My safety net (Love Obviously 1) 20
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—Ignóralo.

Mel puso su móvil bocabajo con un movimiento casi espasmódico, como si la pantalla le quemara los dedos.

Fruncí el ceño.

—Ni siquiera he preguntado.

El móvil vibró de nuevo. Joder, me revolvía las tripas. Y pasé de estar ante la posibilidad de compartir un beso con ella a imaginarla en brazos de algún cabrón arrogante.

—Es Tinder, ¿verdad?

—La modernidad ha decidido interrumpir nuestro seminario sobre Austen y sintaxis —suspiró, derrotada.

Todavía no podía creerme que mi dama, la chica de los clásicos de la literatura, de las plantas con nombre propio y los tés especiados, estuviera en esa aplicación del demonio. Era insoportable, joder.

—Entonces la modernidad puede irse a tomar por culo —dije—. De hecho, me gustaría saber quién es el imbécil que inventó semejante mierda para ligar.

—No la instalé porque me pareciera divertido —confesó cabizbaja.

Algo en su tono me hizo enderezarme un poco.

—Me alegra oírlo, porque empezaba a preocuparme tu criterio. Te tengo fe, ¿sabes?

—Pues qué fe tan imprudente.

Intentó bromear. Pero no me tragué su teatro. Bajo esa sonrisa tierna y tímida que intentaba sostener, detecté que estaba incómoda. Todo aquel asunto de Tinder no pegaba ni con cola con ella. Y sospeché que había algo mucho más oscuro bajo esa capa de seguridad fingida.

—Entonces… ¿Por qué la instalaste?

Lo pregunté con muchísima cautela porque la fragilidad de su lenguaje corporal parecía pender de un hilo muy fino. Y no sería yo quien lo cortase. En todo caso, quería convertirme en una maldita cuerda. Bien gruesa, además.

Mel cogió aire. Me miró con cierta inseguridad y empezó a estrujarse las manos sobre el regazo. De pronto, parecía mucho más pequeñita de lo que realmente era.

—No… no soy lo que la gente espera de mí —dijo con vacilación—. Nunca lo fui. Ni para mis padres, ni para mi hermana, ni en el instituto. Nunca soy lo bastante buena en nada. Siempre ocupo… —Hizo un gesto vago con las manos, señalándose—… demasiado espacio. Y no porque sea brillante, precisamente.

Forzó una sonrisa. A mí se me contrajo algo en el pecho.

—Pero una aprende a convivir con eso —continuó—. O finjo hacerlo. El problema es que luego llega alguien que supuestamente me desea y confirma justo lo que más temo. Y entonces ya no parece una opinión cruel, sino una realidad.

La observé en silencio, con los músculos en tensión. No podía creer lo que estaba escuchando. Esa preciosa mujer por la que mi corazón latía como loco hablaba de sí misma con un desprecio elegante.

¿Ocupar demasiado espacio? ¿Acaso estaba ciega?

Yo la miraba y no veía nada que sobrara.

No veía un defecto, ni un exceso, ni esa mierda cruel que otros le habían metido en la cabeza. Veía a una mujer hermosa, espectacular, con un alma demasiado pura para unos tiempos de mierda. Veía sus muslos suaves, sus caderas, sus pechos generosos.

Me volvía loco. En todos los malditos sentidos. Y que ella hubiera aprendido a mirarse con rechazo me llenó de rabia.

—¿Qué maldita realidad es esa, Mel?

—Pues que soy… esto.

Volvió a señalarse a sí misma, de arriba abajo. Me cabreó muchísimo que lo hiciera con ese toque de rechazo en la voz.

—Que ni siquiera sé cómo complacer en el sexo, que soy incapaz de despertar ningún sentimiento bonito en el género masculino.

Lo dijo todo de golpe, como si cada palabra fuera un cristal roto que le arañara la garganta.

Cerré los puños y apreté los dientes. En serio, quería matar a alguien con mis propias manos.

—¿Quién coño ha dicho eso? —siseé.

Mel agachó la cabeza. Se mostró tan jodidamente vulnerable que me dolió. No, más bien me destruyó.

—Gary… —suspiró.

Hizo que ese nombre sonara como una maldición.

—Solo estuve unos pocos meses con él. No fue una gran historia de amor, como habrás podido notar.

Pero fue el primero, y el único en realidad, y se encargó de que todo fuera…

incómodo. En realidad, yo me enteré de todas esas cosas porque se las escribió a un amigo.

Que es mucho peor, porque ni siquiera tuvo el maldito valor de ser cruel mirándome a la cara.

Se encogió de hombros, tratando de parecer indiferente. Falló estrepitosamente.

Sentí que mi sangre se convertía en ácido puro. Que ese reverendo hijo de puta hubiera osado hacerla sentir tan imperfecta me sacaba por completo de mis casillas. Él había tenido la suerte por la que yo rezaba.

Joder, iba a buscar a ese tal Gary y lo iba a destripar. No. Iba a hacerlo picadillo y esparcir sus restos por todos los vertederos del país.

—Así que, después de nuestra ruptura, se me metió en la cabeza que quizá el problema era que yo no sabía ser una mujer normal —continuó ella.

—¿Qué es ser normal? —gruñí.

—No lo sé.

Sonrió. Y ahora sí fue de verdad, aunque tenía los ojos un pelín empañados por el recuerdo.

—Pero dicen que no se parece a esto. Y a mí esto es lo que me parece normal. Así que se me ocurrió un plan: «la terapia de los diez cuerpos». Pensé que si lo convertía en un ejercicio, dejaría de darme miedo eso de… ya sabes, intimar.

Se le volvieron a encender las mejillas de un rojo furioso.

Dios, qué guapa era. ¿Cómo no se daba cuenta?

—Sonaba muy práctico —añadió—. Y yo soy muy buena vendiéndome a mí misma ideas terribles si me dan una falsa sensación de control.

—¿Control sobre qué?

La observé. Sentía un orgullo inmenso de que confiara lo suficiente en mí para contarme algo tan íntimo. Pero, al mismo tiempo, la frustración me estaba matando lentamente.

—Sobre mí. Sobre mi cuerpo. Y sobre esa espantosa sensación de que el deseo de un hombre siempre viene con una evaluación oculta.

Como si me estuvieran mirando y corrigiendo a la vez…

—Se encogió un poco—. Pensé que, si un idiota de Tinder me mira y no le gusto, puedo fingir que me da igual.

Insultarlo con Breena, comprar patatas fritas y seguir viva.

Y si le gusto, pues… puedo aprender a ser mejor… Ya sabes.

No dejaba de esquivar mis ojos. Supuse que la fijeza casi depredadora con la que la estaba mirando la ponía nerviosa. Pero no podía dejar de hacerlo.

De pronto, soltó una carcajada y se tapó la cara con las manos.

—Ah, creo que, en realidad, es espantoso, ¿verdad? —Se atrevió a mirarme—. Y ni siquiera está funcionando. En la práctica llevo tres citas y cero cuerpos, salvo que cuente el mío huyendo de bares.

Fruncí los labios, asimilando toda la información, y asentí con la cabeza.

—¿Y sabes dónde vive el tal Gary? —pregunté con una calma glacial.

Melani frunció el ceño. Y una nueva carcajada brotó de su garganta. Me sentí absurdamente orgulloso de haberla provocado yo.

—¿Por qué? —quiso saber.

—Se me ocurre que necesita una visita al hospital con suma urgencia.

Hablaba completamente en serio, pero ella siguió riéndose.

—¡No lo dices en serio!

—Joder, que sí. Puedo hacerlo pasar por un accidente. El muy hijo de puta. Hasta el nombre lo tiene de capullo. Nunca me fiaré de un Gary. Y no te rías. Me he enfadado de verdad.

—Ya lo veo, ya. Lo cierto es que sí que era un capullo.

Sonrió, mirándome con una absoluta y genuina adoración. Casi me para el corazón.

—¿Qué coño te fumaste para salir con ese tío?

Ella se encogió de hombros y siguió riendo, pero ahora con un toque de timidez infantil que me dejó boqueando como un pececillo.

—Pues no lo sé… Me miró, me prestó atención… Supongo que quería saber qué se sentía al estar con un… hombre.

—¡Lees a la maldita Austen! —exclamé, indignado—. ¡Tu umbral debería ser, como mínimo, el puto señor Bingley, mi pequeña criatura!

—¡Oye, no me riñas! Bastante tengo ya con aguantar a Breena.

Me tiró su servilleta de papel arrugada a la cara, risueña.

—Voy a matarlo.

Negó con la cabeza, con los ojos brillando de pura diversión.

—No.

—Bueno, pues darle un susto.

—Tampoco.

—Mirarlo muy fuerte desde la lejanía.

Algo tenía que hacer. Nadie le hacía daño a mi dama y se iba de rositas.

—Eso, quizá —concedió ella, apoyando la barbilla en su mano.

Justo entonces, el móvil volvió a vibrar.

—¿Es el mismo imbécil? —resoplé.

—Yo creo que sí.

—¿Qué pone?

Mel cogió el móvil y desbloqueó la pantalla.

—A ver… «Hola, guapa. ¿Me paso por tu casa y jugamos?». —Leyó el mensaje en voz alta con gran resignación y rechazo.

Se me encendió la sangre. Quería arrancarle la polla a ese tío y hacérsela tragar. Cómo se le ocurría siquiera imaginar ponerle un solo dedo encima a mi chica.

Pero, claro, no era mi chica. No era yo quien tenía que decidir sobre su vida. Y después de haber escuchado todo lo que Mel había soltado por su preciosa boca, pensé que quizá mi lugar real al lado de ella era el de protector.

No me importaba tragarme mi amor por ella con tal de protegerla de todos los idiotas del mundo. Aunque eso significara verla en brazos de otro tío que sí fuera digno de ella.

—¿Tiene alguna posibilidad o puedo odiarlo tranquilo? —quise saber.

—Ninguna posibilidad.

Descartó al idiota sin dudar. Y a mí se me escapó una sonrisa orgullosa y muy canalla.

—Bien. Dame el móvil.

Extendí mi mano hacia ella. Mel me miró curiosa.

—¿Qué vas a hacer?

—Voy a solucionar el problema.

—Viniendo de ti, esa frase me inquieta muchísimo.

—Acabas de contarme que te metiste en Tinder porque un capullo te hizo creer que tu cuerpo necesitaba pasar un examen de calidad. Y ahora hay otro capullo escribiéndote como si tuviera derecho a presentarse en tu puta casa a jugar.

—No tiene derecho.

—Ajá. Y me apetece muchísimo recordárselo.

—¿Cómo?

—Dame el móvil, cereza.

Jamás creí que le hablaría con ese tono de pura persuasión masculina y mucho menos que la vería estremecerse.

Mel se mordió el labio.

—No uses mi pijama para manipularme.

—Está funcionando.

Le sostuve la mirada.

—Un poquito, la verdad —sonrió.