17
Me encaminé hacia la cocina de la residencia aferrada a una caja de cartón blanco como si fuera un escudo espartano. Estaba nerviosa. Muy nerviosa.
Bueno, más que nerviosa, mi sistema nervioso había decidido convertir el trayecto hasta The Safety Net en una experiencia cercana al colapso civil.
Había conducido con la concentración de una mujer perseguida por sus propias decisiones, casi me había torcido un tobillo al bajar del coche y las puertas del ascensor por poco me partieron en dos, lo cual me pareció un resumen bastante justo de mi estado emocional.
«Gracias, señor Bradley. Mi vida iba genial antes de sus dichosas galletas».
Anoche, impulsada por la extraña y magnética burbuja que se creó entre los dos, le había ofrecido ayuda para los exámenes. En ese momento me pareció una idea brillante. Altruista. Sensata. Incluso madura.
Sin embargo, ahora, a la fría e implacable luz de la mañana, mi altruismo se había dado de bruces contra la realidad del asunto. Y la realidad era que mi genial idea significaba pasar tiempo a solas con él.
A solas.
Con Connor Bradley.
El concepto me parecía tan peligroso que quizá debería haber rellenado un formulario de prevención de riesgos. No tenía ni la más remota idea de cómo manejar la soledad con semejante ejemplar de hombre.
La mente se me iba a lugares peligrosamente subidos de tono. Lugares que habrían hecho santiguarse hasta a Breena, lo cual, teniendo en cuenta su umbral moral, era casi una proeza.
Para colmo, había respondido a su nota. Sí. Porque era así de creativa e insensata. Yo, Melani West, mujer aparentemente funcional, lectora de Austen y conductora con una estabilidad emocional cuestionable, jugando a intercambiar notitas con el chico distante.
A esas horas, Connor ya la habría leído.
«Me quiero morir», pensé al detenerme frente a las puertas batientes.
Respiré hondo y me armé de valor.
—Buenos días, caballeros.
Entré con una sonrisa luminosa, actuando con la naturalidad de siempre. O al menos intentándolo, porque por dentro era un incendio con bolso.
—Si vienes con azúcar, puedes pasar —dijo Bishop sin apartar la vista de los fogones.
—Qué amor tan condicional. Me recuerda a mi familia.
Me acerqué a la mesa central.
—No me insultes tan temprano, niña.
Bishop se aproximó y me entregó mi té especial y el de Maggie. Al otro lado estaba Connor, tan tenso y esquivo como siempre.
Tragué saliva. Quizá no había leído la nota. Peor aún, quizá sí la había leído y ahora se arrepentía profundamente de haberme hecho las galletas.
Ignoré el vuelco dramático de mi estómago y abrí la caja de cartón.
«Actúa con total normalidad, Melani. ¡Tú puedes!». ¡Claro que sí podía! Probablemente.
— Éclairs de crema para ti y de chocolate para el señor entusiasmo.
Connor miró la caja. Su lenguaje corporal era un muro de contención impenetrable. Hombros tensos, mandíbula apretada, mirada afilada. Derrochaba una masculinidad tan depredadora que tuve que desviar la vista antes de que mi vagina presentara una queja formal.
—Hoy ando bajo de entusiasmo—murmuró.
—Me gusta creer en tu potencial.
Sus intensos ojos verdes chocaron directamente con los míos. Me estremecieron entera.
—Buenos días, West.
—Buenos días, Bradley.
Le sostuve el contacto visual de puro milagro.
—Está concentrado —comentó Bishop rompiendo la extraña tensión que acababa de instalarse entre los dos.
—¿En qué? —pregunté, curiosa.
—En fingir que no le pasa nada. Lo hace fatal.
—No me pasa nada —se defendió Connor.
—Eso explica la solemnidad —lo pinché un poco para no ahogarme en su mirada—. Pensaba que habías declarado la guerra a la harina.
—La harina y yo tenemos un acuerdo.
—Qué maduro por vuestra parte.
Bishop se acercó a la caja, cogió un pastelillo y lo abrió por la mitad con suma delicadeza.
—Hoy están generosos de crema. Dios existe —decretó, profundamente satisfecho.
—Y trabaja en una pastelería de Crouch End —sonreí.
Me humedecí los labios. Era el momento. Tenía que soltarlo ahora o perdería el poco valor que había logrado reunir.
—Por cierto, Connor. Sobre lo de estudiar… Hoy salgo tarde de la universidad, pero había pensado que, como tú terminas tus clases a las ocho, podríamos encontrarnos en mi casa.
Lo solté todo del tirón, intentando sonar casual, como si invitar a ese hombre a mi terreno más personal no fuera un salto mortal sin red de seguridad.
Connor se quedó inmóvil.
—¿En tu casa? —espetó.
—Sí. Soy una excelente anfitriona y dispongo de una cantidad obscena de subrayadores.
Siguió quieto. A mí me entró el pánico. Quizá me había pasado de la raya.
Quizá era excesivo haberlo invitado a mi piso.
Quizá debería haber sugerido la biblioteca, una cafetería, un parque público o cualquier otro lugar donde mi sistema endocrino no corriera peligro.
Pero es que con los horarios que manejábamos no se me ocurría otra forma de ayudarlo en condiciones. Y de verdad quería hacerlo.
—Me apetece —suspiró—. Estudiar —añadió atropelladamente.
Tragué saliva, notando cómo un calor incontrolable me subía por el cuello.
—Bien, de eso se trata.
Bishop nos observó con una lentitud ofensiva y socarrona.
—Yo no voy a decir nada.
—Qué detalle tan novedoso —murmuré.
Rebusqué torpemente en mi bolso y saqué un trozo de papel doblado.
—Te he apuntado la dirección.
Le tendí el papel, concentrando todas mis energías en que no me temblaran los dedos. Connor me miró con una intensidad que me cortó la respiración.
—Sé dónde vives.
Parpadeé, completamente descolocada.
—Eso ha sonado alarmantemente criminal.
Solté una risita nerviosa. Maldita sea. ¿Qué me estaba pasando?
—No quería decirlo así.
Se pasó una mano por la nuca, frustrado.
—Qué romántico que es —soltó Bishop.
Connor le tiró un trapo con muy mala leche. Yo, que estaba totalmente concentrada en no ahogarme con mi propio aliento, cerré mi bolso, cogí los tés y me erguí.
—Vale, a las nueve, entonces.
—Sí —asintió él.
—¡Hasta luego!
Me despedí con demasiada rapidez. Y hui aún más rápido antes de que el corazón se me escapara literalmente por la boca.
«Nota mental: investigar por qué», me dije.
«Nota mental dos: no, mejor no lo hagas».
En cuanto Melani se fue, solté el aire que no sabía que estaba conteniendo en un suspiro cargado de pánico.
Me froté la cara para intentar calmar el pulso. Mierda, me martilleaba en la base del cuello. Estaba jodido. Jodidísimo. Cada vez era más difícil resistirme a ella.
—Cállate —advertí con voz áspera.
Ni siquiera me molesté en mirarlo.
—No he dicho nada —comentó Bishop.
—Te oigo pensar desde aquí.
—Tienes una cita con la chica de la que estás enamorado —disparó a bocajarro y sin anestesia.
—No estoy enamorado y no es una cita.
Lo negué por puro instinto de supervivencia masculina, aferrándome a lo que quedaba de mi orgullo, aunque estaba más cerca de sufrir un puto colapso que de convencer a nadie.
¿A solas en su apartamento? ¿Esa misma noche? Mi mente ya estaba proyectando escenarios que me mandarían directo al infierno.
—Ponte guapo.
Bishop me ignoró olímpicamente. Fruncí el ceño.
—¿Para estudiar?
—La gramática se respeta más con camisa limpia.
—Ni que fuera a una puta gala benéfica —protesté.
—Nadie te ha pedido que parezcas el heredero de un ducado. Y llévale cena.
—No voy a llevarle cena. Parecerá que tengo intenciones pecaminosas.
Que las tenía, evidentemente. A todas horas. Para qué mentir. Creo que me había follado a Melani en todas las malditas posturas existentes y en todos los jodidos rincones que mi cerebro era capaz de crear. Y ella ni siquiera era consciente. Eso me hacía aún más depravado, joder.
Pero ¿quién podía culparme? En todos y cada uno de esos polvos terminaba diciéndole «te amo» como un corderito. Y eso me hacía un depravado enamorado. Toma ya.
Iría a su casa, me sentaría a dos kilómetros de ella y estudiaríamos. Fin. Llevarle cena sería como gritarle «estoy loco por ti, cariño». ¡Me negaba!
—Sí que lo harás —sentenció Bishop con una sonrisa.
—Hemos quedado para estudiar porque soy un puto zopenco, viejo.
—Y la gente que estudia también mastica, idiota.
—Puede que ella ya haya cenado.
—Melani cena cuando se acuerda. O cuando alguien con cerebro la sienta delante de un plato.
Dio en el puto clavo. Bishop sabía muy bien cómo jugar sus cartas y apeló directamente a mi instinto protector.
Lo miré enfurruñado.
—No soy su niñera —gruñí.
—No. Eres el chico que bebe los vientos por ella y le hornea galletas, que es peor.
Tocado y hundido. A ver quién era el guapo que le llevaba la contraria.
—Joder.
—Lasaña.
—¿Qué?
—Su comida favorita. Y conociendo ese talento que tienes, seguro que clavas la bechamel. A Mel le encanta la bechamel.
—Bishop, no voy a cocinar lasaña para ella.
Me crucé de brazos, intentando mantener el último bastión de dignidad masculina que me quedaba.
—Te iré preparando los ingredientes.
Me entraron ganas de estrangularlo cuando lo vi abrir la puerta de la nevera industrial.
—Voy a fumar —anuncié.
Necesitaba aire fresco urgente y nicotina en vena antes de que mi cerebro colapsara por completo.
Salí al patio por la puerta trasera. La brisa cortante de la mañana londinense me golpeó la cara, pero no fue suficiente para apagar el incendio que tenía en el pecho.
A las nueve. En su casa. Con ella. A solas.
Tragué saliva y me apoyé en la pared. Eché mano al bolsillo del mandil buscando el paquete de tabaco y el mechero. Pero mis dedos rozaron algo distinto. Un trozo de papel doblado.
Fruncí el ceño. Lo saqué despacio. Lo desdoblé. Y mis pulmones dejaron de funcionar.
Vale. Tenía que preguntarle a Matthew si también se podía morir por taquicardia. Joder. Las pulsaciones eran brutales.
Leí la nota una segunda vez. Y una tercera. Mis ojos devoraron cada palabra. Lo había escrito ella. Ella. Me había respondido usando la mismísima ironía de Austen para contraatacar.
Una sonrisa absurda asomó en mi boca. Sentí cómo se me aflojaban las rodillas. Cerré los ojos, apoyé la cabeza en la pared y dejé escapar un suspiro.
Esa mujer. Con su inteligencia afilada, sus respuestas perfectas, sus curvas de infarto y su aterradora capacidad para desarmarme. Me tenía comiendo directamente de la palma de su mano.
Y cuando creía que ya no podía quererla más, resultaba que había otro maldito escalón.