My safety net (Love Obviously 1)
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El bar olía a ginebra cara, perfume dulzón y decisiones que, con un mínimo de autoestima, yo jamás habría tomado.
Era uno de esos locales de Shoreditch con complejo de nave industrial que pretendía ser vanguardista, pero en realidad resultaba pretencioso a más no poder.
Tenía ladrillo visto, lámparas colgantes, camareros con delantal negro y esa clase de iluminación pensada para que todo el mundo pareciera misterioso.
A mí, en cambio, se me caía encima como una losa.
Las mesas altas estaban tan pegadas las unas a las otras que casi podías rozar la cadera del vecino, y el volumen de la música superaba el umbral de lo tolerable, obligando a que la gente se desgañitara para mantener conversaciones que, en la mayoría de los casos, no merecían semejante sacrificio vocal.
Era insoportable.
Y lo era aún más que yo estuviera allí, sentada frente al «Candidato Número 3 de Tinder», fingiendo que me interesaba lo que estaba diciendo.
Graham. Treinta y un años. Atractivo de una forma aséptica y aburrida, como un apartamento piloto con abdominales. Vestido con una irritante mezcla entre pijo e informal, llevaba veinte minutos inmerso en un monólogo interminable y masturbatorio sobre su propia genialidad.
—No me gusta decir que trabajo en finanzas porque la gente prejuzga muchísimo. Pero sí, técnicamente cerré una operación de siete cifras el trimestre pasado.
Asentí y forcé una sonrisa. Me habría gustado saber en qué demonios estaba pensando cuando acepté aquel maldito plan. No iba a salir nada bueno de allí. Ni siquiera una anécdota que pudiera contar sin desear mudarme de continente.
—Aunque el dinero ya no me motiva —continuó—. Ahora busco impacto. La mayoría de la gente vive dormida. Yo hice ayahuasca en Lisboa y desperté. Desde entonces solo invierto en experiencias. Estoy pensando en lanzar una marca de tequila consciente.
De pronto, dejé de escuchar. Su voz se convirtió en un zumbido grave y lejano, como el de un mosquito en pleno agosto. Mi mente activó entonces su mecanismo defensivo favorito: la disociación con modales.
Sí, era experta en evadirme de la realidad en los peores momentos.
Empezó cuando me quedé mirando una gota de condensación que resbalaba por el cristal de mi copa.
Seguí su lenta trayectoria mientras el hielo se deshacía en el fondo.
Necesitaba anclarme a ese minúsculo detalle físico para no entrar en pánico o, peor aún, para no preguntarle a Graham si su tequila consciente también tenía complejo de superioridad.
¿Por qué demonios estaba allí? Por la dichosa «Terapia de los diez cuerpos».
Un proyecto clínico —o eso intentábamos fingir Breena y yo con una seriedad ofensiva— que sobre el papel sonaba empoderador. En la práctica, empezaba a parecerse peligrosamente a una auditoría sexual organizada por dos idiotas con demasiada fe en las aplicaciones de citas.
El plan era brutalmente simple: usar Tinder para acostarme con diez desconocidos, ganar experiencia y apropiarme de la seguridad en mi propia carne, esa que en realidad nunca había tenido.
Una rebelión desesperada contra los comentarios denigrantes de mi exnovio, contra las humillaciones tan bien camufladas de mi familia y contra ese coro invisible de gente que parecía tener siempre una opinión disponible sobre mí sin que yo la pidiera.
Medía metro sesenta y seis, pesaba setenta y dos kilos, tenía la autoestima por los suelos y el ego en paradero desconocido. Aunque por lo menos era bonita. O eso quería creer cuando el espejo no se comportaba como un enemigo con formación jurídica.
La cuestión era que, en lugar de vivir aquella experiencia como una liberación salvaje, la estaba ejecutando con la rigidez de quien prepara un ensayo de física nuclear.
Apenas vi el movimiento. Graham interrumpió su propia epifanía, se inclinó sobre la diminuta mesa, invadió mi espacio personal y soltó la bomba con la elegancia de un ladrillazo en la boca.
—En fin… ¿Nos dejamos de charlas y vamos a follar?
El golpe de realidad me arrancó de la disociación.
Se me heló la sangre. Me quedé tiesa como los pepinillos de la tía Penny. En lugar de sentir el empoderamiento que buscaba, el maldito pánico escénico me agarró por la garganta. La simple idea de verme en pelotas delante de ese tío me asfixió. Y para colmo había sido tan desagradable.
¿Dónde estaba el cortejo?
El señor Darcy se cruzó media Inglaterra a caballo bajo la lluvia solo para confesar sus sentimientos, y ese capullo pretendía que me abriera de piernas en la primera cita. Definitivamente, Elizabeth Bennet se habría tirado de un carruaje en marcha.
Agarré el bolso y el abrigo con tanta brusquedad que casi derramé mi cóctel sobre la mesa y me puse en pie.
—Ah, lo siento… Me ha surgido una emergencia… Buena suerte con tu… marca de tequila consciente.
No le di tiempo a reaccionar. Dejé un billete junto a su copa mientras él me observaba completamente desconcertado y salí corriendo hacia la puerta en busca de oxígeno y dignidad.
La brisa londinense me salvó la vida.
Por suerte para mí, no tardé en detectar el inconfundible repiqueteo de unos botines contra el asfalto. Levanté la vista.
Breena.
Por supuesto que estaba por la zona. Nunca me dejaría sola con un desconocido a menos que yo se lo pidiera. Y, aun así, probablemente estaría a menos de dos calles, preparada para identificar el cadáver, detener al sospechoso o comprarme patatas fritas. En ese orden, según la gravedad.
Mi mejor amiga se acercó desprendiendo esa confianza natural que a veces rozaba la arrogancia. Le bastó un escaneo rápido con aquellos fríos y precisos ojos azules para leer la situación.
Iba a ser una agente del MI5 increíble.
—Por tu cara deduzco dos opciones: o te ha pedido sexo anal o trabaja en criptomonedas —soltó, cruzándose de brazos.
—También ha dicho que el dinero ya no le motiva. Que hizo ayahuasca en no sé dónde.
—Ah, un humanista.
Me froté los brazos, intentando entrar en calor, y empezamos a caminar.
—Desde luego romántico no era. Creo que me ha entrevistado para ser testigo de su propia grandeza.
—Y has debido hacerlo de pena porque no has conseguido el puesto.
—¡No lo he hecho tan mal! —protesté, dándole un empujón suave con el hombro.
Ella se rio por lo bajo. Le encantaba chincharme. Era uno de sus pasatiempos favoritos, justo después de perfilar criminales y juzgar al sexo masculino.
—Después de cuarenta minutos hablando de sí mismo —continué—, me ha ofrecido sexo como quien propone compartir taxi.
—Dime que al menos no llevaba mocasines sin calcetines. Detesto a esos tíos.
Suspiré, sintiendo que el nudo en mi garganta volvía a apretarse. El frío de la calle contrastaba con la vergüenza que me quemaba las mejillas.
—No entiendo qué me pasa. Quiero hacer algo sencillísimo y mi cuerpo actúa como si me fueran a ejecutar en la plaza pública.
—Bueno, tu cuerpo tiene criterio —sentenció mi amiga, metiendo las manos en los bolsillos—. Somos nosotras las que, al parecer, insistimos en sentarlo frente a imbéciles. Nos está fallando el radar.
—¡Todo el mundo tiene sexo, Breena! —exclamé—. Lo hacen borrachos, sobrios, en festivales, en pisos con humedad… Y yo me siento en la silla de un bar y entro en pánico.
—Todo el mundo compra air fryer y no por eso es buena idea.
—Quiero sentirme normal. Terrenal. Sexi. De esa gente que se quita el abrigo y toma malas decisiones.
Lo dije tan defraudada que Breena se detuvo de golpe. Su silencio me obligó a mirarla.
—Tú ya eres sexi, nena. —Sus ojos no admitían réplica—. Lo que no eres es idiota y eso nos complica mucho la logística.
Esa validación, lejos de animarme, me conectó directamente con mi mayor vulnerabilidad.
El fantasma de mi exnovio apareció como una mancha de humedad asquerosa en la pared de mi mente, recordándome cada una de sus palabras.
Las que había dicho en voz alta. Las que solo había insinuado.
Y las que mi cabeza, muy generosa ella, había decidido conservar en edición extendida.
—Quizá Gary tenía razón, y estoy rota.
La mirada de Breena se volvió letal en una fracción de segundo. En momentos como aquel, daba miedo.
—Si vuelves a citar a ese cretino emocional en mi presencia, te cobro terapia.
—Idiota… —murmuré.
Ambas nos echamos a reír. Aunque la risa duró poco.
—Pero algo de verdad hay… —admití en voz baja, escarbando en mi propia herida—. A veces pienso que hay una pieza que no me pusieron.
—Sí la tienes. Se llama dignidad —rebatió, implacable—. Por eso sales corriendo en cuanto hueles a un gilipollas. Deberías estar orgullosa. La de mujeres en este planeta que querrían tener tu don para detectar capullos. Se ahorrarían muchos embarazos no deseados. Y algún que otro papiloma.
—Eres insoportable —sonreí.
—Las ITS son un drama, cariño. Te estás librando de una buena.
Puse los ojos en blanco.
—No sé por qué no puedo simplemente… hacerlo.
—Ni que fueras un enchufe —resopló—. ¡Bien! Candidato número tres descartado. Sigamos con nuestra búsqueda. Debemos encontrar diez pollas que merezcan la pena.
—Creo que tu positividad es un tanto desconcertante. Además, odio que lleves estadísticas de los tíos a los que no me…
—Follar. Puedes decirlo, Mel. No te caerá un rayo.
Un estruendo sordo y eléctrico vibró sobre nuestras cabezas. Entonces un trueno rasgó el cielo encapotado de la ciudad, que amenazaba tormenta.
Miré hacia arriba y me encogí de hombros.
—O sí.
Estallamos en carcajadas.
—Vamos a por unas patatas fritas —dijo Breena—. Tenemos que reiniciar el sistema.
Entrelazó su brazo con el mío y tiró de mí con energía. Me dejé arrastrar, sintiendo que la losa del bar por fin desaparecía y que el escudo protector de mi compañera era todo lo que necesitaba aquella noche.
—¿Con mayonesa?
—Estoy tratando un trauma, no cumpliendo condena.