My safety net (Love Obviously 1) 28
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—No va a llegar antes porque mires la puerta —soltó Eddie sin levantar los ojos de su libro.

Estaba sentado en el sillón de siempre, en la secretaría, y me observaba de reojo cada pocos segundos con una calma exasperante.

Empezaba a sospechar muy seriamente que ese chico olía mi desastre a kilómetros.

Eddie tenía unos preciosos ojos aguamarina, sí, pero también la preocupante capacidad de procesar información a una velocidad que rozaba lo ilegal.

—No estoy mirando la puerta.

Me enderecé en mi silla y cogí el boli para fingir que estaba inmersa en una tarea interesantísima.

Mentira cochina.

Llevaba todo el día con la cabeza en la galaxia Connor Bradley. Y en su examen de Lengua. Y de ahí pasaba directamente a sus manos. De sus manos a su boca. De su boca a todo lo demás. Y vuelta a empezar. Un circuito cerrado de indecencia, culpa académica y deseo no homologado.

Por el amor de Dios, habíamos quedado para estudiar. Y terminé protagonizando una escena que ninguna institución académica decente aprobaría. Ya podía verlo venir: «Suspenso por falta de responsabilidad, conducta impropia y exceso de carne».

Seguro que Connor estaba arrepintiéndose. Probablemente estaba planeando mudarse a Escocia para no volver a verme nunca. O quizá Gales, lo cual resultaba aún más ofensivo porque ni siquiera tenía el dramatismo romántico de las Highlands.

—Has mirado cuatro veces desde que he empezado esta página.

—Quizá tu página es muy larga. Y no me interrumpas, estoy ocupada.

Con movimientos bruscos, organicé un montón de carpetas azules que ya estaban perfectamente ordenadas por orden alfabético desde hacía tres horas.

—Emma Woodhouse también creía que estaba ocupadísima cuando en realidad estaba evitando mirar lo evidente.

—Qué impertinente estás hoy. ¿Qué lees que te tiene así?

— Persuasión .

—Ah. Terreno peligroso.

—La gente pierde años por no decir lo que siente. Es irritante —decretó, pasando otra página.

Entrecerré los ojos, escudriñando su expresión inocente y angelical. Lo adoraba, pero Eddie con Austen en las manos era un arma de precisión emocional.

—No lo digo por ti —añadió, notando el peso de mi mirada asesina.

—Qué alivio.

—Lo estás esperando. A Connor. Por eso todavía no te has ido pese a que tu turno terminó hace una hora. Es por el examen, ¿verdad?

Disparó a dar, directo a la línea de flotación, el muy puñetero. Y yo crucé y descrucé las piernas bajo la mesa. Ese chico me leía con una facilidad casi ofensiva.

—Eres encantadoramente insoportable cuando aplicas la lógica.

—Tú lo eres más cuando finges normalidad.

Bajé la vista. Sí, estaba nerviosa. Para qué disimularlo, maldita sea.

—Quiero saber si le ha ido bien. Dije que le ayudaría y solo he empeorado las cosas.

—No creo que hayas empeorado nada.

—Eso no lo sabes, cielo.

—Sé cómo estaba Connor antes de conocerte.

Eddie se acomodó las gafas. Ese gesto nunca anunciaba nada bueno. Era su equivalente intelectual a cargar una escopeta.

—Aunque, ahora que lo pienso, tal vez sí lo has empeorado.

Se me cayó el alma a los pies.

—Gracias. Es muy tranquilizador de tu parte.

—No digo que hayas hecho algo mal, pero hay personas que llegan a la vida de uno y lo cambian todo. Eso no siempre ayuda a la concentración.

Lo dijo con una naturalidad demoledora, y yo me quedé muy quieta.

Porque aquella frase tenía una dirección muy peligrosa.

Era como una de esas carreteras secundarias que una debía evitar si no quería terminar fantaseando con un hombre de hombros indecentes cruzando la niebla para confesar algo devastadoramente inconveniente.

—Eddie, cariño, no me estás ayudando.

Me froté las sienes. Ya sentía el rastro de una migraña. Había sido un día tan largo.

—Bueno, no… Pero sí. Quiero decir, si Connor cae por sentir algo, la caída es suya. No tuya.

Mis pulmones dejaron de retener el oxígeno.

—¿A qué te refieres con «sentir algo»?

Tragué saliva con fuerza.

Connor sintiendo algo.

No, no quería saberlo. Por supuesto que no. Era una mujer adulta y sensata, cargando una mochila un tanto traumática y un historial romántico muy preocupante. No necesitaba convertir la frase ambigua de un adolescente demasiado listo en material potencialmente romántico.

Connor sintiendo algo.

Dioses, era ridículo y absurdo y clínicamente insostenible. Y, aun así, durante una fracción de segundo, una parte muy idiota y profundamente traicionera de mí quiso quedarse a vivir en esa hipótesis.

—A su preocupación por aprobar —contestó Eddie.

—Claro. Sí. Aprobar es importante.

Asentí con vehemencia, fingiendo que no acababa de sufrir un microinfarto masivo ante la posibilidad de que Eddie hubiera adivinado lo de la noche anterior. O mucho peor, que no estuviera hablando solo de la noche anterior.

—Y otras cosas que no he dicho —remató el maldito crío.

Lo miré, estupefacta. Quería protestar. Y también indagar, lo cual me pareció una traición a cualquier principio básico de supervivencia emocional. Pero me salvó el jaleo que empezó a llenar el vestíbulo de la residencia.

—Oh. Han llegado —anunció Eddie con aire petulante.

Me incorporé de un salto y empecé a alisarme la falda para borrar cualquier rastro de pánico.

—No estaba esperando.

Alcé la barbilla, toda digna y altiva. Y salí de la secretaría.

El vestíbulo había dejado de ser un lugar de paso para convertirse en la zona de aterrizaje Furin. Allí estaban, con sus mochilas, salpicados por la llovizna que caía fuera y desprendiendo esa energía arrolladora tan propia de ellos.

Busqué a Connor antes de poder evitarlo.

Estaba apartado del centro del alboroto, con las manos en los bolsillos y la mirada apagada. Nate le rodeaba con un brazo los hombros y le hablaba bajo, zarandeándolo con suavidad.

Aquello no era consuelo ordinario, sino el protocolo Furin para catástrofes.

Desastre académico confirmado.

Tragué saliva y me acerqué a ellos.

—¡Buenas!

Esbocé la mejor y más luminosa de mis sonrisas.

—¡Mel! —exclamaron Anthony y John al unísono.

—Hola, milady . —Noah me sonrió, tan dulce como siempre.

Liam, en cambio, se me acercó y me depositó un beso en la sien a modo de saludo.

—¿Qué tal, Mel? —dijo Matthew plenamente concentrado en algo que estaba leyendo en su móvil.

—Nuestra dama favorita. —Nate me dedicó una sonrisa radiante.

—Qué preocupante que me saludéis así.

A ver, eran tremendamente cariñosos conmigo.

Tanto que a veces tenía que huir de ellos.

Pero aquello era raro. Olía a comité de bienvenida improvisado por hombres que acababan de decidir que yo era una criatura delicada al borde del colapso.

Algo que, para mi desgracia, no se alejaba tanto de la realidad.

—Estamos siendo encantadores —se justificó Nate, llevándose una mano al pecho.

Me eché a reír. Pero mis ojos, como si estuvieran magnetizados, viajaron irremediablemente hacia Connor.

—Hola —lo saludé en un tono distinto.

Uno reservado secretamente para él.

—Hola —dijo bajito.

No sonrió, pero me sostuvo la mirada con una intensidad que me estremeció.

Por un instante, la tristeza que dominaba sus ojos pareció esconder algo más. Algo cálido e íntimo que mi sentido común y todas las heroínas sensatas de la literatura inglesa me aconsejaron ignorar de inmediato.

«No seas ridícula, Melani».

Ese «hola» me reventó por dentro.

No tenía ningún sentido, porque era solo una palabra. Pero mi dama había susurrado para saludarme y yo empecé a imaginarnos celebrando las putas bodas de oro.

Para colmo, mi cuerpo no sabía distinguir entre ternura y desastre sexual inminente. Y es que a mi polla le encantaba esa mujer.

Nate, que tenía un máster en captar el ambiente, me apretó un poco el hombro y se aclaró la garganta.

—Bueno, nosotros vamos a… —empezó a decir, arrastrándome hacia el frente de la formación con tan poco disimulo que dio vergüenza ajena.

—A no estar aquí —completó Noah.

—Correcto —asintió Liam, rotundo.

—Necesito comida —anunció Nate.

Y empezó a empujar al grupo hacia el comedor. Sobre todo a John y a Anthony, porque Matthew era más listo que el hambre y ya se estaba moviendo.

—¿Yo también necesito… algo? —Anthony parpadeó, descolocado.

—Muévete. No mires atrás.

Matthew lo agarró del brazo y tiró de él sin contemplaciones.

—Qué coordinación tan alarmante —dijo Mel.

Observaba la maniobra táctica de evacuación totalmente alucinada.

—Somos una familia muy organizada —soltó Nate por encima del hombro.

—Eso es mentira —protesté.

—Hoy no, porque tenemos un propósito —sentenció Noah, y yo fruncí el ceño.

—¿Abandonarme en un puto vestíbulo?

—Exacto. Apáñatelas —espetó Liam, que fue el último en desaparecer.

Nos quedamos a solas, bajo una luz demasiado limpia para la cantidad de pensamientos indecentes que se me estaban pasando por la mente.

El silencio cayó a plomo sobre nosotros.

Estaba nervioso, sí. Pero no por Mel, sino por mí.

Me aterraban mis manos. Mi boca. El brutal recuerdo de su cuerpo contra el mío.

Y esas ganas violentas de besarla allí mismo.

Era difícil vender la imagen de estudiante arrepentido y hombre decente cuando tenía medio cerebro centrado en su perfume y el otro medio imaginando sus piernas alrededor de mi cintura.

La verdad era que no esperaba verla allí a esas horas. Nuestros horarios de aquel día no coincidían ni por asomo. Descubrir que se había quedado me llegó al corazón. O quizá no lo había hecho por mí y me estaba montando una película preciosa y muy patética financiada por mis ganas de verla.

Ahora la tenía delante y notaba que ella también estaba nerviosa.

Y no me hacía falta ser muy listo para saber qué pensaba.

La mente de Melani era una maquinaria perfectamente engrasada para asumir culpas que no le correspondían.

A esas horas seguro que ya se había convencido de que mi suspenso era obra suya.

—¿Ha sido muy horrible? —Rompió el hielo con la voz un poco temblorosa.

—Más o menos.

Hundí las manos un poco más en los bolsillos de mis vaqueros, buscando algo a lo que agarrarme. No quería mentirle, pero tampoco quería decepcionarla con los detalles.

—Lo siento muchísimo, Connor.

Esa forma de mirarme me despertó unas ganas desesperantes de abrazarla.

—No lo hagas. —La corté al instante.

—Es que… no puedo evitarlo.

—Pues inténtalo.

Di un paso hacia ella, incapaz de respetar la prudente distancia de seguridad que nos habíamos autoimpuesto.

—Te ofrecí ayuda y acabamos…

Agachó la cabeza. Y mi corazón dio un vuelco muy incómodo.

Ahí estaba. Mi mayor terror desde que nos habíamos despedido aquella mañana.

Que la luz del día hubiera hecho su trabajo, que Mel hubiera pensado en lo que pasó entre nosotros sin mi boca en su piel, sin mis manos encima, sin el calor de la noche empujándonos, y hubiera llegado a la única conclusión capaz de partirme en dos: que todo había sido una catastrófica equivocación.

—¿Vas a decirme que fue un error? —pregunté a bocajarro—. Porque puedo tolerar un suspenso, pero no sé si me queda energía para otro más.

La voz me salió más grave de lo normal. Y la vulnerabilidad, por desgracia, también. No pretendía que sonara a reproche. Tampoco a súplica, aunque esa parte no supe esconderla a tiempo.

Se hizo un silencio absoluto.

Melani levantó la cabeza de golpe y clavó sus preciosos ojos en los míos. Y yo hice lo único sensato que se me ocurrió para evitar salir corriendo o cagarla aún más.

—Ashcroft me deja repetirlo en dos días.

—Entonces, tenemos una oportunidad.

Una chispa de esperanza se encendió en su rostro.

—Lo haremos bien, sin interrupciones, solo sintaxis.

Me tragué una sonrisa y asentí, aunque cometí el error de mirar su boca.

—Solo sintaxis —concedí.

Nos miramos fijamente. El aire entre los dos volvió a cargarse de esa electricidad que parecía rodearnos siempre que estábamos a menos de un metro de distancia.

—No digas nada —me advirtió un poco asfixiada.

—No iba a hacerlo.

Fingí inocencia pura. Aunque en mi mente ya estaba imaginando cómo la arrastraba al hueco bajo la escalera, la atrapaba contra la pared y le enseñaba por qué «solo sintaxis» era la mentira más ridícula que había dicho.

Dios, necesitaba volver a escuchar cómo decía mi nombre con la voz rota.

—Pero lo has pensado.

Esbocé una sonrisa pícara. Hacía bien en sospechar.

Se recogió un mechoncito de pelo y carraspeó. Me encantaba verla intentando hacerse la estoica.

—Descansa esta noche, no pienses demasiado. Mañana nos organizaremos, trabajaremos en ese examen y aprobarás como que me llamo Melani West. Puerta abierta, mucha luz, mucha ropa y montones de sintaxis, ¿entendido?

—Vale. —Acepté divertido.

—Y café —añadió.

—Vale.

—Y nada de lasaña.

—Eso ya me parece excesivo.

—Señor Bradley, si sigue alimentándome así, voy a acabar ocupando el doble de espacio —bromeó.

O lo intentó. Pero el comentario dejó entrever esa herida que escondía debajo de su preciosa cara y esas encantadoras muecas.

Acorté la distancia hasta invadir descaradamente su espacio vital. La miré con una fijeza que le cortó el aliento. Y entré de lleno en su juego, porque aquella forma suya de ponerse educada, fina y peligrosamente remilgada me volvía loco.

—Señorita West, si cree que voy a quejarme de tener más de usted, me temo que ha entendido muy mal nuestro acuerdo. —Me incliné hacia ella y bajé la voz—. Todavía dispongo de «nueve» argumentos para hacerla cambiar de opinión.

Melani se ruborizó hasta la raíz del pelo. Fue tan brutal y evidente que me fascinó.

Me pregunté, con el corazón desbocado, si podría besarla. Si volvería a entregarme ese suspiro suave que llevaba todo el día oyendo dentro de mi cabeza.

—Es usted un osado —susurró.

Pero, asombrosamente, no se apartó ni un solo milímetro.

—Esa sonrisa me dice que no le disgusta del todo.

Me empujó con suavidad, toda coqueta.

—Me voy, don insolente.

Dio un paso atrás, rompiendo la burbuja de intimidad antes de que ambos hiciéramos una grandísima locura en pleno vestíbulo, pero aquella sonrisa tonta no se le borró de la cara.

Y a mí tampoco.

—Buenas noches, cereza.