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Había suspendido.
Y no porque el examen de Lengua fuera demasiado complicado, sino porque se me vino el mundo encima al ver el puto enunciado.
DESCRIBA EL CONCEPTO A TRAVÉS DE UNA EXPERIENCIA PERSONAL E INDIQUE QUÉ ELEMENTOS CONFORMAN UN REFUGIO SEGURO PARA USTED.
Refugio seguro. Me cago en la puta.
Unas horas después, el aula se fue vaciando lentamente. Mis hermanos dejaron sus exámenes sobre la mesa del profesor. Parecían contentos con lo que habían escrito. Menos mal. Habían tenido más suerte que yo.
Fui el último en levantarme del pupitre. Cogí mi folio y me acerqué al escritorio de Ashcroft. Se lo entregué bocabajo y me di la vuelta al instante.
Joder, me moría por salir de allí y encerrarme en mi habitación. No me hacía falta saber la nota, porque acababa de entregar el examen completamente en blanco. Y no es que no supiera escribir. Mierda, había estudiado. Poco, pero lo había hecho.
El problema era que aquel enunciado había sido una trampa mortal. Y, para colmo, no dejaba de pensar en Mel.
Me acojonaba la posibilidad de que lo sucedido nos distanciara aún más. No quería que pensara que era el típico gilipollas que buscaba usarla. Maldita sea, si supiera la verdad seguramente hasta se asustaría.
Estaba a punto de cruzar el umbral de la puerta, cuando la elegante y autoritaria voz de Ashcroft me detuvo en seco.
—Señor Bradley. Quédese un momento, por favor.
Cerré los ojos, solté un suspiro derrotado y volví sobre mis pasos. Me planté frente al escritorio, con las manos en los bolsillos de la sudadera.
Julian Ashcroft tenía mi examen en las manos cuando me miró. Lo hizo en silencio durante unos largos segundos. A continuación, lo dejó a un lado y se acomodó en su asiento.
En el fondo, ese hombre me intimidaba. A pesar de su traje impecable, su postura rígida y su aire estirado, Ashcroft se implicaba de verdad y tenía una asombrosa habilidad para detectar toda nuestra mierda con un solo vistazo.
—Una hoja en blanco como la suya muestra un pánico evidente.
—Perdón por no haber estado a la altura…
Clavé la vista en el suelo. No dejaba de decepcionar a la gente. Bueno, no tenía ni puta idea de si estaba decepcionando a alguien, pero yo lo sentía así y no sabía cómo coño cambiarlo. Era un puto desastre con piernas intentando fingir normalidad.
El profesor suspiró.
—No ha fallado por falta de vocabulario. Más bien, yerra porque escribir sobre ese refugio seguro lo obligaría a admitir que lo tiene.
Apreté los dientes.
Sí, tenía razón. Todavía no asumía que mis Furin estaban a salvo, felices y bien alimentados.
Todavía me costaba admitir que tenía a Kenny, a Bishop, a Maggie.
Todavía luchaba contra el amor que sentía por Melani West. Y escribir sobre esas cosas para medir mi dominio sobre la sintaxis era como dar a los fantasmas de mi pasado un puto mapa del tesoro con todas mis debilidades marcadas en rojo.
—No tengo nada… —murmuré—. En realidad, no soy nada…
Me aferré a mi vieja identidad. Esa voz oscura que me decía que yo solo era un trozo de carne magullada que servía para resistir hostias en una jaula clandestina.
Recordé de golpe los días más oscuros, cuando hablaba con Liam o con Nate sobre la posibilidad de dormir para siempre, lanzarnos a las vías del tren y acabar con todo.
Total, ¿qué más daba la vida si nadie iba a llorarnos?
Me asustó darme cuenta de que, a veces, ni siquiera me reconocía en ese chico roto que había sido unos meses atrás.
—Eso habría sido una respuesta más convincente el otoño pasado.
Ashcroft me desarmó con una suavidad terrible.
Tragué saliva. El silencio que se instaló entre los dos empezó a zumbarme en los oídos.
—Escribir eso que pide… no es tan fácil.
—Las cosas importantes rara vez lo son.
—Joder… —maldije por lo bajo, frotándome la nuca.
—Se ha pasado las dos horas que ha durado el examen mirando por la ventana como si hubiera dejado una guerra pendiente fuera del aula.
—Eso no tiene que ver con el examen.
—Tiene todo que ver.
La imagen de Melani volvió a mi mente con el recuerdo de su mirada asustada justo cuando salí de ella. Me dolía pensar en ese momento, por lo hermoso y perfecto que había sido y por el frío que me había golpeado después.
—No me hable de ella, profesor —pedí, hecho polvo.
—Lo está haciendo usted, incluso cuando no pronuncia su nombre.
Miré hacia las ventanas. La presión me podía. Yo, que siempre había ido de chulo, de duro y de sobrado por los callejones de Andover Estate, me sentía la persona más inútil y estúpida de todo el universo.
—La he cagado… Ni el puto Darcy la cagó tanto, profe. Y eso que el muy capullo a veces se ganó un guantazo con la mano abierta. Yo me he ganado tres.
Confesar mi absoluta miseria amorosa utilizando a la tía Austen como referente para explicar mi nivel de estupidez quizá no era lo más adecuado, pero un tipo como Ashcroft me entendería.
—Entonces, repare lo que pueda reparar. Y escriba lo que sabe.
Negué con la cabeza. Me asustaba mi propia torpeza a la hora de expresar sentimientos.
—No sé escribir esas mierdas, se lo prometo.
—Sí que sabe. La nota para la que me pidió ayuda no era torpe.
—¡La escribió usted! —exclamé frustrado.
—No. Yo corregí la forma, pero el contenido y la intención eran suyos. Deje de restarse méritos.
Me reprendió con firmeza, pero con un cariño velado que me provocó un nudo en la garganta.
—Dos días —sentenció, implacable.
—¿Y si suspendo igual?
El profesor esbozó una diminuta sonrisa.
—Probablemente le dé otros dos más.