My safety net (Love Obviously 1) 23
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El contraste entre la calma de la habitación y el sonido errático de nuestras respiraciones fue lo que dio comienzo al desastre.

Seguía dentro de ella, apoyado en los codos para no aplastarla, con la frente pegada a la suya y nuestros labios apenas rozándose. Parecía que nuestros cuerpos se negaban a romper el contacto, como si separarnos fuera a convertir en mentira todo lo que acababa de pasar.

Todavía flotaba en una neblina de felicidad absoluta. Joder, había tocado el cielo. Melani West debajo de mí, temblando por mí, entregándose por completo. Era más de lo que nunca me había atrevido a soñar.

Pero, a medida que los latidos se calmaron, la culpa me aplastó.

Me di cuenta de la intensidad con la que la había poseído. De lo mucho que había perdido el control. Quise ser delicado, el lugar seguro que le prometí ser, y al final me había comportado como un animal incapaz de contener todo lo que sentía por ella.

Noté un cambio minúsculo debajo de mí.

Las manos de Mel, que hacía un instante se habían aferrado a mi espalda como si se estuviera ahogando, ahora perdían fuerza. Se tensó. Solo un poco. Pero lo noté como un puñetazo en las costillas.

El pánico me explotó en el pecho.

—¿Estás bien? —Rompí el silencio con un susurro ronco e inseguro.

Mierda, no quería perderla ahora.

«Por favor, Mel, no te alejes».

Ella asintió, pero vi cómo el hechizo se rompía delante de mis narices.

—¿Te he hecho daño? —insistí.

—No… No… —negó débilmente.

—¿Seguro?

Intenté acariciarle la mejilla, pero me detuve a medio camino, aterrado.

—Sí —murmuró—. Solo…

No terminó la frase. Y ese silencio me mató.

—Debería apartarme.

—Vale…

Temí que para ella esa separación fuera la confirmación de que la magia se había terminado y volvía a ser la chica defectuosa que la gente y el puto Gary le habían metido en la cabeza.

Pero, si algo había descubierto esa noche, no era solo que ella estaba rotundamente equivocada en todo lo que pensaba de sí misma, sino que yo la amaba. La amaba más de lo que había creído posible.

No me moví. No pude. Tan solo la miré a los ojos, intentando descifrar el muro que acababa de levantarse entre los dos.

—No me mires así, por favor… —pidió con la voz temblorosa, encogiéndose bajo mi cuerpo.

—¿Así cómo?

—Como si me estuvieras… evaluando —confesó aterrada.

Tragué saliva.

—No estoy evaluando nada.

Lo que me pasaba era que estaba a punto de escapárseme que la amaba con todo mi puto corazón. Y Mel rozaba demasiado el pánico como para oírme decir eso cuando, además, seguía dentro de ella.

—Entonces…, ¿en qué estás pensando?

—En que no me arrepiento… y parece que tú sí.

Esa era la verdad de mi propio pánico.

El silencio cayó de nuevo. Esta vez fue pesado y asfixiante y se cargó de miedo, de palabras que no nos atrevíamos a decir y de una vulnerabilidad insoportable.

Creyendo que hacía lo correcto, que tenía que darle espacio, me aparté por fin. Lo hice con todo el cuidado del mundo. Aun así, el frío se instaló de inmediato entre nosotros.

Me senté en el borde de la cama y me quité el condón de forma mecánica. La puta logística, irrumpiendo en lo que hacía unos segundos era pura magia, hizo que la incomodidad se multiplicara por mil. Me puse los pantalones y fui un momento al baño a tirarlo a la papelera.

Cuando volví a la habitación, Melani se había tapado hasta la barbilla y tenía los ojos clavados en el techo.

Mierda, mierda, mierda.

No supe qué hacer. Quería meterme en la cama, pegarla a mi pecho y jurarle que todo lo que acababa de pasar había sido lo más hermoso que me había ocurrido en la vida. Pero la vi tan asustada que me aterró convertirme en otra presión.

—¿Quieres que me vaya? —pregunté, preparándome para el golpe.

—No… Es tarde… Puedes quedarte… Aquí.

Apenas me miró. Sonaba más a cortesía dolorosa que a deseo real. Y, aun así, me agarré a eso como un hombre que se aferra a una cuerda en mitad del mar.

—Vale…

Me tumbé de nuevo, pero me mantuve en mi lado de la cama, a kilómetros de distancia emocional. Me tapé con la colcha. Nos miramos de reojo.

—Buenas noches, Bradley —murmuró antes de apagar la luz.

—Buenas noches, West.