16
Hacía un frío que pelaba al salir de clase. Pero ni por esas caminábamos más rápido.
Yo iba un poco rezagado respecto al resto, con las manos en los bolsillos de la sudadera y la cabeza funcionando a una velocidad absolutamente insostenible. Llevaba todo el puto día dándole vueltas a la reacción de Mel cuando viera lo que había dejado en su escritorio.
Como no nos habíamos cruzado, no tenía ni idea de qué reacción había tenido. Si le habían gustado. Si había leído la nota. Si había sentido vergüenza ajena. Si ahora creía que era un cobarde, además de imbécil. Si Maggie había cotilleado antes que ella, cosa que, siendo Maggie, era un hecho.
La incertidumbre me estaba devorando por dentro. Pero entre los nuestros era complicado tener secretos. Más aún a los ojos de Liam Addison. En serio, ese tío tenía un maldito radar para detectar las cosas.
Me dio un codazo.
—Ey, ¿va todo bien?
Me escudriñó con esos ojos tiernos que tenía. El cabronazo siempre había sido enorme, y eso que yo era un poco más alto que él, pero ahora me parecía mucho más inmenso que hacía unos meses. Y derrochaba una seguridad amable en sí mismo. Seguía siendo mi Liam, pero en versión mejorada.
—De puta madre. ¿Por? —intenté esquivar el interrogatorio.
—Tienes pinta de estar a punto de entrar en crisis.
Suspiré. No tenía sentido fingir.
—Qué va. Solo le he hecho unas galletas a mi dama, le he escrito una nota y me carcome saber si ahora piensa que soy un capullo desfasado.
Solté la verdad de golpe. Liam alzó las cejas.
—Pues sí que has avanzado en seis meses —bromeó.
Era un avance de mierda y ambos lo sabíamos.
—Liam, por favor… No me toques los huevos.
—¿Qué tipo de galletas?
—Las shortbread . Eddie me dijo que son sus favoritas. Y el profe me ha ayudado a escribir la nota.
Detecté algo en cuanto nombré a Ashcroft. La postura de mi hermano se tensó una fracción de segundo. Solo fue un parpadeo mínimo, imperceptible para cualquiera que no hubiera convivido con él en las jaulas. Pero yo lo vi.
—Ya veo… —murmuró, desviando la vista.
Hacía algún tiempo que tenía una sospecha.
Era un presentimiento. Algo que no terminaba de encajar.
Había detectado que Liam observaba a Ashcroft de una forma un tanto…
silenciosa. Le sostenía la mirada, lo observaba de más, intentaba ser el último en abandonar el aula, pero nunca abría la boca si no era estrictamente necesario.
Liam no era muy hablador de por sí. Pero aquello tampoco era natural en él.
Jamás había indagado en sus «intimidades». A él no le gustaba hablar de esas cosas y todos lo respetábamos. Así que, si era gay, bisexual o simplemente estaba descubriéndose y no quería ponerle un nombre todavía, yo esperaría a que estuviera preparado.
Para mí, la lealtad y el respeto iban siempre por delante de la curiosidad. Y si resultaba que estaba prendado de nuestro profesor, joder, lo apoyaría. Lo apoyaría hasta el maldito final de mis días.
—¿Y esa cara? —Lo pinché solo para demostrarle que estaba ahí.
—Pues la que tengo.
Le lancé una mirada cómplice. Y entonces Nate captó el intercambio de miradas y decidió intervenir.
—¿Han sobrado galletas?
Se interpuso físicamente entre ambos. Todo lo que tenía de guapo lo tenía de cotilla.
—Para ti no.
Le guiñé un ojo.
—Deberíamos hablar de esa inquina que me tienes. Merezco más que nadie esas galletas por tener que aguantarte cada noche —se quejó, frotándose las manos por el frío.
—Si te quedas hasta las tantas estudiando, lo más lógico es que te saque conversación —me defendí.
Al fin y al cabo, éramos compañeros de cuarto, y Nate tenía la maldita paciencia de un monje budista. Escuchaba mis constantes retahílas sobre Melani sin decir ni mu.
—Creo que follo esta noche.
Anthony interrumpió la charla con su habitual falta de filtro.
—¿Quién es la idiota? —preguntó John sin una pizca de piedad.
—Gatita golosa, treinta y cinco.
—Se te va a comer vivo —dijo Noah, que caminaba unos pasos por delante.
—Me da repelús solo de pensarlo —murmuró Nate con una mueca de asco genuino.
—Algún día tendrás que estrenarte.
Anthony le metió un empujoncito con el hombro.
Pese a sus veintidós años, Nate era el único virgen de los Furin adultos. Bueno, había algunos de los menores en la residencia que habían tenido ya sus escarceos, pero a mí me parecía casi poético ese empeño suyo en reservarse hasta estar enamorado de verdad.
Aunque, la verdad, tampoco parecía muy por la labor de buscar el amor.
El tío era un puto espectáculo para la vista.
La maldita perfección hecha hombre. Hasta las pelotas las tenía bonitas.
Era insoportable para el ego de cualquier tío que estuviera a su alrededor.
Pero él actuaba como si nada. Y, por más tías que se le acercaran en el taller y le tiraran los tejos, él ni se daba cuenta.
Seguía a su puto rollo, ajustando motores, aprendiendo piezas y provocando, sin querer, que su jefe viera incrementada la clientela femenina.
—He estado investigando qué es lo tuyo —dijo Matthew, ajustándose la mochila a la espalda y adoptando su insufrible tono de erudito de internet.
El muy cabronazo se había tomado muy en serio eso de querer estudiar periodismo. Investigaba todo lo que se movía.
—¿Pero es que tengo algo? —Nate lo miró aturdido.
—Asexual no eres porque te pajeas que da gusto.
Matthew lo soltó con total naturalidad.
Fruncí el ceño. Siendo su compañero de habitación, la afirmación me sorprendió bastante, porque yo jamás había pillado a Nate haciendo esas cosas. Era demasiado reservado.
Miré a Liam y a Noah en busca de respuestas.
—El otro día lo cazó en la ducha —resolvió Noah.
—Así que he confirmado que eres demisexual —decretó Matthew.
—¿Y qué coño es eso ahora? —preguntó Nate, perdiendo la paciencia.
Cada día descubríamos términos nuevos. Se nos estaba acumulando una cantidad de información innecesaria. Que si Tinder, que si demisexual.
—Pues que tienes que desarrollar un vínculo afectivo para poder experimentar deseo sexual.
—No está mal —concedió—. Pero, que no quiera follar con cualquier tía, no significa que no me ponga cachondo.
—¡Atención, que Nate ha descubierto cómo se usa su polla! —exclamó Anthony.
—Deja a mi polla tranquila.
—No es demisexual, sino un romántico —sentenció Noah.
Nate se encogió de hombros, asimilando que la maldita descripción encajaba bastante bien con él.
—Excepto si se trata de Sofía Drakova.
En cuanto mencioné a nuestra reina eslava, exnovia de Kenny y criatura mitológica del deseo colectivo, desperté las risas y los vítores del grupo.
Porque allí nadie, absolutamente nadie, olvidaba que el bueno de Nate se había desmayado cuando la conoció en persona. Lógico, por otra parte, porque aquella mujer era una maldita diosa inalcanzable.
—A ti te pasaría al revés —replicó Nate—. Si tu dama se quitara la camiseta, tendrías un gatillazo.
—Honestamente, no lo descarto.
Asentí con resignación. Por suerte, no hicieron sangre con el tema porque llegamos al Xalapa.
—¡Chicas! —gritó Anthony en cuanto abrió la puerta.
—¡Chicos! —respondieron Mel y Breena al unísono desde el fondo del local.
En cuanto mis ojos la encontraron, mi corazón se marcó una pirueta con doble tirabuzón que por poco me revienta las costillas. Me quedé congelado.
—Respira. Ya tuvimos suficiente con un desmayo —me susurró Nate.
—No creí que la vería hoy.
—Pues eso que te llevas. Muévete.
Liam, Noah y Nate actuaron como un comando táctico de élite.
Me flanquearon y me empujaron sutilmente entre las sillas hasta el hueco que quedaba justo al lado de Melani con un disimulo que dio gusto ver.
Incluso apartaron a John con un codazo cuando el pobre iba a sentarse ahí.
Cuando se dio cuenta de su error, asintió con la cabeza y se cambió de sitio sin rechistar.
Me dejé caer en la silla, rígido como una puta tabla de surf. Y de pronto me pregunté cómo demonios se surfeaba o cuánto costaría un maldito billete a Australia. Con un poco de suerte, me devoraba un bicharraco de esos gigantes.
Entonces me llegó su perfume de golpe.
Mierda.
Olía tan jodidamente bien que me dieron ganas de ignorar a todo el mundo y enterrar la nariz en la curva de su cuello. Tuve que apretar hasta el culo al notar el clásico cosquilleo de una erección arañándome las pelotas.
—Hoy traigo contenido de calidad.
«Dios, Anthony, cuánto te quiero, joder», pensé.
—Me temo lo peor —suspiró Mel.
«No, cariño, lo peor está sentado a tu lado luchando por no empalmarse por tu maldita culpa».
—Esta noche follo. Gatita Golosa —soltó Anthony, orgullosísimo.
—Acabo de perder la fe en la humanidad —dijo Breena, genuinamente horrorizada.
Me tragué una carcajada. Me encantaba esa chica. Era lo más cercano a un Furin en versión femenina que había conocido. Melani nos la había presentado en Navidad y el grupo había encajado con ella a la perfección. Me flipaba ese rollo oscuro y sarcástico que tenía.
—No te rindas, Breena —la consoló Nate.
—Tinder, ¿no? —dedujo ella al instante, mirándolo por encima de su vaso.
—Optimización de recursos —se justificó Anthony.
—Eres insoportable —espetó Liam.
—Detecto envidia.
—Hartazgo más bien.
—Y falta de conocimiento sobre la seguridad sexual —añadió Matthew.
—Oye, que me he comprado un surtido muy variado de condones, ¿a que sí, John? Y hasta me he depilado las pelotas.
—Lo ratifico —dijo John con cansancio existencial—. Me sometió a verlo.
Melani se llevó una mano a la frente. Estaba roja de vergüenza.
—Voy a fingir que no os conozco.
—Tarde. Ya estás en el grupo —le sonrió Nate desde el otro lado de la mesa.
Pancho se acercó en ese momento y nos dejó una cubeta llena de cervezas, además de la charola de siempre, aunque esta vez era más grande para que Mel y Breena también comieran.
—Pancho, trae tequila. Lo vamos a necesitar —pidió Noah, viendo que la noche prometía ser un desastre antológico.
—Cuéntame tus traumas, John, no te cortes. Me interesa mucho el desastre —le dijo Breena.
De repente, el ruido de fondo pareció atenuarse. Las voces de mis hermanos se convirtieron en un zumbido lejano. Ni siquiera sé cómo me las apañé para mirar a Mel como un ser humano corriente y moliente.
—Pareces enfadado con el mundo —dijo ella, bajito.
La maldije en todos los idiomas y lenguas muertas cuando ladeó la cabeza, apoyó la barbilla en su mano y me estudió con esos ojazos dorados que me volvían completamente loco.
Dios, qué guapa era.
—Con todos no, créeme.
Se hizo un pequeño silencio entre nosotros. Melani jugueteó con el posavasos de cartón. Bajó la vista un segundo antes de volver a mirarme y sonreír con una timidez preciosa.
«Amor, te presento a mi corazón».
Mierda, sí, estaba enamorado de ella de una forma demencial. Y honestamente creía que iba a morirme. ¿Se podía uno morir de amor? Era muy mal momento para pedirle a Matthew que lo investigara, joder.
—Estaban deliciosas… —confirmó con una sonrisa pequeña—. Las galletas. Aunque no me las he comido todas. Me daba un poco de pena. Te han quedado preciosas…
Tragué saliva.
—Puedo hacerte más.
Me ofrecí al instante, sin pensar. Le hornearía el mundo entero y se lo pondría a los pies si ella me lo pedía.
—O puedes contarme qué te pasa.
Dudé.
—Exámenes.
—Oh, eso lo explica todo.
—Lengua se me da fatal. Y mates… bueno, sobrevivo porque Kenny me está ayudando.
Me aterraba mostrarle mis debilidades académicas. Ella era la chica de la prestigiosa universidad, la hija de unos barones, la sobrina de una maldita duquesa y la prima del mejor jugador del mundo. Y yo apenas era un palurdo sacándose los estudios básicos a trompicones.
—¿Cuándo te examinas?
—En dos días.
—Bueno, aún hay tiempo. Puedo ayudarte si quieres.
Se ofreció. Así, sin más.
La miré. El silencio me cayó a plomo sobre los hombros. Mierda, qué iba a decirle si solo podía pensar en lo difícil que sería pasar tiempo a solas con ella. Ni siquiera podía respirar estando rodeados de gente. Mi cerebro entró en un estado de caos total.
—¿Lo dices en serio? —Apenas pude articular la frase.
—Claro.
Me sonrió, totalmente ajena a la revolución sísmica que acababa de provocar en mi interior. Ya podía decirle hola a mi erección y adiós a mi sentido común.
Nos miramos fijamente. Demasiado tiempo. Noté cómo el aire entre nosotros se volvía espeso y eléctrico. Mi deseo por ella estaba a punto de desbordarse. Miré sus labios y tragué saliva.
Por suerte, una certera y dolorosa patada, cortesía de Nate, me sacó de golpe de mi trance romántico.
Carraspeé.
—Me parece bien. Si tú quieres…
Reaccioné como pude, apartando la vista de su boca.
—Quiero.