My safety net (Love Obviously 1) 31
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—¿Y de dónde ha salido? —indagué, señalando la libreta con la barbilla.

—Me la regaló el profesor Ashcroft.

Parpadeé, aturdido.

Ashcroft. El profesor Ashcroft. Regalándole libretitas personales a mi hermano.

Joder.

—Ah.

Fue el único sonido inteligente que logré articular.

—No vayas por ahí —me advirtió Liam, tenso.

—No he dicho nada.

—Con ese «ah» has escrito una novela entera.

Por más que Liam se hiciera el tranquilo, su cuerpo lo traicionó por completo. Se ruborizó. El imperturbable Liam Addison acababa de ponerse colorado por un profesor con traje caro, modales de duque reprimido y pinta de no haber desordenado una emoción en su puta vida.

Mis sospechas, por tanto, pasaron de «quizá estoy siendo un cabrón chismoso» a «aquí hay material para tres semanas de tortura fraternal».

—¿Y sale guapo el profesor en ese diario?

—Cierra la puta boca.

Levanté las manos en señal de paz, pero no pude evitar esbozar una sonrisilla triunfal.

—Vale, vale.

Liam bajó la mirada. Había algo muy intenso flotando a su alrededor, y yo ya no podía fingir que no lo veía. Mi hermano estaba metido hasta el cuello. Y lo peor era que ni siquiera parecía disfrutarlo.

—Me dijo que escribiera. Nada más —se excusó.

—¿Y tú quieres que sea más?

Fui cuidadoso. Sabía que estaba pisando un terreno minado.

—Voy a fingir que no has preguntado eso.

No empujé más. Con Liam no hacía falta. Habíamos aprendido a hablarnos a base de golpes en el hombro, insultos cariñosos, silencios largos y esas bromas de mierda que solo servían para decir «sigo aquí» sin tener que ponernos sentimentales.

—Dice que tengo talento para escribir —confesó bajito.

—¿Lo tienes?

—No lo sé. Todo lo que hay aquí dentro es pura miseria, Connor.

Tocó la tapa con la yema de los dedos.

—Entonces seguro que es literatura de la buena.

Se le escapó una risilla.

—Supongo que él habrá visto algo de lo que tú y yo no tenemos ni puta idea.

—Pues espero que no lo vea todo.

—¿Tan malo sería?

Nos miramos fijamente. Liam no sentía únicamente atracción por Julian Ashcroft. Era otra cosa. Algo más hondo y peligroso. Algo que le daba miedo poner por escrito incluso en una libreta que nadie iba a leer.

—Depende de lo que hiciera con ello —murmuró.

Había rozado la puta verdad con la punta de los dedos, pero no iba a meter la mano entera.

Cogió aire y saltó de la encimera.

—Voy a estirar un poco las piernas.

—No escribas sobre mis diversas formas de cagarla, por favor. O no te faltarán páginas —bromeé.

—Es lo primero que hice.

—Qué capullo.

Me carcajeé con ganas mientras él se encaminaba a la salida, pero se detuvo en seco al ver a alguien plantado en el umbral.

—Suerte —me dijo por encima del hombro.

—¿Qué? —Fruncí el ceño, sin entender a qué venía eso ahora.

—Hola, Mel —saludó Liam.

Me tensé de pies a cabeza antes incluso de verla del todo. Sentí una descarga eléctrica en la base de la columna.

—Oh.

Se me escapó el aire de los pulmones.

—¿Qué tal, Liam?

Melani apareció luciendo un jersey ceñido color crema y una preciosa falda de cuadros que se le ajustaba a la cintura.

Todo en ella parecía decente. Demasiado universitaria británica.

Lo cual era una putada, porque yo ya sabía exactamente cómo sonaba cuando dejaba de ser todas esas cosas.

Y joder, mi polla tenía una memoria excelente para todo lo que se ocultaba bajo esa maldita falda.

—Voy a dar un paseo, cielo. Os veo luego —se despidió Liam.

Y la enorme cocina industrial cambió súbitamente de temperatura.

Mel no hizo nada especial. Solo me miró con esa sonrisa amable y tan peligrosa, y mi cuerpo reaccionó como un animal que acababa de reconocer una amenaza preciosa.

Me agarré al borde de la encimera. Por disimulo, básicamente. No sirvió de mucho. Mi cabeza no respetaba protocolos de emergencia, y solo podía pensar en follármela allí mismo.

—Señor Bradley —me saludó.

—Señorita West.

Silencio. Demasiado largo. Demasiado ruidoso.

Ella desvió la vista. Tenía las mejillas un poco encendidas. Me habría gustado saber si ella también pensaba en nosotros en su cama. Si se arrepentía de verdad. Si aquel «señor Bradley» era una barrera, una broma o una forma muy refinada de ponerme cachondísimo sin tocarme.

—He hablado con Ashcroft —anunció, dando un tímido paso hacia mí—. Le he dicho que esta tarde estudiarás conmigo. No te computará la falta de asistencia.

Alcé las cejas, genuinamente sorprendido por su implicación.

—¿Has hablado con Ashcroft por mí?

—Necesitaba saber cuál era la mejor forma de… enfocar nuestra sesión de estudio intensiva.

Melani bajó la mirada a mis manos. Noté cómo contenía la respiración apenas un instante, y quise creer que aquello en sus ojos era la misma hambre que a mí me estaba destrozando por dentro.

Se me disparó el pulso.

—Solo sintaxis. —Le recordé su propia regla de oro.

—Y redacción —añadió, y tragó saliva.

—Y mucha luz.

Di un paso lento hacia ella.

—Y puerta abierta.

Ella dio otro hacia mí.

—Y nada de lasaña —murmuré.

—Exacto.

Nos miramos.

Ninguno de los dos se movió. La escasa distancia que quedaba entre ambos empezó a parecer una provocación puesta ahí por el universo para comprobar quién de los dos se rompía primero.

Yo sabía que debía retroceder. Ella parecía estar haciendo un esfuerzo heroico por no mirar mi boca. Una escena admirable de autocontrol, desde luego.

Duró una mierda.

No sé quién se movió primero. Quizá los dos. Quizá ninguno y fue el propio desastre el que nos empujó. Solo sé que, un segundo después, mi boca estaba sobre la suya y Melani se aferraba a mi camiseta.

El primer contacto no tuvo nada de esa cortesía ridícula en la que nos habíamos escondido los últimos diez minutos para fingir que éramos dos personas civilizadas. Fue boca, lengua, hambre voraz y un calor tan brutal que me enloqueció por completo.

Mel gimió en mi boca. Dios, ese sonido me atravesó entero. La agarré por la cintura y la empujé contra la encimera. No fui un caballero cuando la arrinconé con mi cuerpo ni cuando gruñí de puro placer al sentir sus dedos clavándose en mi nuca.

Me besaba como si quisiera demostrarme algo. O demostrárselo a sí misma. Como si aquellas reglas suyas de mucha luz, puerta abierta y nada de lasaña hubieran sido una farsa absurda que los dos estábamos destrozando a mordiscos.

Enterré una mano en su pelo y tiré lo justo para obligarla a inclinar la cabeza y hundirme un poco más en su boca. Todavía no era suficiente. Ella volvió a gemir, y mi polla se puso tan dura que tuve que apretar la mandíbula para no subirle la falda allí mismo.

—Esta es una muy mala idea. Deberíamos parar —jadeó contra mi boca.

Pero no se apartó ni un milímetro. De hecho, sus manos bajaron por mi pecho y se engancharon a mi cintura. Tiraron de mí hacia ella. Era una contradicción tan perfecta que casi me echo a reír.

—Pero tú no quieres… —Le mordí el labio, despacio, solo para escuchar cómo le temblaba la respiración—. Y yo tampoco.

Aparté su cabello con la nariz y besé su cuello, notando cómo su pulso me golpeaba la lengua. Mel se arqueó contra mí. Sus pechos se frotaron contra mi torso y de pronto mi cuerpo solo podía pensar en ir más allá.

Deslicé las manos hacia sus caderas. La agarré con fuerza, demasiada quizá, pero Mel no protestó. Al contrario.

—Connor…

Se le escapó mi nombre en un suspiro que me encendió la sangre.

Ya está. Ese fue el puto final de mi dignidad.

Sin pensar, la giré hasta ponerla de espaldas a mí y pegué mi cuerpo al suyo. Ella apoyó las manos en la encimera. Noté el calor de su trasero contra mi erección, y tuve que cerrar los ojos un segundo porque aquello era una forma refinadísima de tortura.

Por un instante, Mel se quedó muy quieta. A continuación, soltó el aire y empujó hacia atrás apenas, lo justo para presionar mi polla y destruirme.

—No hagas eso —gruñí contra su cuello.

—¿El qué? —susurró, tentadora.

Era mi maldita perdición.

Le pasé una mano por la cintura y la colé bajo su jersey.

Subí despacio hasta sentir el peso suave de su pecho oculto por el sujetador.

Ella se estremeció entera cuando lo estrujé.

Mi otra mano le apretó la cadera, manteniéndola pegada a mí, dejándole sentir exactamente lo que me estaba haciendo.

Necesitaba que supiera que me tenía al borde.

Volví a besarle el cuello, arrastrando los dientes por su yugular. Mel gimió. No lo suficiente alto para alertar a media residencia. Pero sí lo bastante para que yo imaginara, con una claridad criminal, cómo sería subirle la falda, arrancarle las medias y hundirme en ella.

Mierda, estábamos a un maldito segundo de decidir si nos arrastrábamos al almacén o terminábamos follando allí mismo. Pero entonces el tono de su móvil atravesó la cocina como una alarma de incendio.

Me quedé quieto con la boca todavía pegada a su cuello y la respiración hecha polvo.

—No —murmuré contra su piel, absolutamente derrotado.

Mel tragó saliva, temblorosa entre mis brazos.

—Puede ser importante.

—También lo era respirar y lo hemos ignorado bastante bien.

El móvil volvió a sonar.

La vi cerrar los ojos un segundo, como si aquella maldita melodía acabara de salvarla o condenarla. Quizá las dos cosas. Lentamente, se dio la vuelta, apoyó una mano en mi pecho y me empujó con suavidad. Hizo bien porque yo no habría podido apartarme ni aunque quisiera.

Se separó de mí con la respiración hecha un desastre precioso, la boca hinchada, las mejillas encendidas mientras fingía que no había estado a punto de dejarse follar en una encimera.

Se alisó el jersey. Luego la falda. Y volvió a alisarse el jersey, porque sus manos tampoco parecían tener muy claro qué coño hacer con tanta electricidad.

—Tengo que irme —anunció.

Yo seguía apoyado contra la encimera, con el pulso desbocado, la boca llena de su sabor y una dolorosa erección apretándome los vaqueros como castigo divino por existir cerca de ella.

—Sí.

«Una respuesta brillante, Bradley. Eres un genio».

Mel retrocedió un paso hacia la puerta, sin mirarme del todo.

—Te veo a las cuatro en la biblioteca.

Tragué saliva. Necesitaba pensar en cualquier cosa que no fuera las ganas de volver a tocarla.

—Allí estaré.

Y más me valía pensar con la cabeza.