My safety net (Love Obviously 1) 11
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Las guirnaldas teñían la carpa de un tono ámbar, pero no les presté atención. Tampoco a la música, ni al ruido de los críos, ni a las risas de los demás. Todo eso seguía ahí, supongo.

Yo solo veía a Melani sentada a mi lado en esa mesa.

Los dos vasos de ponche estaban casi intactos. Ella apenas le había dado un sorbo. Yo apretaba el mío para disimular el temblor de mis dedos, lo cual era bastante patético.

Pero ahí estaba. Acojonado por una chica preciosa.

Vale, había sido idea suya eso de compartir un rato juntos. Pero yo había participado. Había aceptado. Me había sentado con ella como si fuera un hombre funcional y no un idiota a punto de escupir el corazón.

Y ahora no tenía ni puta idea de qué hacer con eso.

No sabía qué decir. Ni cómo mirarla sin parecer un imbécil.

Ni cuánto tiempo era normal quedarse en silencio antes de cagarla.

Así que me quedé quieto, como un gilipollas, pensando en quién había sido el cabronazo que le había hecho pasar un mal rato.

Si algún día lo conocía, probablemente le concertaría una visita al traumatólogo.

Esa chica estaba hecha para vivir cosas maravillosas. Aunque yo no fuera una de ellas, joder.

Pensé en hacerla reír. Soltar cualquier tontería. Contarle alguna estupidez. Pero nada me parecía suficiente.

Tragué saliva.

Solo quería acercarme. Sin pensar tanto. Ser espontáneo, justo como era con los míos. Mel se merecía ver todas esas facetas de mí. Mierda, yo era mucho más que el idiota que la esquivaba por los pasillos y soñaba con ella.

—Entonces… ¿ha salido todo bien?

Rompió el silencio con una voz suave y algo tímida.

—Sí. Bastante bien.

Melani ladeó la cabeza y entrecerró los ojos. Quería que hablara de verdad, como yo no había hecho prácticamente desde que nos conocimos. Pero es que no podía dejar de pensar en lo cerca que estábamos. En lo poco que me separaba de hacer algo estúpido.

—Venga, Bradley, hazme un resumen con esa elocuencia tuya que tanto me gusta.

Me pinchó con una media sonrisa que me desarmó por completo.

Cogí aire y aparté la vista de sus labios. Si quería ser un tipo medianamente funcional, necesitaba disimular un poco.

—Pues a ver… Jeremy se alzó con el premio al «Rey de los huevos», Mike le robó doce huevos, Sam lloró porque perdió una oreja de conejo, y Kenny se puso a hacer placajes a los críos.

A alguno de ellos lo tuvimos que rescatar de los setos.

No ha habido bajas importantes, pero quedan pocos suministros de tiritas en la enfermería. Ha sido un éxito rotundo.

Hablé en tono automático. Y entonces ella soltó una carcajada que me erizó hasta el vello del cogote. Fue un sonido tan cálido y perfecto.

—Sabía que podía confiar en vosotros.

—También se acabó el ponche. Dos veces. Liam tuvo algo que ver. Creo que todavía está durmiendo, y eso que dijo que solo iba a echarse un rato.

Me dejé llevar por la cómoda inercia de la charla.

—Normal. Está buenísimo.

Mel dio otro sorbo a su vaso.

Me quedé mirándola más de lo prudente. Lo justo para que empezara a ser un problema. Porque sentí un cosquilleo muy inoportuno en la entrepierna y mi mente comenzó a proyectar imágenes peligrosísimas.

Desvié la vista antes de condenarme del todo.

—¿Y tú… qué has hecho?

En realidad, quería saberlo. En eso consistía charlar, supuse. Preguntar. Escuchar. No gruñir como un animal herido cada vez que ella respiraba cerca.

—Sobrevivir. Sonreír a ancianas. Evitar a mi madre. Ir a misa. Lo habitual.

Lo explicó todo en un tono irónico que pretendía restar importancia.

Y lo entendí. Después de todo, no teníamos suficiente confianza como para que me contara sus intimidades.

No me debía detalles. Pero yo sabía reconocer una paliza emocional a kilómetros de distancia.

Las mías habían sido más sucias, ruidosas y fáciles de explicar con sangre o moratones.

Las suyas parecían venir envueltas en buenos modales.

—Suena peor que pelearse con mis Furin —dije.

Era lo más parecido a ofrecer empatía sin meter la pata.

—Muchísimo peor. Al menos tus Furin son sinceros.

Me lo concedió con una pequeña sonrisa, y noté cómo sus hombros se relajaban. Esa señal me atravesó de una forma absurda. Estaba cómoda conmigo. O empezaba a estarlo.

Nos miramos.

Se hizo un silencio agradable entre los dos. Como si el ruido de la fiesta se hubiera alejado lo justo para dejarnos respirar. Y ahí fue cuando bajé la guardia.

—Estás muy guapa hoy.

Perfecto. Justo lo que no quería decir. Porque era verdad. Una verdad enorme, evidente y peligrosa que me dejaba expuesto como un imbécil.

Me quedé quieto, sosteniéndole la mirada sin saber muy bien qué coño venía a continuación. Quizá una risa incómoda. Quizá un «gracias» educado. Quizá la comprensión repentina de que yo era un animal demasiado torpe intentando hablarle a una dama.

Melani parpadeó, sorprendida. El rubor le subió por el cuello hasta las mejillas.

—Vaya… Ah… Gracias… —titubeó, bajando la vista.

—Lo siento —solté de inmediato, avergonzado.

Me quería morir. Literalmente. ¿Cómo demonios podía ser tan descarado con todo el mundo y quedarme en blanco delante de ella? ¿Se podía ser más inútil? Le había dicho que estaba guapa y luego me había disculpado como si acabara de atropellarle un gato.

«Magnífico, Bradley. Un seductor de época».

—¡Oh, no! Yo… ¿te encuentras bien?

Debí de parecer un cuadro.

—No especialmente —admití.

Era la respuesta más honesta que podía darle sin confesar que su existencia entera ponía en peligro mi sistema nervioso. Pero antes de que ella pudiera indagar en aquella respuesta tan lamentable, un grito rompió la burbuja de intimidad que nos envolvía.

—¡Mel! ¡Carrera de tobillos!

Eddie apareció agitando una cuerda. Se convirtió, sin saberlo, en mi salvador.

—¡Sí! ¡Connor viene conmigo! —decidió ella por mí.

Parpadeé.

Vale. Pues nada. Adiós crisis existencial.

Me crucé de brazos y me incliné en la silla, intentando recuperar mi maltrecha fachada de tipo duro e inaccesible.

—No recuerdo haber aceptado.

—Es que no te lo he preguntado.

Sonrió y se levantó de la mesa con esa confianza arrolladora que me fascinaba. La tela de la falda de su vestido rozó sus muslos y tuve que apartar la vista.

—Eso explica muchas cosas —resoplé.

—Oh, venga, vamos, porfa.

—No.

Resistí. Por orgullo, básicamente, porque mi fuerza de voluntad pendía de un hilo finísimo y llevaba su nombre bordado en marfil.

Melani me clavó esos inmensos ojos dorados y adoptó un puchero precioso.

—Me hace ilusión.

Tocado y hundido.

—Eso es chantaje emocional.

Me puse en pie.

—¿Funciona?

Me sonrió, victoriosa y deliciosamente pícara.

—Muchísimo.

Lo admití con un suspiro que fue mitad queja y mitad devoción.

Estaba tan emocionada que los latidos de mi corazón apenas me dejaban escuchar el ruido de la fiesta. Aquel pequeño momento a solas con Connor bajo la carpa había sido precioso. Todavía no me lo creía.

«Estás muy guapa hoy».

Quizá lo había dicho por hacerme el clásico cumplido amable. Pura cortesía. Una frase lanzada al aire porque mi vestido era adecuado para la ocasión y él intentaba complacerme. Pero sus palabras seguían revoloteando en mi estómago como mariposas kamikazes.

Miré a Eddie, que se había arrodillado para atarnos los tobillos con una cuerda gruesa. En cuanto terminó, levantó la vista y me dedicó una mirada pícara antes de marcharse tan ricamente.

Recordé nuestra conversación en la secretaría sobre la «ceguera» de Emma Woodhouse y su insistencia en venderme a Bradley como el candidato ideal. Estaba claro que el muy pillín tramaba algo, pero en ese instante me importó un rábano.

A nuestro alrededor, el resto de parejas se preparaban para la batalla. Nate se había atado a Matthew. Kenny había sido arrastrado por Jeremy. Y Noah formaba equipo con Anthony, lo cual era una combinación francamente peligrosa para la integridad física del jardín.

Iba a ser un desastre táctico, sin duda.

Me eché a reír al ver cómo Kenny desafiaba a Noah, haciéndole gestos como si estuvieran a punto de empezar un combate de boxeo. Sí, eran novios y se adoraban, pero esa relación iba más allá. Se tenían como compañeros, como íntimos amigos, como aliados leales.

Era con lo que yo soñaba. Era la única forma de amor que yo entendía.

—Te voy a machacar —le soltó mi primo, señalándolo con el dedo.

—Y tú vas a estar escupiendo hierba hasta la semana que viene —replicó Noah, con esa calma letal que le caracterizaba.

—La hierba es mi territorio, Sterling.

—Langford, se te olvida que aquí no jugamos con las normas de la Premier.

Me encantaba cuando dejaba caer su arrogancia.

—Me estás amenazando. —Kenny fingió llevarse las manos a la cabeza.

—Hace rato, capullo —confirmó Noah sin perder la sonrisa.

Estaban tan inmersos en su duelo de machos alfa que decidí intervenir, saltando a la pata coja para no tropezar con Connor.

—¡Oye! ¡Nosotros también participamos, eh!

—¡Lo siento, Mel, tú no cuentas! —me gritó Jeremy.

—Tu compañero está más pendiente de otras cosas —añadió Anthony, señalando a Connor con la barbilla.

El aludido ni siquiera se inmutó.

—Todavía tenemos que ir a Urgencias a sacarte el codo de la boca, Anthony.

Fue una amenaza tan gráfica que debería haber impresionado. Pero allí todos pasaron de él y se rieron a carcajadas. Yo incluida.

—Jeremy, por tus muertos, corre como si no hubiera un mañana —suplicó mi primo a su compañero, activando el modo competitivo.

—No tengo muertos, pero vale. Corro —aceptó Jeremy, tirando de ese humor negro tan propio de los Furin.

Me incliné un poco hacia Connor, contagiada por la adrenalina absurda de la competición.

—Arrástrame si es necesario.

—¿Qué? —Me miró desde su altura y parpadeó, aturdido.

—Quiero ganar a estos cretinos.

Él arqueó una ceja, evaluando nuestras opciones estratégicas.

—¿Vale agredir?

—No incentivaré un asalto, pero sí una… interrupción.

Connor frunció los labios y negó con la cabeza. En el fondo, creo que estaba conteniendo una sonrisa. Y no entendí por qué le costaba tanto regalármela. Tenía una risa preciosa.

—En el fondo eres muy pija.

—¡No es verdad! —protesté, indignada.

—¡Ya!

El reclamo de Eddie desde el extremo del jardín nos pilló por sorpresa. Era la señal de salida.

—¡Corre! —le grité a Connor.

Fue un desastre absolutamente glorioso.

Avanzamos por el césped tropezando a cada paso.

Yo intentaba coordinar nuestras piernas mientras Connor, fiel a su dudosa interpretación del reglamento, se dedicaba a «interrumpir» a los demás.

Se deshizo de Matthew y Nate con una facilidad pavorosa, le metió un empujón disimulado con el hombro a Anthony y, de paso, bloqueó a Kenny con el cuerpo como si aquello fuera una operación militar encubierta.

A pesar de nuestra torpeza inicial, la adrenalina fue brutalmente contagiosa. No podía parar de reír, la gente aplaudía desde las mesas, los demás animaban a gritos y nosotros dos íbamos claramente en cabeza.

Pero entonces mi pie libre se enganchó en un maldito bache oculto y la gravedad hizo su trabajo.

Solté un gritito ahogado antes de caer. La cuerda tiró de Connor. Él no tuvo ninguna opción. Y aterrizó justo encima de mí.

Pero lo peor no fue el ridículo, ni la falta de aliento, ni la hierba clavándoseme en los codos. Fue la aplastante sensación de tener el cuerpo de Connor Bradley pegado al mío.

Notaba la dureza de su pecho, el calor que irradiaba a través de su sudadera, el peso de sus caderas perfectamente encajadas entre mis piernas. Su boca apenas a un suspiro de la mía. Su respiración, rápida y caliente, chocando contra mi barbilla.

Ese chico estaba indecentemente bueno. Y tenerlo encima no ayudaba en absoluto a mi intento de ser una persona razonable.

La risa me salió sola, atrapada en lo absurdo del momento.

—Vale. Hemos hecho el ridículo, pero el premio es nuestro —logré decir.

Tenía las manos apoyadas en su pecho, notaba a la perfección el latido desbocado de su corazón. No tenía ninguna prisa por que se levantara, aunque en el fondo estuviera muriéndome de la vergüenza.

Pero entonces algo en su expresión me cortó la respiración.

Él no reía. Tenía la mandíbula apretada y sus preciosos ojos verdes se habían oscurecido muchísimo. Parecía incómodo. O peor. Asqueado.

Y, de pronto, me sentí fuera de lugar dentro de mi propio cuerpo.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Me siento genial.

Fui honesta. O lo habría sido del todo si no me hubiera temblado la voz cuando una de sus manos se deslizó por mi cadera para bajarme la falda. Fue un gesto rápido, casi protector, pero mi cabeza eligió interpretarlo del modo más cruel posible.

—Perdón… —gruñó.

Se puso en pie de un salto. Lo hizo tan rápido que pareció que mi piel le quemaba. O le repugnaba.

Desató la cuerda de nuestros tobillos con un par de tirones bruscos y se alejó de mí sin apenas mirarme. Lo vi desaparecer en el interior de la residencia.

Me quedé allí, tirada en el césped, completamente avergonzada.

Su rechazo me cayó encima como un jarro de agua helada y resucitó de golpe todas mis malditas inseguridades.

Me levanté con torpeza y me sacudí las briznas de hierba que se me habían pegado al vestido, sintiéndome repentinamente pesada y muy poco deseable. Si a Connor le había molestado tocarme, no habría estado mal que lo disimulara un poco.

Al girarme, me topé con la tranquila mirada de Noah, que había visto toda la escena. Detalle que me mortificó bastante.

—Definitivamente, no me soporta —sentencié con un nudo en la garganta.

—Créeme, no va por ahí la cosa.

Me ofreció una sonrisa compasiva al tiempo que me retiraba un mechón de pelo de la cara. A continuación, me acarició la mejilla.

—Eso no me alivia en absoluto.

—Lo sé.

No añadió nada más. Y quizá por eso le agradecí tanto que estuviera allí.

Antes de que el bucle de baja autoestima me devorara por completo, la caballería de la residencia llegó para romper la tensión.

—¡Mel es la indiscutible ganadora! —exclamó Eddie.

Y yo parpadeé para ahuyentar las lágrimas de pura frustración.

—¡Vamos! ¿Cuál es el premio? —sonreí, forzando el entusiasmo.

—¡Lluvia de achuchones! —gritó Tommy con una sonrisa diabólica.

Abrió los brazos en cruz y se preparó para saltar sobre mí junto al resto de los pequeños.

—¡No! —chillé.

Eché a correr por el césped mientras los críos me perseguían.