14
Primera hora de la mañana en el campus de UCL. El recinto vivía uno de esos raros y cotizados momentos de sol en la capital británica en los que todo el mundo parecía ponerse de acuerdo para abandonar la penumbra y tumbarse en cualquier trozo de césped disponible.
Así que me pasé unos quince minutos sorteando gente como si estuviera en el festival de Glastonbury buscando a mi amiga.
Aunque nuestras facultades estaban en edificios distintos —Breena tiraba más hacia el norte, en Bedford Way, y yo hacia los edificios de Ciencias Políticas en Bloomsbury—, solíamos encontrarnos en Gordon Square.
Aquella preciosa plaza ajardinada era famosa por haber sido uno de los epicentros del Grupo de Bloomsbury.
Para una chica como yo, sentarse en la misma hierba donde Virginia Woolf debatía sobre literatura, sociedad y los límites del género era el colofón intelectual.
Además, mantenía ese aire de antaño que me fascinaba y me reconfortaba a partes iguales.
Encontré a Breena tumbada en el césped. La estampa era curiosa, cuanto menos. Ella, que era una de las chicas más deseadas del campus pese a su fama de borde, allí tendida casi parecía un vampiro a punto de entrar en combustión.
Me senté a su lado. Necesitaba desahogarme con urgencia. No dejaba de pensar en Connor. La cercanía compartida bajo la carpa, la tensión eléctrica de nuestro silencio, la caída absurda en la carrera de tobillos y, sobre todo, su huida despavorida.
Todo se me había quedado incrustado en la cabeza como un bucle molesto. Y lo peor de todo no era el incidente en sí, sino tener que admitir lo muchísimo que me estaba afectando su rechazo.
—Has interrumpido mi fotosíntesis. Más te vale que sea grave. Tengo Perfilación Criminal y Psicopatía en cuarenta minutos y muy poca paciencia para aguantar al señor Fitzherbert —protestó Breena, ajustándose las gafas de sol.
—Vengo a confirmar mi teoría. Connor me odia.
Disparé sin anestesia. Breena ni siquiera se incorporó.
—Qué bien. Varón de ojos verdes, misterioso y con un cuerpo de infarto. Mi chisme favorito.
—Se cayó encima de mí. Ayer —solté el dato clave de la operación, esperando su diagnóstico.
—Perfecto. ¿Hubo sexo?
—Y entonces, se levantó, me miró como si yo fuera un charco de leche caducada y salió huyendo. ¡Literalmente, huyó!
Maldita sea, todavía sentía el rechazo en mi estómago.
—Qué romántico. Por cierto… —Breena se incorporó sobre sus codos—. ¿Por qué no estabas con tu «amorosa» familia en los Cotswolds?
Aun con las gafas puestas, me analizó de arriba abajo. El gesto me recordó inmediatamente a Ryan Gosling en Crazy, Stupid, Love , en aquella famosa escena del centro comercial donde escruta el desastroso estilo de Steve Carell.
Breena tenía la misma capacidad de hacerme sentir minúscula con un solo vistazo crítico.
—Porque me cansé de que me llamaran gorda —admití con una entereza que me había costado meses de terapia construir.
Mi amiga apretó los labios hasta convertirlos en una línea fina. Eso significaba violencia. Literalmente.
—Cuánto me gustaría despertar una mañana y verlos a todos en las páginas de sucesos.
—¡Breena! —la reprendí, aunque, en el fondo, su lealtad me calentó el corazón.
—¡Qué! Tengo fantasías muy modestas. —Agitó las manos en el aire, quitándole hierro al asunto—. Ahora vuelve al semidiós averiado. Y no me robes entretenimiento con vaguedades. Quiero detalles.
Intenté explicarle la situación paso a paso, racionalizando mis propias emociones, que era una forma elegante de decir que estaba construyendo un expediente judicial contra Connor Bradley con pruebas circunstanciales y muchísima ansiedad.
—Lo raro es que, antes de la carrera, habíamos estado hablando tan tranquilos. Parecía cómodo conmigo. Incluso me dijo que… que estaba muy guapa…
—Conducta de aproximación seguida de una retirada brusca. Más que odio, suena a otra cosa bastante menos cómoda —diagnosticó al instante.
—Los cumplidos dichos en un momento de confusión social no cuentan. Igual se había dado un golpe en la cabeza. Le pregunté si se encontraba bien y dijo que no.
—Oh, dijo que no estaba bien. Qué detalle tan incómodo para sostener tu teoría del odio —ironizó.
—Quizá le bajó el azúcar.
—O puede que yo sea monja.
—¿Qué hago si vuelve a esquivarme? —pregunté vacilante.
—Ponte delante.
Breena lo tenía clarísimo. Para ella, el mundo era blanco o negro, y la escala de grises se la pasaba por el forro con una elegancia pasmosa.
—¿Y si me odia de verdad?
Sinceramente, me aterraba la idea.
Esta vez, Breena se bajó las gafas y me miró directamente a los ojos.
—¿Y por qué te influye tanto si lo hace?
Tragué saliva y me encogí de hombros.
—Bueno, pues porque es… Connor.
No me gustaba la idea de cruzarme con él por los pasillos de la residencia y fingir que no existíamos. Creía que podíamos ser mucho más que eso. Que nuestras personalidades eran lo bastante compatibles como para forjar una amistad preciosa.
El Connor que yo veía cuando él no se daba cuenta era magnífico y divertido y maravilloso. Leal de una forma casi salvaje. Tan solo quería formar parte de eso. Quería ser parte de él.
A lo mejor aspiraba a demasiado, pero no estaba de más intentarlo, maldita sea.
—Y en el fondo te encantaría que te empotrase contra tu escritorio. Y a mí me encantaría que me lo contaras, para qué negarlo.
—¡Breena! —protesté escandalizada—. ¿De dónde demonios sacas esas conclusiones?
—Pulso acelerado, mejillas ruborizadas, pupilas ligeramente dilatadas.
—No me psicoanalices.
—Eres tan transparente. —Se carcajeó.
Me negaba a creer que lo que me sucedía tenía que ver con sentimientos románticos. Es que ni de broma.
—No me gusta Connor Bradley —sentencié—. ¿Cuántas veces tengo que decirlo para que quede claro? Solo es que no entiendo por qué me trata así. Parece que le he atropellado al perro. O peor, a su tía favorita.
—O a lo mejor es que le pones muy cachondo y el pobrecito no sabe cómo disimularlo.
Tragué saliva. Por primera vez, empecé a considerar seriamente que el peligro real no era la hostilidad de Connor, sino la remota posibilidad de que nos atrajéramos mutuamente.
Esa hipotética situación era una imposibilidad estadística. Un error de cálculo fruto de mi fase folicular. Mis estrógenos estaban claramente fabricando una tensión romántica y sexual que, en realidad, no existía. Todo era pura biología alterada por el contacto físico del choque. Nada más.
«Pero te habría encantado que te besara». Cuánto me irritaba que mis pensamientos tuvieran la voz de mi amiga.
—Tienes futuro como novelista de alta fantasía —me defendí.
—Enfréntalo. Eres una chica valiente. Míralo a los ojos y pregúntale de frente qué le pasa. A ver qué hace nuestro cretino favorito.
—No es un cretino. —Lo defendí por puro instinto de lealtad.
Breena sonrió, satisfecha.
—Dímelo después de saber qué te responde.
—Siempre logras sonar insoportable y sensata a la vez.
Antes de que pudiéramos seguir diseccionando al pobre Connor, una sombra cortó el sol sobre nosotras.
—Ahora voy a sonar desagradable, cariño. —Breena miró hacia arriba con una gélida hostilidad—. ¿Qué coño quieres, Olsen?
Era Peter, mi compañero de clase en la optativa de Justicia Global y Derechos Humanos. Por suerte, solo compartíamos esa asignatura. Él estaba en el último año de Derecho.
Meses atrás, estuve a punto de tener algo con él en una fiesta universitaria, pero no me gustó la forma en que me acorraló.
No, aquello era una forma demasiado suave de decirlo.
Me dio miedo.
Desde entonces, Peter se había tomado mi falta de interés como un reto personal que debía conquistar a toda costa. Él creía que yo debía sentirme orgullosa de estar en su punto de mira.
—Siempre tan amable, Harris. Venía a hablar con Mel, no contigo.
Peter ignoró deliberadamente a Breena y me regaló una sonrisa perfectamente ensayada que me puso los pelos de punta.
En definitiva, ese chico tenía algo que me espeluznaba.
—Pues habla. Rápido. Tengo clase.
Lo miré directamente a los ojos con una firmeza que pareció descolocarlo.
—¿Por qué no me contestas los mensajes? —exigió saber.
El tipo rezumaba seguridad en sí mismo porque sabía a ciencia cierta que medio campus se moría por acabar en la cama con él.
—Por una razón bastante obvia: no me apetece.
Fui escueta, irónica y no me arrepentí.
«¡Bien por mí, Melani!».
—Vaya, pensaba que te estabas haciendo la interesante.
—Y yo que entenderías el silencio —contraataqué.
—Comprender indirectas es demasiado para alguien como él —puntualizó Breena con un deje de orgullo.
—Solo quería invitarte a tomar algo. Pensé que podríamos intentarlo otra vez.
Peter habló como quien ofrece una oportunidad de oro que nadie en su sano juicio rechazaría jamás.
—No estoy interesada.
—Oh, vamos, Mel, aquello de la fiesta fue divertido.
No lo fue. Dejó de serlo cuando me empujó contra la pared y me pellizcó los pechos. O cuando le dije que parase y él, en cambio, continuó. O cuando me cogió del cuello para mantenerme quieta.
De no haber sido porque uno de sus amigos irrumpió en el pasillo, seguramente la situación habría terminado fatal.
—Para ti quizá. Para mí fue instructivo. Aprendí a no repetir errores.
—¿Sigues enfadada por una tontería?
Me acusaba de exagerar. La clásica táctica defensiva de los canallas.
—No estoy enfadada. Estoy desinteresada. Aprende la diferencia.
Me levanté del césped con una elegancia seca, más que lista para cerrar el tema. Recogí mi bolso y emprendí el camino hacia el edificio, dejando a Peter con la palabra en la boca.
—«Si te quisiera menos, podría hablar más de ello…» —leí en voz alta. Fruncí el ceño—. ¿De verdad esto funciona?
Ashcroft se reclinó en su sillón de cuero y cruzó las manos sobre el regazo. Ya había rechazado tres de sus propuestas, pero al hombre no se le agotaba la paciencia. O eso parecía.
—Es una verdad universalmente reconocida, señor Bradley, que un hombre de mal carácter y parco en palabras debe ser salvado por una cita de Jane Austen.