My safety net (Love Obviously 1) 10 #2
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Apenas tuve tiempo de saludar a nadie. Kenny se acercó de inmediato.

Me dio la impresión de que se había pasado las últimas horas vigilando la puerta por si me veía aparecer.

Y, conociéndolo, probablemente lo había hecho.

Mi primo podía fingir muchas cosas, pero jamás indiferencia cuando se trataba de mí.

En cuanto me rodeó con sus brazos, me derrumbé contra él, permitiéndome flaquear lo justo. Me sostuvo con firmeza, como el ancla que siempre había sido para mí.

—Necesitaba tanto este abrazo —susurré, escondiendo el rostro en su pecho.

No quería romper a llorar delante de todos. Conociéndolos, en apenas segundos se formaría un corrillo de pura preocupación, y no estaba dispuesta a estropear el día. Los niños merecían seguir creyendo que la Pascua era azúcar, juegos y Kenny Langford perdiendo la dignidad con orejas de conejo.

—Y yo necesitaba dártelo —me dijo, acariciándome el pelo.

—No sé cómo consigues reponerme en segundos.

—Porque te conozco desde que eras una gremlin con lazo —bromeó, aligerando el peso que todavía me oprimía el pecho.

—Qué imagen tan ofensiva.

Se alejó para mirarme de frente y atrapó mi rostro entre sus manos.

—Eres la niña de mis ojos, bombón. ¿Necesitas más explicación que esa?

Me aferré a sus muñecas. Cuánto adoraba a ese hombre.

—Muchas chicas matarían por esa posición.

—No tengo capacidad emocional para tantas —ironizó—. Noah, Sofía y tú consumís demasiada energía.

Me eché a reír, sintiendo por fin que mis pulmones funcionaban con normalidad.

—No te olvides de James y Gianni.

—Ese lugar lo ocupan ahora Daniel y Hunter, gracias a Dios.

Esta vez se me escapó una carcajada porque lo dijo como si fuera una jubilada agotada de cuidar a sus nietos.

Volvió a abrazarme, con fuerza, meciéndome de un lado a otro y mordisqueándome el cuello como cuando era una cría. Yo protesté entre risas, pero no me aparté. A veces necesitaba que alguien me tratara como si tener un momento de debilidad no fuera un problema.

Entonces, Kenny levantó la vista por encima de mi hombro y una sonrisa canalla asomó en sus labios.

—Ah, perfecto. Ya ha llegado el relevo.

—¿Qué relevo? —Me separé un poco de él, confundida.

—El mío. Estoy agotado de ser tu hombre favorito.

Me guiñó un ojo.

—Eres insoportable —sonreí, dándole un empujoncito.

—Tengo que ir a desplumar a unos jubilados ahora que Connor ha dejado la silla libre —añadió, girándose hacia el chico que acababa de llegar a nuestro lado.

Y ahí estaba.

Connor Bradley.

—Te va a costar. Son adictos a las nubes de azúcar —advirtió con esa voz grave que, de forma completamente incomprensible y muy poco conveniente, hizo que mi estómago se encogiera.

—Tengo manos rápidas —soltó Kenny antes de alejarse.

Nos quedamos a solas. Me estrujaba los dedos y me mordisqueaba el labio porque no sabía muy bien cómo actuar ahora que me sentía tan vulnerable.

Noté que estaba tenso. Eso era habitual en él cuando se trataba de mí. Pero aquel día no percibí esa actitud hostil o defensiva que solía gastar conmigo.

Al contrario. Parecía preocupado. Y un poco nervioso. Y, para mi absoluta desgracia, absurdamente guapo.

Me sentí pequeña bajo esa mirada verde. No en el sentido en que mi madre me hacía sentir, como algo defectuoso que debía corregirse, sino de una forma mucho más inquietante.

Como si Connor pudiera verme entera. Como si fuera capaz de atravesar todas mis defensas y llegar al lío que tenía en la cabeza.

Que descubriera eso era una idea terrible. No iba a contarle mis inseguridades al chico que apenas me toleraba.

—Hola —dijo él.

—Hola —respondí con una suavidad temblorosa.

—Has venido…

—Pero me he perdido todo el jaleo. —Intenté sonar casual y desvié la vista hacia el caos que era el jardín.

—Bueno… Jeremy todavía puede liarla —bromeó, aunque con seriedad.

Me reí. Lo agradecí profundamente. Después del ambiente opresivo del que venía, aquel comentario ligero fue como abrir una ventana.

—¿Estás bien?

La pregunta nos sorprendió a los dos. A mí, porque no estaba acostumbrada a recibir preocupación directa de su parte. Y a él, quizá, porque acababa de dejarla salir sin esconderla detrás de un gruñido.

—Qué observador te has puesto. —Intenté restarle importancia con un toque de humor.

—Hablo en serio.

Tragué saliva. Maldita sea, estaba nerviosa y no tenía ni idea del porqué.

—Sí. Bueno…, no especialmente. Pero sobreviviré —suspiré, admitiendo mi derrota emocional.

Connor frunció el ceño.

—¿Ha pasado algo?

—Mi familia existe. Con eso basta como resumen.

Él asintió lentamente, como si lo hubiera entendido todo. Al fin y al cabo, Connor conocía la guerra en todas sus formas. Quizá no la mía, con porcelana y lino blanco, pero sí esa clase de violencia que te obliga a tensarte antes incluso de que llegue el golpe.

—Ah. Jodido, entonces —sentenció.

Su respuesta fue directa, empática y sin una sola gota de ese sentimentalismo barato que yo tanto detestaba. Y me desarmó más que cualquier gran discurso reconfortante. Porque no intentó arreglarme. Solo lo entendió. Y, atrapada en sus ojos, me olvidé de todo, incluso de lo que nos rodeaba.

De pronto, decidí abrir ese espacio compartido. Connor acababa de darme la excusa perfecta para salvar lo que quedaba del domingo.

—Pero tiene arreglo si me invitas a un ponche —me arriesgué a decir.

—¿Yo?

Parpadeó, desconcertado, como si le costara procesar que yo quisiera pasar tiempo con él de manera voluntaria y sin intervención administrativa.

—Sí, tú. Haz como si fueras encantador, aunque solo sea cinco minutos.

Lo empujé suavemente para sacarlo de su parálisis. Connor resopló con una sonrisa mal disimulada y se rascó la nuca.

—Vale… Ah… ¿Quieres tomar un ponche conmigo?

Me lo pidió con una formalidad terriblemente tierna. Y no pude evitar sonreír como una boba.

—¿Ves como sí que puedes?