My safety net (Love Obviously 1) 15
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The Safety Net tuvo la delicadeza de recibirme con el tipo de caos que mejor se me daba: Jeremy y Eddie enzarzados en un acalorado debate en mitad del pasillo principal.

Me detuve un instante a observarlos. El contraste era casi cómico. Eddie, todo formalito, con sus gafas perfectamente ajustadas y esa expresión suya de pura bondad intelectual. Frente a él, Jeremy, el prototipo exacto de desastre absoluto: insultantemente guapo, rebelde y revoltoso.

Pese a ser polos opuestos, ese dúo era inseparable.

—¡Mel! —exclamó Jeremy al verme—. Dile a Neddy que se equivoca cuando dice que los vikingos no llevaban cuernos en los cascos. ¡En todas las pelis los llevan, coño, que parece que no habéis visto una serie en vuestra puta vida!

Era el único que llamaba Neddy a Eddie, y parecía que al aludido le encantaba.

El pobre buscaba desesperadamente un aliado para su causa. Le dediqué una sonrisa cargada de paciencia y compasión.

—No puedo hacerlo, cariño, porque tiene razón. Lo de los cuernos es un invento del siglo XIX para las óperas de Wagner. En realidad, los vikingos eran bastante más prácticos que eso.

—¡Lo ves! —Eddie se ajustó sus gafas, mirando a su mejor amigo con un orgullo casi fanfarrón.

—¡Os compincháis contra mí!

Ofendidísimo, Jeremy se marchó, mascullando por lo bajo algo que, por el bien de la historiografía europea, preferí no escuchar.

Solté un suspiro y entré en la secretaría.

—Si me gano el odio de otro Furin más, presentaré mi renuncia.

—Antes los cuelgo de las pelotas en el jardín —me aseguró Maggie desde su mesa, sin levantar la vista de sus papeles.

Risueña, me acerqué a mi jefa y le di un sonoro beso a modo de saludo. Fruncí el ceño al percibir el aroma que flotaba a su alrededor.

—Vaya, estás especialmente comestible, querida. Hueles a mantequilla.

Me giré hacia mi mesa para dejar el bolso.

—No soy yo.

—Oh.

Me quedé clavada en el sitio.

Frente a mi teclado, reposaba una bolsita transparente perfectamente anudada con un lazo de color amarillo. Dentro se adivinaban cinco galletas de aspecto artesanal, cubiertas con un glaseado blanco inmaculado y pequeñas motas de ralladura de limón.

Fruncí el ceño, completamente descolocada.

—¿Qué es… esto?

Alargué la mano con muchísima cautela, temiendo que aquel pequeño tesoro fuera un espejismo a punto de desaparecer.

—Galletas.

—¿Para mí?

—Has desarrollado un acosador con muy buen gusto en repostería.

Abrí la bolsita con cuidado. El olor cítrico y floral me golpeó de lleno.

—Son Shortbread .

Me encantaban esas galletas. Era como saborear una novela de Austen.

Solía comprarlas en la confitería tradicional que había cerca de mi casa los domingos, para tomarlas con una buena taza de té mientras leía sentada en el bordillo de mi ventana y dejaba volar mis fantasías.

Era mi pequeño ritual privado de estúpida soñadora.

—De lavanda y limón, sí —confirmó Maggie como si nada.

—Qué preciosidad. Da hasta pena comerlas.

Rocé el lazo amarillo con la yema del dedo al tiempo que un nudo de pura ternura me cerraba la garganta.

—Es azúcar, querida, no una obra de arte renacentista. Pruébalas.

Le hice caso. Cogí una galleta, rompí un pedacito y me lo llevé a la boca. El sabor fue una explosión absolutamente perfecta. Los ojos se me cerraron solos. Nunca, ni siquiera en la pastelería más cara de Londres, había probado unas tan deliciosas. Tenían algo especial, una calidez distinta.

—Creo que… acabo de enamorarme de una galleta —gemí de puro placer.

—No. Te has enamorado del repostero. No confundamos los términos —sentenció Maggie, implacable.

Se me escapó una risa nerviosa.

—No estoy enamorada de nadie.

—Cuánto me voy a reír cuando descubras lo contrario.

—Haré como que no he escuchado nada.

Continué saboreando mi galleta cuando escuché un carraspeo intencionado. Levanté la vista.

—¿Qué? —pregunté con la boca llena.

Maggie no dijo nada. Se limitó a lanzarme unas miraditas muy significativas, apuntando con los ojos hacia mi mesa. Seguí la dirección de sus ojos negros y entonces la vi, medio oculta tras el teclado.

Una tarjeta de cartulina.

—¡Oh, trae nota! —exclamé.

Dejé la bolsita y cogí la tarjeta a toda prisa.

—¿La has leído? —pregunté en un tono acusador, conociendo de sobra las tendencias cotillas de mi jefa.

Iba de dura, pero era un bizcocho recién hecho.

—Dos veces —admitió sin vergüenza alguna.

Desdoblé la tarjeta.

La emoción, el estupor y una sonrisa boba absolutamente incontrolable se apoderaron de mí.

Ese chico sabía cuál era mi color favorito. Se había molestado en hornear mis galletas preferidas. Y había buscado las palabras más perfectas y hermosas para disculparse. Y ahora tenía el corazón en la garganta, la piel erizada y unas estúpidas ganas de ponerme a dar saltitos.

—Me ha… escrito —murmuré sin apenas aliento.

Maldita sea, tenía el pulso disparado y sentía un cosquilleo muy raro en la boca del estómago.

—Tienes cara de novela victoriana.

Maggie me observaba desde su mesa con una mezcla de burla sutil y cariño profundo.

—Connor Bradley me ha hecho galletas.

Era una verdad empírica y no un invento de mi imaginación.

—Deberías responder.

El pragmatismo de Maggie acababa de entrar en la ecuación.

—¿Y qué le digo? Ahora estoy nerviosa.

Frente a un gesto tan medido, tan íntimo y tan absolutamente precioso, me sentía pequeña y abrumada. Nadie había hecho algo así por mí.

¡Me había escrito como si fuera un caballero victoriano! ¿Qué maldita mujer adicta al romance no sucumbe a eso?

—¿Me lo pregunta una lectora acérrima de Austen? —protestó Maggie—. Niña, invéntate cualquier cosa. A ese chico le valdría hasta un simple gracias.

En el fondo, creo que esa mujer estaba más interesada en ver cómo evolucionaba el chisme que en mi propia salud emocional.

—Me ha hecho galletas, Maggie…

Sonreí incapaz de articular otra frase coherente, con la vista clavada en las palabras de Connor.

Maggie recogió sus papeles de golpe y se levantó de la silla.

—Me voy antes de sufrir una sobredosis de azúcar y negación.

—Que no es amor —insistí como acto reflejo.

—Todavía.

Dictó sentencia antes de marcharse.

Ya sola, me dejé caer en mi silla y pasé la yema del pulgar por su nombre con una sonrisa tonta.

Cogí mi teléfono móvil, saqué una foto de la bolsita con el lazo amarillo y abrí el chat con mi mejor amiga. Necesitaba contárselo antes de explotar de felicidad.

Breena

Cabrona, ni se te ocurra comértelas todas. ¿Has encontrado un rinconcito nuevo? ¡Llévame!

Melani

¡Ha sido Connor!

Las he encontrado en mi mesa al llegar a la residencia.

¡La bolsita tiene hasta el lazo amarillo!

Observé los tres puntos suspensivos que indicaban que Breena estaba escribiendo mientras me mordía el labio.

Breena

Mel, cariño, ¡ese tío te odia muchísimo!

¡Creo que busca matarte! ¡No te las comas!

Solté una carcajada.

Melani

Idiota. ¿Vienes y cenamos en el Xalapa? Las galletas traían nota.

Breena

Hay que ser malvada para dejarme en ascuas. Te odio.

Melani

Salgo a las 19:30h. Invito yo.

Breena

Te quiero.

Breena no había abierto la boca en los últimos diez minutos. Eso era raro, teniendo en cuenta que ella no sabía callar y que Pancho nos había servido unos nachos que estaban deliciosos.

Yo no podía dejar de mirarla, aferrada a mi mojito sin alcohol. Ojalá no hubiera tenido que conducir para volver a casa, porque me habría pedido algo más fuerte. Tanto silencio me estaba poniendo nerviosa.

Mi mejor amiga sostenía la nota de Connor. Me miraba y la leía. Me miraba y la leía. Así, al menos, ocho veces.

Y de pronto, soltó un suspiro.

—Mierda, Mel, esto es serio —sentenció con una solemnidad inusual en ella.

Fruncí el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Pues que se parece a tu Darcy.

Ese era el mejor piropo literario que existía en mi vocabulario. El rubor me subió por las mejillas a toda velocidad.

—Le he respondido —solté a medio camino entre el orgullo y el pánico.

Los ojos de Breena se iluminaron al instante.

—¿Qué le has puesto? ¡No, déjame a mí! —Levantó una mano para silenciarme—. «Es una verdad universalmente reconocida que un hombre con tus manos no debería limitarse a amasar galletas».

—¡Breena!

Me tapé la cara, muerta de vergüenza. Craso error. La imagen de las manos de Connor haciendo en mi piel me encendió por dentro. Tanto que incluso sentí un inapropiado tirón entre las piernas.

Borré eso inmediatamente de mi cabeza antes de sufrir una combustión espontánea en medio del restaurante.

Dios santo, ni siquiera me gustaba ese chico. Bueno, sí. Era guapo. Eso lo sabía hasta un ciego. Y estaba para comérselo. Vale, sí, me encantaba. Físicamente. Y me caía genial. Pero eso no significaba que hubiera desarrollado sentimientos por él. Mi interés en acercarme era puramente amistoso.

«Y al parecer ahora también erótico».

—¡Es psicología básica! —protestó Breena, cogiendo un nacho de la cesta con total naturalidad—. Tú le das literatura y él te da orgasmos.

—¡Son galletas, no una declaración romántica!

Me apuntó con el nacho bien cubierto de guacamole antes de llevárselo a la boca.

—Desde luego, mucho leer los clásicos, pero qué poco has aprendido a aplicar el subtexto, «mi querida criatura».

Parpadeé, procesando sus palabras mientras ella masticaba con una sonrisa de superioridad. Vale, acababa de llamarme idiota en mi propia cara y yo ni siquiera estaba segura del porqué.