8
El servicio de mediodía ya había pasado, pero la cocina seguía trabajando sin tregua. Mañana era domingo de Pascua y aún quedaban mil frentes abiertos.
Y yo debería haber estado concentrado en picar las verduras para el sofrito.
Debería.
Pero llevaba demasiado tiempo oteando por la pequeña ventana que daba al jardín.
—Vas a desgastar el cristal, Bradley —soltó Bishop sin levantar la vista de su mise en place .
No aparté la vista.
Estaba escaneando la carpa blanca que los operarios acababan de levantar. Y, más concretamente, vigilaba al capullo del electricista que le estaba poniendo ojitos a mi dama. Si me concentraba lo suficiente, casi podía escuchar la mierda que pensaba sobre ella.
—Estoy vigilando la carpa. Como se caiga, verás… —mentí.
La realidad era que quería salir ahí fuera y hacerme un collar con los piños de ese tío.
Bishop soltó una carcajada.
—Claro. Y yo fui bailarín de ballet ruso.
Allí estaba ella.
Melani iba de un lado a otro entre operarios, floristas y cajas abiertas.
No levantaba la voz. No necesitaba gritar para hacerse oír.
Señalaba, asentía, daba indicaciones, corregía algo con una sonrisa y todo el mundo obedecía con una rapidez pasmosa.
Y yo no dejaba de mirar lo bien que se le ajustaban esos vaqueros a su precioso culo.
Tragué saliva.
Siempre la había visto como alguien dulce, eficiente y risueña. Pero verla mandar así me ponía cachondísimo. Estaba a un maldito segundo de imaginarla atándome al cabecero de su cama para montarme como una amazona hasta dejarme seco.
Muy apropiado para un evento familiar de Pascua. Sí, señor.
—Da órdenes como un general —mascullé, más como mecanismo para distraerme de la tensión que empezaba a acumularse en mi polla—. Lleva diez minutos señalando cosas y nadie le discute nada.
—Eso se llama presencia, muchacho. Es tan competente que asusta —sentenció Bishop con orgullo.
Justo entonces, Mel desapareció de mi campo visual y sentí una punzada de decepción, como si me hubieran apagado la televisión en mitad de la final de la Champions. Y por más cuello que estiré buscándola, no la encontré.
Me resigné a centrarme en la tabla.
Duró poco.
Porque las puertas batientes se abrieron de par en par.
Melani entró agotada, con los hombros caídos, y soltó un suspiro que seguramente se escuchó en medio edificio. Inclinó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos como si viniera de negociar la paz entre tres países enemigos y un proveedor de mantelería.
La miré de reojo.
Fingí que limpiaba el cuchillo con un trapo, pero mis ojos registraron cada detalle.
Esa maldita mujer me daba material suficiente para imaginarme cómo la empujaba contra la mesa central, le arrancaba los pantalones y enterraba la boca entre sus piernas.
Tal vez si se corría con mi lengua conseguiría que se relajase un poco.
El problema era que también me daban ganas de sentarla, darle de comer y decirle que yo me encargaba de todo lo demás.
Lo cual, francamente, me preocupaba bastante porque era una dicotomía —o como mierda se llamara— entre el tío que quería follarla como un loco y el tío que quería cuidarla.
—Si alguien más me pregunta dónde va una silla, empiezo a morder —anunció, apoyándose en la mesa.
—Primero come y luego te ayudo a arrancar cabezas. A Connor se le da especialmente bien, ¿verdad, gamberro? —soltó Bishop, y me guiñó un ojo.
—Ya le han dado el alta —añadí, todo inocente.
La verdad era que ese imbécil se había librado de una buena. Después de varios meses sin peleas, estaba algo oxidado.
Mel me miró sin entender.
—¿A quién?
—Al tío al que le partió la nariz hace unos días —se mofó Bishop.
Me tensé al instante. El miedo a que ella me viera como al bruto callejero que siempre había sido me atenazó la garganta.
—¡Fue en defensa propia! —protesté, quizá demasiado rápido.
Mel arqueó una ceja.
—¿Por qué no me he enterado de que hubo trifulca?
—¿Con salsa de menta o sin ella? —la interrumpió Bishop.
El muy cabronazo había soltado la bomba y ahora se hacía el loco.
—He mediado en una guerra entre un electricista y un florista. No tengo fuerzas para elegir —resopló ella.
—Con salsa. Siéntate y mastica —ordenó, empujándola suavemente hacia un taburete.
Le sirvió un plato del cordero que acabábamos de sacar. Yo, mientras tanto, intenté parecer ocupado con mis verduras, pero la observé de reojo. Necesitaba saber si le gustaba.
Era ridículo. Había ganado peleas sangrando sin que me temblara el pulso, y allí estaba, con el corazón en la garganta porque Melani West iba a probar un trozo de cordero. ¿Se podía ser más imbécil?
«En tu caso, con bastante frecuencia».
—Quiero detalles, Bradley —insistió ella.
—Se metieron con tu primo y no tengo paciencia para los gilipollas. Fin. —Corté de raíz. No quería hablar de palizas delante de ella ni que recordara que, antes de The Safety Net, yo había sido un tío que sabía muy bien cómo hacer daño.
—Parco en palabras —se quejó.
Pero en cuanto se metió el tenedor en la boca, cerró los ojos y soltó un gemido que tocó algo muy concreto dentro de mí.
—Madre de Dios…
—Qué buena educación tiene, ¿eh? —Bishop sonrió de oreja a oreja.
—Esto está obscenamente bueno —exclamó ella, lamiéndose el labio inferior.
Al verla disfrutar así y escucharla gemir por el sabor de una comida que yo había vigilado durante horas se me instaló un calor orgulloso en el pecho. Y, por supuesto, mi cuerpo decidió arruinarlo con una erección incipiente que me obligó a recolocarme el delantal.
Era una gilipollez empalmarse por algo así. Pero ese era el poder que Melani tenía sobre mí. Podía ponerme a cien solo con verla disfrutar de un trozo de carne asada.
Afortunadamente, el mandil de lona gruesa disimularía el bulto. Pequeñas misericordias del uniforme laboral.
—Lo aceptamos como crítica positiva —dijo Bishop.
—Si me caso algún día, quiero que esto esté en la boda —soltó ella.
Así. Sin anestesia.
—Apuntado. ¿Con novio o sin él? —preguntó Bishop con malicia.
—No me deprimas. Bastante tengo con lo mío.
—En realidad, lo ha cocinado este de aquí. —Me señaló con el trapo—. El mérito es suyo. Yo solo observé y juzgué desde la distancia.
Mel clavó sus ojos en mí y me topé con una admiración tan luminosa y directa que no supe qué hacer con ella.
—¿En serio? —preguntó emocionada.
Me encogí de hombros, intentando restarle importancia, aunque por dentro estaba a punto de explotar de puro orgullo.
—Solo he mezclado los ingredientes. No es para tanto.
—Connor Bradley, experto en partir narices y resucitar universitarias con cordero asado. ¿Qué más se puede pedir?
Me dedicó una sonrisa preciosa. Y yo le respondí con otra como un idiota embobado antes de poder frenarme.
«Bien, Connor. Discretísimo».
—Ah, esto está increíble. ¿Has pensado en estudiar cocina?
—No me hables de estudiar, por favor.
—Tengo un colega que podría enchufarte en el Westminster Kingsway College —insistió ella, emocionada—. Con tu talento, sería una oportunidad increíble.
Había escuchado esa palabra muchas veces desde que Kenny nos sacó de la mierda. Oportunidad. Futuro. Formación. Reinserción. Todas sonaban bien. Todas pesaban como si alguien te pusiera una vida nueva en las manos y esperara que no la rompieras.
Pero lo que yo quería era más sencillo. Y más enorme. Al menos, para mí.
—Te lo agradezco, Mel, pero… quiero quedarme aquí. —Lo dije con una sinceridad aplastante.
Quería quedarme en esa cocina. Con el ruido de las bandejas. Con Bishop chinchándome. Con Maggie gruñéndome. Con ella entrando y saliendo y regalándome sonrisas que no merecía.
Quería ver a mis Furin crecer y convertirse en hombres de provecho. Quería formar parte de un lugar que, por primera vez en veintitrés años, no me pedía que fuera otra cosa para pertenecer.
Quería quedarme. Eso era todo. Y era muchísimo para mí.
—¿Has visto lo que tengo que aguantar, Mel? No me lo voy a quitar de encima ni con agua hirviendo —protestó Bishop, aunque la calidez en su voz lo traicionó.
Ese armario empotrado de cuatro puertas, con una barriga que no le dejaba verse las pelotas y un corazón demasiado grande para su delantal, era lo más parecido que yo había tenido a un padre. Y, honestamente, no soportaba pasar más de media tarde sin ver su cara de pocos amigos.
—¿Y quién coño se hará cargo de tu reino cuando te jubiles, viejo? —contraataqué porque me encantaba picarlo—. Alguien tendrá que tomar el relevo.
—Qué insolencia. Desde luego tú no, si sigues quemando el pan, mocoso.
—Reconoce que la eficiencia de esta cocina ha mejorado desde que estoy aquí —le reté, cruzándome de brazos.
—Ah, la arrogancia de la juventud… ¡Y tú deja de reírte, que no tiene gracia! —Bishop señaló a Mel, que se estaba descojonando con el tenedor en la mano.
—¡Yo no he dicho nada! —exclamó ella entre carcajadas—. Por cierto, el pan estaba bueno.
Me guiñó un ojo. Y yo le sonreí de nuevo.
«Bien, Connor, vas progresando. Has pasado de parecer un imbécil a ser un gilipollas atontado», pensé.
—¡Porque lo he supervisado yo! —gruñó Bishop—. Dos minutos más y nos sirve carbón vegetal.
—Qué mentira más grande —me quejé.
Durante unos minutos, la cocina se llenó de una complicidad absoluta. Todo se sentía ligero y familiar. Aquello era lo que la gente corriente llamaba felicidad, ¿verdad?
Finalmente, Mel terminó su plato y se levantó a regañadientes.
—Me voy. Si sobrevivo a lo que queda de tarde, vuelvo por más.
La seguí con la vista hasta que las puertas batientes se cerraron tras ella, dejando un vacío que olía a vainilla, limón y trabajo bien hecho.
El silencio duró apenas un segundo.
Bishop enseguida aprovechó para atacarme sin piedad.
—A ver, dispara, niño. Del uno al diez, ¿cuánto te gusta mi princesa?
Ni siquiera me molesté en apartar la vista de la puerta por donde ella acababa de irse.
—Un catorce, viejo.
Se echó a reír.
—Estás jodido, muchacho. Muy jodido.