My safety net (Love Obviously 1) 18
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La biblioteca de la residencia solía ser un rincón tranquilo. Pero esa mañana la mesa del fondo estaba ocupada por un nivel de tensión académica que rozaba el puto drama griego.

Liam estaba inclinado sobre sus apuntes, aplicado y concentrado al máximo. A su lado, Noah tenía la cabeza apoyada en un brazo y parpadeaba muy despacio, intentando mantenerse en nuestro plano astral.

Frente a ellos, Nate miraba sus apuntes con ofuscación. Su jefe le había dado un par de días libres exclusivamente para estudiar, pero el pobre parecía al borde del colapso mental.

Me acerqué a ellos y me dejé caer en la silla junto a Nate. Fruncí el ceño al mirar sus folios.

—¿Por qué coño tienes los apuntes del revés? —pregunté bajito.

—Porque del derecho tampoco los entiendo —resopló.

Lo curioso era verlos tan aplicados. Resultaba casi cómico. Nunca creí que acabaríamos preocupándonos por estudiar para un puto examen en vez de pensar en organizarnos para robar comida.

Tragué saliva y cogí aire antes de soltar la bomba.

—He quedado con Mel.

El silencio cayó con la contundencia de un yunque de cien kilos. Los tres me miraron como si me hubiera salido una polla en la cabeza.

—¿Perdona? —Liam parpadeó varias veces.

—En su casa —añadí.

Los tres se inclinaron hacia mí a la vez.

—Hostia —dijo Nate, resumiendo muy bien el sentir general de los cuatro.

Sí, me incluía.

—A solas con nuestra Mel —comentó Noah, procesando a toda velocidad el alcance y la gravedad de la noticia.

—No hagas eso —dije.

—¿El qué?

—Mirarme como si ya hubiera escrito mis votos matrimoniales.

—Todavía no —sonrió—. Te falta aprobar Lengua. Así sabrás cómo usar las comas.

—No empecéis —advertí, señalándolos con el dedo índice.

—Estamos procesando un hito histórico —exclamó Liam, disfrutando de la situación.

—¿A qué hora? —indagó Nate.

Me recordó a las noches en que planeábamos nuestros pequeños asaltos al súper.

—A las nueve.

—Noche cerrada. Apartamento privado. Mujer preciosa —enumeró Noah con una frialdad analítica que me puso los pelos de punta—. Esto no es una tutoría, es una operación militar.

—Vamos a estudiar.

—Lengua —me recordó Nate.

Lo fulminé con la mirada.

—Como hagas un chiste, te parto la cara.

—No iba a hacerlo.

—Sí ibas —lo delató Noah sin ninguna piedad, y Nate sonrió.

—Vale, sí.

—Me estáis poniendo nervioso.

El pánico escénico estaba asomando sin disimulo. Quedar para estudiar era una gilipollez, lo sabía, pero lo sentía como si fuera algo jodidamente decisivo. Iba a entrar en el espacio más íntimo y privado de mi dama. Y me había invitado ella. ¿Cómo podía asimilar eso?

—Ya venías nervioso. Nosotros solo estamos decorando el desastre —bromeó Liam—. Además, a las nueve ya no se estudia. Más bien, se toman decisiones cuestionables.

—Mel no toma decisiones cuestionables —recalqué.

—Te ha invitado a su casa —contraatacó Noah.

—Para estudiar.

—Claro que sí. A solas, en su apartamento, de noche y con tu nula capacidad para actuar normal cuando te mira —apuntó Liam.

—Actúo normal. A veces.

—Ayer te preguntó si querías salsa y dijiste «jueves».

Odiaba la memoria que tenía Noah. Me ruboricé como un crío de doce años. Era patético.

—¡Porque estaba pensando!

—En su boca, probablemente —sentenció Nate.

—Lleva cena —comentó Liam.

—Bishop me ha dicho lo mismo. Tengo la lasaña en el horno.

Se hizo un pequeño silencio. Entonces me dejé caer sobre la mesa. Me importó un carajo que mis hermanos me vieran hecho un manojo de nervios.

—La voy a cagar, lo sé.

—Eso es un hecho —dijo Nate—. Pero mira la parte positiva, te deja margen de mejora.

Su forma de animar me pareció un tanto cuestionable.

—Gran consejo. Profundo. Casi terapéutico.

—Necesitas condones —soltó Liam.

La recomendación me dejó a cuadros.

Sospeché que lo decía para aligerar el ambiente, porque todos sabían que yo me manejaba muchísimo mejor en el caos y el cabreo que en la gestión de las emociones puras. Pero, aun así, la frase me golpeó como un tren de mercancías.

—¡No necesito condones!

—Contigo nunca se sabe —apoyó Nate.

—¡Que vamos a estudiar, joder!

Sabía que no lo decían en serio. Sabía que Melani jamás se acostaría con un tío a la mínima de cambio y mucho menos en una tutoría de gramática. Pero la simple mención explícita de tener sexo con ella me provocó un cortocircuito cerebral súper bestia.

—Connor, lo último en lo que pensarás será en gramática, tío —dijo Liam, dándome una palmada en el brazo.

—Me voy.

Noah me detuvo con una mano.

—No. Antes tenemos que ponerte guapo.

—Otro —gruñí.

—Vamos a la habitación —decretó Liam, recogiendo sus cosas a toda prisa.

La sesión de estudio había terminado oficialmente. Ahora teníamos una emergencia nacional muchísimo más importante: convertirme en un gilipollas enamorado bien vestido. Qué bien.

Salí del baño envuelta en un esponjoso albornoz que me hacía sentir como un peluchito muy tierno, muy achuchable y muy poco preparado para recibir a Connor Bradley.

Pero me daba igual.

En mi apartamento había cero normas y mucho chocolate.

Me dirigí al dormitorio. Guirnaldas, libros, cojines, plantas que sobrevivían por pura cortesía y ese aire de refugio íntimo que solo tenía sentido para mí.

Era demasiado personal. Demasiado mío.

Y quizá por eso la idea de que Connor fuera a verlo me tenía al borde de una crisis nerviosa.

Me pasé una toalla por el pelo húmedo justo cuando la pantalla del teléfono se iluminó sobre la cómoda.

Videollamada entrante.

Breena.

—No puedes llamarme cada vez que presientas drama.

—Sí que puedo —dijo mi amiga, toda orgullosa—. Es mi talento principal. ¿Estás en albornoz?

Entrecerró los ojos tras sus gafas, escaneando la situación como si buscara pruebas de un crimen. Me encantaba cuando se ponía gafas. Estaba para comérsela.

—Acabo de salir de la ducha.

—Bien. Me gusta entrar en escena cuando el caos aún está húmedo.

Se acomodó en su propia cama con la tranquilidad de una villana.

—Voy a colgar.

—Has invitado a Connor Bradley a tu casa y necesitas supervisión adulta. Oigo la taquicardia desde aquí. —Dio en el clavo, como siempre.

Abrí uno de los cajones. No sabía ni qué ponerme.

—Solo viene a estudiar —recalqué, buscando entre ropa perfectamente doblada.

—Por supuesto. Todo hombre de un metro noventa y cuerpo de pecado entra en el apartamento de una refinada dama a las nueve de la noche con el único propósito de comprender la sintaxis.

Su ironía me juzgaba y eso que estaba a kilómetros de allí.

A veces odiaba que me conociera tanto. El fondo del asunto era ese: sabía que no iba a poder concentrarme en la gramática cuando Connor me mirara.

Ya me costaba mantener el hilo de mis propios pensamientos cuando nos cruzábamos en la residencia.

Iba a ser la tonta que cayera por un tío que apenas me aguantaba.

«Hola, estupidez. Encantada de verte otra vez».

—Tiene exámenes —me defendí.

—Y tú ojos. Supongo que todos tenemos nuestras cargas.

—No empieces.

—¿Qué te vas a poner?

—Un pijama. —Lo dije con total naturalidad.

Mi estricta lógica interna me dictaba que, si lo recibía en pijama, aplicaría una capa de «normalidad doméstica» a la situación y borraría así cualquier tensión romántica inventada por mi estúpido cerebro. Eso evitaría que me pusiera aún más nerviosa. ¿Verdad?

«No está de más intentarlo».

—¡Ajá! ¿Pijama nivel niña adorable o erudita de Austen que grite «me he caído del cielo en satén»? —exigió Breena, entrando en especificaciones técnicas.

—Un pijama cómodo. Y deja a Austen fuera de esto.

Saqué un conjunto de dos piezas color marfil, estampado con mini cerezas. El top era ceñido, de manga larga. Apenas dejaba un par de dedos de abdomen al aire sobre un pantalón de tiro alto, tan ancho y vaporoso que caía casi como una falda.

Era la mezcla perfecta entre lo hogareño y lo favorecedor.

—Enséñamelo.

Lo levanté frente a la cámara del móvil. Breena sonrió con malicia.

—Nena, bajo toda esa encantadora dulzura que desprendes, se esconde una mujer muy peligrosa. Lo vas a volver loco.

—¿Podrías parar?

No tenía ni la más remota idea de por qué sentía que iba a vomitar el corazón.

—Cariño, ese hombre te hace galletas, te mira como si fueras una epifanía y tiene brazos de estibador romántico. ¿Qué más necesitas?

—Necesito centrarme en que apruebe.

—Ajá. La vieja fantasía académica. Mujer joven ayuda a hombre enorme con lengua.

Abrí los ojos de par en par, profundamente escandalizada. Ni los años de amistad me habían acostumbrado a esa brutalidad suya. Supongo que esa cara de ángel que tenía me daba falsas esperanzas.

—Ni se te ocurra hacer juegos de palabras.

—Es que salen solos.

Suspiré y empecé a vestirme.

—No sé en qué estaba pensando cuando lo invité a venir aquí —confesé.

—Estás nerviosa.

Por suerte, Breena suavizó un poco el tono al notar mi genuina angustia.

—No voy a responder.

—Eso en derecho británico significa culpable.

—Sabes que es el primer hombre que entra en mi apartamento, Bree. Ni siquiera Gary vino.

—Menos mal. Esa rata inmunda no merecía ni pisar tu felpudo.

—Quizá me he precipitado en mi afán por caerle bien… Mi casa está llena de mis puntos débiles.

Vería toda mi rareza. Estaría completamente expuesta a sus ojos.

—Pues que los vea. Si no sale corriendo ante tus plantas muertas con nombres literarios, ya tenemos medio camino hecho.

No sé a qué maldito camino se refería, pero me dolió que hablase de mis plantas «muertas» como si de verdad lo estuvieran.

—El Capitán Wentworth no está muerto. Está… en transición. —Defendí a mi ficus con el orgullo herido.

—El Capitán Wentworth lleva tres semanas marrón. Supéralo.

Me reí. Y entonces, me apoyé en la cómoda y cerré los ojos.

—Ah, sí, estoy nerviosa —suspiré, rendida.

—¿Por qué será?

Entrecerré los ojos.

—Me exasperas. Ya te he dicho que viene a estudiar.

No quería. Me negaba rotundamente a pensar en la posibilidad de estar experimentando cierta atracción por Connor Bradley.

Darle espacio a ese pensamiento podía meterme de lleno en un amor no correspondido que me destrozaría.

Y ya era lo que me faltaba para rematar mi currículum emocional: gorda, acomplejada y desgraciada en el amor. Fantástico.

—Bueno, tú por si acaso ponte esas bragas de encaje tan monas… —me recomendó.

—¡Breena, no me voy a acostar con él! ¿Cómo se te ocurre?

No quería pensar en ello. O quizá sí. No. Definitivamente no.

—Nunca se sabe —dijo imperturbable.

—Oh, Dios mío, estás fatal de la cabeza.

—Mira que Connor tiene pinta de follar como si te quisiera desintegrar contra el colchón. Yo, por si acaso, te mando un Deliveroo con Vagisil. Va muy bien para el escozor y la fricción. Me da que lo vas a necesitar.

Soltó la mayor soez de sus genialidades sin ningún tipo de filtro ni pudor. Y no sé en qué maldito momento se había agenciado una lima con la que empezó a pulir sus uñas.

—¡Ah, qué ordinaria!

—¡Quiero detalles!

Colgué, y me miré al espejo. Estaba más roja que un tomate cherry y encima tenía arritmia. Quizá era muy tarde para prepararme una tila o tomarme un Valium, pero no para una copa de vino.

Me encaminé a la cocina. Estaba completamente integrada en el salón, pero ambos espacios quedaban separados por una enorme estantería alta llena de libros clásicos y plantas «vivas y en transición».

Me acerqué a la isla, descorché una botella de vino y me serví una generosa copa. Saboreé el líquido aterciopelado con los ojos cerrados y me obligué a respirar despacio.

Justo en ese instante, sonó el timbre de la puerta.