21
—¿Adónde vas? —pregunté al ver que Connor se levantaba.
Pero él no respondió. Simplemente, se encaminó al baño y se encerró con mi móvil.
Desconcertada, miré a mi alrededor con una sonrisa tonta. No podía creer que acabara de contarle todo eso. Yo no era la clase de chica que iba por ahí contando sus miserias en voz alta y muchísimo menos a un hombre tan imponente como él.
Dioses, tenía unos ojos tan apabullantes. Tan herméticos.
Sin embargo, me había sorprendido su actitud. Había sabido escucharme sin juzgarme, sin interrumpirme con la típica condescendencia masculina. Había hecho las preguntas justas y me había ofrecido una empatía tan cruda que me había desarmado.
Me pellizqué los labios. Sentía un cosquilleo muy extraño en la boca del estómago.
Había empezado en cuanto lo vi aparecer enfundado en esa chaqueta de cuero y esos vaqueros que le quedaban de escándalo.
Había empezado en cuanto su aroma a cedro, petricor y ese toque dulce y cálido me rozó al acercarse.
Era absurdamente masculino y acogedor. Una combinación imposible. Pero Connor Bradley parecía un hombre real al que abrazarse cuando se tenía miedo, y mi cuerpo estaba empezando a desarrollar una preocupante necesidad de comprobarlo.
Me levanté y cogí una botella de agua bien fría. Tenía muchísima sed. Maldita sea, sí, estaba tan nerviosa.
Me apoyé de espaldas contra la encimera y bebí a sorbos pequeños mientras mi cerebro intentaba procesar lo que acababa de pasar.
Sentía que de verdad podía ser amiga de Connor, que con él podía ser yo misma, sin filtros académicos ni posturas aristocráticas.
Por Dios, estaba en pijama de cerezas y ni siquiera me había juzgado al descubrir las treinta y siete ediciones de Orgullo y Prejuicio .
¡Era un maldito santo!
Si un hombre no huía de una mujer con una obsesión tan enfermiza como la mía por la «tía Austen», la bandera verde tenía el tamaño de la finca de Pemberley.
Se escuchó la puerta del baño. Un instante después, Connor apareció, dejó mi móvil sobre la isla y tomó asiento en su taburete con una tranquilidad pasmosa.
—Arreglado. Creo que no te va a volver a escribir.
—¿Qué has hecho?
Lo miré suspicaz, pero con una sonrisa bailando en mi boca.
—Yo que tú no miraría en su chat. A menos que quieras ver una fotopolla en alta resolución. Me ha quedado preciosa, por cierto, sale muy favorecida. La luz de tu baño es increíble.
Lo soltó sin inmutarse lo más mínimo, con una cara de póquer digna de un jugador profesional. Pero yo abrí la boca, completamente incrédula. Me quedé mirándolo fijamente durante dos segundos. Y entonces se me escapó una carcajada.
—¡Connor! ¡No hablas en serio!
Me reí a mandíbula batiente, notando cómo la cara se me encendía. No sabía que pudiera ser tan descaradamente divertido.
Se inclinó un poco sobre la isla, sin dejar de mirarme.
—Desinstala esa porquería, Mel. No deberías caer en manos del primer pringado que se te cruce. Tu plan es una mierda.
Lo dijo con una seriedad tan absoluta que la risa se me aflojó en los labios.
—Lo sé —suspiré, desplomándome en mi asiento.
—No sé qué clase de hombre mira a una mujer desnuda y piensa en humillarla, pero sé exactamente qué clase de cobarde habla de ello con un puto amigo.
Y me jode, porque me lo has contado todo como si fuera una anécdota sin gracia, pero estás ahí sentada, encogida, como si todavía te estuvieran juzgando.
Me observó con una fiereza animal que me estremeció entera.
—Y ahora mismo estoy intentando ser un adulto civilizado y funcional, pero mi mente sigue planeando un asesinato con circunstancias atenuantes. ¿Crees que Kenny me pagaría un buen penalista?
Soltó todo el veneno que había acumulado sin dejar de mirarme.
Yo lo observé fascinada por ese instinto tan protector y primitivo. Y porque era guapísimo. Y porque sus hombros eran inmensos. Y porque sus manos eran tan bonitas. Y porque me parecía adorable y, al mismo tiempo, tremendamente erótico.
Carraspeé.
—Kenny te ayudaría si lo supiera —le concedí con una sonrisa.
—¡Ah! ¿Qué, para colmo, no lo sabe? —exclamó indignadísimo. Me señaló con un dedo—. Nena, te estás ganando unos buenos azotes.
Solté otra carcajada, llevándome una mano al pecho.
—No puedo creer que hayas hecho eso. Y encima no pareces arrepentido.
—Porque no lo estoy.
—Eso dice mucho de ti. Impulsivo, bruto, peligrosamente creativo.
Enumeré sus muy atractivas virtudes.
—Estoy de acuerdo. —Aceptó mi diagnóstico sin dudar.
No sé cómo ambos nos inclinamos hacia el otro por puro instinto magnético y nos miramos fijamente a los ojos.
«No tengo ni idea de qué demonios está pasando, pero me gusta y no quiero parar», me dijo una vocecita interior muy poco prudente.
—Y con una confianza ofensiva en tu anatomía —añadí.
—No he recibido quejas.
Me dedicó una sonrisa canalla que me derritió por dentro.
—Qué engreído has sonado.
—Pero te estás riendo.
—Porque estoy en shock .
—Vale. Pues cuando se te pase el shock , borra el Tinder.
—¿Qué más te dará? —Lo pinché, traviesa.
—Pues que no quiero que sigas pensando en ponerte en manos de cualquiera para convencerte de que no hay nada malo en ti. ¿Se entiende?
Me taladró con esa intensidad verde que no dejaba lugar a dudas.
—Bueno, ese era el plan —murmuré.
La risa se me apagó lentamente y dio paso a una tensión eléctrica. Lo cierto era que ahora, además de nerviosa, me sentía expuesta.
—Pues cambia el plan. Diez polvos.
Se me cortó el aliento.
—¿Cómo?
Parpadeé varias veces, absolutamente convencida de que mis oídos me habían jugado una mala pasada. Pero Connor no apartó la mirada ni dudó. Derrochaba una seguridad en sí mismo de la que me hubiera gustado contagiarme.
—Tu estúpida terapia de los diez cuerpos. Que sean diez polvos. Conmigo.
Me entiesé. No me lo creía. No podía creerlo. Mi mente, que de pronto iba a mil por hora, llegó a la patética conclusión de que Connor me ofrecía eso porque se compadecía de mí. Pero en su forma de mirarme no había ni una sola pizca de lástima o piedad.
Había hambre.
Y eso fue lo que me aturdió.
Me excité. No. Bueno, sí. Me emocioné y me mareé. Todo al mismo tiempo, en un carrusel vertiginoso de sensaciones.
Tragué saliva.
—No puedes estar diciendo eso en serio —logré articular, asfixiada.
Connor se acercó un poco más y susurró:
—Estoy hablando muy en serio.
—Me acabas de llamar «mi pequeña criatura» y has mandado una foto de tu pene desde mi móvil. Perdona si me cuesta calibrar tu seriedad.
—No te estoy haciendo un favor, Mel. Solo digo que si pretendes ganar confianza y explorar en el territorio sexual, hazlo con alguien que sepas que no te va a juzgar, aunque decidas ponerte a correr en pelotas por la campiña inglesa. Y soy ese «alguien» perfecto. Sería tu lugar seguro.
Maldita sea, su voz se volvió más ronca e hipnótica y condenadamente persuasiva. Pese a que me moría de la vergüenza, no pude apartar los ojos de él.
Pensé que quizá no estaba pasando nada de aquello. Que en algún momento entre la llamada de Breena y su llegada, me había dado un golpe tonto en la cabeza y ahora estaba despatarrada en el suelo, alucinando todo el escenario.
—¿Un lugar seguro? —repetí sus palabras.
Si Connor Bradley en la cama era la mitad de dulce, protector y empático que en aquella cena, podría funcionar. Claro que sí. Pero era una locura monumental.
«Y estás deseando que ocurra».
—Sí —dijo él—. Uno donde puedas decir que no. O reírte. O esconderte debajo de una manta si te da la gana. Conmigo no tendrás que fingir nada.
Me ofreció exactamente la red de seguridad emocional que yo llevaba años buscando a ciegas. La misma con la que soñaba.
—Connor… Eso es…
—¿Práctico?
—Insensato —sentencié.
Era peligrosísimo. Pero estaba cayendo en picado por él y mi mente, traicionera e idiota a partes iguales, ya se estaba montando películas románticas de época con vestidos vaporosos y lores a caballo por los prados.
Yo no era la prota de un maldito libro de Austen. Era el personaje raro, descartable y ligeramente ridículo. Fin.
¿Qué narices hacía el protagonista absoluto de la historia ofreciéndome semejante plan suicida?
—No he presumido de sensatez en ningún momento de la noche, cereza.
El muy insolente volvió a sonreírme con descaro.
—¿Y si no quiero?
Alcé la barbilla, inventándome una seguridad que no sentía.
—Pues seguimos con la sintaxis y aquí no ha pasado nada.
Se encogió de hombros. Me estaba dando el control absoluto. Si yo me negaba, retrocedería. Lo vi en sus ojos. Es más, parecía incluso dispuesto a olvidar aquella maldita conversación.
Me tapé la cara con las manos.
—Dios mío, Connor… Estás loco…
—Si quieres puedo echarte un polvo frente a tus treinta y siete ediciones de Orgullo y prejuicio .
—¡Qué sacrilegio! —Solté una risita escandalizada.
Me lo pensé.
Un segundo. Diez. Veinte. Cincuenta.
Debía estar rematadamente loca. Debería negarme en rotundo. Debería echarlo de mi casa a escobazos por propasarse. Por Dios, ¡cuánta insolencia!
—Supongamos que digo que sí…
Dejé caer las manos sobre mi regazo. Me temblaba todo el cuerpo.
—Entonces, yo me levantaría, me acercaría a ti y te preguntaría «¿puedo besarte?» —dijo en un susurro oscuro y vibrante.
—¿Y después? —jadeé.
—Te llevaría a la habitación.
—¿Y… después?
Connor se levantó y se acercó sin apartar la vista de mí, como un enorme y silencioso depredador.
Me encogí en mi asiento, abrumada. Desbordaba masculinidad y algo único, algo muy suyo, una energía que me tocaba y me alteraba, pese a que aún no me había rozado con un solo dedo.
—Te desnudaría y te haría el amor —dijo, deteniéndose a escasos centímetros de mis rodillas—. ¿Quieres los detalles?
—No es necesario.
Me costaba respirar. Pensé que nada de aquello era real. Pero sí lo era. Podía ver el rubor de mi propio rostro reflejado en sus pupilas, que esperaban pacientes a que yo le diera una sola señal.
—¿Puedo besarte? —jadeó.
Entonces, rozó mi mejilla con el dorso de sus nudillos. Me estremecí tanto que temí ponerme a convulsionar.
—Vale… —susurré.
En el preciso momento en el que su boca se apoyó en la mía, sentí que el mundo acababa de dividirse en dos versiones distintas de mí: la de antes de Connor Bradley y la de después.
Primero fue un roce mínimo. Un tacto de labios cuidadoso, tímido y casi reverencial, como si temiera romperme en mil pedazos.
Connor se alejó un par de centímetros y me miró de una forma tan cálida que mi corazón perdió por completo cualquier intención de comportarse con dignidad. Acarició la línea de mi mandíbula con una delicadeza infinita. Creo que me estaba dando la última oportunidad para elegir.
Pero yo ya no era yo. Y necesitaba más.
Solté un pequeño suspiro y abrí los labios. Eso fue todo lo que Connor necesitó como confirmación.
En cuanto volvió a besarme, reaccioné por puro instinto, y sentí cómo su lengua se colaba dentro de mi boca al tiempo que emitía un gruñido profundamente erótico. Vibró en mi garganta y me atravesó el cuerpo.
Dioses, fue lo más increíble que había experimentado jamás.
Me enganché a su sudadera y ladeé la cabeza para ahondar en el beso mientras mi lengua salía a su encuentro con avidez.
No. En realidad no era avidez, sino hambre. Un hambre voraz y desesperante por él.
Connor enterró sus dedos en mi pelo y me empujó hacia él. La sensación de estar pegada contra su duro pecho y notar el martilleo salvaje de su corazón me produjo un tirón de placer entre las piernas.
Aquello no era normal. No tenía nada que ver con un primer beso. Parecía que lo habíamos hecho miles de veces, que conocíamos perfectamente qué hacer y cómo hacerlo para volvernos locos.
Me estaba devorando y yo me dejé. Me aferré a sus hombros casi desesperada. Sus fuertes brazos me rodearon la cintura, me levantaron del taburete y me apretaron con una posesión que debería haberme asustado. Pero solo consiguió excitarme más.
Clavé los dedos en su nuca para evitar que las rodillas se me aflojaran. No quería desmayarme ahora que había descubierto su boca. Solo quería más besos, más contacto y más piel.
Me llené de escalofríos cuando Connor frotó sus labios contra los míos sin apenas aliento. Los mordisqueó, jugó a tentarme, a respirar de mi propia asfixia. Y esta vez fui yo quien lo besó y todo se volvió frenético y desbordante.
Noté cómo sus grandes manos descendían hacia mi trasero.
Se enterraron en mis nalgas y volvió a gruñir en mi boca.
Me estremecí de puro placer. Quizá porque también noté la dureza de su erección pulsando contra mi vientre.
Y me pregunté, con genuino asombro, si eso lo había logrado yo.
Si la humedad que sentía entre las piernas era normal.
Arrastrado por la excitación del momento, Connor se inclinó un poco más hacia mí. Leí sus intenciones. Maldita sea, ¡iba a cogerme en brazos!
Me aparté de golpe. El pánico me atravesó como una estaca.
—Espera…
—Qué.
Connor paró de inmediato, asfixiado y con los ojos oscurecidos por el deseo.
—Peso demasiado —confesé, mortificada.
Me habría encantado morir allí mismo, consumida por la vergüenza. Qué esquela más patética. ¡Qué indigna! Cortar semejante momento por unos kilitos de más.
Connor me observó en silencio. Era indescifrable. Su rostro no decía absolutamente nada. Eso era lo que siempre me había tensado de él: que nunca sabía qué demonios estaba pensando.
Súbitamente, se agachó, clavó su hombro derecho en mi estómago y me colgó al hombro como si yo fuera un maldito saco de harina. Lo hizo con una facilidad tan pavorosa que se me escapó un gritito de pura sorpresa.
—¡Connor!
Y me entró la risa floja. Como cabría esperar, Connor me ignoró y puso rumbo a mi habitación. Lo inesperado fue el sonoro y descarado cachete que recibí en el trasero.
—¿Acabas de azotarme? —exclamé entre risas.
—Por supuesto. Te la debía.