Capítulo 12 #3
Izan terminó invitando a Uxue a cenar esa misma semana, en un restaurante pequeño de Malasaña que ella misma había mencionado de pasada semanas atrás, y aunque ninguno de los dos lo confirmó abiertamente hasta bien entrado el verano, todo el edificio —empezando por Herminia, que se enteraba de todo antes que nadie— dio por hecho, mucho antes que ellos mismos, que aquella nueva pareja del patio estaba destinada a durar.
El verano transcurrió entre la ansiedad de la distancia y la certeza creciente de que aquello, contra todos los miedos de Alaia, no se estaba rompiendo, sino fortaleciéndose de un modo extraño, casi contraintuitivo: como si la distancia les hubiera obligado a aprender a comunicarse con una honestidad que la proximidad constante, quizás, nunca les habría exigido del todo.
El segundo viaje de Alaia a Barcelona, en julio, coincidió con el penúltimo concierto de la gira europea, en un auditorio al aire libre junto al mar donde Bernal Iturri interpretó, como bis, una pieza compuesta especialmente para la guitarra que Roi había construido, dedicándosela públicamente, desde el escenario, “al hombre de Madrid que entiende la madera mejor que nadie que haya conocido”.
Alaia, entre el público, sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas al ver a Roi, a su lado, incapaz de disimular la emoción, aplaudiendo con una intensidad que no era solo orgullo profesional, sino algo mucho más parecido al cierre de un círculo que había empezado, mucho tiempo atrás, con un abuelo gallego enseñando a un nieto a reconocer la calidad de la madera por el sonido que hacía al golpearla con los nudillos.
Después del concierto, Bernal Iturri las invitó a ambos a una pequeña cena con el equipo técnico de la gira, en una terraza con vistas al mar donde el aire todavía conservaba el calor pegajoso de julio.
Alaia, algo intimidada al principio por encontrarse rodeada de músicos y técnicos de sonido con carreras internacionales, terminó relajándose gracias a la insistencia de Bernal en preguntarle por su propio oficio con el mismo interés genuino que había mostrado por el de Roi meses atrás.
—Así que tatuadora —dijo, sirviéndole vino con una cortesía anticuada—. ¿Alguna vez has tatuado música? Notas, pentagramas, algo así.
—Alguna vez. Suele pedirlo gente que ha perdido a un músico querido, o que quiere llevar encima la letra de una canción importante.
—Deberías tatuarme algo algún día. Cuando termine esta gira, necesito recordar en la piel que hay vida más allá de los escenarios.
—Cuando quieras. Aunque te advierto que mi lista de espera es casi tan larga como la suya de conciertos.
Bernal se rió con ganas, y la conversación continuó fluyendo el resto de la noche, con anécdotas de la gira, con Roi relajado como Alaia no lo veía desde hacía semanas, orgulloso de mostrarle a su pareja el mundo en el que había estado inmerso durante meses, un mundo que, por primera vez, dejaba de sentirse como una amenaza distante para convertirse en algo que Alaia por fin entendía y podía compartir con él, aunque fuera solo por una noche.
Las últimas semanas de la gira, en Japón y Estados Unidos, resultaron las más duras de todo el proceso, con la diferencia horaria complicando incluso las videollamadas dominicales, pero Alaia se sorprendió a sí misma gestionando esa distancia final con una entereza que meses atrás le habría parecido imposible, apoyada en la rutina que habían construido juntos, en la confianza que se había ido asentando con cada semana superada, en la certeza cada vez más firme de que aquello, pasara lo que pasase, merecía cada sacrificio.
Roi volvió a Madrid definitivamente el último sábado de octubre, casi un año exacto después de aquella primera reunión de vecinos junto a la mata de jazmín.
Alaia no fue a buscarlo a la estación, porque él había insistido en que quería recorrer solo el camino desde Atocha hasta Lavapiés, como una especie de ritual privado de regreso, así que ella lo esperó en el patio, con el corazón acelerado, sin saber muy bien qué hacer con las manos.
Lo vio entrar por el portal cargado con una maleta y una funda de guitarra, y en cuanto sus ojos se encontraron con los de ella, atravesó el patio en tres zancadas y la levantó del suelo en un abrazo que le sacó una carcajada sorprendida.
—Ya está —dijo él, contra su pelo—. Se acabó la distancia. No pienso volver a irme tanto tiempo, aunque me lo pida el mismísimo Bernal Iturri en persona.
—Te va a llegar más gente pidiéndote guitarras después de esto, ya lo verás.
—Que la pidan aquí, entonces. En Madrid tengo todo lo que necesito.
Esa noche, el edificio entero organizó una cena improvisada de bienvenida en el patio, con Herminia repartiendo raciones de un guiso que llevaba toda la tarde preparando, con Pilar sacando de nuevo las guirnaldas de luces que ya se habían convertido en un elemento fijo del paisaje, con Izan y Uxue comparando anécdotas de los meses pasados como si llevaran toda la vida siendo amigos.
Alaia observó la escena desde un rincón, con una copa de vino en la mano, sintiendo que aquel patio, aquel edificio entero, se había convertido en algo mucho más parecido a una familia que a un simple lugar de trabajo.
Nagore llegó cargada con una tarta improvisada, comprada a última hora en la pastelería de la esquina, con un cartel de fondant torpemente escrito que decía “BIENVENIDO A CASA” con una guitarra dibujada al lado que más parecía un violín deforme, provocando las risas de todo el grupo.
—Lo he intentado —se defendió Nagore, ante las bromas generales—. No todos podemos ser artistas del pincel como Alaia.
—Es precioso, en serio —mintió Alaia, con una sonrisa que no logró disimular del todo la risa contenida.
Pilar insistió en hacer un brindis formal, subida a una de las sillas plegables para que todo el mundo la viera, con la copa de vino en alto y una emoción que apenas conseguía contener.