My safety net (Love Obviously 1) 19
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Diez minutos.

Eso fue lo que me pasé plantado frente a la puerta del bloque de Melani, valorando muy seriamente la posibilidad de huir. Pero una fuerza terca y primitiva me había poseído y se negaba en redondo a recular. Y yo, como el buen gilipollas que era, me aferré a esa momentánea valentía.

Total, con o sin huida, iba a cagarla. Si me quedaba, al menos vería a mi dama.

Finalmente, llamé al timbre. La puerta de la calle se abrió con un zumbido eléctrico. Subí las escaleras aferrado al tirante de mi mochila como si eso fuera a librarme del síncope que se estaba gestando en mis putas entrañas.

Y entonces, la realidad me soltó un puñetazo en la boca.

Porque Melani me esperaba en su puerta con su preciosa melenita rubia, todavía un poco húmeda, y enfundada en un pijama estampado con bolitas rojas.

Era una broma muy macabra.

La parte de arriba se le ceñía a los pechos. Se los marcaba tanto que me pregunté cómo sería enterrar la boca en ellos. Para colmo, dejaba a la vista una pequeña franja de piel pálida de su abdomen. Los pantalones tenían una caída vaporosa y elegantísima.

Estaba preciosa.

No. Qué cojones. Estaba buenísima.

El contraste entre la suave tela, su rostro limpio y la intimidad aplastante de la escena me provocó un tirón en las pelotas.

Mierda. Era cuestión de vida o muerte no empalmarme.

—¡Hola! —me saludó con esa dulzura suya, totalmente ajena a mi colapso mental y fisiológico.

—Joder…

Mel parpadeó, descolocada.

—Bonito saludo. Muy académico.

—Perdón. Hola. He traído cena.

Levanté la bolsa como si fuera una bandera blanca, intentando a la desesperada que la sangre regresara a mi cerebro. No quería llenarlo de imágenes de mí empotrándola contra la puerta.

—¿Para sobornar a la profesora? —Se cruzó de brazos, ladeando la cabeza, divertida.

—Para que la profesora no muera de hambre antes de sacarla de quicio.

—Entra, Bradley. No voy a dejar una lasaña huérfana en el pasillo.

Se apartó a un lado para dejarme pasar y cerró la pesada puerta a mis espaldas. Ya no había escapatoria.

«Bien, Connor, estás aquí. No la cagues», pensé. «O cágala, pero con algo que tenga solución, capullo».

Me quedé clavado en el sitio, asimilando el lugar.

El apartamento era… literalmente ella.

Destilaba ese encanto bohemio, tierno y soñador que parecía pertenecerle por derecho natural.

No sabía cómo explicarlo. Quizá porque su aroma estaba por todas partes y me abrazaba.

Olía absurdamente bien. A vainilla suave, a limón y a libros viejos.

Y también a algo cálido y cremoso que casi me hizo cerrar los ojos.

Era como una droga reguladora de mi sistema nervioso. Noté cómo mi cuerpo aflojaba la tensión poco a poco. Como si entrar allí me hubiera ayudado a bajar el volumen del mundo. Y pensé que, si pudiera vivir dentro de un perfume, sería aquel.

La luz anaranjada de las farolas entraba por los ventanales y convertía el salón en algo suave y acogedor.

Todo encajaba con ella de una forma ridícula.

Tenía ese punto de domingo lluvioso y té caliente.

Y yo allí dentro parecía un ladrón que se había colado accidentalmente en la vida de alguien demasiado bonito.

Colgué mi chaqueta en el perchero y dejé la mochila y la bolsa sobre la isla.

—Te presento a mis compis de piso —dijo, y señaló las distintas macetas de la enorme estantería.

Yo me acerqué y toqueteé distraídamente la hoja de una planta que colgaba de uno de los estantes. Estaba más seca que el puto desierto.

—No se te da bien la jardinería, ¿verdad?

El roce hizo que la hoja se partiera con un chasquido.

Nos miramos.

Primera cagada.

Pero ella contuvo una risa y yo pensé que estaba tan jodidamente sexi con ese pijama que iba a ser muy difícil no lanzarme a ella.

—No le digas a Maggie que Catherine Morland está decaída, por favor. Es la cuarta planta que me regala que no llega al mes. La botánica me odia —suspiró resignada.

—¿Le has puesto a una hoya carnosa el nombre de la prota de La abadía de Northanger ?

Mel frunció el ceño y me miró, estupefacta.

—¿Te has leído La abadía de Northanger ?

Me encogí de hombros, intentando quitarle hierro al asunto. Me avergonzaba horrores reconocer que me había leído todos esos putos libros victorianos solo por ella.

—Estuvo bien, fue divertido. Y Henry Tilney me pareció gracioso.

—¡¿Qué más libros has leído?! —exclamó, fascinada.

—Bueno… Ah… Los que me va recomendando Eddie, casi todos son de Austen. Aunque ahora he tenido que parar con esto de los exámenes…

Ella todavía me miraba, pero ahora lo hacía como si yo fuera una criatura mitológica. Sentí el corazón latiéndome desbocado en la base de la garganta.

—Eres una caja de sorpresas.

Otra sonrisa. Esta vez fue una amenaza directa a mi salud cardiovascular. Me giré un poco hacia la estantería para recomponerme porque «mi golosa amiga» estaba muy predispuesta a saludar.

Descubrí una foto en un marco. Era Kenny con unos quince años, con el inconfundible uniforme de Eton, abrazando a Mel por la espalda. Sonreí. Había demasiada bondad y cariño en esa imagen. Adoraba a esas dos personas más que a mi propia vida. Tanto como a mis Furin.

Joder, ni siquiera entendía cómo demonios había vivido sin ellos tanto tiempo.

—Toma, Château Margaux.

Mel se me había acercado y me ofreció una copa de vino tinto. Fruncí el ceño y la cogí. El simple hecho de que tuviera un nombre francés me preocupó.

—Suena a que es caro de cojones.

—La verdad es que no tengo ni idea. Se lo dejó Kenny en Navidad.

—Carísimo entonces —decreté, conociendo los gustos de su primo.

—Pero creo que combina con la lasaña. O si quieres tengo té helado. Quizá algún refresco.

Empezó a balbucear atropelladamente mientras yo le daba un sorbo a la copa.

«¿Está nerviosa? ¿Por mí?».

—Está de puta madre. Quiero decir, es… exquisito.

—En efecto, mi querido Bradley —bromeó.

Seguí oteando la estantería. Mis ojos barrieron los lomos hasta detenerse en una sección concreta. Alcé las cejas, aturdido al ver que varios libros tenían exactamente el mismo título.

—¿Cuántas ediciones tienes?

—Treinta… y siete —confesó, avergonzada, recogiéndose un mechón de pelo detrás de la oreja.

Contuve una sonrisa incrédula.

—Del mismo libro.

Y entonces empezó a parlotear mientras yo la miraba embobado.

—Bueno, sí… Pero, mira, esta edición tiene el prefacio de 1920 y esta otra usa la tipografía original de la editorial Egerton.

Y esta es la primera edición que leí. Es de 1940.

Se la robé a la tía Penny cuando tenía ocho años.

Me tuvieron todo el verano castigada, pero les dije que no podía devolver el libro porque se me había caído al estanque.

En realidad, lo había escondido debajo de mi colchón.

—Delincuente.

Reí por lo bajo.

—Bibliófila con principios flexibles —corrigió, toda arrogante.

—Robaste a Austen a los ocho años.

—Técnicamente la rescaté. ¡La tía Penny doblaba las esquinas de las páginas!

—Eso sí merece cárcel.

—¡Gracias! Por fin alguien entiende la gravedad del asunto.

Sonrió. Pero no duró mucho. Se encogió un poco.

—Soy rara, ¿verdad? —murmuró, mirándome tímida.

—Eres preciosa.

Lo solté sin pensar. La verdad se me escapó de la boca antes de que mi cerebro pudiera frenarla.

Segunda cagada.

El silencio nos aplastó. Melani tragó saliva y abrió los ojos de par en par, impactada. Asombrosamente, no me arrepentí, aunque estuviera a punto de vomitar el corazón y pensara que iba a desmayarme de la presión. Porque esa era la única verdad que existía para mí.

—Eso no responde a la pregunta —jadeó, esquivando mis ojos.

—Técnicamente lo he hecho.

Me obligué a sostenerme allí, en vez de huir como siempre.

—Y sí, eres rara. Pero de una forma que hace que el mundo parezca menos insoportable.

Ver cómo el rubor encendía por completo sus mejillas fue la experiencia más hermosa de mi vida.

Di un paso más hacia ella. No sabía de dónde coño estaba sacando el valor, pero me aferré a él con uñas y dientes.

Clavé los ojos en su boca, luchando contra el instinto animal de devorarla allí mismo.

Pero Melani desvió la vista hacia la cocina, incapaz de aguantar la intensidad del momento, y nos salvó a los dos de la mayor estupidez que habría cometido jamás.

—Ah… ¿Soy la única que está deseando probar esa lasaña?

Asentí, dando un paso atrás. Se me había ido la cabeza por completo.

—Es la primera vez que cocino algo así.

—¿Nervioso?

—No te haces idea —admití, aunque no creí que ella entendiera la verdadera razón de mis nervios.

Nos sentamos en los taburetes de la isla, uno frente al otro, y nos servimos.

—Te juro que esto está buenísimo —dijo al primer bocado.

Cerró los ojos y dejó escapar un pequeño gemido. Mi polla tembló como si me hubieran dado una descarga eléctrica.

—Bishop me dijo que era tu comida favorita.

—Cierto. Y esta es de las mejores que he probado.

La miré con escepticismo.

—Preferiría que no me mintieras. No lo llevo muy bien.

—¡No te estoy mintiendo! Además de gruñón y esquivo, eres un pesimista de cuidado.

Fruncí el ceño, divertido por su fiereza.

—¿Y este ataque tan gratuito?

—Piénsalo bien. Diría que esta es la conversación más larga que hemos tenido en… ¿cuánto? ¿Seis meses? Vamos mal, Connor. Deja que me haga ilusiones con tus sobornos.

Me guiñó un ojo. Sonreí. Era tan descaradamente preciosa que dolía mirarla.

—Que conste que solo estoy aquí por la sintaxis.

—Qué considerado por tu parte. —Se carcajeó—. Y dime, ¿cómo de mal lo llevas? ¿Para un cuatro?

—Peor.

—Exagerado, dame esos apuntes.

Eché mano a mi mochila, saqué el bloque de folios y se los entregué, sintiéndome como un chiquillo inútil.

No le quité ojo de encima mientras analizaba mis caóticos apuntes.

Pasaba las páginas con el ceño fruncido y asentía con la cabeza.

Estaba tan concentrada que me sentí un puto degenerado al imaginar qué cara pondría al verme con la boca entre sus piernas.

Joder, cuánto me gustaría sentir cómo se corría pegado a mi lengua.

—Esto lo arreglamos con un par de litros de café y una madrugada intensa. ¿Te importa trasnochar?

Tragué saliva.

—A mí con no ser el único idiota de la clase, me vale.

—Podemos empezar por redactar un párrafo corto. Cuéntame algo y luego corregimos la estructura juntos. Si entiendes cómo se conectan las piezas, la gramática dejará de parecerte un puzle imposible.

Lo explicó como si de verdad creyera en mí. Y yo me incliné hacia ella.

—Mel, le pedí ayuda a Ashcroft para escribirte una nota. Ergo, soy gilipollas.

Expuse mi propia miseria académica sin filtros. Porque ¿para qué coño andarse con rodeos? Era mejor para los dos descubrir cuanto antes cómo de fuerte iba a ser la hostia que me daría contra el muro que era la vida civilizada.

—Error. —Alzó un dedo—. Le pediste ayuda porque valoras las formas y no querías que tu disculpa se perdiera por el camino. Ergo, eres un perfeccionista con miedo a que lo malinterpreten.

«Tensión sexual, te presento a Devoción». Porque eso fue exactamente lo que sentí. Esa mujer acababa de desarmarme con una facilidad pasmosa.

—¿No te importa que le haya pedido ayuda al profe? —pregunté, inseguro.

—Eso solo lo hace más tierno.

Y de pronto volvió a ruborizarse.

—¿Leíste mi respuesta?

—Sí —dije bajito—. Cuando te fuiste. No sabía que la habías dejado en mi mandil.

—¿La entendiste?

—Claro…

—Entonces ya sabes más gramática de la que crees.

Me miró con una suavidad que me dejó congelado.

—Cuando escribiste que «las palabras no son mi fuerte», ese «mi fuerte» era lo que querías transmitir. Y cuando yo te respondí que «prefería escuchar tu voz», ese «escuchar tu voz» era la acción que yo espero de ti.

Se inclinó un poco más hacia mí y continuó, suavizando el tono hasta convertirlo casi en un susurro.

—Has entendido el matiz y la intención. Eso es la sintaxis: saber cómo colocar las piezas para que el otro sienta exactamente lo que tú quieres. Tú ya sabes hacerlo, Connor. Solo te falta ponerle el nombre técnico.

Me tenía absolutamente hechizado. Su forma de ver el mundo. De explicarme las cosas sin hacerme sentir un imbécil.

—Entonces… —murmuré, inclinándome un poquito más hacia ella—. Si te digo que… que me gusta tu pijama, pese a que no sé muy bien qué son esas bolitas rojas, ¿el «pijama» es el sujeto y el «me gusta» el predicado?

—Exacto —respondió con una sonrisa tímida—. Y son cerezas.

Joder, estábamos tan cerca. Tenía su boca a un solo palmo. Si me inclinaba unos centímetros más podría besarla.

—¿Te gustan las cerezas?

—Me encantan.

Pude ver su pulso desbocado latiendo en la base de su cuello.

—No se me ocurre ningún postre con cerezas.

—Pues invéntatelo. Y deja de escaquearte.

Cortó la tensión romántica de golpe y se echó hacia atrás.

Entrecerré los ojos.

«¿Acaso ella me dejaría besarla?», me pregunté. Sospechar era muy de mi estilo. Y Mel acababa de sembrar una duda en mí. Lo que me daba una razón de sobra para intentarlo.

—Se suponía que estábamos cenando. Deja al menos que la lasaña me baje al estómago —sonreí.

El zumbido de una notificación rompió el ambiente de cuajo.

Melani se tensó visiblemente, como si le hubiera dado un calambrazo.

Ambos desviamos la mirada hacia la pantalla de su móvil, que descansaba sobre la isla.