My safety net (Love Obviously 1) 10
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La celebración de Pascua se apagaba poco a poco, pero el aire seguía cargado de una energía eléctrica.

El jardín de la residencia estaba hecho un desastre.

Había papeles de colores por el césped, mesas medio vacías, servilletas arrugadas, globos atados a las sillas y críos corriendo como posesos mientras los adultos los observaban con la expresión derrotada de quien ya solo aspiraba a sobrevivir hasta la hora de la ducha.

El día había sido un caos glorioso.

Por la mañana escondimos huevos de Pascua por todo el jardín.

Hubo juegos, carreras, una yincana que dejó a los críos gritando de pura felicidad y a varios adultos cuestionándose sus decisiones vitales.

Todavía sonreía al recordar a Kenny disfrazado de conejo gigante, con aquellas estúpidas orejas bamboleándose mientras huía de una horda de niños hambrientos de azúcar.

Al final terminó sepultado bajo una montaña de críos salvajes. Una muerte digna, sin duda.

Maggie sostuvo todo el evento con la autoridad y frialdad de un comandante militar, pero a eso del mediodía decidió que le importaba un carajo todo y se sentó a chismorrear con las madres acogidas y algunas vecinas del barrio, como si no hubiera pasado la mañana amenazando a proveedores, repartiendo órdenes y evitando que Anthony usara una cesta de huevos como casco.

Bishop, por supuesto, llegó a la conclusión de que no había suficiente comida. Nunca había suficiente para él. Así que encendió la barbacoa, empezó a cocinar salchichas y consintió a cualquiera que se le acercara. Parecía el patriarca de un poblado vikingo.

Para mi sorpresa, Jeremy se había comportado sin liarla. Algo destacable viniendo de él, porque cuando se juntaba con Luke eran un puto desastre con piernas y capacidad de negociación.

Ahora me encontraba en una de las mesas de madera bajo el toldo de lona, jugando al cribbage con Bishop y dos de los jubilados de la residencia: el señor Cooper y el señor Jones.

La partida era ridícula. Apostábamos con dulces infantiles, pero con un nivel de tensión y estrategia digno de estar jugándonos las malditas escrituras del edificio.

—Apuesto dos toffees —anunció el señor Jones.

—Yo una nube y mi reputación —dijo el señor Cooper, igualando la apuesta.

Por lo que había descubierto de ellos durante aquellos meses, ambos habían sido desplumados por sus familias y abandonados a su suerte en residencias estatales antes de que The Safety Net los acogiera.

Pertenecían al programa de ancianos de segunda oportunidad, igual que los demás jubilados que vivían allí.

—La nube vale más —sentenció Bishop desde su asiento.

Me encantaba la sintonía que tenían esos dos. Cooper, menudo, paliducho y de corte clásico. Y Bishop, enorme, gruñón, con manos de amasar pan y cara de poder partirte por la mitad si se lo pedías con malos modales.

Verlos discutir era de lo más cómico.

—Pero no más que tus modales, cocinero del demonio.

—Mis modales alimentan a esta comunidad desde hace veinte años —respondió Bishop sin inmutarse, orgulloso de su feudo culinario.

—Habló el hombre que sazona con rencor.

Me fue imposible contener una risa. Me lo pasaba genial con esos vejestorios.

Más allá de los Furin, que eran mis adorados hermanos, esa panda de cascarrabias era lo más parecido a una familia estable que había tenido jamás.

Extraña, sí. Con demasiadas opiniones y una tensión arterial cuestionable. Pero familia, al fin y al cabo.

—Connor, apunta que el señor Cooper busca guerra —dijo Bishop, señalando al anciano con el mentón.

—Yo solo he venido a perder dulces y escuchar barbaridades —advertí, sonriente, mientras me recostaba en la silla.

Llevábamos cuarenta minutos intentando terminar la partida. A ese ritmo, se nos haría la hora de la cena.

Miré a mi alrededor.

Vi familias rotas riéndose juntas, ancianos discutiendo por caramelos de fresa y jóvenes tutelados con el rostro manchado de chocolate, olvidando por unas horas de dónde venían.

Gente que, fuera de los muros de aquella residencia, había sido masticada, escupida y rota por el sistema.

Allí dentro parecían otra cosa. O quizá, por fin, estaban siendo su versión real.

A mí todavía me costaba asimilarlo.

Nunca imaginé que vería a los míos reír y disfrutar de aquella manera. Sin los nudillos pelados. Sin moratones por el cuerpo. Sin el hambre reflejada en las mejillas.

Honestamente, hubo un tiempo en que había asumido que un día amaneceríamos tiesos en cualquier rincón y lo único que me aliviaba de esa idea era pensar que, al menos, lo haríamos juntos. Esa había sido la única meta que había tenido en mi maldita vida: no dejarlos solos ni siquiera para morir.

Y ahora todo era tan distinto.

Recordé lo que la psicóloga de la residencia me había explicado una vez durante una de nuestras charlas. Cuando uno vive demasiado tiempo en guerra, la cabeza puede aceptar que está a salvo, pero los huesos tardan mucho más en entenderlo.

Los míos todavía desconfiaban de tanta calma. Las pesadillas todavía me acosaban. Y a veces me encontraba pensando que todo aquello era un sueño y que, en cualquier momento, despertaría en Andover Estate, con la boca llena de sangre y mis hermanos respirando cerca.

Pero estaba allí. Apostando nubes con dos ancianos y un cocinero enorme que fingía no quererme como a un hijo.

Y entre todas esas cosas, además, pensaba en ella. Me habría gustado que estuviera allí.

«¿Qué estarás haciendo ahora mismo, Mel?», pensé.

—No para de mirar la puerta. Lleva así todo el día —dijo el señor Jones, sacándome de mis pensamientos.

—Estoy vigilando el jardín —respondí, esquivo.

Los tres hombres me miraron suspicaces.

Puse los ojos en blanco, pero Jones tenía razón. Cada pocos minutos oteaba el camino de entrada empedrado como un idiota, esperando un milagro que sabía que no iba a ocurrir.

—Curioso —dijo Cooper con malicia—. Nunca vi a nadie vigilar un jardín con tanta esperanza.

—Juega tu carta, señor Darcy del extrarradio —soltó Bishop, uniéndose alegremente a la mofa contra mi persona.

—No me llaméis Darcy —protesté.

Me hacía sentir ridículo que todos pudieran ver lo que yo intentaba esconder con la sutileza de un incendio.

—Cierto. Darcy disimulaba mejor —sentenció el señor Cooper sin un gramo de piedad.

—Me voy a ir.

Ni siquiera hice el amago.

—Oh, no —dramatizó Bishop, moviendo la mano—. Nos debes entretenimiento. Tu vida amorosa sostiene esta mesa, muchacho.

—¿Qué vida amorosa? Si no tengo —resoplé, sintiéndome ridículamente acorralado.

—Dice que Melani le gusta un catorce —me delató Bishop.

—¡Oye! No vayas contando mis miserias.

Sentí que me ardían hasta las orejas. Habría querido fundirme con el césped o estrangular al jodido cocinero allí mismo con su propio cinturón.

—Lo extraño es que se crea que no nos hemos dado cuenta —dijo el señor Cooper, decepcionado con mi supuesta capacidad de camuflaje.

—Lo extraño es que ella no se haya dado cuenta —remató el señor Jones.

Estaba a punto de mandarlos a todos a la mierda y enfurruñarme como un crío cuando un movimiento cerca del camino de entrada me cortó la respiración.

Se me paró el mundo.

Melani acababa de llegar. Iba enfundada en un vestido color marfil que se ajustaba a sus curvas como si hubiera sido cosido sobre su piel, y el pelo coronado con una diadema que la hacía parecer una maldita princesa.

Mierda. Estaba tan espectacular que me dolió mirarla.

—¡Oh, pero si ha venido! —exclamó el señor Cooper.

—¡Y está preciosa! —añadió el señor Jones.

Me quedé petrificado, con las cartas a medio levantar.

No tenía ni puta idea de qué hacer con mi cuerpo.

Ni siquiera me acordaba de cómo se respiraba.

No me había preparado para verla. Se suponía que pasaría todo el día en los Cotswolds con su familia.

Pero ahí estaba, esperando a que Kenny se le acercara.

Él, todavía con medio disfraz de conejo puesto, la recibió con un abrazo enorme.

Y entonces mi radar de la calle se activó. Algo no iba bien. Melani parecía distinta.

No fue algo obvio, pero yo llevaba demasiado tiempo sobreviviendo a base de leer cuerpos como para no verlo. La forma en que se aferró a su primo. El modo en que enterró la cara en su hombro. El breve temblor de sus brazos. Cómo se hincharon sus costillas en busca de aire.

Parecía frágil y exhausta. Y lo más preocupante de todo fue que Kenny no la soltó enseguida. Ese detalle, la forma protectora en que él la envolvía, disparó todas mis alarmas.

—Te has puesto pálido —destacó Bishop.

Tragué saliva y traté de recomponerme.

—Os voy a matar —susurré, intentando apartar los ojos de Melani y Kenny.

No lo conseguí.

—Antes, ve a saludarla —me empujó Bishop con suavidad.

Lo miré.

—¿Y qué le digo?

Entré en pánico. Toda mi seguridad física y esa arrogancia que solía destilar se evaporó en un nanosegundo.

—La verdad, por variar —sentenció el señor Cooper.

—No, no. Algo sencillo. Un hola sirve —resolvió Bishop.

Supongo que era el único de los tres que conocía a la perfección mi habilidad para cagarla delante de esa mujer.

—¡Ve ya, criatura! —exclamó Jones haciendo aspavientos con las manos.

—¡Vale, voy!

Me puse en pie de un salto y me alisé la sudadera como un auténtico imbécil. Cogí aire, convertí las manos en puños y caminé hacia ella, masticando la tensión.

Tras un viaje de más de dos horas al volante y un extenso repertorio de Ariana Grande cantado a voz en grito para evitar caer presa de una crisis nerviosa, al fin llegué a la residencia.

Cruzar las puertas fue, literalmente, como entrar en el paraíso. Me recibió un ruido feliz, un caos vibrante que olía a comida de verdad, césped húmedo, chocolate, humo de barbacoa y vida. Aquello sí que era mi verdadero hogar. Uno en el que no tenía que pedir permiso para ocupar espacio.