Capítulo 12 #2
Cuando volvieron al piso, ya pasada la medianoche, la tensión acumulada de meses de distancia se desbordó en cuanto Roi cerró la puerta tras ellos.
La besó contra la pared del recibidor, con una urgencia que arrastraba semanas de videollamadas insuficientes, de abrazos demasiado breves en las visitas de tres semanas, de un deseo que la distancia, lejos de apagar, había ido acumulando como agua detrás de una presa.
—Llevo un mes entero pensando en esto —murmuró él, contra su cuello, mientras le desabrochaba el vestido con dedos torpes de urgencia.
—Yo llevo pensándolo desde que compré el billete.
La llevó hasta el dormitorio sin dejar de besarla, tropezando torpemente con una maleta a medio deshacer, y ambos se rieron un instante antes de que la risa se disolviera de nuevo en un deseo mucho más serio.
Cuando cayeron juntos sobre la cama, ya sin ropa, Alaia sintió que cada caricia de Roi llevaba impresa toda la distancia acumulada, toda la espera, todo el miedo superado para llegar hasta ese momento.
—Te he echado tanto de menos —dijo él, recorriendo su cuerpo entero con la boca, deteniéndose en cada punto sensible con una dedicación que no había perdido nada de su meticulosidad habitual—. Cada centímetro de ti.
—Demuéstramelo, entonces.
Roi no necesitó que se lo repitiera. Bajó entre sus piernas con la misma devoción de siempre, y Alaia se arqueó contra las sábanas ajenas de aquel piso sin alma, agarrándose a la cabecera con una mano mientras con la otra buscaba el pelo de Roi, dejándose llevar por un placer que la distancia había vuelto, de algún modo, todavía más intenso.
Cuando el orgasmo la sacudió, gimió su nombre sin ningún pudor, sin importarle que las paredes fueran finas, sin importarle nada más que la certeza de tenerlo, por fin, después de semanas de espera, completamente a su disposición.
Roi subió por su cuerpo, besándola con un hambre que no disminuyó ni un ápice, y entró en ella con un gemido ronco que le vibró en el pecho contra el de Alaia, moviéndose despacio al principio, saboreando cada segundo, hasta que la urgencia acumulada de meses terminó por imponer un ritmo mucho más intenso, casi desesperado.
Alaia le clavó las uñas en la espalda, arqueándose para recibirlo más profundamente, sintiendo que cada embestida cerraba, poco a poco, la distancia que los había separado durante semanas.
—No quiero que este fin de semana se acabe nunca —jadeó ella, contra su oído.
—Entonces no pensemos en el domingo. Pensemos solo en esto, en ahora mismo.
Llegaron juntos, con una intensidad que dejó a ambos sin aliento durante varios minutos, enredados el uno en el otro sobre las sábanas revueltas de un piso que, por primera vez desde que Roi se había mudado allí, empezó a sentirse un poco menos vacío.
La despedida, el domingo por la tarde, resultó tan dura como Alaia había temido que sería, quizás más, precisamente porque los tres días compartidos le habían recordado con demasiada claridad lo bien que se sentía la normalidad de estar juntos, sin pantallas de por medio.
Roi la acompañó hasta la estación de Sants, cargando su maleta con una insistencia innecesaria, alargando cada paso como si de verdad pudiera retrasar así la hora de la salida.
—Odio esta parte —confesó él, ya frente al andén, con las manos hundidas en los bolsillos.
—Yo también. Pero prefiero odiar esta parte y tener las otras, que no tener ninguna de las dos.
—Eso es muy sabio para alguien que está a punto de llorar en una estación de tren.
—No voy a llorar.
Lloró, de todos modos, apenas diez segundos después de decirlo, y Roi la abrazó con fuerza, riéndose contra su pelo con una ternura que no hacía más fácil la despedida pero sí un poco más llevadera.
—Cinco meses más —dijo él, contra su oído—. Cinco meses y estoy en casa para quedarme.
—Cinco meses.
—Puedo con eso. Podemos con eso.
Alaia subió al tren con los ojos todavía húmedos, y desde la ventanilla vio a Roi quedarse en el andén hasta que el tren arrancó del todo, agitando la mano con una sonrisa que a ella le pareció, en ese momento, la imagen más triste y más esperanzadora que había visto en meses.
Le escribió un mensaje en cuanto el tren salió del túnel y recuperó cobertura: “Ya te echo de menos, y eso que llevamos separados diez minutos.” La respuesta de Roi llegó apenas unos segundos después: “Diez minutos que se van a convertir en cinco meses. Pero prefiero contar los minutos que quedan que los que ya han pasado. Es más optimista.” Alaia sonrió, guardándose el teléfono en el bolso, y se pasó el resto del trayecto de vuelta a Madrid mirando por la ventanilla, con la cabeza ya puesta en la siguiente videollamada del domingo, contando, tal y como Roi le había enseñado, los días que faltaban en lugar de los que ya habían pasado.
Las visitas de Roi a Madrid, cada tres semanas, siguieron un patrón que ambos aprendieron a proteger casi con devoción religiosa: llegaba siempre en el último tren del viernes, agotado tras la semana de trabajo, y Alaia lo esperaba en el andén de Atocha con la misma expectación nerviosa cada vez, como si en lugar de la décima visita fuera la primera.
Pasaban esas cuarenta y ocho horas exactamente como habían prometido: sin planes especiales, sin restaurantes de ocasión, solo la rutina compartida que ambos habían aprendido a valorar como el lujo más grande que podían permitirse.
—Cuéntame qué tal el estudio esta semana —le pedía Roi, cada viernes, nada más sentarse a la mesa de la cocina con la cena que Alaia solía tener ya preparada.
—Ya te lo conté el domingo.
—Cuéntamelo otra vez. Me gusta oírtelo contar en persona, no solo en una pantalla.
Esas cuarenta y ocho horas, breves y repetidas, se convirtieron en el ancla que sostuvo la relación durante los meses más duros de la distancia, y cuando alguna vez algún imprevisto de la gira amenazaba con cancelar una de esas visitas, Roi movía cielo y tierra para no perdérsela, incluso a costa de coger vuelos de última hora en lugar del tren habitual, o de recortar horas de sueño que después pagaba con creces durante la semana siguiente.
El taller, mientras tanto, seguía funcionando gracias a un aprendiz nuevo que Roi había contratado antes de irse —un chico llamado Izan, recomendado por la propia asociación de inquilinos, que resultó tener un talento natural para la madera que sorprendió a todos, incluido él mismo—, y el estudio de Alaia prosperó bajo el liderazgo cada vez más seguro de Uxue, que asumió citas cada vez más complejas y terminó, hacia el verano, con una lista de espera propia que rivalizaba con la de Alaia.
—Vas a tener que subirme el sueldo —bromeaba Uxue, cada vez que conseguía cerrar una cita difícil sin necesitar ayuda.
—Te voy a subir el sueldo y el título. A partir de septiembre eres cotitular del estudio.
—¿Lo dices en serio?
—Completamente en serio. Te lo has ganado con creces.
Izan, por su parte, demostró una capacidad de gestión que sorprendió incluso a Roi, acostumbrado a considerarlo todavía “el aprendiz”, pese a que llevaba ya casi un año en el taller.
Se hizo cargo no solo de los encargos habituales, sino también de las relaciones con proveedores, del mantenimiento de las herramientas y hasta de un pequeño encargo urgente que llegó en mayo, un contrabajo con una grieta seria que un músico de una orquesta necesitaba reparar antes de una gira propia, y que Izan resolvió solo, consultando con Roi por videollamada únicamente en los pasos más delicados.
—Estoy empezando a pensar que no me necesitas para nada —le dijo Roi, medio en broma medio en serio, durante una de esas videollamadas técnicas.
—Te necesito para las decisiones grandes. Para las pequeñas, ya me apaño.
—Eso es justo lo que un buen luthier necesita saber distinguir. Vas mejor de lo que pensaba.
—Aprendí de un buen maestro.
—El mérito es sobre todo tuyo. Yo solo abrí la puerta del taller. Tú decidiste entrar de verdad.
La confianza que Roi depositó en Izan durante esos meses resultó decisiva no solo para la supervivencia del taller durante su ausencia, sino también para el futuro que ambos terminarían construyendo juntos: cuando Roi regresó definitivamente en octubre, la decisión de convertir a Izan en cotitular del negocio, lejos de sentirse forzada, se sintió como el reconocimiento natural de algo que ya llevaba meses siendo cierto en la práctica.
Fue precisamente durante esos meses cuando Alaia empezó a notar algo distinto entre Uxue e Izan, que habían empezado a coincidir con frecuencia en el patio, compartiendo turnos de café entre cita y cita, y que en algún momento del mes de mayo dejaron de disimular del todo la complicidad que se había ido formando entre ellos.
—¿Desde cuándo pasas tanto tiempo con el aprendiz de Roi? —le preguntó Alaia una tarde, con una sonrisa que no intentó disimular.
—No pasa nada —contestó Uxue, demasiado rápido para resultar convincente—. Solo compartimos patio. Y algún café. Y alguna cena, quizás. Pero no pasa nada.
—Ya, claro. Nada de nada.
—Alaia.
—No digo nada más. Solo me hace gracia que ahora seas tú la que se pone nerviosa hablando de esto, después de meses metiéndote conmigo por lo mismo.
Izan, por su parte, le confesó a Roi durante una de sus llamadas semanales que llevaba semanas intentando reunir el valor para invitar formalmente a Uxue a algo que no fuera “un café improvisado entre citas”, y Roi, divertido por la situación, le dio el mismo consejo que su abuelo le había dado a él años atrás sobre casi cualquier cosa importante en la vida.
—Deja de pensarlo tanto y hazlo, antes de que el miedo decida por ti.
—Viniendo de alguien que tardó dos años en cruzar el patio para hablar con su vecina, no sé si eres la persona más indicada para dar ese consejo.
—Precisamente por eso lo doy con conocimiento de causa. No cometas el mismo error que yo.