24
La pálida luz del amanecer se filtraba por los ventanales. Abrí los ojos con lentitud, como quien teme despertar de un sueño demasiado bueno, y tardé medio segundo en procesar el peso cálido que me envolvía.
Un brazo fuerte rodeando mi cintura. Un pecho ancho contra mi espalda. Unas piernas enredadas con las mías.
Estaba completamente desnuda, envuelta en sábanas y atrapada entre los brazos de Connor Bradley, que dormía profundamente a mi lado.
No recordaba en qué momento de la noche habíamos pasado de estar separados por una distancia educada, triste y absurda a terminar así, pegados como si nuestros cuerpos hubieran decidido ignorar por completo el desastre emocional de sus propietarios.
Un latigazo de puro espanto me recorrió el espinazo. Y, al mismo tiempo, fui físicamente incapaz de apartar la vista de él.
Connor era hermoso. Dios, y me había hecho el amor de una forma que ni me había atrevido a imaginar.
Me deslicé fuera de la cama con el sigilo de un ladrón, recogí mi pijama del suelo y hui al baño, como si aquello pudiera protegerme de la realidad.
Ni siquiera me atreví a mirarme en el espejo. Directamente, abrí el grifo, me metí bajo el agua caliente y apoyé la frente en los azulejos.
—¿Qué has hecho, Melani? —susurré.
Empecé a enjabonarme, intentando no pensar demasiado, lo cual era bastante complicado cuando mi piel parecía haber desarrollado memoria propia.
Cada roce accidental me devolvía un fragmento de Connor: sus manos, su boca, su peso, la forma en que me había mirado como si yo fuera una especie de milagro.
No podía creer que hubiera pasado de verdad.
La parte más traicionera de mi cerebro había esperado despertar y descubrir que todo había sido una farsa.
Pero Connor no solo había resultado ser divertido y protector, sino un amante magnífico que además preparaba la cena, leía a Austen y se acurrucaba después de una gloriosa sesión de sexo.
¡No podía ser tan perfecto! ¡No era estadísticamente posible!
Salí de la ducha, me sequé aprisa y me puse el pijama. A continuación, me lavé los dientes y me peiné. Bonita o no, tenía que dar la cara como la mujer adulta y funcional que creía ser.
Pero antes saqué una toalla limpia y un cepillo de dientes nuevo del armario y los dejé sobre el lavabo. Pequeños gestos de hospitalidad que, en realidad, eran una forma cobarde de ganar tiempo.
Me dirigí a la cocina. Necesitaba café con urgencia. Puse la cafetera en marcha. Solo tuve que esperar unos minutos, que aproveché para practicar esos ejercicios tan útiles que me enseñó Susan para respirar. Mi psicóloga siempre al rescate, aunque ya no lo fuera.
Estaba sirviéndome una taza cuando apareció Connor. Llevaba los vaqueros desabrochados, iba con el pecho descubierto y se rascaba la cabeza con una preciosa cara de sueño que debería haber sido prohibida por ley.
Allí estaba él, pareciendo un anuncio de perfume extremadamente irresponsable. Y yo me atraganté con el café porque mi corazón decidió que era un grandísimo momento para subir a mi garganta.
—Buenos días —saludó con voz ronca.
—¡Hola! —grité entre toses.
—¿Estás bien?
Dio un paso hacia mí, preocupado. Levanté una mano. Si me tocaba en ese momento, no habría respondido de mí. Es más, seguramente, le habría confesado que no me importaría terminar empotrada contra mis treinta y siete ediciones de Orgullo y Prejuicio .
—Sí. Perfectamente. El café ha intentado asesinarme, nada grave.
Me limpié la boca con el dorso de la mano, evitando mirar directamente sus abdominales.
—Puedo pegarle.
—No pegues a mi cafetera. Es de las pocas relaciones estables de mi vida.
Se hizo el silencio. Nos miramos de reojo mientras yo me aferraba a mi taza como si fuera un escudo.
—Debería vestirme —murmuró.
Asentí, fingiendo un estoicismo que no sentía.
—No voy a discutir esa decisión.
Connor se tragó una sonrisa.
—¿Te incomoda?
—Me distrae, que es mucho peor para mi dignidad —revelé, rindiéndome a la evidencia.
Él alzó las cejas, asombrado.
—Ah.
Tenía que reconducir aquello como fuera. Por Dios, era una chica inteligente, no podía ponerme a pensar con… bueno, con esa parte tan húmeda de mí.
—Hay una toalla en el baño. Y un cepillo nuevo.
Señalé hacia el pasillo.
—Gracias.
—Y puedes ducharte. Si quieres… Bueno, porque ducharse es una actividad humana bastante aceptada…
«Soy tremenda e irrevocablemente estúpida».
—Ah… vale. Todo un detalle.
—Soy una anfitriona decente incluso en circunstancias… poco previstas.
—Poco previstas —repitió, arrastrando las palabras.
—Muy poco previstas.
Tragué saliva.
Nos miramos un segundo de más. El aire se volvió inflamable. Temí que, si no hacía algo pronto, terminaría lanzándome a su cuello. Y no era plan ponerme a rogarle un polvo mañanero.
—Yo… yo voy a vestirme. Como concepto general, quiero decir.
—Claro.
—No porque ahora mismo haya ningún problema. Sino porque es de día y la sociedad espera.
—La sociedad es muy pesada —suspiró.
—Muchísimo.
Hui a mi habitación.
Opté por unos leggings de algodón color marfil y un jersey de lana suave oversized que me cubría hasta las rodillas. El truco de las mangas largas para esconder los nervios era infalible. Lo rematé con unos gruesos calcetines que asomaban por encima de mis botines.
Me sequé un poco el pelo para darle volumen.
A continuación, me puse unos aros dorados, me apliqué un poco de rubor en las mejillas y corrector en las ojeras, y me miré al espejo.
Pensé que mi estilo era el clásico cozy chic londinense, perfecto porque ocultaba a la perfección el hecho incuestionable de que había sido follada por un semidiós.
Parecía un angelito que acababa de salir de una nube de algodón de azúcar.
El problema era que esa imagen angelical contrastaba brutalmente con el hecho de tener a ese semidiós dándose una ducha en mi baño.
Regresé a la cocina y preparé el desayuno. Me repetí una y otra vez que debía parecer normal. Pero cuando una quiere ser normal, deja de serlo cuando menos lo espera.
«Todo va bien, Melani. Todo va bien», me dije como si fuera un maldito mantra tibetano.
Connor apareció justo cuando yo terminaba de servir los platos en la barra. Apenas lo miré, pero era hiperconsciente de lo guapo que estaba con el pelo mojado. Dioses, ¿es que había algo que ese chico hiciera que yo no lo sintiera como una provocación?
—Hay tostadas —señalé el plato mientras tomaba asiento.
—Vale…
Ocupó el mismo lugar que la noche anterior. Notaba que no dejaba de mirarme. Sus ojos perseguían mis gestos. Eso era un detalle horrible para mis pulsaciones. Estaba a punto de sufrir una insuficiencia respiratoria.
Entonces, estiré el brazo para coger el tarro de mermelada. Pero Connor decidió hacer lo mismo y nuestros dedos se rozaron. Una chispa invisible saltó entre nosotros, pero él no retiró la mano.
Fui yo quien se apartó como si el cristal quemara.
—Perdón —dije bajito.
—¿Por tocarme?
Me clavó una mirada de lo más intensa. Y mi corazón dio un salto mortal con triple tirabuzón. Pero él parecía de lo más normal y se puso a servirse mermelada.
Intenté reconducir la situación hacia la cortesía doméstica.
—¿Azúcar?
—No.
—¿Leche?
—Tampoco. —Dio un sorbo a su café negro y amargo.
—Qué hombre tan austero.
—He desayunado cosas peores que café solo.
—¿Quieres más tostadas? —Ofrecí la bandeja.
—Sí.
Cogió un par más y yo sonreí un poco tensa.
—Al menos eres fácil de alimentar.
—Bishop dice que soy una inversión segura.
—No me cabe duda.
La chica que acabara con él sería súper afortunada, desde luego.
Terminamos de desayunar en una mezcla extraña de comodidad y tensión. Nos preparamos para salir. Su chaqueta de cuero, mi bolso, su mochila, mis llaves.
Una vez abajo, en la calle, nos miramos. Ninguno de los dos se movió. Y no supe por qué, pero una parte de mí se negaba a irse sin más. Tenía clase en una hora. Iba a llegar tarde, lo sabía, pero me daba igual.
—Te acerco —solté de pronto.
—No tienes que hacerlo. Iba a coger el metro.
—Ya lo sé, pero lo ofrezco igualmente. Además, si vas andando por Crouch End con esa cara de sueño, alguna señora te adoptará.
Intenté bromear, pero él solo arqueó una ceja.
—¿Eso pasa mucho?
—En esta zona, sí. Somos una comunidad muy agresiva con el bienestar ajeno —mentí descaradamente.
—Entonces mejor me llevas.
—Decisión sensata.
Me lamenté de inmediato. Quizá lo mejor para los dos era poner tierra de por medio. Bastante incómodo iba a ser todo a partir de ahora cuando nos cruzáramos en los pasillos de la residencia.
«Este hombre me ha visto desnuda y me quiero morir. O repetir. ¡Yo qué sé!».
Nos subimos al coche, nos pusimos el cinturón y me incorporé al tráfico.
El silencio era tan aplastante que temí que Connor pudiera escuchar mis pensamientos.
Así que encendí la radio por pura supervivencia.
Nunca imaginé que sintonizaría la emisora justo en mitad de los acordes de Love Me Like You Do .
La voz suave de Ellie Goulding llenó el coche y, de pronto, recordé con una claridad pavorosa dónde habían estado las manos de Connor hacía apenas unas horas.
—No.
Cambié a la velocidad de la luz.
—Esa era bonita —sonrió Connor, mirando por la ventanilla.
—Más bien empalagosa.
Siguiente emisora.
Empezó a sonar la sensual melodía de Sexual Healing de Marvin Gaye. Una oda a la curación a través del sexo. Qué oportuno todo.
—Tampoco.
Apreté el botón de nuevo. Connor se giró a mirarme, disfrutando claramente del espectáculo.
—¿También es empalagosa?
—Obscenamente.
Siguiente. El inconfundible y explícito ritmo de Pony de Ginuwine inundó el habitáculo.
Y de pronto me imaginé atada a la cama como si fuera la maldita prota de Cincuenta sombras de Grey mientras Connor me llevaba al orgasmo con su boca una y otra vez.
Lo peor de todo fue que, por una fracción de segundo, esa dichosa imagen mental me pareció una idea fantástica y muy instructiva.
—Esto tiene que ser una conspiración.
—Creo que se llama programación matinal.
No era cierto. Londres había decidido humillarme a través de la radio. Y me irritaba profundamente que Connor pareciera tan tranquilo mientras yo estaba a punto de perder la cabeza.
Cambié una vez más y, por fin, escuché la voz serena de un locutor de la BBC.
—¡Por fin! Una crisis parlamentaria. Qué descanso.
—¿No te gusta la música?
—Mucho. Pero estar informada es importante. ¿Qué opinas de la subida de impuestos?
—Te lo diré cuando haga mi primera declaración de la renta.
—Una postura fiscal prudente. Digna de un ciudadano en formación.
—Tú estás en formación de no ponerte roja con canciones.
—Mira al frente, Bradley —le advertí.
—No soy yo quien conduce.
—Listillo.
Unos veinte minutos después, detuve el coche a las puertas de la residencia.
—Gracias por traerme —dijo Connor, desabrochándose el cinturón.
—De nada.
Abrió la puerta. El aire frío se coló dentro. Sacó una pierna.
Se iba. Se iba. Se iba.
Y yo quería decirle que…
Ah, no tenía ni idea, pero no quería que se fuera. No quería que me rechazara.
Dios, no quería que se alejara de mí.
Entonces, se detuvo y clavó sus ojos en los míos. Tragué saliva. Esperaba el inconfundible e inevitable «esto ha sido un error, no sé en qué demonios estaba pensando para acostarme contigo».
—Quedan nueve —soltó con voz ronca.
Me quedé paralizada. Olvidé hasta cómo se respiraba.
—¿De verdad vas a convertir esto en una despedida indecente?
Se encogió de hombros, con esa fachada de chulería que tan bien le quedaba.
—Es pura matemática.
—No puedes soltar eso y marcharte —protesté, nerviosa.
Aunque una parte de mí, esa que quizá había perdido por completo la cabeza, quería robarle un beso demencial.
—Acabo de hacerlo.
Salió del coche. Y yo me incliné hacia su lado, histérica.
—Es muy poco caballeroso de tu parte.
—Soy un caballero práctico, ¿recuerdas?
Me guiñó un ojo y cerró la puerta. Enseguida bajé el cristal para gritarle:
—¡Te odio un poco, ¿sabes?!
—Mentirosa.
Maldito fuera. Me regaló una sonrisa preciosa antes de darse la vuelta y caminar hacia la entrada. Se despidió levantando una mano.
—Hasta luego, cereza.
Suspiré y apoyé la frente en el volante. Se me escapó una sonrisa traicionera al tiempo que sentí un cosquilleo en mi vientre.