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A eso de las ocho de la tarde, después de cuatro horas peleándome con ecuaciones, sintaxis y datos sobre personalidades que llevaban más de un siglo muertas, empujamos la puerta del Xalapa.

El local era una cantina mexicana escondida en un callejón cerca del centro, pequeña, ruidosa y con ese olor a carne especiada, lima, fritura caliente y cerveza fría que a mí me parecía una puta aparición religiosa.

No era elegante ni tampoco intentaba parecerlo.

Tenía mesas de madera gastada, paredes de colores vivos, una barra estrecha y el tipo de luz cálida que no te preguntaba de dónde venías ni qué coño habías hecho antes de entrar.

Me encantaba ese lugar. Era el puto paraíso, básicamente.

Entramos en manada, como siempre. Pancho nos miró desde la barra y ni siquiera fingió sorpresa. Después de varios meses visitando su cantina, ya nos tenía más que calados.

—¡Marta, marcha una charola para los vagos y bájame una cubeta fría! —gritó con su habitual sonrisa.

—¡Con extra de guacamole, Pancho! —le secundó John, tirando la mochila sobre una de las sillas—. Hoy Connor necesita vitaminas. La ha liado pardísima con las ecuaciones.

Lo que necesitaba era un puto milagro. Por más que estudiaba, mi cerebro no almacenaba la información. Miraba, repetía, copiaba, subrayaba como si aquella mierda fuera a entrarme por ósmosis, y nada. Aprobar ciencias se me antojaba más difícil que ganarle al puto Gorat en la jaula.

Y Gorat, al menos, sangraba cuando lo enganchaba bien.

—¿Otra vez cara de entierro? ¿Exámenes o enamorado? —bromeó Pancho, limpiando la mesa contigua.

Apreté la mandíbula. Que estaba loco por Melani era un secreto a voces. Para mis hermanos, para Maggie y Bishop, para Pancho y probablemente hasta para las palomas del parque. La única criatura viva de Londres que aún no lo sabía era ella.

Por suerte.

—Prefiero pegarme con las matemáticas —mascullé, esquivando la mirada de los demás.

Me acomodé en mi rincón de siempre. Espalda contra la pared, puerta de entrada a la vista y pasillo de los baños controlado por el rabillo del ojo.

Me salía innato. La calle me había tatuado aquella mierda en el cerebro: nunca des la espalda a una puerta, nunca te sientes donde no puedas levantarte rápido, nunca bebas lo suficiente como para no saber quién entra.

Y luego la gente hablaba de malos hábitos como si fueran morderse las uñas.

—Va perdiendo —bromeó Liam, dándome una palmada en el hombro.

—Pues bebe. Siempre ayuda a empeorar las decisiones —dijo Pancho.

Dejó la cubeta de metal llena de botellas heladas en el centro de la mesa y se marchó hacia la barra. Abrí una cerveza y le di un largo trago. El líquido bajó frío y amargo, raspando la frustración que tenía atascada en la garganta.

—Si suspendo ciencias diré que rechazo el método empírico —anunció Anthony, repantigado en su silla.

—Yo voy a fingir desmayo en historia —advirtió Nate.

—Yo voy a aprobar —soltó Matthew, de la nada.

Todos nos quedamos congelados y lo miramos como si le hubiera salido una segunda cabeza.

—¡¿Qué?! He estudiado.

—Qué repelús das —murmuró Noah, mirándolo por debajo de su flequillo oscuro.

—No te quejes —replicó Nate—, tienes enchufe con un exalumno de Eton.

Tenía razón. Noah era ahora la pareja de Kenny Langford, el salvador de nuestras miserables vidas, y solía estudiar con él.

Aunque a veces me costaba conciliar la imagen de mi hermano —el mismo que había sangrado conmigo en la jaula y que podía partirle la cara a alguien sin cambiar de expresión— liándose con un tío que era la realeza deportiva con acento caro, abdominales de anuncio y un Balón de Oro en casa.

Además, estaba bastante seguro de que esas sesiones de estudio se veían eclipsadas por rutinas de sexo salvaje.

Kenny tenía pinta de ser muy aplicado en esas materias.

—Yo copiaría, pero no sé de quién. Todos sois retrasados —se quejó Anthony.

—He dicho que he estudiado, capullo —le espetó Matthew, dándole una patada por debajo de la mesa.

—Bueno, si al menos aprueba uno, lo celebraremos como un equipo —propuso John, siempre intentando mantener la paz en una mesa compuesta por siete problemas legales con patas.

—Habla por ti —cortó Noah.

—¿No te alegrarías?

—Oh, sí, mucho —ironizó, y yo me eché a reír.

Creo que las fuerzas empezaban a menguar.

No había modo de mantener a un grupo de palurdos yendo cuatro horas al día a clase y esperar que estudiáramos después con las neuronas intactas.

Éramos voluntarios de la reinserción, sí, pero la reinserción no venía con manual de instrucciones ni con un cerebro de recambio.

—Yo voy avisando: si apruebo, aunque sea con un cinco raspado y por caridad, no contéis conmigo para una juerga —sentencié, señalándolos con el cuello de la botella.

Aprobar para mí era una puta prueba de vida.

La absurda, ridícula y casi ofensiva demostración de que podía ser alguien funcional.

Que ya era decir, teniendo en cuenta que no había estado escolarizado en mi puta vida y que, hasta hacía no tanto, mi idea de futuro consistía en no morir antes del viernes.

—¿Te vas a pasar el finde llorando como en Navidad? —me picó Liam.

—¿Y qué esperas?

—En Navidad lloró porque se pilló un ciego del copón y Melani apareció con ese vestido rojo tan mono. Fin —recordó Nate, implacable.

Me atraganté con la cerveza.

La imagen de Melani embutida en aquel vestido rojo, con sus curvas de infarto y esa sonrisa capaz de reiniciarme el sistema nervioso, me golpeó sin permiso.

Mierda. Esa mujer era preciosa. Demasiado preciosa, demasiado lista y demasiado buena para un don nadie como yo. Yo era tan gilipollas que no sabía cómo demonios conquistarla sin que se diera cuenta de que estaba intentando venderle mercancía defectuosa envuelta en músculos y sarcasmo.

—No metamos a Mel en esto. Mis neuronas están demasiado saturadas para pensar en su vestido.

Porque a continuación pensaría en lo que había debajo de él y entonces nada me libraría de tener una maldita erección. A ver quién era el guapo que aguantaba a esos cabrones con la polla armada bajo la mesa.

—¿Qué tienen que ver las neuronas con tu polla? —preguntó Anthony, frunciendo el ceño, genuinamente confundido.

—Mucho, porque si me empalmo pensando en ella gasto energía estudiantil, capullo. Ergo, gasto neuronas porque pasaré a imaginarla en situaciones muy poco elegantes.

La mesa estalló en carcajadas.

—Has avanzado en literatura, que lo sepas —apuntó Noah, con media sonrisa.

En ese momento llegó Marta, la camarera, con una bandeja gigante.

—Os he puesto más nachos porque estáis muy delgados.

—Señora Marta, pero si ya estoy en los noventa kilos —protestó Liam, palmeándose el pecho con orgullo.

—Y sigues dando pena.

Nos lanzamos sobre la comida como animales hambrientos.

Esa era una costumbre que tampoco perdíamos.

Herencia de la calle. Podías darnos una cama, un horario, clases, un tutor, una oportunidad y hasta una cantina con camareros que se sabían nuestros nombres.

Pero si ponían comida caliente en el centro de la mesa, algo antiguo se nos activaba en el cuerpo.

Mastiqué en silencio, pero mis dedos no paraban quietos.

Empecé a pelar la etiqueta de papel de mi cerveza, arrancando tiras minúsculas con la uña. Era un puto tic nervioso. Mi radar interno había saltado antes incluso de procesar qué coño ocurría.

En una mesa cercana, un grupo de cinco tipos con pinta de oficinistas frustrados hablaban demasiado alto. El alcohol les había aflojado la lengua. Y uno de ellos acababa de escupir el nombre equivocado.

Kenny.

Para mí, insultar a Langford era como insultar a mi dios particular. Y sí, sonaba exagerado, pero me importaba una mierda. Le debía la vida entera a ese hombre. Todos se la debíamos.

—Puto Langford está sobrevalorado. Es un niñato inflado por la tele.

La tensión en nuestra mesa cambió en una fracción de segundo.

—Cuidado, estamos en territorio Spurs —dijo otro, riéndose.

—Los Spurs me pueden comer los cojones.

A mi lado, Liam tensó los hombros, pero intentó mantener una postura relajada para calmar las aguas. Él siempre lo intentaba. Era parte de su condena personal: creer durante tres segundos que aún podíamos comportarnos como adultos.

Sin embargo, cuando miré a Noah, supe que estábamos jodidos.

Sus ojos azules, habitualmente serenos, brillaban con esa quietud letal y gélida que precedía a la violencia. Y, joder, una parte enferma de mí se alegró.

—Ni penaltis sabe tirar. Ese hijo de puta solo tiene presencia.

—Pues yo creo que corre mucho para ser un pijo de catálogo.

—Nos han jodido, si yo cobrara lo suyo correría como si no hubiera un puto mañana.

—Seguro que se folla a media prensa para salir guapo.

—O a lo mejor la chupa él. Tiene pinta de maricón.

Pancho, que había estado observando incómodo desde la barra, dejó lo que estaba haciendo y se acercó a la mesa de los tipos. Se le veía en los ojos que solo quería evitar un enfrentamiento. Al fin y al cabo, eran cinco contra siete.

No sabía que los números, con nosotros, rara vez funcionaban como advertencia.

—Ya habéis bebido bastante. Terminad y os vais —ordenó, tenso.

—¿Y tú quién cojones eres? —ladró uno de ellos, poniéndose en pie.

—El dueño. Y el que limpia vuestra mierda. Largaos.

—Uy, pero si es un puto panchito. Dime, ¿se la chupas al maricón?

El tipo empujó a Pancho con ambas manos, tropezó hacia atrás y cayó al suelo. Marta ahogó una exclamación desde la barra.

Ahí se acabó la reinserción.

Tiré la silla hacia atrás al levantarme de un salto. Mis hermanos reaccionaron con la misma sincronía depredadora, moviéndose como un solo organismo. Había cosas que no se olvidaban por muy integrados que estuviéramos en el sistema.

Y pelear era una de ellas.

—Fuera —les gruñí a los tipos, marcando el inicio.

—Camina —secundó Nate, agarrando a uno por el cuello de la camisa.

—Vamos, campeones —sonrió Anthony, mostrando los dientes.

No les dimos tiempo a pensar.