12
Entré en mi habitación como un vendaval y cerré de un portazo.
No me di ni margen para pensar. Empecé a quitarme la ropa a tirones de camino al baño, como si la tela me quemara o, al quitármela, pudiera arrancarme de encima la sensación del cuerpo de Mel debajo del mío. No funcionó, evidentemente.
Me metí bajo la ducha, abrí el grifo y dejé que el chorro de agua me golpeara la nuca. El impacto térmico me cortó la respiración de cuajo. Genial. Porque estaba empalmado hasta límites ridículos.
Apoyé la frente contra los azulejos, cerré los ojos y solté un gruñido.
Daba igual el frío. La imagen de Melani todavía ardía en mi piel, joder.
La brutal suavidad de su cuerpo amortiguando el mío.
El aroma dulce de su pelo. La forma en que sus caderas habían encajado con las mías.
Su risa debajo de mí mientras mi mundo se hacía pedazos encima de ella.
Había sufrido un cortocircuito erótico tan salvaje que tuve que salir por patas. No pensaba darle a nadie semejante espectáculo. Mucho menos a ella. Y ahí estaba el problema.
Yo no era esa clase de tío, joder. Yo siempre dominaba la situación. Casi nunca perdía el control. En la calle había aprendido a medir cada movimiento, cada respiración, cada reacción del cuerpo.
Pero el destino decidió poner a Melani West en mi camino. Y ahora bastaba con que me sonriera, me tocara la manga o se cayera en mitad de una carrera absurda para que todo mi autocontrol se fuera a la mierda.
En cuanto mi cuerpo regresó a unos niveles de temperatura manejables, cerré el grifo. Me quedé un segundo quieto, con el agua resbalándome por la cara, intentando reunir un poco de dignidad. Luego me enrollé una toalla a la cintura y salí del baño.
Que la había cagado era un hecho. Pero no sabía si estaba listo para reconocerlo ante Noah.
Allí estaba mi hermano, medio recostado en la cama de Nate, con la espalda apoyada en la pared y la vista fija en la pantalla de su móvil.
—¿Has intentado batir un récord de huida o simplemente te has asustado de tu propia polla? —soltó.
Cerré los ojos y me pasé una mano por la cara.
—¿Se me ha notado mucho?
—Yo, desde luego, sí.
Me dejé caer a su lado. Mierda, la frustración me hervía en las venas.
—¿En qué coño estaría pensando? Apenas la he tocado y se me ha puesto dura como una piedra, joder. ¿Qué clase de animal soy, ah?
Noah me observó con la calma de quien mira a un idiota a punto de ahogarse en un vaso de agua.
—Un tío enamorado —sentenció sin pestañear.
—¡Venga ya! No podré acercarme a ella en la vida si soy incapaz de mantener la polla tranquila.
Mi lógica de macho primario se negaba a aceptar que estuviera enamorado de ella. Además, eso lo complicaba todo muchísimo más.
—Cambiaría si tuvieras más contacto —sugirió, tan pragmático como siempre.
—Lo que me faltaba. No, gracias.
Imaginé el absoluto desastre que provocaría eso. Si tocarla un segundo me había dejado así, rozarla a propósito me mandaría directo al psiquiátrico.
—Me refiero a hablar más con ella, imbécil. Ya te lo dije.
Nos miramos en silencio.
—Noah, ya estaba medio duro cuando me ha saludado. Imagina si tengo una conversación más larga. Como se despiste, la pongo mirando a Winchester.
Mi gran amigo se echó a reír y negó con la cabeza.
—La has dejado preocupada, que lo sepas. Cree que la detestas.
El dato fue como recibir una bofetada con la mano abierta.
Me incorporé de golpe. Lo último que quería era hacerle daño. Yo, que solo deseaba verla feliz, había logrado todo lo contrario, como el buen imbécil que era.
—Joder…
—Sí. Joder. —Asintió Noah, implacable.
—Yo solo… cuando la tengo cerca… no pienso bien…
Se me escapó la vulnerabilidad.
—Eso se regularía si dejaras de mirarla como si fuera patrimonio nacional.
Le di un codazo en las costillas que fue mitad queja por la insolencia, mitad agradecimiento por no compadecerse de mí.
—Y a tu favor diré que tenéis química —añadió.
Eso no me lo vi venir.
—¿Qué? —Lo miré, estupefacto.
Estaba convencido de que todo ocurría en mi cabeza. Que yo era el único que percibía lo jodidamente perfectos que éramos juntos.
—Cuando estabais en la carpa, desprendíais electricidad suficiente para alumbrar a medio barrio —dijo Noah, como si relatara un simple hecho empírico.
—Estás de coña, ¿no?
Pero sus ojos no mentían.
Y entonces se hizo el silencio entre los dos. Procesé la información a toda velocidad. El pulso se me aceleró de nuevo, pero esta vez por un motivo muy distinto. Si existía una posibilidad real, por microscópica que fuera, las reglas del juego cambiaban drásticamente.
—¿Crees que debería decírselo? —me lancé a preguntar.
—El problema es si se lo creerá.
Cierto. A mi estupidez patológica debíamos sumarle las notables inseguridades de Melani.
—¿Y si no le gusto? —pregunté, un poco acojonado por la posibilidad.
—Has sobrevivido a cosas peores.
En eso estábamos de acuerdo.
—¿Y si le gusto?
Noah me miró fijamente.
—Eso parece lo que más miedo te da.
Su sentencia quedó flotando en el cuarto.
Y tenía toda la razón. Para alguien que nunca había tenido nada propio, encontrar algo tan precioso y arriesgarse a perderlo por no saber cuidarlo era el verdadero terror.
El rechazo dolería, sí. Pero que Melani me mirara de verdad, que me eligiera, que me diera una oportunidad…
eso implicaría tener algo que perder. Noah lo sabía. Lo había experimentado con Kenny.
Me puse en pie. Me importó una mierda que la toalla cayera al suelo. Había tomado una decisión y esta vez no me acobardaría.
—Tengo que disculparme.
—Buen comienzo. Ahora, ponte pantalones, idiota. No quiero que me aporrees por accidente.
Caminé hacia el armario y lo abrí de un tirón. Ni siquiera me giré para responderle.
—Para eso ya está Kenny.
Noah se carcajeó.
—Qué gilipollas.