30
La boloñesa llevaba veinte minutos salvándome la vida.
O algo parecido.
Estaba en la cocina, removiendo la salsa, que burbujeaba con una calma que mi cabeza no tenía. Probaba. Corregía la sal. Removía otra vez. Añadía un poco más de pimienta.
Me venía de puto lujo. Cocinar ocupaba las manos. Y si las manos estaban ocupadas, no podían hacer cosas estúpidas. Como hacer una pequeña hoguera con mi examen, por ejemplo.
Así que seguí removiendo y fingí que el mundo era solo tomate.
Liam se había sentado en el borde de la encimera. Tenía las piernas colgando y el cuerpo encogido sobre una libreta de cuero marrón.
Su presencia era habitual a esas horas. Podía pasarse horas allí conmigo sin decir una puta palabra. Solo estaba. Grande, perdido en su mundo, con esa calma rara de quien ha aprendido a parecer tranquilo en los peores momentos.
—Últimamente siempre vas con esa libreta encima. ¿Qué coño escribes ahí? —indagué.
—Es un diario.
Me pareció que le daba un poco de vergüenza admitirlo.
—¿Me guardas secretitos, princesa? —Le di un codazo.
—A porrillos, cariño.
Cogí una cuchara, soplé y se la acerqué.
—Toma, prueba. A ver qué tal.
Liam abrió la boca y se quedó un segundo mirando al vacío, genuinamente sorprendido.
—¿En qué puto momento te has convertido en el Gordon Ramsay del extrarradio?
Me eché a reír.
—Genial. Al menos sabemos que algo se me da bien, además de suspender exámenes y cagarla épicamente.
—También eres bueno siendo bruto y haciendo el payaso —bromeó.
—Lo pondré en mi currículum.
Volví a mirar de reojo la dichosa libreta.
No quería meter las narices donde no me llamaban. Con Liam eso era mala idea. Se podía bromear, tocarle los huevos o incluso mandarlo a la mierda porque tenía la paciencia de un santo. Pero si se empujaba una puerta que él no había abierto, se cerraba por dentro con siete pestillos.
Era un introvertido de manual.
Sin embargo, estaba intrigado. Liam nunca había sido un libro abierto. Pero lo conocía lo suficiente para detectar que había algo raro en él. Y esa libreta tenía toda la pinta de ser más que papel.
—¿Y eso que escribes… es muy privado?
Levantó una ceja y cerró el diario de golpe.
—Te has levantado chismoso hoy, ¿eh?
—Siempre has sido muy taciturno, pero ahora lo estás más de la cuenta. Creo que te faltan estímulos.
Me miró como si acabara de anunciar que me había leído media biblioteca nacional por accidente. Y quizá tenía razón. Aquella vida tan ridículamente pacífica en la residencia nos estaba haciendo cosas raras a todos.
Sobrevivir lo entendíamos. Vivir ya era otro puto idioma.
—¿Taciturno? ¿Estímulos? Tío, te estás culturizando a pasos agigantados. ¿Cómo cojones dejaste un examen de Lengua en blanco con ese vocabulario?
—Vete a la mierda. —Me reí por lo bajo.
—Ahí sí te reconozco, hermano.
Volví a remover la salsa.
—No me pareció un simple examen…
—Ya. —Asintió.
Dejó la libreta a un lado, apoyó las manos en el borde de la encimera y clavó sus ojos en los míos.
—No vamos a volver a la jaula, Connor.
Lo dijo con una firmeza tan limpia que casi pareció una promesa.
Cerré los ojos un segundo. Y la cocina desapareció.
Desapareció ese acogedor aroma, el calor de los fogones, el murmullo amable de la residencia.
Y volvió ese otro calor. El de los focos blancos. El de la sangre secándose en mis nudillos. El de la cocaína arañándome por dentro mientras la gente gritaba.
La jaula no era solo metal.
Ojalá.
Ese maldito rincón del mundo era una mezcla desordenada de terror que olía a cerveza caliente y a sudor rancio.
A sangre que no se fregaba del todo porque a Billy le gustaba que el suelo conservara memoria.
Olía a hambre. A cuerpos que habían sido empujados al límite y a chavales que habían tenido que aprender a usar los puños para sobrevivir.
No sé por qué, recordé aquella noche. Fue una de las peores.
Billy nos obligó a Nate y a mí a luchar entre nosotros. Era eso o dejar que sus lobos se llevaran a Sam y a Martin. Y por aquel entonces esos dos críos apenas tenían seis y siete años.
No hacía falta que nos dijera qué harían con ellos. En ese infierno, los chiquillos gustaban demasiado. Así que Nate y yo aceptamos sin dudar. Perros hambrientos dispuestos a morderse entre sí para que esos lobos no devoraran más inocencia.
Recuerdo que las manos de Nate temblaban mientras se vendaba los nudillos. Recuerdo cómo clavó sus ojos en mí, esperando que yo encontrara una salida. Pero no había ninguna. Nunca la había cuando Billy sonreía.
Me coloqué hasta las putas cejas. Fue la primera vez que probé la cocaína. Y no lo hice por valentía, ni por rabia, ni porque quisiera ganar. Me metí aquella mierda porque no soportaba la idea de ver la cara de Nate cuando tuviera que pegarle.
Sabía que sobrio no iba a poder hacerlo.
Sabía que Nate era demasiado bueno para ese mundo. Demasiado puro, aunque la vida se hubiera empeñado en destrozarlo. Había aprendido a pelear odiando cada segundo, y eso lo convertía en algo peor que un luchador. Era una puta víctima.
Así que antes de que la droga me borrara, me acerqué a él, apoyé mi frente en la suya y le pedí que no se contuviera.
Nate lloró.
Yo golpeé primero.
Y luego dejé que me reventara.
No del todo, claro. Billy nos miraba y necesitaba espectáculo. Y a mí me destruyó lo poco que me quedaba de alma partirle el labio y aporrear sus costillas.
Pero yo solo quería que terminara. Quería que Nate me tumbara. Que me abriera la cabeza contra el suelo de hormigón. Cualquier cosa era mejor que seguir escuchando a los nuestros gritar desde el otro lado de la verja.
Liam estaba pegado al metal, fuera de sí. Matthew, Anthony y John se partían los puños contra los guardias, intentando entrar. Hasta Jeremy, que apenas tenía quince años, se lanzó contra uno de ellos como un animal y acabó contra el suelo con una bota en la espalda.
Y Noah.
Joder. Creo que aquella fue la primera vez que lo vi llorar.
Una lágrima. Una puta lágrima en medio de todo aquel ruido. Y eso me dolió más que cualquier golpe.
No recuerdo mucho qué pasó después. Solo sé que estuve una semana meando sangre.
Pero lo peor fue Nate. No se atrevía ni a respirar el mismo aire que yo.
La culpa se lo estaba devorando por dentro, mordisco a mordisco, y yo no tenía fuerzas ni para decirle que no había sido culpa suya.
Que lo quería con todo mi corazón, si es que tenía uno.
Una noche no pude más. Ese puto garaje abandonado en Andover Estate donde solíamos vivir estaba helado.
Hacía un frío insoportable, la humedad se metía hasta en los huesos.
Pero me importó una mierda, me arrastré fuera del catre porque todavía no podía caminar.
Cada movimiento me partía por dentro, pero aun así avancé por el suelo sucio hasta Nate.
Estaba tumbado, hecho un ovillo, despierto. Siempre despierto.
Me agarré a su tobillo.
Eso fue todo.
No dije nada. No pude. Solo le agarré el tobillo como un crío muerto de miedo, como si fuera lo único que me quedaba en el mundo, y le rogué sin palabras que no se alejara de mí.
Nate se incorporó despacio. Durante un segundo pensé que iba a apartarse, pero no lo hizo. Se tumbó en el suelo, a mi lado, y me rodeó con los brazos.
Y entonces rompí a llorar.
Lloré como un cabrón. Con la cara enterrada en su pecho, las costillas ardiendo, la garganta hecha pedazos y sabiendo que los demás fingían dormir para darnos ese pequeño instante de intimidad.
—Vuelve, Connor.
Abrí los ojos.
La cocina seguía allí. La salsa seguía burbujeando. Y Liam seguía sentado en la encimera.
Tragué saliva.
—A veces… me puede el terror —dije, asfixiado—. Y sinceramente, si ahora tuviéramos que volver a esa mierda… creo que yo ya no… sobreviviría.
Liam bajó la mirada un instante. Sabía exactamente cuánto costaba decir algo así en voz alta.
— Touché .
Suspiró, aceptando nuestra mutua cobardía o lo que coño fuera aquello que seguíamos llevando dentro, aunque ahora durmiéramos en camas limpias.
Dejé que el silencio respirara entre nosotros. Lo justo para que no pareciera una huida y para que la salsa volviera a sonar a salsa y no a sangre contra el cemento.
Luego miré su diario.
Bendita libreta. Bendito chisme fraternal capaz de sacarme de mi propia mierda antes de ponerme a llorar encima de una boloñesa.
Así que hice lo único sensato que podía hacer un hombre roto delante de una salsa decente: me metí en la vida amorosa de mi hermano.