My safety net (Love Obviously 1) 4
6%

4

Todavía no habían dado las ocho y el salón social ya hervía con esa energía doméstica que a veces seguía pareciéndome una puta alucinación.

Había mañanas en las que me despertaba y, durante un segundo, esperaba encontrarme de nuevo en el taller de Andover Estate, con la humedad pegada a los huesos, el estómago vacío y la certeza de que aquel día, si teníamos suerte, comeríamos algo que no hubiera caducado antes que nuestra infancia.

Pero no.

Saludé a los Furin menores, que se habían congregado en la zona de la alfombra. Algunos terminaban sus desayunos, otros hacían tareas escolares de última hora, y Jeremy y Jason estaban pegados a la consola, dándole caña a un juego de disparos con una concentración casi religiosa.

Me acerqué a una de las mesas.

Allí estaba Nate, con el mono de trabajo ya puesto porque en nada tenía que irse al taller.

Un amigo de Bishop lo había contratado como ayudante mecánico, y yo no podía dejar de pensar en que el cabrón era guapísimo incluso con esa facha.

Algo profundamente injusto. Uno se ponía un mono azul y parecía un fontanero derrotado por la vida.

Nate, en cambio, se lo ponía y parecía que iba a protagonizar un anuncio de herramientas con tensión sexual.

Junto a él, Liam y Anthony charlaban sobre los exámenes, y Eddie estaba sumergido en su libreta de estudio, como era costumbre. Ese muchacho tenía una inteligencia que no habríamos alcanzado ni juntando todos los malditos cerebros del grupo y conectándolos a una batería industrial.

Me senté al lado de Nate. Bueno, más bien me dejé caer. Venía con un ánimo de mierda y el corazón en plena taquicardia, porque mientras recorría el pasillo de la secretaría había captado fragmentos de la conversación entre Maggie y Melani.

En resumen, habría preferido padecer una diarrea explosiva.

—¿Qué coño es Tinder? —solté sin preámbulos.

El silencio que siguió fue casi cómico.

Mis hermanos me miraron como si acabara de preguntar por la fórmula del combustible para cohetes. No sé, a lo mejor se creyeron que de pronto quería trabajar para el puñetero Elon Musk.

Eddie, en cambio, pasó de mí. Supuse que era el único con un pie en este siglo y el cerebro suficiente para entender qué mierda era Tinder.

—¿Una variante de la cocaína? —aventuró Anthony, arrugando el entrecejo.

—No, parece más un cóctel pijo de esos —añadió Liam, rascándose la barbilla.

Parecía un osito de peluche cuando se concentraba. Uno enorme capaz de partirte un brazo si le tocabas demasiado los cojones, pero un osito al fin y al cabo.

—A mí me suena a un carburador obstruido —sentenció Nate.

Honestamente estuve muy cerca de darle la razón, pero no creía que mi dama se pusiera a hablar de motores con Maggie.

Todos giramos la cabeza hacia Eddie. Él ni siquiera levantó la vista de sus apuntes. Solo se recolocó las gafas con ese gesto tan suyo.

—Es una aplicación para conocer gente —dijo con la parsimonia de un catedrático.

Joder, cómo lo adoraba.

—Eso ya existe. Se llama salir fuera —gruñí.

Eddie suspiró, dejó el bolígrafo y sacó su teléfono. Tecleó algo antes de mostrarnos imágenes de tíos con abdominales de gimnasio, y tías con filtros de perrito.

—Subes fotos, edad, lo que te gusta y deslizas —explicó pacientemente.

Nate lo miró con orgullo de hermano mayor. Yo, en cambio, sentí que el suelo empezaba a moverse.

—¿Deslizas qué? —pregunté, inquieto.

—Personas.

Me llevé una mano al pecho, estrujando mi camiseta con fuerza.

—Qué frase más oscura.

Mi mente, que todavía estaba aprendiendo a ser la de un ciudadano normal y no la de un mendigo que participaba en peleas ilegales y robaba en supermercados, no lograba asimilar aquello.

No podía creer que Melani West, la chica que olía a vainilla, limón y libros, hubiese terminado en un mercado donde la gente se elegía como si fuera un menú del Burger King.

—Si os gustáis mutuamente, habláis —continuó Eddie.

—¿Y luego? —preguntó Anthony, que ya estaba estirando el cuello para ver mejor la pantalla.

—Quedáis.

—¿Y luego?

Eddie se puso rojo y carraspeó, incómodo.

—Se folla, Anthony —soltó Liam, cortando por lo sano—. Lo que pasa es que follan.

—Enséñame eso —le exigió Anthony a Eddie, entregándole su móvil mientras yo entraba en una crisis existencial profunda.

—O sea, que ahora cualquier imbécil puede llevarse a mi dama a cenar —dije, sintiendo una punzada de tristeza genuina.

—Eso parece —asintió Nate, dándome una palmada de consuelo.

—Creo que se me ha roto algo aquí dentro… No puedo respirar —gemí, señalándome el corazón.

Liam adoptó una mueca de compasión, solidarizándose con mi miseria.

—Y yo aquí pelando patatas como un viudo victoriano —me lamenté, sintiéndome el tío más mediocre del hemisferio norte—. Ni el señor Darcy fue tan gilipollas.

—¿Qué pongo en aficiones? —preguntó Anthony, que ya estaba abriéndose una cuenta.

—Violencia leve —sugirió Liam con una sonrisa canalla.

—Pan de ajo —añadió Nate.

—Analfabeto emocional —sentencié yo, hundiendo la cabeza entre las manos.

Justo cuando mi depresión alcanzaba un punto digno de estudio clínico, Melani hizo su aparición.

Y, por supuesto, llevaba aquel condenado vestidito amarillo de diminutas flores blancas que marcaba sus caderas con una crueldad innecesaria.

Joder.

Esa mujer no sabía que le bastaba chasquear los dedos para tenerme comiendo de la palma de su mano. O quizá sí lo sabía y era demasiado buena persona para aprovecharse. Cualquiera de las dos posibilidades me dejaba igual de jodido.

Sonrió.

Su melena rubia se agitó alrededor de su cara preciosa, y sentí un inoportuno hormigueo en la ingle que mi cuerpo interpretó como una invitación al desastre.

Por un segundo me vi levantándome, cruzando el salón y comiéndole la boca como un poseso delante de menores, hermanos, mobiliario y probablemente alguna cámara de seguridad.

Muy apropiado todo.

Venía a buscar a los pequeños para llevarlos a clase, como casi cada mañana. El silencio cayó sobre nosotros a plomo, tan pesado que casi podía masticarse.

Pero Anthony no tenía filtro, ni lo conocía, ni habría sabido usarlo aunque se lo regalasen con instrucciones. Levantó el móvil con orgullo y una sonrisa de oreja a oreja.

—Mel, mira. Me he hecho una cuenta en Tinder. —La miró con curiosidad traviesa—. ¿Tú tienes una?

Vi cómo la máscara de perfección de Melani se resquebrajaba en un segundo.

Las mejillas se le encendieron de golpe y se quedó congelada, mirándonos como si la hubiéramos pillado robando en una iglesia.

No tenía que ocultar nada, claro. Era una mujer adulta.

Podía hacer lo que le diera la gana. Podía descargarse una aplicación, salir con tíos, follar o prender fuego al Parlamento si le apetecía.

Pero no me pareció que se sintiera cómoda con aquella realidad.

«¡Punto para ti, Connor!», gritó la parte más optimista de mi cerebro.

La otra parte estaba ocupada muriéndose.

—¡Qué bien! —exclamó con una voz demasiado aguda—. Los pequeños, venga, a clase. Vamos.

Giró sobre sus talones. La falda se agitó. Yo tragué saliva. Y Melani West huyó por el pasillo a una velocidad de récord seguida por más de una docena de críos.

Me refugié en la azotea de la residencia.

Hacía un frío que calaba hasta los huesos, pero el sol brillaba con una timidez muy británica y eso había que aprovecharlo. Sobre todo porque el aire olía a lluvia inminente. También al humo del cigarrillo de Noah.

Aquel era nuestro lugar sagrado para pensar: un espacio precioso, forrado de hierba artificial y rincones chill out que jamás habríamos sabido usar si no fuera porque Maggie nos había gritado suficientes veces que los muebles de exterior no eran armas, camas improvisadas ni lugares adecuados para dejar zapatillas embarradas.

Noah estaba tumbado en una de las hamacas, con la mirada perdida en el horizonte de Londres. Me tumbé a su lado en silencio y suspiré.

Un instante después, me pasó su cigarrillo tal y como hacíamos en los callejones, cuando no teníamos nada más que nuestra compañía, el frío en los dedos y alguna calada compartida para engañar al hambre.

—Un gilipollas con traje se va a llevar a mi dama y yo me quedaré aquí haciendo purés —solté al fin.

—También haces guisos. Y últimamente la carne te queda de puta madre —respondió sin mirarme.

Me encantaba su pragmatismo. Siempre me había gustado. A veces intentaba imitarlo, pero esas cosas no se podían forzar. Noah podía estar a dos centímetros del apocalipsis y aun así sonar como si estuviera comentando el tiempo.

—No trates de subirme el ánimo —protesté—. Tiene Tinder.

Me miró con el ceño fruncido.

Sin quererlo, acababa de unirse al grupo de imbéciles prehistóricos desactualizados que conformábamos Liam, Nate y yo. A Anthony lo excluía: el muy cabrón ya tenía cuenta.

—¿Qué coño es eso?

—Una aplicación de citas. ¿Te lo puedes creer?

—¿Pero esa mierda existe?

—Sí —rezongué—. Ah, el mundo me odia.

—No seas dramático —me espetó dándome un codazo—. Apenas le hablas.

—¡Sí que le hablo!

—Gruñir no cuenta.

Lo dijo con esa crueldad tranquila suya, la peor de todas porque normalmente venía acompañada de una precisión insoportable.

—Te has leído sus libros favoritos, sabes qué chocolate le gusta, a qué hora llega, cuándo se va, qué estudia y hasta cómo se ríe.

Me removí en la hamaca, sintiéndome un poco expuesto.

—Dicho así, suena un poco raro.

No quería parecer un puto acosador.

—Lo raro es estudiar a una mujer como si fueras un biólogo y luego no darle ni los buenos días en condiciones, capullo —me riñó, clavando sus ojos azules en los míos.

No tuve ni una triste defensa para eso.

—Vale, supongamos que me lanzo. ¿Qué coño le ofrezco yo, Noah? —pregunté, sintiendo ese peso de indignidad que siempre me arrastraba hacia abajo.

Noah se incorporó un poco sobre un codo.

—A ti.

Solté una risa seca.

—No es una gran oferta.

—Sí lo es. Eres un tío increíble. Íntegro, leal y divertido.

Me encantaba que Noah me tuviera en tan alta estima. De verdad que sí. Pero no estaba del todo seguro de si aquello bastaría para enamorar a una mujer como Melani West.

—Eso no impresiona mucho.

—También eres idiota.

—Y eso me resta puntos.

Noah soltó una carcajada suave.

—Connor, Melani es una tía encantadora, lista y tremendamente dulce. ¡Es adorable, joder! —Me miró muy en serio—. Te estás perdiendo momentazos con ella. Manda al carajo esa inseguridad y acércate.

Lo cierto era que, cuando llegamos a la residencia, yo me había lanzado a ligar con ella como un miura desbocado. Le solté un par de barbaridades con más chulería que sentido común, Mel se carcajeó y yo, gilipollas de mí, creí que la tenía en el bote.

Pero conforme pasaban los días, mi cuerpo empezó a retraerse y mis sentimientos no dejaron de crecer.

Al principio Melani era una chica preciosa que me hacía gracia.

Después fue la chica preciosa que olía a vainilla y leía a Jane Austen.

Luego la chica que sabía exactamente cómo mimar a Bishop, que besaba a Maggie en la mejilla sin miedo, que recordaba los nombres de todos los críos, que llevaba éclairs de chocolate porque sabía que yo fingía odiar el dulce.

Y un día, sin avisar, se convirtió en la mujer que podía dejarme sin habla con solo aparecer por una puerta. Y eso me llevó al punto absurdo de no saber ni qué decirle cuando me saludaba.

Cerré los ojos. Noah tenía razón. Había sobrevivido a las palizas de la calle y a las jaulas. Había sobrevivido al hambre, a la mugre, a ver a mis hermanos sufrir y a esa clase de noches en las que rezas sin creer en nada porque no se te ocurre otra manera de no perder la cabeza.

Sin embargo, la idea de decirle a Melani West que estaba loco por ella me aterraba más que cualquier cuchillo. Porque un cuchillo, al menos, sabía por dónde entraba. Pero ella se colaba por todas partes.

Respiré hondo. Quizá era hora de dejar de comportarme como un error del sistema. Como el tío que no tenía dónde caerse muerto. Como si cada cosa buena que se me acercaba tuviera que descubrir, tarde o temprano, que se había equivocado de persona.

No tenía que pedirle que me quisiera. Ni siquiera tenía que impresionarla. Pero podía empezar por algo revolucionario: mirarla a los ojos y darle los buenos días sin parecer que estaba negociando un rescate.

Podía dejar de tratarla como si ella tuviera la culpa de que yo la quisiera demasiado.

Le di una última calada al cigarrillo y se lo devolví a Noah.

—Vale —murmuré.

—¿Vale qué?

Miré Londres. Gris, frío, enorme. Lleno de tíos con traje, aplicaciones de mierda y oportunidades para cagarla.

—Voy a hablarle.

Noah resopló.

—Milagro.

—No te emociones. Igual solo digo buenos días.

—Para ti, eso ya es erotismo avanzado. —El cabrón sonrió.