My safety net (Love Obviously 1) 7
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El caos eléctrico de las primeras horas había dado paso a una calma casi doméstica. Y lo agradecía con una devoción absoluta.

Ya solo me quedaba energía residual. Me la había dejado por el camino durante la mañana, apagando fuegos reales y metafóricos, que eran mis dos especialidades menos rentables.

A esas alturas, dudaba seriamente de que me quedara aliento suficiente para volver a casa, quitarme los zapatos y desplomarme en el sofá.

Organizar los preparativos de la Pascua estaba resultando ser un ejercicio de equilibrismo extremo. Sentía que mi cabeza iba a estallar. Parecía que todo se ponía de acuerdo para desmoronarse cuando Maggie faltaba, como si el edificio entero tuviera dependencia emocional de ella.

Apenas había tenido tiempo de sentarme.

Pero en algún momento, entre el caos de los operarios y un falso brote de varicela, casi por arte de magia, me había encontrado un sándwich de pollo en mi escritorio, envuelto con un cuidado sospechoso. Junto a él, un vaso térmico con té de limón y mucho hielo, exactamente como a mí me gustaba.

No tenía pruebas. Pero mi mente voló directamente a Connor y a su extraña forma de estar presente sin hacer ruido.

O quizá fueron mis ganas de creerlo.

Aun así, devoré el sándwich en tres minutos y regresé a la faena con una emoción ridícula instalada debajo del cansancio.

Ahora, por fin, la secretaría respiraba.

Y yo también. Aunque el silencio no era absoluto.

Estaba hecho de pequeños sonidos reconfortantes: el traqueteo rítmico de mi teclado, el murmullo lejano de los operarios que todavía trabajaban en el jardín y el roce de las páginas del libro que Eddie leía sentado en el sofá a unos metros de mí.

Sí, había entrado sin decir nada y se había acomodado en su lugar habitual.

Y yo no podía dejar de mirarlo de reojo.

Verlo así me apretaba el corazón de una forma dulce.

Todavía recordaba al chico que había llegado a la residencia unos meses atrás.

Flaco, callado, con esa mirada de animal herido que esperaba el golpe antes incluso de que alguien levantara la mano.

Ahora tenía mejor color, una ironía tranquila en los gestos y ya no parecía achicado por la vida.

Sentía un orgullo casi absurdo por él.

—Ah, no lo soporto —protestó de pronto, y cerró el libro de golpe.

Pestañeé, aturdida. Su irritación me resultó fascinante.

—Uy… Dostoievski. Has entrado en terreno pantanoso, querido.

La literatura rusa no era para corazones tan inocentes como los de mi niño.

—¿Por qué demonios lo hace? ¿No ve que Polina no lo quiere? Alexéi es desesperante —se quejó, aludiendo a El jugador , que era el libro que estaba leyendo.

—Más que Heathcliff —lancé la comparación con Cumbres Borrascosas solo para picarlo un poco.

—¡Incluso! Y eso que Heathcliff es abominable. Pero es que este es un idiota sin dignidad.

—Creo que no te enfada que Ivánovich pierda su dinero, Eddie. Te irrita que use su amor como una excusa para no gobernar su propia vida. Es más fácil ser esclavo de la pasión que dueño de la realidad.

Me encantaba debatir con él sobre literatura.

Eddie me miró por encima del libro, con esos ojos inteligentes que a veces me daban miedo porque parecía que podían leer mi pensamiento más privado.

—¿Crees que me parezco a él? —preguntó con una vulnerabilidad que me descolocó.

—¿Qué? ¡No! —exclamé de inmediato—. El amor de Alexéi no es noble. Él no ama a Polina, sino la adrenalina de ser rechazado por ella. Son cosas distintas. ¿Por qué estás extrapolando, cielo?

—La literatura rusa tiene algo que me irrita.

—Sí. Que todos sufren como si les pagaran por ello. Esos ojillos están pidiendo a gritos releer a la tía Austen.

Le sonreí, ofreciéndole el refugio de nuestros clásicos favoritos, donde el orden y la ironía siempre terminaban por salvar el día.

Eddie suspiró.

—Emma Woodhouse no miraría dos veces a su mejor amigo. No de esa forma tan… patética —dijo, resignado.

Detecté una irritación emocional demasiado específica.

Entendí que Eddie no estaba discutiendo solo sobre personajes, sino rozando un sentimiento propio, una ceguera emocional que él aún no sabía nombrar. Quizá porque no se atrevía, quizá porque era demasiado incómoda y real.

Decidí no forzarlo. Sabía que, cuando estuviera preparado, vendría a mí en busca de consejo. Pero eso no me impedía orientarlo un poco, solo lo justo para darle alivio sin empujarlo por un precipicio sentimental.

—Emma pasó años negando lo que sentía por el señor Knightley —le recordé con suavidad—. La diferencia es que Austen te permite ser feliz mientras te das cuenta de que eres un idiota. Dostoievski, en cambio, te cobra el descubrimiento con intereses.

—Gracias por decir que soy idiota —resopló.

Me eché a reír. No había sido la intención, pero Eddie tenía un ingenio indiscutible.

—En realidad, tiene sentido. Me niego a creerlo, como Emma —añadió, pensativo.

—Bueno… No tienes prisa. Los despertares llevan su tiempo.

Tenía todo el tiempo del mundo para descubrir el amor. O por lo menos para entender si lo padecía y por quién.

—Mel… ¿Sigues con lo de Tinder?

Entrecerré los ojos y adopté una sonrisilla pícara para ocultar que se me había acelerado el pulso.

—Qué forma tan fea de cambiar de tema.

—Es una pregunta seria —insistió él.

Recoloqué unos papeles que ya estaban perfectamente ordenados solo por tener las manos ocupadas.

—Me gustaría saber cómo lo has descubierto, pero sí. Sigo en Tinder. En teoría —admití con desgana.

—No me gusta.

Me enterneció tanto su preocupación.

—A mí tampoco, curiosamente.

—No lo digo por moralismo. Es que… no sé. Tú no eres… de usar y tirar.

Incluso se me empañaron los ojos. Desde luego, ese crío era un tesoro. Con gafas, juicio literario severo y una capacidad alarmante para dar en el centro de una herida sin mala intención.

—Qué romántico te has levantado.

—¡No te burles! Estoy preocupado. Odiaría que terminases con un cretino como Tom Buchanan.

Lanzó la referencia literaria como una advertencia seria. Y yo adopté una mueca de asco. La verdad es que había apuntado fino. Buchanan era el epítome de la masculinidad tóxica que yo intentaba evitar a toda costa, aunque Tinder estuviera plagado de versiones baratas de él.

—Ugh, qué desagradable. Acabas de recordarme por qué no releo El Gran Gatsby .

—Pues eso. Tú mereces alguien con honor. Con carisma, sí, pero sobre todo con honor y lealtad.

Me miró con una certeza absoluta y una fe en mí que yo misma era incapaz de procesar en términos románticos.

—¿Y dónde encuentro eso, Eddie? Ese tipo de hombres están en peligro de extinción, cariño.

—Bueno, aquí hay varios… Connor, por ejemplo.

Pestañeé, aturdida, mientras notaba cómo se me encendían las mejillas.

Se me vino a la cabeza la imagen de Connor esa misma mañana. Despeinado, enorme, guapísimo y con esa mirada verde que me atravesaba como si supiera algo de mí que yo todavía no estaba preparada para reconocer.

—Bradley es amable a ratos y hostil por temporadas. Como el clima inglés.

—Eso, en Connor, equivale a recitar poesía —me pinchó con picardía.

Arqueé una ceja, incrédula.

En el fondo, tenía sentido que Eddie hablara así de Connor. Para él era su hermano —aunque no compartiera ni una pizca de sangre con él—, y quizá por eso veía cosas que a mí se me escapaban.

—¿Buscas emparejarme con él?

—¿Funciona? —Sonrió.

—Voy a demandar a Dostoievski. Te ha trastornado la cabeza.

—¿Por qué?

—Para empezar, en una relación suele ayudar que dos personas se gusten.

—¿Te gusta Connor? —preguntó sin anestesia.

—¡No! —exclamé—. Bueno… es guapo.

—Y un buen chico, y divertido, y muy trabajador, y sabe pelear. Lo que garantiza que estés protegida en caso de peligro.

Me desconcertó bastante que se interesara por saber si a mí me gustaba, pero no especificara si yo le gustaba a él.

—¿Estás intentando vendérmelo? —intenté sonar escandalizada.

—Sin disimulo.

De pronto, mi mente viajó a aquel maldito comentario de mi exnovio. Que yo no era suficiente. Que no valía ni un polvo rápido en un bar. Que hacía falta estar muy desesperado para aguantarme.

Por un instante, me imaginé la posibilidad de terminar con Connor en una habitación.

En cuanto ese chico me viera desnuda y descubriera que en el sexo tenía cero habilidad, que era un desastre de inseguridades y torpeza, seguramente se arrepentiría.

Y, después, todo se volvería mucho más incómodo de lo que ya era, y yo me quedaría destrozada.

Cogí aire y me incliné hacia Eddie.

—Cariño, Connor apenas me tolera. Ni en el más remoto de mis sueños, aunque lo compartiera contigo y con la mismísima Austen, lograría despertar un ápice de atracción en él. Fin.

Lo dije con una contundencia que me escoció en la garganta. Era mi verdad. Mi muro de contención. Y no se trataba de admitir que me gustaba Bradley, sino de que no podía permitirme que me gustara.

Súbitamente, Eddie se levantó del sofá con indignación. Me miró como si yo fuera la persona más exasperante que había conocido.

—Pues te equivocas —rezongó.

Se encaminó hacia la puerta, todo enfurruñado.

Alcé las cejas. Creo que aquella fue la primera vez que lo vi enfadado. Si es que a aquello podía llamársele así.

—¿Te vas?

—¡Y no eres tan lista como te crees! —exclamó antes de desaparecer por el pasillo.

—¡Oye!