My safety net (Love Obviously 1) 5
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Eran las tres de la tarde.

La luz del sol entraba sesgada por el gran ventanal de la secretaría, cortando el aire en láminas doradas que iluminaban las partículas de polvo.

Reinaba un silencio inusual, esa calma tensa y reparadora que seguía al torbellino de la comida, cuando la residencia parecía contener el aliento antes de sufrir alguna catástrofe menor, protagonizada por adolescentes con demasiada energía.

Como estudiante de último año de Sociología y Políticas Sociales en UCL, mis horarios de clase eran bastante cómodos.

Lo cual sonaba estupendo hasta que una recordaba la letra pequeña: lecturas imposibles, seminarios eternos, presión académica y ese tipo de cansancio mental que me dejaba sin saber muy bien si estaba analizando datos o contemplando mi propia ruina.

Como trabajo de fin de grado había escogido «La eficacia de los programas de reinserción para jóvenes sin hogar en el norte de Londres», algo que entusiasmaba a mi tutor porque sabía de mi implicación en ese ámbito.

En teoría, era un tema perfecto.

En la práctica, el mundo de las estadísticas, los indicadores y las teorías sociales tenía muy poco que ver con lo que yo veía a diario en The Safety Net.

Resultaba irónico. Y a veces doloroso.

Sobre el papel, una persona podía convertirse en un porcentaje. En la vida real, esa persona tenía frío, hambre, orgullo, miedo y una historia que la administración parecía empeñada en resumir con una frialdad insultante.

A veces me sorprendía frustrándome con la ligereza con la que el sistema hablaba de personas que, por una serie de azares crueles, terminaban pidiendo ayuda como si hacerlo no fuera ya una humillación suficiente.

En aquel momento, la residencia atendía a varias familias sin acceso real a ayudas sociales, más allá de las nuestras.

Familias enteras. Padres, madres, niños pequeños, adolescentes que intentaban fingir que no estaban asustados.

Y eso sin contar a los jubilados desamparados, a los críos en exclusión sin figuras familiares estables o a casos como los Furin, que habían llegado arrastrando una vida que ningún joven debería conocer.

Suspiré. Me preguntaba cómo demonios iba a manejar la frustración si algún día tenía que sentarme frente a un parlamentario para debatir leyes o modelos de intervención eficaces.

Dudaba que intentar razonar con gente que no entendía la calle fuera a resolver algo, pero era optimista.

O, al menos, lo fingía con bastante convicción.

Miré el reloj.

Tenía reunión con mi tutor en una hora. Así que empecé a recoger mis cosas mientras repasaba mentalmente la agenda del día siguiente.

La preparación de la Pascua me tenía absorbida.

Y es que la residencia se tomaba muy en serio los eventos.

Al tratarse de una organización cuyo propósito era dar una segunda oportunidad a personas abandonadas por el sistema, Maggie insistía en que no bastaba con ofrecer camas, comida y papeleo.

También había que ofrecer belleza. Alegría.

Normalidad. Un motivo para recordar que la vida podía contener algo más que supervivencia.

Porque no todo iban a ser dramas.

Eso fue lo primero que Maggie me enseñó cuando la conocí, y probablemente la primera razón por la que me enamoré de ella.

Kenny, por supuesto, siempre se encargaba de que todo fuera espléndido.

No le importaban los excesos. Si por él fuera, habría contratado una orquesta, tres fuentes de chocolate y quizá un pony con chaleco.

Lo único que quería era que, durante unas horas, aquella gente olvidase de dónde venía y se sintiera normal.

Segura. Con derecho a un futuro brillante por delante.

Ese año, además, teníamos una misión extra: los Furin.

Navidad había sido una fantasía, pero todos coincidíamos en que aquella Pascua debía parecer un cuento de hadas.

Me encantaba imaginar a los niños corriendo por el jardín, buscando huevos de chocolate entre los robles y los arces, con el aire oliendo a primavera, césped húmedo y manualidades recién hechas.

Lástima que yo no pudiera verlo.

De pronto, unos nudillos golpearon la puerta pese a que estaba abierta.

Al mirar, encontré a Connor Bradley en el umbral como si hubiera chocado contra una pared invisible. Sostenía un documento entre los dedos y había empezado a apretarlo como si fuera una granada a punto de estallar.

—Oh, ¿no está Maggie? —preguntó con seriedad.

Me puse nerviosa al instante. Notaba la tensión casi eléctrica que desprendía su presencia, que llenó la secretaría y me hizo sentir demasiado consciente de mí misma. De mis manos. De mi falda. De la forma absurda en que mi corazón parecía ponerse en pie cada vez que él aparecía.

Connor era magnético.

Tenía algo indómito, como si lo hubieran esculpido a martillazos en lugar de pinceladas.

Era la clase de chico que despertaba sin saberlo un instinto bastante poco civilizado en cualquier dama con un mínimo de pulso.

O eso creía yo, porque era precisamente lo que me sucedía siempre que lo tenía cerca.

Desprendía una virilidad que casi se podía cortar con un cuchillo. Belleza cruda. Mandíbula marcada. Hombros tan anchos que hacían que cualquier habitación pareciera pequeña. Y unos ojazos de un verde claro capaces de arruinar la concentración de una estudiante honrada.

Estaba, sencillamente, para comérselo.

Y me odiaba.

Una tragedia moderna en tres actos.

Decidí actuar con suavidad, con una nota de ternura cuidadora, para evitar que saliera huyendo como hacía siempre.

—Ha tenido que salir. ¿Puedo ayudarte yo?

Me reprendí internamente por el tono.

Había sonado demasiado íntimo y cálido. Como si mi voz hubiera decidido evidenciar, sin pasar por mi autorización previa, esas misteriosas ganas que tenía de pasar más tiempo con él.

«Si tan solo me dejara acercarme un milímetro».

Connor suspiró, resignado, y entró en la secretaría. Su cuerpo seguía rígido, pero su cercanía me abrumó de todos modos. Me entregó el papel con una formalidad exagerada y, al cogerlo, sus dedos rozaron los míos.

Fue un contacto fugaz. Ridículamente breve.

Absolutamente devastador para mi sistema nervioso.

—Es el pedido de Pascua. Bishop dice que lo reviséis antes de mandarlo —espetó.

Bajé la vista al papel para romper el contacto visual, intentando que mi corazón no galopara más de la cuenta. Me sentía una estúpida por reaccionar así ante un simple roce de piel.

—Claro.

Revisé la lista con rapidez profesional, dejando que mi parte resolutiva tomara el mando.

—Está perfecto… Solo faltan minihuevos de chocolate y zumos. Los niños arrasan con los zumos —comenté, permitiéndome un poco de humor.

Connor asintió y sus hombros parecieron relajarse un poco. Me alegré tanto que casi se me escapa un suspiro de alivio.

—Estoy de acuerdo.

—Y hay demasiados marshmallows . Los niños se pondrán insoportables.

—Sobre todo Jeremy.

Me reí por lo bajo, recordando desastres de azúcar pasados.

—Mientras no nos monte una hoguera como en Navidad, me conformo.

A Connor se le escapó una risa. No duró, pero para mí fue como si hubiera ganado un premio en la lotería y la mano de Darcy en matrimonio en la misma mañana.

Lo miré fascinada.

—¿Eso ha sido una sonrisa, Bradley?

Él recuperó su máscara de tipo duro al instante, aunque percibí una chispa juguetona bailando en su mirada.

«Por Dios, qué guapo es», pensé.

—No te acostumbres —refunfuñó.

—Qué pena. Pensaba que me estabas cogiendo cariño.

En el fondo, quería estirar aquel momento.

Quedarme allí un poco más, seguir hablando de malvaviscos, zumos y niños incendiarios, fingiendo que yo no estaba midiendo cada reacción suya como una señora victoriana desesperada por interpretar una carta mal puntuada.

Pero temía que se cansara de mí en cualquier instante.

Dejé el documento sobre la mesa y decidí poner fin a la revisión yo misma antes de darle a él el poder de hacerme sentir mal.

—De acuerdo, lo tenemos. Lo facturaré mañana en cuanto llegue. Tengo que venir temprano.

—¿Temprano? —indagó con el ceño fruncido.

Me puse la chaqueta y me colgué el bolso al hombro, sintiendo el peso de la responsabilidad sobre mis curvas, que ese día parecían ocupar más espacio del estrictamente necesario.

—Sí, tengo papeleo pendiente. Los operarios de las carpas han avisado de que llegarán sobre las siete. Y Maggie tiene reunión a primera hora con el comité, así que me toca a mí organizarlo todo.

—¿A qué hora? —Su tono fue directo, casi urgente.

—Tipo seis de la mañana. Con lo mal que se me da madrugar... —resoplé, intentando quitarle hierro al asunto—. En fin, me voy ya.

Le eché una última sonrisa, cogí mi carpeta de apuntes y encaré la salida.

—Ah, Mel… Yo… no soy borde contigo a propósito —dijo Connor a mi espalda.

Me quedé congelada en el umbral. Y, para qué mentir, el corazón me saltó a la garganta.

Me giré para mirarlo, totalmente descolocada por ese giro de honestidad bruta.

Me inquietaba pensar que le hubiera herido sin darme cuenta.

O que hubiese una explicación que yo no había sabido leer.

O, peor aún, que la explicación fuera simplemente yo.

—Vaya —suspiré un poco tímida—. ¿Eso significa que hay una razón? ¿He hecho algo mal?

Connor esquivó mi mirada y se rascó la nuca.

Ese gesto solía recordarme lo vulnerable que en realidad era bajo su fachada de chico duro.

Al fin y al cabo, era un chico de veintitrés años que se había criado en la calle y no conocía otro modo de vida.

Toda aquella etapa en la residencia, los vínculos con personas ajenas a su círculo más íntimo, la estabilidad, los estudios, el afecto sin condiciones raras… todo debía de resultarle nuevo.

Debía tener paciencia. Y, sobre todo, no hacer que mi necesidad de caerle bien pareciera una emergencia nacional.

—Solo trato de decir que… a veces tengo la cabeza en otras cosas...

No quise presionarlo, nuestra relación ya era lo suficientemente complicada. Por ahora me bastaba con que pudiéramos hablar de forma diplomática.