26
El silencio del baño era opresivo. Ahora que estaba sola y no había más alumnas a la vista, me miré en el espejo con una intensidad que rozaba el masoquismo.
Me fijé en la redondez de mis mejillas. En la curva suave de mi cuerpo bajo la ropa. En el recuerdo, todavía demasiado reciente, de haber estado completamente desnuda ante los ojos de un hombre. Y no uno cualquiera.
Connor Bradley me había visto entera.
Había visto mis muslos, mis pechos, mi vientre, cada una de esas partes de mí que yo llevaba años archivando bajo la categoría de «no mirar directamente salvo necesidad médica».
Para colmo, las había tocado y pareció disfrutarlo. O eso quería creer yo.
La brecha abismal entre lo que yo creía ser y cómo él me había hecho sentir me tenía al borde del colapso nervioso.
Salí del edificio de Ciencias Sociales y Políticas en Bloomsbury y me dirigí a Gordon Square. Había lloviznado y el césped estaba húmedo, así que los estudiantes se habían replegado hacia los caminos asfaltados, las escaleras y cualquier banco no conquistado por la humedad británica.
Encontré a Breena sentada en uno. Pese al cielo gris plomizo, llevaba sus gafas de sol como si estuviera en pleno agosto en Marbella. Pero no era lo más llamativo. En una mano sostenía un café americano gigante con pajita y, en la otra, un dónut de Doughnut Time de un rosa radioactivo.
Estaba a punto de darle un mordisco cuando me dejé caer a su lado con un suspiro. Necesitaba tanto ese momento con ella. Una bomba como la que traía no se podía soltar por teléfono.
—¿Cómo puedes comerte esa basura?
Miré la masa de azúcar con el ceño fruncido.
Qué caprichosa era la genética. Yo, que apenas toleraba la comida basura sin sentir que mi cuerpo abría un comité parlamentario contra mí, engordaba hasta respirando cerca de una panadería. Y ella, que se atiborraba de cualquier porquería, seguía pareciendo un brote de soja gótico.
—Es rosa —respondió con la boca llena, sin inmutarse.
—Eres la reina del negro.
—Querida, este dónut absolutamente grasiento y desproporcionado es la clara evidencia de que tengo corazón, aunque a veces nos cueste escucharlo.
Se me escapó una carcajada. Dios, cómo adoraba a esa mujer.
—Te estás comiendo un « Love Actually ». Lo que se traduce en que estás masticando el amor.
—Cierto, y eso hace que me guste más. Aunque confieso que no me importaría ofrecerme de sacrificio romántico a Hugh Grant, la verdad. Si se me aparece en su versión de la película, creo que no tiene ni que molestarse en quitarme las bragas.
—Vale. Necesito que dejes de hablar de bragas durante cinco minutos. O mejor, sé lo menos tú posible durante un minuto —supliqué.
Brenna me miró por encima de sus gafas.
—Se me acaban de encender todas las alarmas, cariño, y eso significa que van a pasar cosas.
—Más bien han pasado. —Cogí aire—. Connor se quedó a dormir. —Y lo solté entrelazando las manos sobre el regazo.
Breena se detuvo a punto de darle otro mordisco a su dónut. No se movió. Se quedó congelada.
—En mi cama —añadí.
Ella arqueó las cejas. Estaba procesando el impacto.
—Desnudos —rematé.
Me quería morir.
Breena se quitó las gafas de sol y me miró, estupefacta. Devolvió el dónut a la cajita en la que venía y se limpió los dedos de azúcar con un gesto muy estirado.
—No voy a gritar porque estamos en una institución académica y debo conservar cierta elegancia…
—Gracias —respiré, aliviada.
—Pero…
—Por favor, por favor, por favor, no digas nada guarro —supliqué.
—¡Solo estoy intrigada por el tamaño de su polla! ¡Demándame!
—¡Lo prometiste! —chillé bajito, mirando a los lados por si alguien nos había escuchado.
—En realidad, no he prometido nada. Pero si te lo ha parecido, retiro esa maldita promesa ahora mismo.
Sonrió de oreja a oreja y se lanzó a darme un achuchón que me aplastó las costillas.
—¡Estoy orgullosísima de ti!
—No sé si deberías estarlo.
—¿Por qué?
Frunció el ceño, detectando el bajón inminente.
—Porque quizá lo he confundido todo. Quizá me dejé llevar porque él estaba allí, porque fue bueno conmigo, porque me hizo sentir… deseada. Y ahora no sé si eso me convierte en alguien patética o desesperada.
Maldita sea, la inseguridad me carcomía por dentro con la elegancia de una termita victoriana: ninguna, porque las termitas nunca han sido elegantes.
—Te convierte en una mujer que sintió lujuria y se dejó llevar con alguien que la trató bien. ¡Qué escándalo!
Breena le quitó hierro al asunto con un sarcasmo brillante.
—Es que apareció tan insoportablemente guapo con esos vaqueros y esa sudadera...
—No olvides la chupa de cuero.
—Le queda bien, ¿a que sí? —suspiré.
Asintió, rotunda.
—El tío está para lamerlo hasta perder la lengua.
—¡Y trajo lasaña, Breena! Cenamos y hablamos. Y se sabía hasta quién era el prota de La abadía de Northanger , y me dijo que yo era preciosa. Y entonces hubo una notificación de Tinder. Y Connor le mandó una foto de su pene a ese cretino desde mi móvil.
Vomité la información como si todo hubiera sido un delirio febril.
—¿Perdón? Por favor, repite eso con toda la solemnidad que merece la historia británica.
Contuve una risa.
—Le mandó una foto de su pene al tipo que me escribió desde Tinder.
Sentí que me ardían las mejillas ardían.
—Dios salve a la polla diplomática de Connor Bradley. ¿Funcionó?
—Desde luego el tipo dejó de escribir.
—Ah, los hombres entienden muy bien los avisos territoriales cuando vienen con iluminación de baño.
—Luego hablamos de la «terapia de los diez cuerpos». Dijo que el plan era una… una mierda.
—Adoro a ese chico.
—Y propuso… otra cosa. Diez… diez encuentros… Con él. Ya sabes…
Jugueteé con la correa de mi bolso, incapaz de mirarla.
—Melani West. ¿Te estás acostando con Connor Bradley en formato suscripción?
—¡Por Dios!
Me tapé la cara.
—Dime que hay permanencia.
—Creo que voy a desmayarme —gemí.
—Me encantaría tener sobrinos con sus ojos.
—No me ayudas.
—Al contrario. Te estoy ayudando a documentar uno de los mejores momentos de tu vida —me pinchó—. ¿Te gustó? Y no me vengas con remilgos, que no estoy para literatura evasiva.
Recordé el calor de su piel contra la mía, sus adictivos besos, la intensidad en sus movimientos, la forma en que mi cuerpo había estallado y había pedido más.
Más de él. Más de mí siendo esa versión mía que no conocía.
—Fue… perfecto —admití en un susurro cargado de verdad.
Breena sonrió satisfecha.
—Entonces estamos estupendamente.
—Quizá solo está siendo amable porque le di pena.
Ahí estaba. Esa maldita costumbre que tenía de sabotearme.
¿No podía simplemente disfrutar y ya está?
Al fin y al cabo, eso era lo que quería.
Tener sexo, liberarme, explorar. Lo había logrado.
Entonces, ¿por qué me sentía tan extraña?
¿Por qué parecía que Connor no había tocado solo mi cuerpo, sino también una puerta secreta que yo llevaba años manteniendo cerrada con cerrojos, ironía y bragas de algodón cómodas?
—Un hombre no te hace lasaña, lee a Austen, le manda una fotopolla a un desconocido como acto de protesta y luego te mira como si quisiera construir una religión alrededor de tus caderas por pena.
La miré aturdida. Hablaba de Connor como si este sintiera algo por mí. No podía estar más equivocada. A lo sumo éramos amigos. Amigos muy… cálidos.
—La frase ha empezado muy mal y ha terminado peor —protesté.
—Pero es cierta y lo sabes.
—Ah, Breena, no me reconozco. En cuanto lo vi aparecer perdí completamente la cabeza —confesé.
Breena suavizó el rostro, dejando a un lado la ironía por un segundo para ser el ancla que necesitaba.
—Bienvenida. A veces el deseo hace eso. Te presenta una versión tuya que no estaba muerta, solo estaba esperando a que alguien no la tratase como un problema.
—Pues ha durado muy poco porque esta mañana me desperté desnuda entre sus brazos y me sentí ridícula. Demasiado blanda. Demasiado… yo. Y mientras Connor seguía dormido. Tan precioso, ajeno a que ha arruinado mi paz mental con una galleta.
Sí, era la triste realidad. Mis problemas cardiorrespiratorios habían empezado por una galleta. Aunque, en realidad, ese era el eufemismo del año. La primera taquicardia que me provocó Connor fue el día que entró en The Safety Net y yo cometí el error administrativo de mirarlo.
—¿Roncaba? —indagó Breena, en busca de defectos.
—No. Hacía un ruidito muy encantador. Hasta duerme bien, el muy insolente —suspiré con derrota.
—Qué hijo de puta, es tu puñetero Darcy.
—Darcy jamás le habría recordado a Elizabeth que nos quedan nueve polvos.
Sentí que me subía el calor al cuello solo de recordarlo.
—Voy a necesitar otro dónut. Lo llamaré «El glaseado de Bradley».
—Te odio.
—No puedes odiarme. Soy tu testigo histórico. ¡Has follado! No, espera, ¡te has follado a Connor Bradley! Coño, nena, es el mejor escenario posible.
Se carcajeó. Y yo con ella. No tenía remedio.
Me dejé caer hacia atrás.
—Aconséjame, no sé ni cómo mirarlo a la cara.
—Estás loquita por él.
—No es cierto.
—¡Ja! Me río en tu cara.