My safety net (Love Obviously 1) 29 #2
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Ya no era esa niña acorralada en un baño del colegio. Ni aquella chica que se congeló en una fiesta porque un hombre decidió que su vestido era una invitación. Y desde luego no iba a dejar que Peter Olsen confundiera mi educación con permiso.

—Entonces ambos descubriremos, por las malas, que no solo sé defenderme con palabras —sentencié.

El despacho de Julian Ashcroft tenía la peligrosa capacidad de hacer que el mundo pareciera más civilizado de lo que era.

Crucé el umbral con el sistema nervioso todavía resentido, pero en cuanto me envolvió el olor a papel antiguo, cera para muebles y té Earl Grey, sentí que algo dentro de mí dejaba de apretar los dientes.

Desde luego, aquel lugar era lo más parecido a refugiarse dentro de una novela de época, pero con calefacción central. Y el profesor, por supuesto, encajaba en él con una perfección casi irritante.

Me recibió sentado en su butaca con esa elegancia suya tan contenida y aquella expresión serena que lo caracterizaba, como si esperase que el caos vulgar del exterior tuviera la delicadeza de detenerse antes de tocarle los puños de su impecable camisa.

Ashcroft poseía una belleza injusta, ese aire trágico de hombre que podría haber arruinado sentimentalmente a media Inglaterra en el siglo XIX.

Lo cierto era que yo conservaba una antigua debilidad por él.

Algo completamente platónico, puramente literario y ridículo, pero inevitable si se tenían ojos y se apreciaban las novelas clásicas.

—Profesor Ashcroft —lo saludé con una sonrisa traviesa, cerrando la puerta.

—Señorita West. La última vez que vino a mi despacho con esa expresión, intentó convencerme de que Mansfield Park era una novela más cruel que romántica.

Su olfato supo de inmediato que no había venido por una consulta inocente.

—Y sigo teniendo razón.

Me acerqué al escritorio mientras me quitaba el abrigo.

—Sigue teniendo argumentos, que no es exactamente lo mismo.

—Es usted más Fitzwilliam Darcy que nunca.

Julian alzó una ceja perfecta, inescrutable.

—Espero sinceramente que eso no figure en ninguna evaluación docente.

—No se preocupe. Mis opiniones más peligrosas rara vez constan por escrito. Le traigo una pequeña muestra de gratitud.

Saqué un sobre de mi bolso y lo dejé encima de su mesa con una delicadeza muy calculada, empujándolo un par de centímetros hacia él.

—Qué comentario tan sospechoso.

Julian miró el sobre, evaluando el nivel exacto de amenaza moral que contenía mi visita.

—Prefiero «soborno encantador», pero Maggie dice que debo cuidar mi expediente moral.

Me acomodé en la silla, crucé las piernas y me alisé la falda con la serenidad impostada de una mujer que acababa de entregar una bomba cultural.

El profesor contuvo una sonrisa que casi escapó a su control y, finalmente, abrió el sobre con lentitud. Al ver el contenido, su expresión cambió apenas un milímetro, pero yo lo noté. Lo noté porque Ashcroft podía mantener una auténtica guerra emocional detrás de una ceja perfectamente inmóvil.

—Royal Opera House. Muerte en Venecia , de Britten.

Leyó las entradas en voz alta con un destello de genuino asombro que intentó camuflar bajo su máscara de académico imperturbable.

—Mi tía Penny conserva privilegios absurdos y una incapacidad admirable para usarlos con buen gusto. Pensé que usted sabría apreciar mejor que nadie una magistral lección sobre el anhelo silencioso y la contención —dije con suavidad, dejando que la frase hiciera su silencioso trabajo.

La elección no era casual. Nada en aquella obra lo era.

Britten, Thomas Mann, Venecia, la belleza observada desde una distancia imposible, el deseo convertido en disciplina, el anhelo caminando siempre un paso por detrás de lo confesable.

Muerte en Venecia no gritaba, sino que ardía por dentro.

Era una de esas historias donde la emoción no estalla porque el mundo entero ha sido construido para impedirlo.

Y Julian Ashcroft entendía demasiado bien ese idioma.

Levantó la vista de las entradas y me miró de una forma un poco más íntima.

Julian no era un hombre fácil de leer. Había aprendido a cerrar las puertas con una elegancia casi perfecta.

Protegía su vida privada con la escrupulosidad de quien conoce demasiado bien el precio de ser juzgado por el mundo exterior.

Y yo lo sabía porque había nacido en el mismo mundo que él: esa aristocracia rancia e injusta.

Por eso había elegido esa obra en concreto.

—Señorita West, esto es extraordinariamente específico.

—Me esfuerzo en que mis sobornos tengan rigor temático.

—Y una puntería casi indecente.

—Solo casi. Soy una dama.

Compartimos una sonrisa cómplice. Una de esas que, en una novela de Jane Austen, equivaldrían tranquilamente a tres páginas enteras de confesiones reprimidas junto a una ventana mientras llueve en la campiña.

—No finja que no le gusta.

—¿Y a qué debo esta corrupción cultural?

Dejó las entradas a un lado de su escritorio, aceptando tácitamente mi «soborno encantador».

Suavicé mi sonrisa. Había llegado el momento de dejar el encaje a un lado y sacar la aguja de tejer.

—¿Sería demasiado osado por mi parte pedirle una pequeña orientación académica sobre un alumno al que ambas partes desearíamos ver aprobar?

Nos miramos.

Yo sabía que, si un hombre tan escrupuloso con sus normas le había dado una segunda oportunidad a Connor, era porque, bajo toda aquella severidad impecable, Julian Ashcroft también era vulnerable a los chicos que peleaban por salir adelante, aunque todavía no supieran cómo hacerlo.

Por eso no me sorprendió verlo suspirar con discreción, abrir una de las carpetas marrones que tenía apiladas y sacar una hoja de papel. La colocó sobre la mesa y la empujó hacia mí.

Era el examen de Connor Bradley.

—Oh.

Sentí que se me encogía el corazón.

—Sí, es una obra de arte minimalista.

Observé el folio conteniendo la respiración. Estaba completamente en blanco. Apenas había escrito su nombre, nada más.

—Pensé que habría gramática, sintaxis… Esas cosas —dije bajito.

—El señor Bradley tiene dificultades técnicas, eso desde luego. Pero suspendió porque el examen lo obligaba a reconocer su refugio.

Miré al profesor.

—Y él… no pudo describirlo.

—En realidad, no quiso exponerse. Sus compañeros temen equivocarse, especialmente el señor Addison. Pero el señor Bradley teme acertar.

—¿Acertar?

—Si escribe qué o quiénes le importan, el mundo se vuelve menos abstracto. Y más cruel si se lo arrebatan.

No supe qué decir. Se me hizo un nudo en la garganta.

—¿Qué hago, entonces? —indagué.

—No le pida que sea elocuente, sino honesto. Con cinco líneas bastará para empezar.

—Eso parece bastante más difícil que los complementos circunstanciales.

—La gramática suele ser más amable que el corazón humano.