My safety net (Love Obviously 1) 9
14%

9

St Mary’s , la pequeña iglesia ubicada en el corazón de los Cotswolds, parecía diseñada para agobiar.

Piedra color miel, césped húmedo, lápidas torcidas con dignidad inglesa y narcisos recién abiertos.

Todo era precioso de una forma distante, como esos lugares que solo existen en fotografías, folletos turísticos o recuerdos familiares convenientemente editados.

Y, sin embargo, desde que crucé la puerta me sentí exhausta.

Había conducido casi tres horas para rodearme de gente a la que ni siquiera soportaba y escuchar un sermón sobre la purificación de lo imperfecto y la gloria de los sepulcros blanqueados.

El párroco, con esa cadencia monacal que invitaba al sueño y al arrepentimiento preventivo, hablaba de cómo la Pascua era el momento de abrazar la armonía de las formas.

Resultaba casi cómico escucharlo celebrar la resurrección de la vida mientras todos los asistentes se aseguraban, en su día a día, de asfixiar cualquier rastro de ella que no encajara exactamente en el molde.

Suspiré. Y sentí cómo mi mente huía a Londres.

Pude ver a Kenny, mi idiota favorito, embutido en un disfraz de conejo de Pascua, sin dignidad alguna, corriendo por el jardín perseguido por una horda de críos.

Imaginé el caos absoluto de los Furin disfrutando de las yincanas que habíamos organizado.

Gritando, tropezando y riendo con esa libertad salvaje que solo ellos tenían.

Pude ver a Maggie, con esa mueca de madre enfurruñada, intentando mantener un rastro de orden institucional mientras fallaba estrepitosamente en ignorar las locuras de mi primo. Seguramente se reiría, porque con Kenny era difícil no terminar riendo.

Pensé en Bishop, relajándose con un ponche en la mano junto al señor Cooper y el señor Jones, disfrutando del espectáculo de ver a la gente comerse su cordero como si fuera una forma muy digna de recibir aplausos.

Y pensé en Connor.

Me habría encantado verlo en el centro de la batalla, siendo ese chico extrovertido, protector y absolutamente divertido que era con sus Furin. Sin rastro de la frialdad que a mí me entregaba a ratos.

—¡Melani!

El siseo gélido a mi derecha me devolvió a la realidad como un latigazo.

Mi madre, Lady Margaret Russell, me observaba. Estaba impecable, con esa crueldad camuflada en unos modales tan exquisitos que resultaban letales.

—Oh, lo siento —murmuré.

Me levanté para el himno, sintiéndome de repente como una niña de seis años pillada haciendo una travesura.

—Londres te está haciendo perder los modales —me increpó ella sin dejar de mirar al altar—. A saber dónde tenías la cabeza. Y ponte recta, la dejadez ensancha la figura.

Me fulminó con una mirada rápida de arriba abajo.

Para ella, yo no era una hija, sino una extensión pública de su propio prestigio.

Y aquella mañana, al parecer, la había vuelto a decepcionar.

De nada había valido ataviarme con aquel tea dress color marfil, aquellas botas Chelsea de tacón y el trench coat que ella misma me había recomendado.

Incluso mantenía la espalda recta y sonreía como si fuera una doncella el día de su maldita presentación en sociedad.

Maldita sea, debería haber bastado. Pero con ella nunca era suficiente.

Al otro lado estaba mi padre, Lord Richard West, egoístamente ausente como siempre, con la vista fija en el Cristo de madera para no tener que intervenir en la audible toxicidad de su esposa.

Y un banco más allá, Arabella, mi hermana mayor, que brillaba con esa perfección clásica, delgada y educada que yo nunca había podido alcanzar.

Cuando la misa terminó, regresamos a Ashbury House para el almuerzo. La mansión era un despliegue de opulencia educadísima, como todo en mi familia y su entorno.

Vagaba entre las mesas del jardín, fingiendo interés por canapés diminutos que apenas cubrían la yema de un dedo, mientras notaba las miradas rápidas y soportaba los comentarios envueltos en seda que me lanzaban los conocidos de la familia.

Me moría de hambre. Pero comer en ese ambiente parecía una decisión de alto riesgo.

En algún momento, mamá me interceptó para presentarme a un «candidato adecuado».

Era un tipo de apellido correcto, sonrisa ensayada y ojos demasiado acostumbrados a evaluar.

Me observó con la cortesía de quien mira ganado en un mercado de abastos, como si yo fuera una propiedad familiar con defectos negociables.

Pronto empezaron a lloverme halagos envenenados.

—Siempre fuiste de buen apetito, querida —soltó una tía lejana.

—Tienes una cara preciosa. Si adelgazaras un poco, sería extraordinario —añadió otra voz conocida, como si me estuviera haciendo un favor caritativo al señalar mis defectos.

—Qué bien te queda ese color, Melani. Disimula mucho —remató mi madre.

Entonces llegó el vértigo. Porque ellas seguían humillándome con una sonrisa y el tipo me observaba con falsa cortesía. Y yo me sentí…

Me sentí miserable y horrible y un maldito error.

Empezó con una suavidad ácida. El pecho se me cerró de golpe y el aire dejó de entrar en mis pulmones.

Noté esa terrible memoria corporal que creía haber enterrado bajo capas de terapia, distancia y años de esfuerzo: el impulso de huir, de encerrarme, de recuperar el control de mi vida a través del daño.

El monstruo de los quince años volvió a arañarme por dentro.

Conseguí apartarme de la multitud y corrí hacia el baño principal de la planta baja. Me encerré con las manos temblorosas y apoyé la frente en la puerta durante un instante. No quería mirarme en el espejo.

Para mi desgracia, sucumbí.

Allí estaba esa desconocida.

La chica del vestido marfil. La hija insuficiente. La hermana equivocada. La mujer adulta que, pese a todo, todavía podía convertirse en una niña aterrada con tres frases dichas entre copas de cristal.

Y más allá de aquel reflejo pérfido estaba el inodoro.

Y el recuerdo.

Yo, arrodillada ante él, enterrándome los dedos en la garganta para expulsar todo lo que había engullido a escondidas. Porque la culpa me devoraba. Porque un kilo más significaba más dolor. Porque durante mucho tiempo creí que desaparecer un poco era la única forma de ser aceptable.

La tentación surgió lógica y monstruosamente familiar, como una vieja amiga que ofrece un abrazo lleno de espinas.

Me aferré al borde del lavabo con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. Respiré como pude. Recordé cada sesión con Susan. Cada palabra de aliento de Breena. Cada promesa. Pero no era suficiente.

Necesitaba mi hogar.

Con el pulso disparado, saqué el teléfono de mi bolsillo y marqué el número de la única persona que podía sacarme de allí.

—Bombón de praliné, ¿llamas para que vaya a secuestrarte? —La voz de Kenny me llegó vibrante y alegre.

Cerré los ojos. Varias lágrimas resbalaron por mis mejillas y, para colmo, había empezado a temblar, maldita sea.

—Estoy en el baño.

Bastó ese comentario para que Kenny lo entendiera todo. Al fin y al cabo, él había sido quien me salvó la primera vez. Y continuó haciéndolo una y otra y otra vez, de todas las maneras posibles. Con la ferocidad absurda de un primo que nunca supo querer a medias.

—¿Lo has hecho?

—No… Pero lo he pensado. Solo un segundo. Solo uno, Kenny, lo prometo —confesé desesperada, notando cómo las lágrimas se agolpaban en mis ojos.

No iba a llorar. No iba a llorar. No lo haría de nuevo. Ya había llorado demasiado.

—Ey, cariño, escúchame…

—No puedo respirar —sollocé bajito—. No sé por qué me está pasando esto. Ya debería ser inmune. Han empezado con lo de siempre. Que si la comida, que si mi cuerpo, que si Arabella es perfecta y yo un maldito desastre…

—Melani.

Dijo mi nombre como una orden cariñosa. Y me agarré a eso.

—Ya no tienes quince años ni eres esa cría a la que acorralaban —continuó—. Nadie va a romperte hoy. Nadie tiene ese poder sobre ti a menos que tú se lo entregues, ¿recuerdas?

—Ojalá estuvieras aquí —murmuré, limpiándome la cara con el dorso de la mano.

—Desde luego habría sido mucho más divertido. A estas alturas ya habría insultado a tu hermana…

—Que es tu prima —esbocé una débil sonrisa.

—Habría mandado a la mierda a tu madre.

—Que es tu tía —le recordé, pero él siguió a lo suyo.

—Y seguramente habría robado un centro de mesa.

Se me escapó una carcajada. El humor irreverente de Kenny estaba logrando el milagro de devolverme el oxígeno. Era mi medicina favorita. La menos homologada, quizá, pero la más eficaz.

—Idiota.

—Tu idiota favorito.

—No quiero volver, Kenny.

—¡Pues claro que no! Sube tu precioso trasero al coche y vente a Londres ahora mismo. A estas horas todavía no hay tráfico en la M4.

—Mamá montará un drama de proporciones bíblicas.

—Con un poco de suerte, vamos de funeral el martes.

—¡Kenny! —exclamé, pero en realidad se me escapó una carcajada.

—Ven a casa, Mel. Esto está incompleto sin ti.

—¿A la residencia?

—¿Conoces otro hogar?

La frase me llenó el pecho de amor.

—Te quiero, Kenny.

—Dímelo otra vez cuando llegues, princesa.

Colgué. Me miré al espejo una última vez. Me limpié los restos de rímel, me coloqué la diadema como si fuera una corona de guerra y respiré hondo.

Era cierto, ya no era esa niña asustada. Ahora era una mujer que tenía un coche esperándola en el camino de entrada y un hogar real, lleno de gente auténtica y maravillosa, al que regresar.

Salí del baño, crucé el salón sin mirar a nadie y, por primera vez en mi vida, dejé Ashbury House sin pedir permiso.