My safety net (Love Obviously 1) 5 #2
9%

5 #2

—Y otras veces pareces querer empujarme por una ventana —bromeé.

Quería verlo sonreír otra vez. Pero no lo conseguí.

—Nunca haría eso. —Su respuesta fue inmediata y muy rotunda.

Me miró con una intensidad que me cortó el aliento. Extrañamente, sentí un calorcito dulce expandiéndose por mi pecho.

—Menos mal. Porque a mí me caes bastante bien, Bradley. —Le guiñé un ojo—. Hasta mañana.

Me fui con una sonrisa estúpida en la boca.

—No sé qué narices hago aquí, pudiendo estar despatarrada en mi sofá. ¿Te he dicho ya que madrugo? —me quejé.

—Unas diecisiete veces —soltó Breena.

Una perfumería en Islington Square a media tarde era una pesadilla para alguien con mis niveles de ansiedad.

La reunión con mi tutor no había ido del todo bien y ahora tenía que rehacer las últimas veinte páginas de mi proyecto porque, según su maldito criterio académico, mi enfoque era «demasiado visceral».

Como si la sociología pudiera permitirse el lujo de ser aséptica cuando se habla de seres humanos.

La cuestión era que, para rematar mi estado, las luces LED de la perfumería eran de un blanco tan agresivo que me sentía como una sospechosa en una sala de interrogatorios de Scotland Yard.

Lo cual era fantástico, porque lo último que necesitaba después de que mi tutor me destrozara era una iluminación dispuesta a hacerme una biopsia visual de cada poro de la cara.

Por no hablar de los espejos.

¿Qué clase de sádico disfrutaba torturando a la gente con ese nivel de nitidez?

Me devolvían una imagen de mí multiplicada desde todos los malditos ángulos.

Me veía por todas partes. Inseguridades en alta definición.

Una experiencia espiritual, si el espíritu en cuestión quería esconderse en un probador y no volver a salir jamás.

—Necesito algo que combine con ese vestido que me compré en rebajas —comentó mi amiga, que caminaba delante de mí husmeando las estanterías—. Me marca tanto las tetas que no quiero parecer una chupona.

Puse los ojos en blanco.

Breena era, con diferencia, la mujer más guapa que conocía, después de Sofía, la exnovia de Kenny. Eran bellezas de otro planeta, de esas que jugaban en ligas donde las multas de tráfico se perdonaban con una sonrisa y el pelo siempre caía perfecto, incluso bajo la traicionera lluvia londinense.

—Breena, tienes un serio problema de percepción con tus tetas, cariño.

Se giró de golpe y me dedicó una mirada cargada de esa arrogancia tan suya.

—El mismo que tú con tu trasero, querida.

—Mi trasero apenas entra en una talla cuarenta y dos. Tú usas una talla 90B. No compares, idiota.

Me ignoró con elegancia y siguió a lo suyo, probando cosméticos de marcas que costaban más que mi compra semanal. Se detuvo ante un pequeño frasco dorado.

—Mira este. Con ácido hialurónico.

Observé el frasquito con escepticismo. Teniendo en cuenta que Breena tenía unos ojos azules enormes, mejillas afiladas y unos labios naturalmente carnosos, hincharlos de más era un error sistémico.

—Lo que te faltaba —ironicé.

Ella se miró al espejo y asintió.

—Me hará parecer que vengo de una orgía de mamadas, ¿verdad?

—¡Por Dios!

Me tapé la cara con las manos, muerta de la vergüenza. No quería ver cómo aquellas elegantes señoras que deambulaban por la sección de Chanel nos miraban como si acabáramos de escupir en el suelo.

Breena, por supuesto, ni se inmutó. Se limitó a depositar el maldito pintalabios en la cestita que me había obligado a coger.

—Te pega más a ti que a mí —soltó.

—Lo que tú digas.

Continué persiguiéndola por los pasillos, pero mi mente seguía atrapada en la secretaría. En el roce de unos dedos. En la voz de Connor Bradley.

No sabía cómo sacar el tema sin que Breena me hiciera un perfil psicológico completo, pero necesitaba soltarlo. Y, para ser justa, que mi mejor amiga me hiciera ese perfil psicológico tampoco estaba tan mal.

—Por cierto… Ah, he tenido una conversación un tanto... rara con Connor —aventuré.

Noté cómo se me encendían las mejillas y odié a mi cuerpo por traicionarme de una forma tan evidente. Una quería ser misteriosa y terminaba pareciendo un semáforo emocional.

Breena se detuvo en seco. Su radar de pantera hambrienta se activó al máximo. Mal asunto.

—¿El semidiós que dices que te odia? —preguntó, entrecerrando los ojos.

—Ese mismo.

Me miró con una mezcla de picardía y curiosidad académica. Más de lo primero que de lo segundo, para mi desgracia.

—Continúa. Nada de fantasear con echarle un polvo en el baño.

Lo cierto era que entendía por qué Breena lo llamaba así. Desde luego, Connor parecía más su estilo que el mío. O, más bien, parecía el tipo de cualquier mujer con ojos, pulso y una relación sana con sus impulsos.

—Pues resulta que ha venido a traerme la nota de pedido de Pascua.

—Dios mío. Qué indecente —se burló, y yo le di un codazo—. Tú sigue con la pornografía administrativa, me está excitando.

—Ha sido... normal. Incluso amable por momentos. Lo cual es extraño teniendo en cuenta que últimamente ni me mira a la cara. Y luego ha dicho que... no es borde conmigo a propósito.

Me estaba devanando los sesos buscando el subtexto desde que había salido de la residencia. Porque lo había. O eso quería creer.

Desde luego, Connor no parecía la clase de chico que soltara semejante comentario sin una razón de peso detrás.

Lo cual me llevaba a dos escenarios: o bien me odiaba a tope y quería gestionar mejor su antipatía, o yo le había hecho algo casi imperdonable sin darme cuenta.

Lo primero debía tener una explicación. Lo segundo esperaba que me diera la oportunidad de arreglarlo.

Esta vez, Breena no bromeó. Me miró con una seriedad que me puso los pelos de punta.

—¿En serio?

—Sí.

—Y, fiel a tu estilo, le habrás preguntado el porqué, ¿cierto?

Asentí con resignación. Mi necesidad de respuestas era casi patológica.

—Obvio. Dice que… tiene muchas cosas en la cabeza.

Breena alzó las cejas y, de pronto, soltó una pequeña risa de suficiencia.

—Mel, cariño, ese hombre está a dos días de declararse en mitad de un pasillo.

Fruncí el ceño y puse cara de espanto. Aunque el corazón me dio un vuelco, mi cerebro, ese aparato tan cruel y eficiente, se encargó de pisotear cualquier brizna de esperanza.

—No digas tonterías.

—Que te quede clara una cosa —dijo, señalándome con un pincel de maquillaje—. Los confiados miran. Los que están hasta el cuello huyen como ciervos.

Me quedé callada un segundo. La idea de que yo pudiera gustarle a Connor Bradley me parecía una fantasía imposible y demencial. ¿Acaso existía una dimensión en la que una Mel pudiera ser la novia de Connor? ¡Era un delirio!

—No le gusto a Connor. Y tú consumes demasiados dramas coreanos.

—Me juego lo que quieras a que estoy en lo cierto. ¿Cuándo me he equivocado?

Se me dispararon los nervios. Sentía que me faltaba el aire entre tanto perfume caro.

—Solo es amable. A ratos. Y absurdamente atractivo. Lo cual irrita. Mucho. Es como una escultura griega, da hasta rabia mirarlo. Si no fuera tan escurridizo y borde, sería el hombre perfecto.

Breena sonrió de esa forma felina muy peligrosa.

—Voy a grabar esa frase para tu boda.

—Estás demente.

—Y tú ciega. ¿Te gusta? —preguntó sin anestesia.

Intenté racionalizarlo.

—Me parece atractivo. Nada más. No es para mí.

Me visualicé a mí misma. Una chica que se sentía «demasiado» en todos los sentidos: demasiadas caderas, demasiadas inseguridades, demasiados libros.

Demasiado acostumbrada a pedir perdón incluso cuando no había hecho nada.

No podía aspirar a tanto. Por más que Connor fuera un chico tutelado con un pasado desastroso, ahora era un hombre increíble con una proyección que asustaba.

«Y no olvides que te odia». Exacto, me odiaba.

—¿Por qué? —continuó Breena.

Agaché la cabeza. No quería dejarme acosar por el fantasma de los comentarios de mi madre, pero me resultó imposible. Me perdí entre el «ese vestido te marca demasiado, Melani», el «quizá si comieras menos pasta…» y todas esas pequeñas frases que una acaba guardando en el cuerpo como alfileres.

—Porque hombres así no se fijan en mujeres como yo.

Breena se puso frente a mí, obligándome a sostenerle la mirada. Iba a reñirme.

—Escúchame bien. —Su voz se volvió feroz, protectora—. Hombres así no abundan. Mujeres como tú, tampoco. Y si ese idiota no lo ve, le arrancaré las pestañas una a una.

A pesar de la opresión en el pecho, no pude evitar sonreír.

—Qué consuelo tan específico.

—Soy detallista. Ahora cómprate ese colorete. Tienes cara de necesitar esperanza.