29
El edificio de Ciencias Sociales tenía pasillos diseñados para poner a prueba la paciencia humana. Aquel en concreto reunía todos los elementos necesarios para parecer un pequeño colapso civilizado.
Caminaba aprisa, esquivando estudiantes. Me había pasado la mañana en la biblioteca, sepultada bajo una montaña de manuales de Sociología, tratados internacionales y artículos académicos.
En teoría, estaba trabajando en mi proyecto final de Justicia Global y Derechos Humanos. En la práctica, mi cerebro había dimitido de sus funciones universitarias para mudarse, con todo su equipaje, al universo Connor Bradley.
La parte más sensata de mí no dejaba de pensar en su examen o en si habría dormido. La otra, bastante menos noble, pensaba en esa cautivadora sonrisa que me regaló en el vestíbulo al despedirnos.
Iba en las nubes. En unas nubes muy poco académicas y absolutamente incompatibles con obtener una matrícula de honor británica.
Así que, por supuesto, el karma decidió intervenir.
—Melani.
Peter Olsen me llamó con esa seguridad invasiva que tanto me irritaba de él. Y yo apreté la mandíbula antes de girarme lo justo para reconocer su presencia.
—Peter —saludé cortante, sin detenerme del todo.
—¿A qué se debe tanta prisa?
Aceleró el paso para colocarse a mi altura.
—Tengo cosas urgentes que hacer.
—Entonces, seré breve. He pedido el cambio de grupo para el proyecto de Justicia Global. Así que estás ante tu nuevo compañero.
Soltó la noticia con una tranquilidad casi ofensiva, como si estuviera comentando el pronóstico del tiempo para el fin de semana o me estuviera haciendo un maldito favor.
Me detuve en seco.
Mi cerebro tardó en procesar la información porque aquello no tenía ningún maldito sentido. Cambiar de compañero a esas alturas del curso era una invasión administrativa. Y, casualmente, lo colocaba a él justo donde yo menos quería tenerlo: a mi lado.
Lo miré con los ojos entrecerrados.
—Perdona, ¿has hecho qué?
—Creo que me he expresado con bastante claridad —dijo, arrogante—. No te preocupes, me he encargado de gestionarlo todo. Nuestro tutor ha dado el visto bueno, mi anterior compañero y el tuyo están de acuerdo y ya ha sido aprobado por el decanato.
Hablaba con aplomo, como si me estuviera comunicando una ligera y beneficiosa mejora logística y no una abusiva intromisión orquestada a mis espaldas.
La rabia empezó a hervir bajo mi piel, pero no vino sola.
Se mezcló de inmediato con un pánico aplastante.
Sí, el clásico pánico académico. Porque no podía negarme sin más a hacer aquel trabajo.
La optativa exigía grupos mixtos. Alumnos de Sociología o Políticas Sociales debían colaborar estrechamente con los de Derecho.
Una idea preciosa sobre el papel. Hasta que un estudiante con complejo de conquistador normando decidía invadir mi proyecto en pleno abril.
Y si el maldito cambio ya estaba firmado y aprobado por las altas esferas, significaba que me habían dejado fuera de una decisión burocrática que afectaba directamente a mi nota, a mi investigación y a mi futuro.
Ese proyecto no era una presentación de diapositivas para pasar el rato. Si salía mal, podía arrastrar la media de toda mi carrera por el barro, maldita sea.
—No pongas esa cara —sonrió Peter—. En realidad, tiene bastante sentido, West. El mejor alumno de Derecho conformando equipo con la mejor alumna de Sociología. Es perfecto. Y tú y yo ya nos conocemos.
Estaba ridículamente satisfecho consigo mismo.
—No nos conocemos, Olsen. Compartimos una clase optativa y una fiesta que prefiero no recordar.
Su sonrisa se tensó. No lo suficiente para perder su maldita compostura, claro, pero sí lo bastante para que yo recordara a la perfección aquel abominable momento.
El pasillo. Mi espalda contra la pared. Su cuerpo demasiado cerca del mío.
Su mano tocando aquello que no tenía derecho a tocar.
Y aquella frase, asquerosa y caliente contra mi oído, diciéndome que no me hiciera la estrecha, que llevaba pidiendo «polla» toda la noche solo por llevar un vestido escotado.
Se me revolvió el estómago.
—Venga ya, no tiene sentido que conviertas una pequeña incomodidad en una leyenda negra.
Se me erizó el vello.
—Y yo digo que no tienes derecho a invadir mi grupo de investigación para demostrarme que no entiendes un maldito «no».
Di un paso al frente hacia él para plantarle cara. Peter ladeó la cabeza y suspiró como si yo fuera una cría a punto de tener un berrinche.
—Piénsalo lógicamente. El enfoque socio-legal que le estás dando al tema del Stop and Search necesita más peso jurídico real. Ahora mismo parece demasiado… emocional.
Cambió de terreno con una rapidez calculada. De mi cuerpo a mi trabajo. De mi rechazo a mi metodología. El muy cabrón sabía exactamente dónde meter el bisturí.
Parpadeé, perpleja.
—¿Emocional?
—Activista, más bien. El informe ganaría muchísima credibilidad si dejamos de lado tu tono acusatorio.
La rabia dejó de arder de forma caótica y se cristalizó dentro de mí. Ahora sería útil de verdad porque Peter acababa de tocar mi trabajo. Y eso, francamente, era una pésima decisión.
Mi proyecto analizaba el impacto socio-legal de la legislación de orden público en comunidades marginadas del Gran Londres. En concreto, las tácticas de Stop and Search , es decir, los controles y registros policiales aleatorios.
Hablaba de jóvenes de barrios empobrecidos. De chicos sin hogar. De cuerpos tratados sistemáticamente como sospechosos habituales por el simple hecho de existir en el lugar equivocado, con la ropa y el acento equivocados.
No eran meras opiniones, sino datos estadísticos. Violencia institucional pura y dura envuelta en un procedimiento legal extraordinariamente cómodo para quienes nunca serían registrados contra una pared.
Y yo, desde luego, quería abordar el tema desde el coste humano. Hablar de marginación social endémica, racismo institucional y de cómo ciertas leyes destrozaban a personas sin recursos en nombre de un ideal clasista que contravenía la humanidad más básica.
Conocía lo bastante la opinión de Peter como para estar en total y absoluto desacuerdo con su presencia en mi grupo.
Sabía que abordaría el trabajo desde su perspectiva fría, autoritaria y punitiva.
Justificaría la necesidad de la fuerza policial.
Defendería que la ley estaba por encima de la moralidad.
Racionalizaría el uso de la violencia para «mantener el orden público contra la escoria».
Y no le importaría lo más mínimo que esa supuesta «escoria» fueran personas a las que se les había robado la oportunidad de tener una vida digna.
No me refería a grandes lujos. Hablaba de pagar las facturas. De comer un plato caliente al día. De dormir sin sentir el terror constante a la lluvia, al frío o a una paliza.
Maldita sea, no podía evitar pensar en ellos. En mis Furin. En Connor.
Me hirvió la sangre.
—Estoy analizando datos estadísticos sobre prácticas policiales que afectan de forma desproporcionada a jóvenes sin hogar y a comunidades empobrecidas. Si eso a ti te parece «tono acusatorio», quizá el problema no es mi metodología, sino tu falta de empatía.
No levanté la voz, pero la tensión del pasillo pareció cerrarse alrededor de ambos como una soga.
—No me malinterpretes. Solo digo que si queremos un buen resultado académico, tenemos que equilibrar la crítica social con la necesidad obvia de mantener el orden público.
—No somos el puto gabinete de prensa de la Met Police —mascullé.
—Sabía que ibas a ponerte difícil —suspiró, exasperado.
—Qué forma tan interesante de admitir en voz alta que lo has orquestado todo a mis espaldas.
—Fue un acuerdo entre todos los implicados.
—Entre todos menos yo. Curiosa definición de consenso democrático para un brillante estudiante de Derecho.
Peter apretó la mandíbula. Por primera vez en toda la conversación, noté una grieta en su perfecta fachada. Le molestaba que no aceptara su autoridad.
—No exageres el drama.
—Claro que no, qué estupidez la mía, ¿verdad?
—ironicé—. Has desarrollado una pasión repentina por mi visión concreta de este proyecto justo en abril, curiosamente cuando el informe empezó en enero y se entrega a finales de mayo.
Por Dios, llevo más de tres meses dejándome la piel en esto.
La nota puede destrozar mi media de la carrera si sale mal.
No es una maldita presentación de diez minutos con cartulina y entusiasmo.
Se me escapó la frustración.
—Precisamente por eso me necesitas.
—¡No te necesitaba, Peter! Estaba genial trabajando con Carrigan.
A ver, Carrigan podía ser lento, un tipo gris y aburrido y necesitar hasta tres malditos recordatorios para citar bien las fuentes en formato APA. Pero no intentaba colonizar mi trabajo, ni invadir mi vida, ni tratar mi rechazo como un inconveniente administrativo.
—Alguien bastante mediocre, a mi humilde parecer. Mi enfoque legal puede elevar bastante el nivel del trabajo.
No iba a consentir que Peter Olsen convirtiera meses de investigación exhaustiva en un documento perfectamente inofensivo.
—Escúchame bien. No vas a tocar mi estructura sin consultarme.
No vas a suavizar ni una sola de mis conclusiones.
No vas a convertir este informe en una defensa velada del sesgo policial escudándote en un vocabulario elegante.
Y, sobre todo, no vas a usar este trabajo como excusa para acercarte a mí.
¿Te queda claro? —Me expresé con voz firme y gélida, marcando cada límite como si estuviera clavando estacas.
Peter sostuvo mi mirada. Sus ojos azules brillaron con frialdad.
—¿Y si no acepto algunas de esas condiciones? —preguntó, desafiante.
Por un instante, un terror primitivo me pidió que retrocediera, que suavizara el tono, que sonriera y buscara una salida educada.
Pero no lo hice.