33
Julian Ashcroft llevaba diez minutos leyendo mi examen y yo no dejaba de mordisquearme el labio.
No dejaba de estrujarme los dedos, la pierna me botaba sola y el corazón me latía en la maldita garganta. Parecía que esperaba una sentencia judicial en vez de una puta nota de una recuperación.
Ashcroft, por supuesto, no ayudaba. Leía con esa calma estirada e insoportable de hombre capaz de juzgar sin mover una pestaña.
No tenía ni puñetera idea de si había escrito bien. Solo sabía que había escrito la verdad. Y una muy fea.
Finalmente, el profesor dejó el bolígrafo rojo sobre la mesa.
—Bien.
Se me hundió el estómago hasta el sótano del edificio.
—¿Tan malo es?
—No.
Tragué saliva.
—Eso puede significar muchas cosas.
Ashcroft levantó la vista y me miró con esa paciencia tan exquisitamente irritante como impecable.
—En este caso significa notable alto.
Me quedé congelado.
Durante un instante larguísimo no entendí una mierda sus palabras. O las entendí demasiado bien y mi cerebro se negó en redondo a aceptarlas.
Notable alto. Yo. Connor Bradley. El pringado de los callejones que dejó el primer examen en blanco porque el enunciado le metió una mano en el pecho y hurgó en sus miedos.
—No me joda. —Se me escapó.
—No es mi método pedagógico habitual —contestó, impasible.
—¿Notable alto?
—Sí.
—He sacado un notable alto.
—Eso acabo de decirle. No abuse de mi generosidad.
El golpe de felicidad llegó tarde, pero me arrolló como un puto tren de mercancías. Sentí que algo se me aflojaba por dentro, un nudo que llevaba años asfixiándome. Y de pronto tuve unas ganas ridículas de reír, gritar, romper algo o saltar por la ventana como un completo descerebrado.
¡Había aprobado!
Y no con una nota cualquiera. Había sacado un puto notable alto. Y eso significaba algo mucho más importante que cualquier número en un expediente.
—Joder… Tengo… tengo una cita… con mi dama —balbuceé.
Julian me miró con la sombra de una sonrisa asomando en la comisura de los labios.
—Le felicito. Veo que ha hecho progresos.
Salí disparado hacia la puerta y la abrí de golpe, casi me llevé el marco por delante. De pronto, me detuve en seco. No podía irme así. Era un maleducado de mierda, sí, pero incluso yo tenía ciertos límites.
Volví sobre mis pasos, rodeé el escritorio antes de que Ashcroft pudiera sospechar nada y le planté un sonoro beso en la frente. Qué bien olía el cabronazo.
El profesor se quedó completamente inmóvil.
Por primera vez desde que lo conocía, pareció necesitar un segundo entero para recordar a qué siglo pertenecía.
—Desde luego, es usted muy dado al contacto —murmuró, recomponiendo su postura.
—¡Gracias, profe!
Y esta vez sí salí disparado del despacho.
No sé muy bien cómo llegué a la residencia, pero lo hice con el corazón estrellándose contra las costillas, el viento frío golpeándome la cara y la llovizna empapándome el pelo.
Solo quería verla.
Ya.
Entré en la residencia como un puto vendaval y fui directo a la secretaría. La puerta estaba abierta. Maggie ocupaba su mesa del fondo. Revisaba papeles con las gafas de lectura en la punta de la nariz. Melani se encontraba junto a los archivadores, ordenando unas carpetas azules.
Me quedé clavado en el umbral, asfixiado por la carrera y una sonrisa enorme que no sabía cómo quitarme de la cara.
—Notable alto —dije casi sin aire.
Ambas levantaron la cabeza y me miraron, confundidas.
—¿Qué? —preguntó Mel, intrigada.
—He sacado un notable alto.
Entonces, su rostro se iluminó entero y me regaló la sonrisa más bonita del mundo. Fue como si algo se hubiera encendido dentro de ella solo para mí.
—¡Connor!
Soltó las carpetas, que cayeron al suelo, y se lanzó a mí con tanta fuerza que apenas tuve tiempo de abrir los brazos.
El impacto me hizo retroceder hacia el pasillo.
Pero me importó una mierda. Enseguida la sujeté por la cintura.
Ella se enganchó a mi cuello. Y, en todo ese caos maravilloso, acabó con las piernas rodeando mis caderas y riéndose a carcajadas mientras yo la hacía girar.
Estaba en el cielo. Por el cálido peso de su cuerpo.
Por sus brazos aferrándose a mí. Por la perfecta y absurda forma en que se había emocionado y se había contagiado de mi alegría.
Y sí, también porque tenerla así era una prueba bastante seria para cualquier hombre que aspirase a conservar la decencia con público.
Allí estaba Maggie, observando aturdida el espectáculo.
—Oh —exclamó Mel al darse cuenta de lo peligrosamente íntima que se había vuelto aquella celebración.
—Hola —la saludé de cerca con una sonrisa de bobo enamorado.
«Pues lo que soy en verdad, qué coño».
—Esto es… muy poco académico —susurró ella, roja hasta las orejas.
—Estoy de acuerdo.
—Deberías bajarme.
—Debería.
Pero no lo hice enseguida. Porque mi cuerpo, que era muy traicionero y oportunista, estaba empezando a tener ideas que Maggie no habría aprobado en horario laboral. Y porque, durante dos segundos absurdamente perfectos, el mundo pareció ordenarse alrededor de ella.
Lentamente, la bajé. Pero Mel no se apartó y sus ojos dorados seguían brillando de pura alegría. Dios. Era escandalosamente guapa.
—Estoy orgullosísima de ti. ¡Sabía que lo conseguirías!
Eso me impactó más que cualquier beso suyo.
Podía soportar el deseo. Las bromas. Las provocaciones de salón victoriano.
Incluso esa electricidad que me arrancaba el juicio cada vez que nos quedábamos a solas.
Pero que Melani West me mirara como si de verdad fuera un tío que merecía la pena me desarmaba.
—No digas eso si quieres que me comporte como un caballero —le advertí.
—Entonces me retracto formalmente —bromeó ella, tímida y coqueta.
Joder, me moría por besarla.
—Bueno, acordamos que era un caballero muy práctico. Ven a cenar conmigo.
Parpadeó.
—¿Ahora?
—Sí. Al Xalapa. Para celebrarlo.
Quizá no era la cita más elegante de la historia. Pero quería estar con ella. Me moría por estar con ella, aunque solo fueran unos minutos en la mesa de una cantina mexicana.
—¿Celebrar el examen?
Me acerqué un poquito más.
—He aprobado y usted, señorita West, me prometió una cita.
—Ah, ¿iba en serio? —Se hizo la sorprendida.
—No soy tan buen actor como para bromear con eso, cereza.
Mel intentó contener la sonrisa, mordiéndose el labio inferior. Obviamente, no lo consiguió.
—Entonces, es una cita para celebrar.
—Llámalo como quieras, pero ven conmigo.
Desde su mesa, Maggie dejó caer el bolígrafo con un golpe seco.
—Oh por el amor de Dios, ¡idos a tomar viento de una maldita vez!
Mel se giró escandalizada. Parecía que acababa de recordar que la secretaría no era un espacio privado diseñado para nuestros avances sentimentales.
—¡Maggie!
—Qué cariñosa es siempre. —Sonreí.
—¡Ya me lo agradecerás! —replicó la directora, agitando la mano para echarnos.