32
La biblioteca de la residencia debería haber sido un lugar seguro.
En teoría.
Pero Connor Bradley estaba sentado frente a mí. Y ese era, en esencia, el problema.
A esas horas, no había nadie allí. Solo nosotros en una mesa junto a los ventanales, un puñado de apuntes desperdigados por la mesa, un libro de gramática inglesa y los rayos de un sol tímido que parecían diseñados para favorecer conductas muy poco académicas. Lo cual era profundamente injusto.
Había llegado con un plan estructurado y casi heroico. Y Connor llevaba casi una hora intentando comportarse como un alumno aplicado. Su concentración era adorable.
El error estuvo en creer que aquello estaba funcionando. Porque, cuando él me miraba, todo mi impecable sistema pedagógico se iba directamente al infierno.
No era culpa mía. Una mujer podía tener principios, pero también tenía ojos en la cara. Y Connor era demasiado guapo. En realidad, siempre lo había sido, pero hoy lo estaba especialmente.
Me costaba muchísimo concentrarme en hablar de sintaxis mientras él me miraba como si quisiera aprenderme entera.
Era absurdo. Y maravilloso. Y peligrosísimo para mi estabilidad.
—Bien —dije con una falsa serenidad—. Volvamos a la oración principal.
Levanté la vista y ahí estaba otra vez.
—Estás mirando mi boca. —Intenté sonar severa.
Obviamente, no lo conseguí. Entre otras cosas porque, una vergonzosa parte de mí, estaba disfrutando de que, en efecto, estuviera mirando mi boca.
Connor parpadeó despacio.
—Estoy repasando mentalmente.
—¿Sintaxis?
—No exactamente.
Me tensé de inmediato. Conocía esa mirada lo suficiente como para saber que no anunciaba nada compatible con «estudiar».
—Solo quiero hacerte una pregunta.
El muy condenado se inclinó hacia mí.
—No te atrevas —dije bajito.
—Ni siquiera sabes cuál.
—Tus ojos me dicen que no es sobre el complemento directo.
La comisura de su boca se curvó hacia arriba, y yo sentí una respuesta inmediata y profundamente desleal entre las piernas.
Genial, allí estaba yo, una estudiante de la UCL, futura profesional del análisis social, defensora de los derechos humanos y aparente adulta funcional, teniendo un pequeño colapso íntimo porque un hombre enorme había sonreído a treinta centímetros de mi cara.
—Podría serlo.
El silencio que siguió fue de una intimidad propia de dos personas que ya se han tocado demasiado como para fingir normalidad, pero que todavía no han encontrado una sola palabra segura para nombrar lo que ha pasado.
«Diez encuentros, ¿recuerdas?», pensé. Sí, quizá. Pero lo que había pasado en la cocina no parecía un acuerdo.
—Necesito saber una cosa para poder concentrarme.
—Sorpréndeme —suspiré.
Connor se mordió el labio.
—¿Te gustó estar conmigo?
Durante un segundo, todos los sonidos de la biblioteca parecieron desaparecer. El crujido leve de la madera, el murmullo lejano de la residencia, el rumor del tráfico, incluso mi propia respiración.
Lo miré con el pulso completamente fuera de control. No hallé ni una pizca de chulería en su voz. Ningún rastro de Connor Bradley, el vikingo osado, solicitando una ovación privada por sus méritos en la cama.
Lo había preguntado con una crudeza directa que me dejó sin defensas.
—Eso no es una pregunta académica.
Me refugié en un falso tono de ofensa porque era lo único que me quedaba entre la cordura y una declaración emocional con música de violines.
—No. Soy yo a punto de perder la cabeza porque no tengo claro si te arrepientes.
Agaché la cabeza y empecé a estrujarme los dedos.
—No me arrepiento —dije bajito.
—Pero no es eso lo que he preguntado.
—Pese a que también necesitabas saberlo.
Algo vibró en sus ojos. Había dado en el clavo y eso me aturdió porque no imaginaba a ese chico siendo inseguro. Al parecer, bajo aquel cuerpo de escándalo, esa mirada arrebatadora y esa boca insolente, Connor seguía esperando que yo decidiera que todo había sido un error.
Me dolió. Porque si existía algún error, era yo, no él.
Respiré hondo.
Hablar de deseo seguía pareciéndome una actividad peligrosamente cercana a desnudarse en público.
Una parte de mí todavía creía que desear algo con demasiada intensidad era una invitación a que el universo se riera de mí.
Pero Connor seguía mirándome con vulnerabilidad, y por primera vez pensé que tal vez el deseo no tenía por qué ser una vergüenza.
Quizá podía ser solo la verdad.
Mi verdad.
—Sí. —Me obligué a sostenerle la mirada—. Me gustó… muchísimo.
Su expresión cambió. Un brillo oscuro apareció en sus ojos al tiempo que su respiración parecía quedarse atrapada entre el alivio y una idea absolutamente indecente.
Me arrepentí de inmediato. Porque Connor con una confirmación en las manos y una libido bien alimentada era un hombre muy peligroso para la estabilidad de una mesa de biblioteca.
—¿Muchísimo cuánto?
Me ruboricé como una idiota.
—No tiente a la dama, señor Bradley.
—La dama tiene una escala numérica disponible.
Tuve que apretar los labios para no sonreír.
—Como sigas tirando de ese hilo, voy a hacerte conjugar verbos irregulares hasta Navidad.
—Asumo el riesgo.
Estábamos tan cerca. Podía verme reflejada en sus pupilas y lo que vi fue el rostro de una chica que quería ser devorada por ese hombre.
—Un cien. —Me rendí—. Y ahora escribe de una vez.
Pero Connor no escribió.
—Si apruebo, me darás una cita.
Solté una risa nerviosa.
—Qué salto tan descarado.
—Lo habría pedido con más educación, pero me he venido arriba con el cien. Además, es una planificación de incentivos.
—Más bien, chantaje con abdominales.
—¿Está funcionando?
Dioses, sentí cómo se me encendían las mejillas.
—Por desgracia, sí.
La sonrisa de Connor se volvió más íntima.
—Entonces, ¿tenemos una cita?
Podría haber dicho que sí. Habría sido sencillo, quería hacerlo, maldita sea. Pero era experta en convertir una pregunta razonablemente romántica en una comisión interna sobre desastres emocionales.
«Di que sí, idiota, lo estás deseando», me gritó la Breena que vivía dentro de mí.
Era fácil, solo una palabra: sí. Pero no estaba segura de merecerla.
Cómo iba a aceptar una chica como yo una cita con un chico como Connor.
Estaba empezando a hacerme ilusiones y eso era muy peligroso. Y problemático.
Sin embargo, sonreí, lo miré tímida y hablé antes incluso de poder controlarme.
—Sí —murmuré—. Si apruebas...
«¡Ah, ¿qué demonios estoy haciendo?!».
Inspiré con discreción, intentando convencer a mi corazón de que no era necesario convertir una inofensiva cita en una producción de la BBC con música de cuerda, niebla sobre los páramos y mi autoestima desmayándose en un diván.
Además, la cita dependía de que aprobara. Y aprobar, por desgracia para todos los implicados, exigía escribir.
—Bien. Entonces volvamos a lo importante.
Connor me miró un instante más antes de bajar la vista al folio. Vi cómo su sonrisa se rompía lentamente. Sus dedos dejaron de jugar con el bolígrafo.
—¿Y si vuelvo a quedarme en blanco? —aventuró, intimidado—. Seré el único gilipollas que no puede escribir ni una puta palabra.
—Por supuesto que no.
—La hoja en blanco discrepa.
—Porque no entiende de sentimientos. Solo está ahí, haciéndose la importante.
Me miró de reojo. Y entendí que ya no iba de explicarle mucho más sobre sintaxis porque los traumas rara vez son didácticos.
—Creo que te quedaste en blanco porque la pregunta era demasiado precisa.
—Una putada, más bien —resopló.
Dejó caer los brazos en la mesa y apoyó la frente en los apuntes. Cuando volvió a hablar, su voz sonó más baja.
—Conocí la lealtad rodeado de fealdad, Mel. Para mí es imposible separar una cosa de la otra.
La tensión dulce se transformó en algo más delicado y difícil de sostener.
Recordé entonces lo que me había dicho Ashcroft, que Connor no necesitaba ser elocuente, sino honesto.
Quizá ayudarlo no consistía en empujarlo hacia una frase perfecta, sino en guiarlo para escribir sin sentir que se estaba exponiendo entero.
—Entonces escribe algo feo —dije con suavidad—. Hazlo sin fingir que no te importa. Cinco líneas feas y verdaderas.
Connor giró la cabeza, todavía apoyada sobre la mesa, y me miró.
—La única verdad, Melani, es que no quiero poner vuestros nombres en un papel, porque si lo hago, parece que estoy tentando a la mala suerte.
Se me cerró la garganta. Había algo en su voz que no admitía consuelo fácil, y cualquier gesto de más podía convertir mi afecto en presión.
—¿Quieres explicármelo?
Negó despacio.
—No soporto hablar contigo de eso...
Quise tocarle la mano. Pero entendí que, en aquel momento, quedarse quieta también podía ser una forma de cuidado. Así que tragué saliva y asentí.
—Vale.
No insistiría ni llenaría el silencio con palabras bonitas. Sabía que eso no funcionaba. Pero no iba a dejarlo solo. Me quedaría lo bastante cerca para que supiera que estaba a su lado y lo bastante lejos para no obligarlo a mostrarse.
Connor cerró los ojos y dejó que el silencio se estirase entre nosotros. Podía ver la tensión en sus hombros, la forma en que sus uñas empezaron a raspar la madera, cómo se le endureció la mandíbula.
Creo que estaba buscando las palabras. Y me tentó decirle que no eran necesarias. Que estaba bien así. Que todo merecía su tiempo. Porque tal vez una palabra podía ser una cuerda. Y quizá, si conseguía agarrarse a ella, la siguiente dolería un poco menos.
—No sé dónde nací… —jadeó—. Pero mi primer techo fue…
un piso okupado en Tower Hamlets, sin agua corriente y con la luz pinchada.
No sé quiénes son mis padres. Ni si alguna vez hubo alguien que me mirara y pensara «este crío me importa».
Había mujeres entrando y saliendo, hombres peligrosos, humo metido en las paredes y cosas que un niño no entiende. Eso era mi casa.
No supe qué hacer con las manos. Fue lo primero que pensé, de una forma estúpida y desesperada. Las tenía sobre la mesa, cerca de él, pero de pronto parecían demasiado visibles e inútiles. Unas manos incapaces de cambiar su pasado.