My safety net (Love Obviously 1) 3
5%

3

The Safety Net nunca olía a tragedia por las mañanas.

Lo cual, teniendo en cuenta que era una residencia llena de chicos con pasados complicados, horarios imposibles y una preocupante tendencia a discutir por comida, me parecía casi milagroso.

A primera hora, mientras los pasillos todavía guardaban un silencio soñoliento, la cocina industrial ya era otra cosa.

Un ecosistema vivo, caliente y deliciosamente ruidoso.

Café recién hecho. Pan tostado. Mantequilla derritiéndose en alguna sartén.

El burbujeo de un guiso madrugador en los fogones.

La voz grave de Bishop dando órdenes con una autoridad que habría intimidado a un batallón entero.

Me encaminé hacia allí con una caja blanca de cartón de la pastelería que había a dos calles de mi apartamento.

Atravesar aquellas puertas batientes era uno de mis momentos favoritos del día, porque al otro lado siempre me recibía el mismo calor sólido y amable.

Como si la cocina tuviera la decencia de no preguntarme quién era ni cuánto espacio merecía ocupar.

Mi rutina era innegociable.

Entrar. Saludar a Bishop. Entregarle su dosis de azúcar en forma de éclairs rellenos de crema, sus favoritos.

Y esconder en la caja un par de piezas de chocolate para Connor, porque sabía que le gustaban más, aunque él fingiera odiar el dulce con la misma convicción con la que fingía odiar casi todo lo que le gustaba.

Sin embargo, antes de poder empujar las puertas, estas se abrieron de golpe.

Me topé de bruces con Connor Bradley.

Cargaba sin aparente esfuerzo una pila de cajas de patatas, como si la gravedad hubiese llegado a un acuerdo privado con sus bíceps. El instinto me hizo retroceder y encogerme, abrazándome a la caja de pasteles con un dramatismo impropio de una mujer adulta.

Le ofrecí mi mejor sonrisa.

Siendo sincera, ese chico me caía genuinamente bien. Era un encanto. Bueno, al menos me lo parecía cuando me permitía cruzar más de dos frases con él antes de desaparecer como si yo fuera una citación judicial.

—Buenos días, Bradley.

Apenas me miró y vi cómo se le tensaba la mandíbula.

—Buenas.

Su tono fue seco y me borró un poco la sonrisa.

—Traigo sobornos —insistí, alzando ligeramente la caja blanca como si fuera una ofrenda de paz o una petición desesperada para que no me odiara antes de las nueve de la mañana.

—No hace falta.

Reajustó el peso de las cajas, como si mi simple presencia le resultara una molestia en su ruta de trabajo. Quizá lo era. Quizá yo estaba allí, plantada en mitad del pasillo, tratando de hacerme la interesante con repostería francesa y una dignidad bastante frágil.

De todos los Furin, Connor era quien más difícil me lo ponía.

—Bueno, los he comprado igual —repliqué, sintiendo que empezaba a remar a contracorriente—. ¿Qué tal estás? Pareces cansado.

—Liado.

—Veo que hoy vienes locuaz.

—Tengo prisa.

Y se alejó por el pasillo sin mirar atrás.

—Oh, claro, perdón —murmuré, deprimida, hablándole a una espalda que ya no me escuchaba.

Una punzada de inseguridad me atravesó el pecho.

Mi cerebro, siempre dispuesto a sabotearme con gran eficacia, interpretó aquel intercambio como un fracaso absoluto.

Estaba convencida de que Connor Bradley me detestaba.

No se parecía en nada al muchacho extrovertido, protector y bromista que había conocido cuando llegó a la residencia hacía unos seis meses.

Con los demás seguía siendo eso: ruidoso, leal, insolente, capaz de revolucionar a los críos y de bromear con Bishop mientras cargaba sacos de patatas como si fueran cojines.

Conmigo, en cambio, se volvía esquivo. Borde, incluso.

Nunca sabía qué versión de él iba a tocarme: si el chico encantador que encendía una habitación entera sin proponérselo o el bloque de hielo que me miraba como si yo fuera una inspección de sanidad sorpresa.

Me frustraba enormemente no poder descifrarlo.

Suspiré y empujé las puertas, preguntándome, por enésima vez, qué demonios había hecho mal para ganarme su desprecio.

Afortunadamente, la atmósfera en la cocina era completamente opuesta.

Bishop estaba frente a las freidoras, preparando sus famosos dónuts —que volvían locos a los críos— con la precisión de un director de orquesta. Al verme, su severo rostro se suavizó.

—Mercancía fresca —anuncié, acercándome a la mesa central para dejar la caja.

—Si un día apareces sin azúcar llamaré a la policía —amenazó Bishop, limpiándose las manos en el delantal.

—Tus éclairs de crema, señor.

—Mujer ejemplar.

—Dilo más alto. Hay gente cargando patatas con problemas de actitud.

Bishop soltó una profunda carcajada. Sabía perfectamente que me refería a su aprendiz gruñón. Se giró hacia la encimera y cogió un vaso térmico.

—Esa cara de tragedia te la arreglo yo con esto —dijo, tendiéndomelo.

El vaso tenía florecillas de colores y no pegaba absolutamente nada con su envergadura.

Bishop podía intimidar a un hombre adulto con una mirada y, aun así, prepararme té en un recipiente que parecía robado de una tienda de regalos para profesoras de primaria.

Me recordaba tanto al tío Phil de El príncipe de Bel-Air que me daban ganas de preguntarle si también tenía una mansión en Bel-Air y sobrinos problemáticos.

—Té obscenamente específico —anunció.

Me llevé el vaso a la altura de la nariz y cerré los ojos.

Perfecto. Té negro con leche, una cucharada generosa de miel, canela y una pizca de nuez moscada. Olía a abrazo de domingo, a manta sobre las piernas y a alguien queriéndote sin convertirlo en un interrogatorio.

—Me mimas demasiado —sonreí.

—Culpable —concedió él, guiñándome un ojo, y me entregó otro vaso—. Toma, el de Maggie.

Lo miré con una sonrisa traviesa.

—Podrías llevárselo tú. Y de paso pedirle una cita.

Él se inclinó sobre la mesa, hacia mí, y entrecerró los ojos.

—¿Qué te hace pensar que no hemos tenido esa cita ya, jovencita?

—¿Funcionó? —pregunté, emocionada.

—Lo sabrás cuando la veas probar ese té. Largo de mi cocina.

Me dio un golpecito en el trasero con su paño.

—A sus órdenes.

Con mi vaso en una mano, el de Maggie en la otra y la caja de pasteles en un equilibrio que habría impresionado a cualquier camarero con estudios circenses, enfilé el pasillo hacia la secretaría.

Allí estaba ella. Maggie Davies.

Revisaba unos expedientes con unas gafas de lectura de montura gruesa que le daban un aire de estar a punto de resolver un crimen o destrozarte la autoestima con una frase impecablemente formulada.

Esa mujer era una de las razones por las que me apasionaba trabajar allí.

Mi entrada en The Safety Net no había sido algo planeado. Más bien fue una de esas casualidades preciosas que solo parecen casualidades hasta que miras atrás y descubres que te cambiaron la vida entera.

Acababa de graduarme en el instituto, me habían aceptado en UCL y se abría ante mí la oportunidad de abandonar la asfixiante rigidez de los Cotswolds.

Yo estaba dispuesta a compartir piso con desconocidos, aunque la idea me aterrase, siempre que eso significara perder de vista a mi estirada hermana, a mis padres y a esa casa donde hasta respirar parecía requerir aprobación familiar.

Pero, por supuesto, tenía un primo que no se conformaba con que yo lo adorase como a un dios.

Kenny.

Le debía mucho. Seguramente hasta mi vida.

Él fue quien me salvó cuando peor estaba y también quien me entregó las llaves de mi libertad.

Literalmente. Me regaló un apartamento en Crouch End y un Mini Cooper S Clubman de color borgoña oscuro que era mi tesoro sobre ruedas y la prueba más descarada de que el nepotismo, usado con amor, podía tener resultados bastante cómodos.

Y por él también descubrí la residencia.

Empecé a pasar tiempo allí de manera orgánica, casi sin darme cuenta. Venía a visitar a la gente, a traer cosas, a ayudar un rato, a escuchar a Maggie poner orden en el universo con una carpeta bajo el brazo y a Bishop mandar sobre la cocina como si estuviera liderando un batallón.

Luego el lugar me atrapó. Sin grandes declaraciones ni epifanías.

Un día me di cuenta de que sabía dónde se guardaban las facturas, qué chico odiaba las zanahorias, qué proveedor llegaba tarde, qué taza era de Maggie y qué tono usaba Bishop cuando estaba preocupado pero quería fingir que solo estaba enfadado.

Lo que empezó como una curiosidad terminó convirtiéndose, poco a poco, en una parte esencial de mi vida. Y no lo cambiaría por nada del mundo.

Me acerqué a la mesa de Maggie, dejé su té sobre la superficie y le planté un sonoro beso en la mejilla antes de depositar mi ofrenda frente a ella.

—Bishop te envía tu té y yo te traigo corrupción pastelera.

Maggie se bajó las gafas hasta la punta de la nariz y miró el éclair con una devoción casi religiosa.

—Si un día me envenenas, hazlo con crema —sentenció, dándole un sorbo al té y cerrando los ojos con satisfacción.

Sonreí pícara. Esa era la respuesta que necesitaba al enigma de Bishop.

Me senté en la silla frente a su escritorio, pero la paz duró exactamente dos segundos. El tiempo que tardó Maggie en volver a colocarse las gafas, clavar sus intensos ojos oscuros en mí y cambiar al modo sabueso maternal.

—¿Qué tal el candidato de anoche?

Suspiré. Con Maggie era imposible usar filtros o escudos. Me los arrancaba de un plumazo y luego permitía la insolencia de ordenar los restos por orden alfabético.

—Desastre absoluto. Me tocó el criptobro reconvertido en visionario del tequila consciente.

—Ya odio a ese hombre.

—No se había terminado la copa y ya me estaba proponiendo sexo.

Maggie arqueó una ceja, sin perder un ápice de su compostura.

—Al menos era eficiente.

—Demasiado, quizá —resoplé.

—Mel, querida, ¿no era ese el objetivo de tu misión?

La pregunta me cayó encima con una precisión insoportable. Me removí en la silla.

—Sí, estoy tratando de ser práctica.

Su mirada se afiló. Maggie no era mi madre.

No me miraba buscando defectos estéticos ni me juzgaba para humillarme.

Me analizaba porque sabía que mis principios iban a entrar en conflicto con mis planes.

Y eso era casi tan insoportable como que mamá insinuara que mi bonito vestido sería más atractivo si fuera de la talla treinta y seis.

—Quizá deberías hacer terapia para aceptar la practicidad antes de intentar terminar en la cama de diez desconocidos del Tinder. ¿Cuántas van ya?

Tragué saliva, sintiéndome como una cría a la que acaban de pillar haciendo trampas en un examen.

—Tres citas —me resigné a admitir.

—Tres pérdidas de tiempo. Querida, estás buscando flores en un vertedero.

—Es una estrategia —me defendí—. Necesito quitarme la tontería.

Maggie dejó su bolígrafo sobre el escritorio, se inclinó hacia delante y cruzó las manos sobre los papeles.—Lo que necesitas no se consigue en un bar con un hombre que estampa su cara en una aplicación con el único objetivo de coleccionar polvos con desconocidas.

Su comentario atravesó mi fachada de modernidad y control como si fuera papel mojado.

Mi ridícula «terapia» no era más que un parche barato sobre una herida de autoestima, pero yo le había puesto nombre clínico porque, al parecer, una podía hacer casi cualquier estupidez si la presentaba como proceso de sanación.

—Suena peor dicho así —murmuré.

—Porque lo es. —Maggie me cogió de la mano—. No naciste para mendigar atención en esa jungla.