32 #2
Connor soltó una risa breve y carente de humor. Seguía con los ojos cerrados. Y eso me desgarró por dentro porque, de algún modo, supe que había regresado a ese maldito lugar y yo no podía traerlo de vuelta.
—La primera vez que robé comida, me pillaron. Tenía unos… cinco años, creo. Me moría de hambre. —Seguía sonriendo, seguía raspando la madera con las uñas—. Le robé a un cliente y me dieron una paliza que me enseñó una cosa bastante útil: en mi mundo, sobrevivir siempre costaba algo del cuerpo.
El horror me golpeó en el pecho y se quedó ahí, pesado, impidiéndome respirar con normalidad.
Cinco años. La edad en la que un niño debería haber tenido las rodillas sucias de tanto jugar y los mofletes manchados de chocolate. Cuentos antes de dormir, alguien cortándole la fruta en trozos pequeños. Nada de hambre animal o miedo a los golpes.
Entonces, Connor me miró. Creo que una parte de él esperaba encontrar una silla vacía. Pero yo seguía allí, haciéndome la estoica, porque romperme delante de él habría sido otra forma de abrir sus heridas.
—A los once desalojaron el bloque —continuó con una voz ronca y un poco lejana—.
Tiraron abajo aquella mierda y me dejaron solo.
¿Sabes lo ridículo que es tener once años y que nadie se preocupe por ti?
Pues no pasa nada. Me volví útil. Dormí donde pude, comí cuando pude y terminé haciendo recados para gente equivocada.
Carteras. Paquetes. Droga. Lo que fuera.
Si lo hacía bien, tenía techo. Si lo hacía mal, aprendía otra lección.
La biblioteca seguía llena de luz, pero algo había cambiado. El sol ya no parecía cálido, sino indecente. Demasiado amable para las palabras que estaba usando Connor.
—Luego vino Terrance y los suyos. Decían que me estaban curtiendo. Bonita palabra, ¿verdad? Curtir. —Volvió a reírse—. Me hicieron limpiar sangre en los fosos donde peleaban los perros. Me usaron de saco hasta que aprendí a ser rápido. Y a los trece entendí que mi cuerpo tampoco me pertenecía.
El silencio que dejó esa frase fue inmenso.
Hubo una parte de mí que quiso cerrar los ojos y evitar vincular todo lo que estaba escuchando al hombre que me acarició. Pero no lo hice. Lo miré como si no existiera nada más en el mundo. No quería apartarme ni por reflejo. No cuando Connor me estaba confiando una verdad que todavía sangraba.
Se incorporó lentamente, se cruzó de brazos y cogió aire. Supe que ahora llegaba la peor parte. Bueno, quizá no la peor, pero sí la más íntima y compleja. Porque pertenecía a un Connor con más memoria.
—A mis hermanos los conocí porque tenía que delatarlos.
La frase cayó sobre la mesa como un golpe seco.
—Estaba de guardia en el almacén de Terrance. Tenía órdenes. Si alguien entraba, gritaba. Si gritaba, venían los cabrones. Y si venían, Noah, Liam, Mark y Nate no salían andando. Eso lo sabía yo y lo sabían ellos. Pero, aun así, entraron. Porque el hambre te vuelve un idiota demasiado valiente.
Había algo insoportable en imaginarlo así: un crío solo y hambriento frente a otros chicos igual de hambrientos y solos, condenados a elegir entre dos formas distintas de peligro.
—No grité porque estaban tan muertos como yo —dijo con una calma muy dolorosa—. Tenían esa cara de «si no como hoy, mañana igual ya no importa».
Entonces lo entendí. No del todo, porque había cosas que una no podía comprender desde fuera sin convertirlas en una mentira cómoda. Pero sí lo suficiente para ver que Connor no hablaba de la lealtad como algo noble. Para él era algo que trascendía a las palabras.
—Mi primer acto de lealtad fue darles de comer —desveló y esta vez su sonrisa fue devastadoramente triste—.
Ni siquiera sabía sus putos nombres ni que iban a convertirse en la única razón de mi existencia.
Después vinieron los demás. Uno, luego otro, luego otro más.
Quince en total. La lealtad era eso. Que nadie comía solo.
Que nadie sangraba solo. Que los pequeños iban detrás y los mayores delante, siempre.
Que si llamaban a uno a la jaula, los demás esperábamos despiertos hasta su regreso.
Su voz se volvió más baja. Creo que se mordió el labio para que yo no lo viera temblar.
—Te juro que ese sonido era lo más bonito de mi vida.
Me escocían los ojos, pero no aparté la mirada.
—Las noches que no me llamaban a mí eran las peores.
Porque si entraba yo en la jaula, al menos podía hacer algo.
Pero si lo hacían Liam, Noah, Nate… yo solo podía quedarme fuera y rezar.
Aunque no supiera hacerlo. —Se le tensó la mandíbula—.
Y una noche, de la nada, apareció el puto Kenny Langford como si fuera un dios y nos sacó a todos de ese maldito infierno.
La mención a Kenny me atravesó de una forma extraña. Mi primo con esa capacidad suya para aparecer donde más se le necesitaba. Siempre había sido así, incluso para mí.
Dios, todavía recordaba esa noche de finales de septiembre, cuando vi a los Furin aparecer. Y después Kenny me contó toda la verdad sobre ellos y sobre Noah Sterling y yo solo pude llorar, aferrarme a él y maldecir como nunca a nuestra familia.
—Por eso no puedo escribirlo, Melani —suspiró.
Sus pupilas temblaron y a mí se me detuvo el corazón.
—Si lo hago estoy admitiendo que existe un sitio donde nadie me usa ni manda a una jaula a partirme las costillas.
Un sitio donde existes tú. Y Bishop. Y Maggie.
Y el profesor Ashcroft. Y Kenny pagándome una vida que todavía no sé cómo aceptar.
Y si lo escribo, parecerá demasiado real. Y si es real, se puede perder.
Aquello no era miedo a suspender, sino una superstición aprendida a golpes. Connor había aprendido a vivir como si amar algo fuera una imprudencia.
Y, de pronto, todo mi cuerpo quiso lanzarse a él. Quise abrazarlo, prometerle que nadie iba a quitarle nada nunca más. Pero no lo hice, porque habría sido un acto demasiado pequeño frente a todo lo que acababa de entregarme.
—Así que dime, Mel —murmuró—. ¿Cómo coño escribo sobre un refugio seguro sin que parezca una broma cruel?
Lo miré en silencio.
Dios, era tan hermoso y estaba tan asustado.
Bajé la vista al folio. A continuación, bajé la vista hacia su boli y lo toqué con suavidad.
—Empieza escribiendo una sola línea. «Mi refugio se llama The Safety Net» —dije bajito, deslizando el bolígrafo hacia él—. Y luego, si quieres, seguimos con la segunda. Yo estaré aquí.
Connor miró mis dedos durante un largo instante. Luego me miró a mí.
Y, muy despacio, como si el gesto pesara más que cualquier palabra, lo cogió.