My safety net (Love Obviously 1) 14 #2
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No me iba a meter en un debate sobre mi carácter, aunque tenía varias objeciones. Pero, desde luego, sí que iba a quejarme de poner por escrito lo que sentía en una nota.

—Esto expone mis sentimientos… —Me levanté de la silla y empecé a pasearme por el despacho como un animal enjaulado—. No, debe ser algo más…

—¿Sutil? —propuso, observándome con calma.

—¡Exacto!

Lo señalé con el dedo como si acabara de resolver un crimen.

—Veamos…

El profesor suspiró, tomó su pluma y escribió de nuevo, consciente de que yo lo miraba al borde de darme un puto infarto.

En cuanto terminó, me tendió el papel. Lo cogí de inmediato y leí sus palabras.

—«A falta de una elocuencia que esté a tu altura…». —Levanté la vista, aferrándome a la tarjeta como si fuera el salvavidas que iba a evitar que me ahogara en mi propia estupidez—. Esto está mejor, ¿no?

—Es una frase digna, Bradley. Tiene la humildad de un caballero y la brevedad de un hombre que sabe que ha metido la pata.

Eso se traducía en que Ashcroft me estaba dando su aprobación tanto académica como personal.

Me mordisqueé el labio.

—¿No es demasiado… pomposa?

Todavía dudaba. Cualquier cosa que sonara demasiado elegante me daba vértigo. Temía que Melani leyera la nota y pensara que estaba copiando palabras bonitas porque las mías no estaban a la altura. Aunque, técnicamente, era justo lo que estaba haciendo.

—Para nada —dijo Ashcroft—. Es el tipo de frase que hace que una mujer como Mel se pregunte qué otros pensamientos guarda usted en esa cabeza tan…

Dejó la frase flotando.

—¿Brillante? —sonreí un poco esperanzado.

—Peculiar. —Me aterrizó de golpe con su ironía seca—. Ahora transcriba la nota.

Obedecí. Mi letra no era ni la mitad de bonita que la del profesor, pero me valía. Cuando terminé, la sensación de alivio fue tan inmensa que mi cerebro sufrió un cortocircuito.

—¡Gracias, profesor!

Estaba tan eufórico por tener por fin un plan sólido que me abalancé sobre la mesa, agarré a Ashcroft por las solapas de su pulcra chaqueta de tweed y le estampé un beso en la frente.

—¡No hace falta que me bese! ¡Váyase, váyase de una vez!

Hizo aspavientos con las manos para espantarme, horrorizado por la invasión repentina de su espacio personal, aunque juraría que vi asomar una risilla.

Salí del edificio como un rayo, con la nota a salvo en el bolsillo de mi pantalón y una mezcla explosiva de orgullo, vergüenza y pánico galopante.

Ya en la residencia, fui a la cocina y cogí la bolsita de galletas. A continuación, me colé en la secretaría. Sabía que Melani estaba en la universidad. Sí, también me había aprendido sus malditos horarios, otro dato enfermizo que me aterraba admitir en voz alta.

Pero el problema era Maggie y su carácter de demonio.

Entré con sigilo y me acerqué al escritorio de mi dama. Dejé la bolsita sobre la superficie. Saqué la tarjeta del bolsillo y la coloqué al lado con una torpeza casi ceremoniosa, ajustando los ángulos de ambas cosas como si estuviera montando un puto altar.

Retrocedí para admirar la composición final. Ahí estuvo el error. El pánico me atacó con toda su fuerza. Era ridículo, joder. Toda aquella mierda habría podido resolverla si hubiera tenido los huevos de mirarla a la cara y decirle «lo siento». Ya está, así de simple, hostia.

«Aborta misión, Connor».

Pero justo entonces la puerta de la secretaría se abrió de golpe.

Maggie Davies.

La mujer se detuvo en seco. Me encontró congelado frente al escritorio de su chica favorita, con la mano estirada a escasos centímetros de la bolsita. Había sido pillado infraganti en plena escena del crimen.

La muy bruja entendió la situación en dos milisegundos y una sonrisa felina apareció en su rostro.

Desesperado, saqué del bolsillo la bolsita extra de galletas. Mi instinto me había dicho que aquello podía pasar.

—Toma.

Se la tendí como quien ofrece un tributo a un dragón para que no le escupa fuego.

—¿Qué es esto, un soborno para que no cotillee la nota?

Cogió la bolsita y la inspeccionó con ojo crítico.

—Más o menos. Si voy a hacer el ridículo, prefiero que se entere el mínimo número de personas posible. Gracias.

—Te cobraré intereses, Bradley. Unas galletas no te van a librar de limpiar el almacén.

—Eso lo haría gratis.

En el fondo, adoraba a esa mujer.

—Qué zalamero —resopló, risueña.

Miré de reojo la tarjeta. El pánico seguía ahí. Aquello era una locura.

—Mejor me llevo la nota.

Hice un amago de cogerla, cediendo una vez más a la cobardía.

—¡Quieto ahí, niño!

Maggie intervino con la rapidez de una víbora y me dio un manotazo en el brazo. Después, se plantó delante del escritorio y me bloqueó el acceso con su cuerpo.

—Y lárgate de mi secretaría.

—¡Pero Maggie! —me quejé.

—Ni Maggie ni maga. Fuera de aquí.

Me empujó hacia la puerta como si fuera un adolescente inútil. Bueno, algo de eso tenía, para qué nos íbamos a mentir.

—Va a pensar que soy gilipollas.

—Lo cual no sería una sorpresa. Fuera.

Me toreó con una crudeza maravillosa, pero parecía dispuesta a proteger mi patético gesto romántico a toda costa.

—Eres cruel —me rendí—. Al menos dime si están ricas.

La mujer abrió la bolsa de plástico y se comió una galleta. La cara de placer que puso al masticar lo dijo absolutamente todo.

—Más te vale que esa nota sea preciosa, porque con esto tienes medio trabajo hecho.

Me eché a reír.

—El profe me ha ayudado a escribirla —confesé.

—Entonces podemos respirar tranquilos. Ahora vete.

Me dio un último empujón hacia el pasillo.

—Qué violenta eres para ser tan pequeña.

—¡Fuera!