.
—Un cien.
Me lo recordó con una sonrisa orgullosa.
—Pero tú no dijiste nada.
Me encogí un poco en mi silla, ruborizada, jugando con el borde de la servilleta como si aquel trozo de tela pudiera salvarme de una conversación para la que claramente no estaba cualificada.
—No necesito detalles. Pero sí necesitaría saber si…
No conseguí terminar la maldita frase. Porque lo que quería saber era mucho más humillante que cualquier dato explícito.
Quería saber si las cosas iban a ponerse raras entre nosotros.
Si mi cuerpo, mis torpezas o mi falta absoluta de experiencia lo habían decepcionado.
Si Connor estaba allí, invitándome a cenar, por deseo real o por una mezcla peligrosa de amabilidad, culpa y esa generosidad suya que a veces me dejaba demasiado expuesta.
—Me encantó. —La respuesta fue como un latigazo.
—¿Eh?
—Muchísimo.
—Vale...
—Tanto que me costó un mundo ser civilizado durante el desayuno. Y en el coche. Y en la residencia. O cuando ayer apareciste en la cocina o cuando estudiamos en la biblioteca.
Se me cortó el aliento. Abruptamente. Y lo miré como si fuera una anomalía contra todas mis certezas.
—Como he dicho, no hacen falta los detalles —susurré con el pulso disparado—. Y ahora deja de ser noble. Eso complica muchísimo las cosas.
—No fue un favor. Y no estoy aquí fingiendo una cita porque me compadezca de ti. ¿Qué mierda de visión retorcida tienes de ti misma?
Ese era Connor siendo crudo, directo y pareciendo un poco furioso con que yo cargase con tantas dudas.
—La de una chica con sobrepeso, serios problemas de autoestima y cero capacidad para satisfacer a un hombre en la cama.
Lo dije antes de poder arrepentirme. Ahí quedó, mi miedo más feo brillando entre los dos mientras Connor me observaba como si acabara de escuchar una ofensa personal.
Entonces vislumbré a Gary en mi mente.
Su habitación demasiado fría. La luz de una lámpara horrible. Yo, con veinte años, temblando debajo de él con más vergüenza que deseo, sin saber dónde poner las manos ni cómo fingir que aquello no dolía.
Recordé su respiración pesada contra mi cuello, su prisa, mi cuerpo rígido intentando ocupar el menor espacio posible.
Recordé que no me preguntó si estaba bien ni una sola vez.
Que, cuando terminó, se dejó caer a un lado con una satisfacción vulgar y me dijo que, con el tiempo, seguro que aprendería a relajarme.
Como si mi cuerpo hubiera sido un trámite torpe.
Como si mi miedo, mi dolor y mi absoluta incapacidad para sentirme deseada fueran una pequeña incomodidad técnica que yo debía solucionar para ser aceptable.
Y yo, estúpida de mí, lo creí. Creí que tenía que convertirme en una de esas chicas preciosas y deliciosamente fáciles de querer para despertar el deseo de un hombre.
Gary no me rompió el corazón de una forma dramática. Ojalá. Hizo algo mucho más sucio: despertó todos los demonios que yo ya traía de serie, les dio nombres nuevos y me enseñó a seguir desconfiando de mí.
Un pequeño movimiento me trajo de vuelta. Connor seguía mirándome, indignado.
—Tuve que hacer malabarismos para no correrme en cuanto te toqué. ¿Eso no te da la suficiente información?
Dios. El aliento se me quedó atascado en la garganta.
—Quizá fue una…