13
La residencia seguía envuelta en esa calma propia del alba. Pero yo hacía al menos dos horas que había tomado el control de la cocina.
No había pegado ojo en toda la noche. Cada vez que lo intentaba, me veía cagándola de nuevo por no saber manejar algo tan básico como mi propio cuerpo.
Tenía clarísimo que debía arreglarlo, pero hablar no parecía una opción fiable.
Sabía muy bien que, en cuanto tuviera a Mel delante, las palabras se me atascarían en la garganta, el cerebro me haría cortocircuito y terminaría diciendo algo glorioso como «Hola, perdona cómo reaccioné ayer, a mi polla le pareció muy buena idea saludarte».
Así que opté por un plan B.
Allí estaba, concentrado como si estuviera desactivando una bomba.
Gracias a Eddie había descubierto que las galletas favoritas de Melani eran las shortbread de lavanda y limón.
Y no solo me había propuesto hornearlas, sino que estaba decidido a que fueran las más perfectas que hubiera probado en su vida.
Nada de presión. Solo estaba intentando pedir perdón a la mujer que me gustaba un catorce por haberla hecho sentir rechazada después de caer encima de ella y sufrir la erección más inoportuna de la historia de la humanidad.
Con un pulso que envidiaría un cirujano, eché el glaseado sobre las galletas.
Las había dejado enfriar, tal y como indicaba la receta, porque al parecer saltarse pasos en repostería era tan peligroso como tocarle los ovarios a Maggie Davies antes del café.
Así que ahora tenía ante mí unas veinte pequeñas obras de arte más que listas para culminar con un toquecito extra de ralladura de limón.
De pronto, las puertas batientes se abrieron. Bishop solo tuvo que ver mi cara de concentración para entender que aquello no era repostería inocente.
—¿Por qué hueles a culpa a estas horas?
Se apoyó en la mesa, se cruzó de brazos y arqueó una ceja. Yo no levanté la vista del glaseado.
—Estoy haciendo galletas.
—Eso no responde mi pregunta.
—Metí la pata con Mel —suspiré, rindiéndome a la evidencia.
Sabía por experiencia que mentirle a Bishop era inútil.
—Ah, ya hemos llegado al centro del pastel. ¿Y hoy quieres arreglarlo con harina? Ambicioso. —Sonrió con esa sorna suya que adoraba y me sacaba de quicio a partes iguales.
—No te burles.
Apliqué el glaseado en la última galleta con una delicadeza extrema.
—No me burlo. Respeto a un hombre que intenta pedir perdón con mantequilla.
Dio un paso al frente, inspeccionando la bandeja con ojo crítico. No podía negar que me habían quedado perfectas.
—En serio, ¿siempre eres así de insoportable? —ironicé.
—Solo cuando veo romanticismo mal gestionado.
—No es romanticismo.
Lo negué por puro instinto de supervivencia.
Bishop me miró. Luego miró las galletas. Luego volvió a mirarme a mí.
—Has cocinado sus galletas favoritas. Déjame que discrepe, muchacho.
Hacía tiempo que había aceptado que estaba loco por Mel. Eso era evidente. Pero enamorarse… Eso no estaba en mi diccionario. O sí, y yo le había cambiado el nombre para no asustarme.
A lo mejor lo que yo consideraba locura era precisamente amor.
Y el amor significaba problemas, porque ¿cómo coño se vivía enamorado si no se era correspondido?
Aquello tenía pinta de doler, joder. Y yo podía haberme leído las obras favoritas de mi dama, pero no estaba muy seguro de querer convertirme en un mártir del romance victoriano.
«Ya lo eres, imbécil. Estás cocinando galletas para ella», se burló mi fuero interno.
Bishop cogió una que había quedado fuera de la bandeja principal y le dio un bocado. Me quedé mirándolo con más tensión que en una pelea.
—¿Y bien?
Tragué saliva. Bishop masticó despacio. Incluso cerró los ojos para saborearla. El muy cabrón estaba disfrutando de mi sufrimiento.
—Aborrezco lo bien que cocinas.
Solté una risa de puro alivio. De pronto, a Bishop se le iluminó la cara.
—¡Ah!
—¿Qué?
El grandullón se acercó a un armario del fondo y rebuscó en una caja de manualidades que usábamos para los talleres de los niños.
Dentro había lacitos, cintas, pegatinas, cajitas decorativas y otros objetos profundamente humillantes para cualquier hombre que hubiera basado su identidad en parecer peligroso.
Seleccionó una bolsita transparente, metió varias de mis galletas con muchísimo cuidado y me mostró un surtido de lazos de colores.
—Elige color.
—El amarillo. Es su favorito.
Ni dudé, y a él se le escapó una carcajada.
—Y luego dices que no eres romántico.
—¡Que no!
Bishop me ignoró y comenzó a trastear con la cinta amarilla.
—¿Qué pretendes?
—Hacer un lazo.
—Trae, anda. —Lo empujé a un lado—. Tienes unos dedos que parecen porras.
Le arrebaté la bolsita y la cinta. Con una concentración digna de estudio, manipulé el lazo hasta hacer un nudo perfecto. Me sentí absurdamente cursi.
Ambos nos quedamos mirando el precioso resultado.
—¿Y bien? —pregunté, buscando su aprobación final.
—Le falta una nota.
Fruncí el ceño.
—¿Una nota? ¿Qué tengo, doce años?
Entré en pánico. Cocinar era fácil. Seguir una receta tenía lógica. Pero escribir mis putos sentimientos en un papel me aterraba más que recibir una paliza en un callejón.
—Mentalmente, incluso menos —me pinchó sin piedad—. Escríbele algo bonito.
—¿Y qué coño le pongo?
—«Eres el azúcar de mi masa, la levadura de mi corazón. Si me das un mordisco, perdemos la razón».
Lo recitó con voz engolada y poniéndose una mano en el pecho mientras yo lo miraba con horror absoluto.
—Voy a hablar con el profesor Ashcroft —decreté.
Me quité el delantal de un tirón y lo tiré sobre la mesa. Necesitaba ayuda intelectual urgente antes de cagarla estrepitosamente.
—Sí, mejor. —Asintió él, complacido de haberme empujado al límite.
No me molesté en llamar a la puerta. Simplemente abrí. Encontré al profesor Ashcroft sentado detrás de su escritorio, rodeado de libros, con sus gafas sobre el puente de su nariz y un aspecto tan sereno que me dieron ganas de pedirle disculpas al mobiliario por mi existencia.
Me miró por encima de los cristales con cara de circunstancias.
—Profesor, necesito una frase.
Me planté frente a su mesa, apoyando las manos en la madera con una urgencia de vida o muerte.
—Temo preguntar para qué.
No movió ni un músculo. Su elegancia británica seguía intacta ante mi caos. Me habría encantado parecerme un poquito más a él. El muy cabronazo era guapo hasta doler pese a que parecía tener un palo metido por el culo.
—Emergencia… sentimental —confesé, sintiendo que acababa de perder toda mi reputación.
—Dios nos asista.
Se quitó las gafas lentamente, asumiendo por fin la gravedad del asunto.
—Solo necesito una nota pequeña. Quiero disculparme sin sonar como un idiota.
—Han caído imperios por menos.
—Es que… no sé cómo hablarle cuando la miro.
Me dejé caer en la silla y bajé la vista un segundo.
—Ah, el antiguo trastorno humano —sonrió de medio lado.
—¿Tiene cura? —pregunté, medio en broma, medio desesperado.
—No. Pero admite buena prosa. Mel sabrá apreciarla.
Parpadeé. El profesor no había dudado ni un instante en pronunciar el nombre de la mujer que me estaba robando el sueño y la razón.
—¿Usted también?
Me miró con cara de póquer.
—No me tome por idiota, señor Bradley.