22
El mundo dio una vuelta completa cuando aterricé de espaldas sobre mi mullido colchón.
Se me escapó una carcajada al tiempo que Connor se dejaba caer sobre mí con cuidado de no aplastarme.
Aun así, podía sentir el peso de su cuerpo pegado a mi costado.
Sus ojos verdes ardían con una intensidad que me robó el aliento.
—Voy a intentar comportarme como un caballero —murmuró, rozando su nariz con la mía.
—Acabas de cargarme al hombro.
—Porque soy un caballero muy práctico.
—Y me has dado un cachete —le reproché, risueña.
—En realidad te ha gustado, no lo niegues.
Sonrió, victorioso, antes de deslizar sus labios por mi mandíbula y detenerse en mi cuello. Cada beso me erizaba la piel de una forma que jamás había experimentado. Era como si mi cuerpo reconociera el suyo antes incluso de que mi mente pudiera procesarlo.
—Esto es una locura —suspiré.
No podía creer que aquello estuviera pasando. En mi cama. Con Connor Bradley, el chico que se había pasado seis meses gruñéndome y esquivándome.
—Sí —respondió él, sin dejar de besar mi cuello.
—¿Y esa es toda tu defensa?
Connor se detuvo a mirarme.
—Tengo otras, pero implican desnudarte.
Se incorporó lo justo para quitarse la sudadera de un tirón y la lanzó al suelo.
Me quedé sin aliento al ver su pecho, salpicado de pequeñas cicatrices.
La anchura de sus hombros, la dureza tallada de sus pectorales, la fina línea de vello oscuro que se perdía bajo el pantalón.
Las proporciones de ese hombre eran un insulto a la biología humana.
Acerqué una mano y la posé sobre su cálida piel. Era tan firme, tan real. Me intimidaba tanto la masculinidad que desprendía, ese aroma embriagador, la cantidad de promesas que escondían sus ojos.
Él se dejó explorar, y me dedicó una sonrisa cómplice y preciosa que me derritió un poco más. ¿A eso se refería cuando dijo que era ese «alguien» perfecto para explorar? Porque, extrañamente, me sentía cómoda y segura, pese a que los miedos seguían atenazándome.
—Dios, eres enorme —susurré, maravillada.
—Menos mal que no has visto la foto. Aunque, ahora que lo pienso, la vas a conocer en persona.
Me guiñó un ojo, y yo me carcajeé de nuevo.
—Idiota.
Mis dedos siguieron tocándolo. Hasta las cicatrices de sus peleas me parecían perfectas. No podía creer que un ser tan hermoso hubiera tenido una vida tan cruel.
—¿Qué? —jadeó él, rozando mi nariz con la suya.
—Estoy decidiendo si eres real o una campaña publicitaria muy agresiva.
El comentario se me escapó con una voz dulce y soñadora.
—Soy real. Y me enciendes con bastante facilidad cuando me miras así.
Clavé mis ojos en los suyos. Noté algo muy peligroso expandiéndose en mi pecho. De pronto, una oleada de vergüenza me asaltó y me tapé la cara con ambas manos, sintiéndome repentinamente expuesta.
—Ah, no, nada de esconderte conmigo —protestó.
—No me estoy escondiendo. —Lo miré por entre los dedos, incapaz de sostener tanta intensidad—. Bueno, un poquito sí.
Pero Connor no iba a aceptarlo sin más. Me atacó haciéndome cosquillas y yo me retorcí, riéndome como una loca. Esa fue su forma de romper la tensión.
—Oh, tienes cosquillas, ¿eh? —dijo, juguetón.
—¡No, no!
Entonces, volvió a besarme. Y ese beso, que empezó entre risas, se acaloró vertiginosamente.
Sentí el glorioso peso de su cuerpo sobre el mío, la forma en que se frotaba contra mí, el modo en que su respiración se volvía más áspera cada vez que yo le hundía los dedos en la espalda. Percibí su deseo, duro y evidente, contra mi cadera, y una ola de calor líquido me atravesó entera.
Me pregunté, con el corazón disparado, si sería demasiado atrevido tocarlo. Si podía mirarlo así. Si podía querer más sin parecer ridícula.
No me atreví.
En cambio, me encadené a sus hombros y exigí más de su boca. Acababa de descubrir que era adicta a que ese hombre me besara.
Una de sus manos acarició mi cintura, trazando el borde de mi cadera, y la punta de sus dedos se coló bajo el borde de mi top. El contacto me arrancó un gemido. Maldita sea, estaba tan excitada que creí que iba a explotar.
Connor se detuvo antes de seguir subiendo y me miró a los ojos.
—¿Puedo?
Asentí, incapaz de articular palabra.
Entonces, su mano cubrió uno de mis pechos. Nos besamos con hambre mientras él me subía la camiseta. Se alejó apenas unos centímetros y me observó con una adoración que me dejó sin aliento.
Debería haber sentido vergüenza, ese era el momento más propicio. Pero me pudo el asombro.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté, asfixiada.
—Tienes las tetas más perfectas que he visto nunca. ¿Esperas que las ignore?
No me dio tiempo a responder. Su boca descendió sobre mí y atrapó un pezón. Todo mi cuerpo se arqueó.
—Ah…
Connor se dedicó a lamerme y adorarme con una lentitud que me deshizo. Cambió de pecho, volvió al otro, me acarició con las manos mientras su cuerpo seguía buscando el mío con una necesidad cada vez más evidente. Descubrí, abrumada, que quizá podría alcanzar el orgasmo solo con eso.
Me aferré a la colcha con una mano y enterré la otra en su pelo, pidiendo más sin palabras. Dioses, esa chica que se retorcía entre gemidos no era yo.
«O sí y acabas de conocerla», me dije. «Vale, pues hola, Melani West, encantada de conocerte».
—Háblame —pidió Connor.
Necesitaba saber que yo estaba bien.
—No sabía que eso podía sentirse así —confesé, aturdida por mi propio cuerpo.
—¿Cómo?
Me miró al tiempo que lamía mi pezón. La imagen era tan lasciva, tan erótica y hermosamente salvaje que creí que me desmayaría.
—Tan… excitante.
Cerré los ojos. Y él me mordió con suavidad. Temblé y volví a gimotear.
—¿Te gusta que te muerda?
—Me encanta…
En serio, iba a morirme de placer.
Connor siguió explorándome y, cuando volvió a besarme en la boca, la temperatura de la habitación parecía haber subido diez grados.
—Quiero tocarte… más —avisó contra mis labios.
—¿Por qué me lo preguntas?
—Porque ahora mismo me estoy volviendo loco y no quiero asustarte.
—No me asustas. Quiero… seguir…
En realidad, llegados a ese punto, ya me sentía lo suficientemente loca como para lanzarme por un precipicio junto a ese hombre.
Connor deslizó una mano con una lentitud exquisita por mi cuerpo, bajo el pantalón, y enterró los dedos en mi centro. Tuve un espasmo. Había encontrado el punto exacto como por arte de magia.
—Ah, joder, estás empapada —gruñó.
Me acarició con suavidad y el placer me atravesó con tanta fuerza que no pude evitar arañarle los hombros.
—Has sonado escandalosamente satisfecho —jadeé.
—Lo estoy.
—Qué forma tan poco poética de arruinar mi sentido común.
—¿Quieres poesía?
La mezcla de su voz pegada a mis labios y sus caricias entre mis piernas me arrancó un nuevo gemido.
—Ahora mismo preferiría conservar lo que me queda de compostura.
—Señorita West, me temo que eso ya no está en mi mano.
Era absolutamente embriagador que Connor estuviera lanzándonos a ese juego mientras compartíamos nuestras respiraciones y me derretía en sus dedos.
—Señor Bradley, su mano está implicada. No me obligue a hacer más declaraciones.
—¿Ni siquiera si el caballero está perdiendo la cabeza por saber si la dama culpa a su mano… o a él?
—En ese caso… quizá la dama admita que la culpa no es de su mano.
—¿No?
Lo miré con una vulnerabilidad que pareció desarmarlo por completo.
—Es por lo mucho que me gusta que sea usted.
Me devoró en un beso. Y seguía tocándome. El placer se acumulaba en mi vientre. Estaba a punto de desbordarse. Pero la inseguridad atacó de nuevo.
—Connor… Apaga la luz —pedí en un susurro.
—¿Por qué?
—Es que… no quiero ver tu cara cuando… Ya sabes…
Lo último que necesitaba era que Connor se llevara ese recuerdo de mí.
Él no era un polvo cualquiera. No formaba parte de ese estúpido plan de Tinder.
Si algo salía mal, tendría que seguir viéndolo en la residencia.
No podríamos escapar el uno del otro, a menos que uno de los dos se fuera. Y esa idea me aterrorizaba.
—¿Cuándo descubra que me encanta tu cuerpo? —jadeó—. Nena, eso es exactamente lo que ha pasado. Y mi único problema ahora mismo es no follarte como un animal.
Se colocó encima de mí y me besó con fervor mientras se frotaba contra mí.
Incomprensiblemente, yo salí a su encuentro, ambos aún con los pantalones puestos.
Hasta que de pronto enganchó los dedos en la cinturilla de los míos.
Me miró. Ese silencio compartido fue todo el permiso que necesitó para quitármelos. Se llevó mis braguitas con ellos.
Me pudo el pudor y encogí las piernas instintivamente. Lo miré con el corazón desbocado y mordiéndome el labio.
Connor se acercó lentamente. Acarició mis caderas con suavidad. Cedí poco a poco y le permití encajarse de nuevo entre mis piernas antes de volver a besarme muy despacio.
Esta vez, deslicé las manos por su vientre hasta dar con el botón de sus vaqueros. Los desabroché. Nos miramos, frente contra frente. Dioses, qué guapo era. Qué dulce y salvaje al mismo tiempo.
No lo toqué, pero la cercanía de mis dedos lo hizo temblar.
—Mierda. Espera —jadeó, apretando los ojos.
—¿Qué pasa? —pregunté, preocupada.
—Que mis hermanos son una panda de imbéciles visionarios —maldijo entre dientes.
Entonces, sacó un condón del bolsillo trasero de su vaquero y me lo mostró. Me eché a reír.
—No sé si el hecho de que hayas venido preparado me tranquiliza.
—Te juro que yo no he tenido nada que ver.
Se quitó los pantalones y los calzoncillos a trompicones. Se sentó sobre sus talones y se puso el condón. Lo hizo absurdamente lento, mirándome a los ojos, como queriendo darme una oportunidad más de echarme atrás.
No pude dejar de mirarlo. Lo observé, medio encogida, medio ocultándome, incapaz de apartar la vista de aquel majestuoso espectáculo que era solo para mí.
La forma en que su mano envolvía su erección, el modo en que respiraba mientras se enfundaba el látex, el temblor casi imperceptible de sus dedos.
Aquella coreografía me pareció más íntima que lo que estaba a punto de suceder. Porque yo no iba a negarme. Y Connor no había dejado de mirarme, como queriendo decirme: «mira lo que has conseguido en mí».
Cuando terminó, tomó aire y lo soltó, trémulo. Detecté que él también estaba nervioso. Me habría gustado muchísimo saber por qué. En cambio, me lamí los labios y me preocupé por que el corazón no se me saliera del pecho.
Lentamente, abrí las piernas, como una invitación. Connor se inclinó despacio. Hasta que su nariz rozó la mía. Me estremecía al notar su erección acariciando mi entrada.
—¿Estás lista? —Me acarició la mejilla.
—No lo sé. ¿Seguirás huyendo de mí después de esto?
—¿Te vale si prometo que no?
—Sí… —jadeé—. Pero esto… No sé si lo haré bien. Quizá… te decepcione…
—No tienes que hacerlo bien. Solo tienes que estar conmigo.
Dios, lo deseaba tanto. Pensé que chicos así no existían. Que sí, que debía de estar soñando. Que un ser tan hermoso no podía, además, ocultar un corazón tan bello.
—¿Recuerdas lo que dije antes?
—No pienso correr desnuda por la campiña inglesa —sonreí.
—Pero podrías, y yo probablemente me uniría a ti.
Lo confesó completamente en serio, y esa validación me estremeció hasta los huesos.
—Estoy lista, Connor.
Me penetró con un cuidado exquisito. Lentamente. Ese instante, cuando lo sentí llenándome centímetro a centímetro, el mundo exterior desapareció. La fricción fue tan perfecta que me robó el aliento. Nuestros cuerpos encajaron con una precisión casi dolorosa.
—Hola —susurró con la voz rota y una sonrisa preciosa.
—Hola —respondí, fascinada por su peso, por su calor, por la forma en que me completaba.
Empezó a moverse con suavidad mientras nos acariciábamos y nos besábamos.
Acarició mis pechos, dejó besos por mi mandíbula, estrujó mis caderas.
Me poseía con una tranquilidad y una dulzura exquisita.
Y yo me retorcía debajo de él, jadeaba, me abandonaba a su peso, salía a su encuentro, lo acariciaba también.
Todo era de una intimidad delicada y aterradora, porque parecía una de mis fantasías haciéndose realidad. Desde luego era una soñadora incurable.
—Me da miedo —confesé en un susurro asfixiado.
—¿El qué?
Dejó un beso en mi mandíbula.
—Lo mucho que me está gustando.
Clavé las uñas en su espalda. Connor me miró y apoyó su frente en la mía. Sus caderas seguían meciéndose, enterrándose profundamente en mí.
—Eres preciosa.
Temblé.
—No digas eso ahora.
—Precisamente ahora —insistió.
Cerró los ojos con fuerza y frunció el ceño. Parecía a punto de romperse en mil pedazos. Y yo acaricié sus mejillas. La sacudida que atravesó sus brazos tuvo su réplica en mí.
—Tú también… tiemblas.
—Porque estoy dentro de ti… —jadeó, mirándome con una intensidad que no logré entender—. Y no te haces idea de lo increíble que es, Melani… No tienes ni idea de lo perfecta que eres.
El ritmo se aceleró. Todo se volvió más intenso y profundo. Sentí una presión deliciosa creciendo en mi interior, un placer tan abrumador y desconocido que me dejó sin anclajes. No sabía que el sexo podía sentirse así ni que mi cuerpo podía entregarse de esa manera.
Mis músculos se tensaron alrededor de él, reclamándolo. El calor se expandía en oleadas y mi respiración se entrecortó y se convirtió en gemidos más desesperados. Estaba perdiendo el control y, por primera vez en mi vida, no quería recuperarlo.
El orgasmo se abalanzó sobre mí.
—Ah, espera… —gemí.
Connor se congeló al instante, preocupado.
—¿Te he hecho daño?
—No, solo… quédate dentro.
Se lo supliqué, aferrándome a él con todas mis fuerzas. Me negaba a perder esa conexión.
Connor obedeció. Se quedó quieto, profundamente enterrado en mí, observándome fijamente mientras el clímax me arrollaba.
El orgasmo fue explosivo e involuntario, provocado solo por la fricción interna, y me llenó de espasmos.
Le entregué una versión de mí misma que ni yo conocía.
Y una parte de mí se avergonzaba, pero en ese momento me dio igual.
El placer y la sensación de tenerlo dentro eran devastadores.
Cuando los temblores empezaron a ceder, sentí el hambre. Tiré de su nuca y lo besé eufórica al tiempo que mis manos bajaban por su espalda hasta clavarse en sus firmes nalgas.
—Ah, quiero más… —exigí contra su boca.
—¿De qué? —gruñó, completamente encendido.
—De ti.
La combustión fue absoluta y el control de Connor saltó por los aires.
Se volvió rudo, pasional, casi animal, y yo lo recibí con una necesidad que me emocionó.
El sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba la habitación.
Sus manos me sujetaban las caderas con firmeza, me besaba con voracidad, me mordisqueaba el cuello.
Yo me arqueaba para recibirlo, lo arañaba, lo abrazaba con las piernas, perdida por completo en él.
—Más fuerte, no pares —exclamé, abrazando el caos con cada fibra de mi ser.
Lo sentí tensarse. Sus movimientos se volvieron erráticos y duros, y finalmente explotó con un gruñido ronco y profundo antes de derrumbarse sobre mí en un final arrollador y perfecto.