6
Llevaba en pie desde mucho antes de que el sol se atreviera a asomar por el horizonte.
El cuerpo tiene memoria, y el mío, por lo visto, era un cabrón rencoroso.
Podía dormir en una cama limpia, bajo un techo que no se caía a pedazos, con calefacción funcionando y ningún peligro acechando.
Daba igual. Una parte de mí seguía despertándose antes del amanecer como si el descanso fuera una trampa y bajar la guardia, una invitación a que el mundo me partiera la cara.
Para alguien que se había criado en un picadero de Tower Hamlets, entre adultos rotos, heroína y sexo, dormir nunca había sido algo sencillo.
Luego llegó Andover Estate, que era otra forma de mierda con paredes distintas.
Y después las jaulas, las palizas, el hambre.
En la calle, el sueño no era descanso, sino un premio que el cuerpo se cobraba cuando ya no podía más.
Ahora, la cocina de la residencia era mi santuario.
Pero aquella mañana tenía un objetivo distinto. No estaba allí para practicar el corte de la verdura ni para perfeccionar recetas como era habitual. Tampoco porque una pesadilla me hubiera arrancado de la cama con el corazón golpeándome las costillas.
Melani llegaría pronto.
Y quizá, si veía luz, asomaría por la cocina.
Y quizá yo podría hablarle sin gruñir, tal y como Noah me había aconsejado.
Un plan ambicioso, en realidad.
Me encontraba librando una batalla contra el té obscenamente específico de mi dama.
Bishop lo preparaba con una naturalidad insultante.
Té negro. Leche. Miel. Canela. Una pizca de nuez moscada.
Ni mucha ni poca, porque al parecer la nuez moscada era un asunto de precisión quirúrgica y no una puta especia marrón que olía a Navidad.
Lo había visto mil veces. Conocía el proceso de memoria. No podía ser tan difícil.
Y, aun así, allí estaba yo, frente al hervidor, las tazas, la leche y los botes de especias, con el mismo respeto y la misma desconfianza con los que habría mirado un artefacto militar complejo. Sentía las manos ridículamente torpes. Yo solo quería preparar un maldito té para Melani West.
«Tal vez si te calmaras», pensé.
—Puedes hacerlo, Connor —murmuré para mí—. Eres el puto amo. Has sobrevivido a cosas peores que la canela.
No dejé de darme ánimos.
Fue inútil.
Tenía el pulso disparado y me martilleaba en los oídos con más fuerza que la música de una maldita rave .
Entonces lo oí.
Pasos.
Me tensé de inmediato.
Melani apareció envuelta en su abrigo color camel y arrebujada en una bufanda de cachemira blanca. Tenía la melena rubia algo revuelta, con ese caos encantador de quien acababa de salir de las sábanas, y traía consigo un aroma dulce, a vainilla y algo cítrico que me nubló el juicio al instante.
Mierda, mierda, mierda. ¿Cómo podía estar tan guapa?
Me gustaba el corte que se había hecho. Ahora que el pelo le llegaba a los hombros, le enmarcaba el rostro y hacía aún más visibles esas mejillas llenas que yo tanto quería…
Morder.
Vale. Quizá morder sonaba demasiado salvaje. Pero en mi mente eran mordisquitos tiernos. Muy dulces. En sus mejillas, en la comisura de sus labios, en ese cuello que parecía existir únicamente para arruinarme la concentración y convertirme en un hombre malísimo y a punto de tener una erección.
Me quedé allí, tieso, con una bayeta en una mano y el bote de canela en la otra, sintiéndome como el idiota más grande de toda Inglaterra.
Mi dama acababa de llegar y yo ya estaba pensando en comérmela entera.
Muy civilizado todo.
—¡Oh, buenos días, Bradley! —exclamó con una sonrisa.
—Hola —respondí.
Corto. Seco. Intentando por todos los medios que la voz no me traicionara y mucho menos evidenciara que estaba a punto de vomitar el corazón sobre el suelo de la cocina.
Mel me miró con curiosidad, como si estuviera asimilando que no era la única que se había caído de la cama antes de lo humanamente aceptable.
—Pensé que me había equivocado de día. Nunca había visto luz aquí tan pronto.
—Suelo… practicar a estas horas… —mentí.
Ni de coña iba a decirle que llevaba casi una hora peleándome con su té solo porque sabía que aparecería por esa puerta.
Se acercó un poco más y, de repente, el oxígeno empezó a escasear.
Melani se detuvo cerca de la encimera y bostezó con una delicadeza que me resultó casi dolorosa.
Se tapó la boca con la mano, con los ojos algo llorosos por el esfuerzo, y yo tuve que apretar los dedos alrededor del bote de canela para no estirar el brazo y apartarle un mechón de la cara.
—Todavía no son ni las seis de la mañana, Connor. Esto debería ser ilegal —dijo soñolienta.
—En eso estamos de acuerdo.
Entonces, dejó una caja blanca de cartón sobre el acero reluciente y me sonrió de nuevo. Esa mujer no se cansaba de dejarme sin defensas. Su sonrisa era la cosa más hermosa que vería jamás.
—Traigo mercancía, no me la rechaces, por favor.
Me sentí como un auténtico imbécil por haberla esquivado tantas veces.
—No…
Gran frase. Brillante. El profesor Ashcroft habría llorado de emoción ante mi dominio del lenguaje.
—Y no pongas esa cara, no es una propuesta indecente —bromeó.
—No estoy poniendo caras.
Era mentira.
Estaba poniendo todas las caras. Las de pánico, deseo, culpa, hambre y estupidez sentimental. Lo que pensaba en realidad era cómo coño iba a ocultar las ganas que tenía de rodearle la cintura, pegarla a mí y besarla hasta que se nos olvidara dónde mierda estábamos.
«Recuerde al señor Darcy. Él jamás se abandonaría a unos instintos tan soeces y primarios, señor Bradley». No sé por qué mis pensamientos adoptaron de pronto la voz del profesor Ashcroft, pero tenía razón.
Darcy jamás habría asaltado a Elizabeth Bennet entre una encimera industrial y una caja de éclairs .
Probablemente.
O sí. Quién sabe. Austen nunca escribió qué coño pasó después. Quizá Darcy resultó ser un maldito adicto al sexo.
—Parece que vas a desmayarte —insistió ella, divertida por mi rigidez.
Decidí que era el momento de jugar mi carta.
Quería demostrarle que, aunque fuera un idiota con muy pocos recursos oratorios, era capaz de prestar atención a esas cosas pequeñas que la gente normal quizá olvidaba, pero que para mí eran una forma de rezar sin arrodillarme.
Agarré el vaso térmico estampado de flores, ese que Bishop guardaba solo para ella, e intenté que no se notara cuánto me temblaban los dedos.
También intenté ignorar la inoportuna erección que me obligaba a mantenerme al otro lado de la mesa central como un caballero medieval defendiendo una frontera.
—Toma. Es como te gusta.
Abrió los ojos de par en par y miró del vaso a mí varias veces como si acabara de presenciar un truco de magia imposible.
—¿Sabes cómo me gusta el té? —preguntó bajito.
Me encogí de hombros.
—No es raro. Quiero decir… lo he visto. Varias veces. Sin espiar.
Fantástico. Había sonado como un puto acosador.
—Connor, vas a hacer que me enamore —suspiró ella.
Y yo colapsé.
Mi cerebro fue incapaz de procesar la palabra «amor» y entró en un bucle infinito de cortocircuitos. Sentí como si acabara de recibir un golpe seco y certero en el plexo solar.
Y ella, mientras tanto, como si no acabara de poner en peligro mi sistema cardiovascular, se llevó el vaso a los labios y bebió un sorbo, cerrando los ojos para disfrutar del sabor especiado.
—Está delicioso —dijo al fin.
—No mientas.
—No miento antes de las siete. Me parece inmoral.
De pronto, me dejé llevar por un impulso. Me acerqué un poco y le arrebaté el vaso de las manos. El roce de nuestros dedos fue como un chispazo que me recorrió el brazo hasta la nuca.
—Déjame probar.
Di un sorbo rápido y arrugué el gesto.
—Quizá sabe un poco a armario de especias.
Estaba de puta madre. Qué coño, estaba en su punto. Ni Bishop lo habría clavado tanto.
—No te metas con mis gustos. Devuélvemelo.
Me quitó el vaso con una confianza y una seguridad que me fascinaron. Me gustó demasiado.
Justo entonces, su teléfono empezó a sonar, rompiendo la burbuja de intimidad que habíamos construido entre el olor a canela, el vapor del té y mi absoluta incapacidad para comportarme como un hombre funcional.
—Debe ser Maggie. El deber me reclama —anunció.
—Claro.
Mel se encaminó hacia la salida, pero antes de cruzar la puerta se giró y me dedicó una mirada suave y cálida. De esas que no exigían nada y aun así te daban ganas de entregar hasta las llaves de tus peores secretos.
—Gracias por el té… y por no gruñirme hoy —soltó con una última sonrisa.
Solo pude asentir.
Patético, pero al menos había hablado con ella.
La vi alejarse por el cristal.
—Te veo luego —exclamó ya desde el pasillo.
—Sí —respondí asfixiado.
—¡Y querré más té! —gritó antes de doblar la esquina y desaparecer de mi vista.
—Y yo lo haré —le prometí, aunque ella ya no pudiera oírme.
Solté un suspiro cargado de un anhelo que me dolía hasta en las costillas. Entonces me acerqué a la caja blanca, la abrí y encontré los éclairs de crema de Bishop.
Y, al lado, dos de chocolate. Los míos. Porque ella sabía que yo fingía odiar el dulce.
Me quedé mirándolos un segundo como un completo imbécil.
Luego cogí uno, le di un mordisco y, joder, sabía a victoria.