My safety net (Love Obviously 1) 2 #2
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Los sacamos a la puta calle en un torbellino de empujones, insultos y sillas arañando el suelo. No queríamos destrozar el Xalapa. Era parte de nuestro hogar, Y, para Pancho y Marta, directamente, su casa.

La puerta se cerró a nuestras espaldas. El frío de la calle nos recibió como una bofetada. Uno de los oficinistas, ciego de rabia y cerveza, cometió el error de lanzar el primer puñetazo.

Fue breve. Pura coreografía callejera.

Esquivé el golpe con un movimiento de cintura y le reventé la nariz con un derechazo seco.

El crujido del cartílago me vibró en los nudillos.

A mi derecha, Liam levantó a otro del suelo y lo estampó de espaldas contra el capó de un coche aparcado, abollando la chapa.

Nate bloqueó el brazo de un tercero, lo giró y le estrelló la cara contra la pared de ladrillo.

Noah, letal y silencioso, pateó la rodilla del más grande. El tipo cayó con un aullido de dolor.

Anthony recibió un puñetazo en el pómulo que le abrió la ceja. Se echó a reír, escupió y se abalanzó sobre el cabrón como si acabaran de darle una buena noticia.

Matthew, en un alarde de creatividad práctica, agarró una papelera de metal y se la estampó a otro en la cabeza.

La pelea no duró ni tres minutos. No hizo falta.

Los cinco idiotas estaban gimiendo en el suelo, ensangrentados, cuando el aullido azul y estridente de las sirenas de policía cortó la noche londinense.

La secretaría de la residencia The Safety Net siempre me había parecido un oasis de orden y calma, pero aquella noche se sentía como una olla a presión a punto de estallar.

El contraste era ridículo: las estanterías perfectamente organizadas, el aroma a madera limpia y los archivadores alineados con una precisión casi religiosa chocaban de frente con nosotros, siete tíos magullados y con la cara de quien intenta parecer inocente después de haber sido arrestado por una cosa que, por desgracia, sí ha hecho.

Estábamos todos en fila, de pie, intentando mantener una postura formal y militar, como si no hubiéramos roto un plato en nuestra puta vida.

El silencio era sepulcral. Solo lo rompía el sonido de los pasos de Maggie. Caminaba de un lado a otro, y aunque era una mujer bajita, su presencia conseguía que ninguno nos atreviéramos a mirarla de frente.

—Cinco hombres en urgencias, un escaparate roto, dos agentes furiosos y mi tensión arterial en la estratosfera. Seamos sinceros, ¿queréis matarme? —soltó desde una calma que ni de coña me creí.

Yo especialmente la sacaba de quicio, así que, si abría la boca, probablemente me daría un guantazo que me enviaría a Kenia a pedirles disculpas a sus ancestros. Y como valoraba muchísimo mi nueva vida, agaché la cabeza como un cabrón.

—Estaban insultando a Kenny —desveló Anthony, cuyo corte en la ceja le daba un aire de malote de película.

—¡Todo el maldito país insulta a Kenny! Hay columnas enteras dedicadas a ello —rebatió ella.

—Empujaron al señor Pancho —añadió Matthew, intentando buscar una justificación moral.

—¿Y vuestra idea fue recrear la guerra civil?

—Fue breve —intervino John, encogiéndose de hombros.

Maggie lo miró.

John no volvió a abrir la boca.

—¡Qué alivio! La próxima vez incendiad algo pequeño. Con un poco de suerte, entraréis en los libros de Historia —ironizó ella, aunque bajo su sarcasmo se mascaba una preocupación maternal enternecedora.

Resopló y se pellizcó el entrecejo antes de detenerse frente a nuestro pilar emocional.

—Y tú, Liam. Me decepcionas. Yo te tenía por el listo.

El grandullón se rascó la nuca.

—Te prometo que sigo siéndolo. Solo que…

No terminó la frase. Porque no había forma digna de acabarla.

En ese momento, la puerta se abrió de par en par.

Kenny Langford entró en el despacho como si acabara de bajar de un podio, irradiando ese optimismo ruidoso que tanto lo caracterizaba.

—¿Qué pasa aquí? He aparcado en doble fila por vosotros. Y he venido en el Ferrari. Y hasta donde yo sé, esto sigue siendo Broadwater —anunció como si nada.

Tuve que apretar los labios para no echarme a reír. El muy capullo era gracioso incluso cuando no se lo proponía.

—¿En el Ferrari? Te hacía más elitista. ¿Por qué coño usas tan poco el puto Bugatti? —preguntó Anthony con una sonrisa estúpida, olvidando por completo que estábamos en medio de una ejecución pública.

Maggie cerró los ojos un segundo.

Noah intentó aprovechar el caos para escabullirse hacia la salida, moviéndose con la agilidad de una sombra. Creyó que podría librarse de una riña con su novio.

—Ni un paso, Sterling —ladró Maggie sin tan siquiera mirarlo.

Esa mujer era como Sauron.

—¿Lo has visto? Es sigiloso como un ninja —comentó Kenny a la directora, señalando a Noah con una mezcla de orgullo y diversión.

—Solo diré que no hemos empezado nosotros —soltó Noah, deteniéndose en seco y clavando sus ojos azules en Kenny.

—Qué buena noticia. Pero dime, cariño, ¿ese gancho en la cara surgió de una charla serena? —preguntó Kenny, acercándose a él con una sonrisa canalla.

—No había forma de hacerlo entrar en razón.

—¿Con los nudillos sí?

—Te han llamado maricón. Y chupapollas —escupió Noah, como si las palabras le quemaran.

Kenny se quedó mirándolo un segundo. Luego alzó una ceja.

—Bueno, técnicamente han acertado.

Nos dejó a todos descolocados.

Era uno de los tíos más deseados del planeta.

Un hetero redomado y vivía enamorado de nuestro hermano con una naturalidad tan insultante que a veces me daban ganas de pedirle explicaciones al universo.

Si meses antes alguien me hubiera dicho que Noah Sterling acabaría liado con Kenny Langford, yo me habría descojonado en su cara.

Y, sin embargo, ahí estaba el cabrón: guapo, rico, famoso y orgullosísimo de que nuestro hermano hubiera reventado a alguien por defenderlo.

La vida era una broma muy rara.

—Estábamos defendiendo tu honor —insistió Noah, dando un paso hacia él.

—Defendiendo… —Kenny alzó las cejas—. A ver, mi honor me importa una mierda. Son las dos de la mañana. He sacado a siete energúmenos del calabozo y ahora tengo a mi abogado haciendo malabarismos para que esos cinco capullos que habéis linchado y enviado al hospital no os claven una demanda.

Kenny se paseó frente a nosotros, recuperando por un momento ese aire de capitán que imponía respeto sin necesidad de gritar.

—Si queréis liberar testosterona, corred, haced boxeo o mataos a pajas grupales. Pero no peleéis. —Nos señaló con el dedo—. No se pelea. —Frunció el ceño—. Salvo si es estrictamente necesario. En cuyo caso, rompedle las piernas a quien os salga de las pelotas.

De nuevo, contuve una risa. Mal, porque Maggie me miró.

—Dios, líbrame de tanta estupidez —suspiró, frotándose las sienes.

—Bien, creo que lo han entendido. ¿Los castigamos? —preguntó Kenny, mirándola con una chispa de malicia en los ojos.

—Lárgate de aquí —le ordenó ella, señalando la puerta.

Kenny no se hizo de rogar y se giró hacia Noah.

—Tú. Ven aquí.

—No es necesario —replicó mi hermano.

—Sí que lo es. Ven aquí.

Kenny lo agarró por la nuca con una firmeza que no admitía discusión y lo atrajo hacia sí.

—¿Te crees un Peaky Blinder por haber nacido en el puto Birmingham? Tira.

—¿Me va a doler? —preguntó Noah en un susurro, mientras Kenny lo arrastraba hacia la salida.

Kenny bajó la voz, pero no lo suficiente. Porque Langford, para nuestra desgracia colectiva, no sabía ser discreto ni aunque le apuntaran con un arma.

—Uy, que si te va a doler… Vas a estar chillando hasta el amanecer. —Le rozó el oído con la boca antes de añadir—: ¿De verdad has defendido mi honor? Honestamente, me ha puesto un poco cachondo.

Se fueron, dejándonos a los demás con la boca abierta y un silencio incómodo. Bueno, en mi caso y en el de Liam, nos entró la risa floja. Anthony, en cambio, parpadeó con una sonrisa de oreja a oreja, como si acabara de descubrir una nueva categoría de entretenimiento.

—¿Eso ha sido bronca o preliminares?

—No os quiero ver las caras —sentenció Maggie, señalándonos la salida con autoridad.

—¿Mañana tampoco? —preguntó John, tímido.

—Buenas noches, señora Davies —dijo Liam, empujándolo hacia el pasillo antes de que Maggie estallara de verdad.